Derrotas del imperialismo sin victorias progresistas

Las batallas antiimperialistas han sido desviadas hacia confrontaciones de supuesto sesgo inter-religiosas y el proyecto progresista panárabe ha quedado sustituido por el ensueño fundamentalista del Califato.

11/10/2021
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Foto: https://www.publico.es
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Estados Unidos retiró sus tropas de Afganistán al cabo de dos décadas de guerras perdidas y observó cómo el ejército que había entrenado se pasó al campo opuesto. Esta derrota ha propinado un durísimo golpe a la dominación norteamericana.

 

Pero de esta adversidad para la primacía estadounidense no se deduce la existencia de un triunfo antiimperialista. Son dos problemas de distinta naturaleza. El categórico fracaso de los marines no equivale a una victoria del proyecto de emancipación. Ese divorcio deriva del carácter reaccionario de los ganadores de la partida.

 

         La adscripción ultra-conservadora de los talibanes es ampliamente conocida. Actúan como señores de la guerra y manejan sus territorios con todos los códigos del fundamentalismo islámico. Su maltrato de las mujeres es la manifestación más chocante de esa conducta. En su nueva etapa difunden mensajes más razonables para contribuir a un lavado de cara, pero el correlato práctico de ese giro es por ahora desconocido.

 

            Frente a este escenario convendría ser más cuidadosos en la frecuente analogía que se establece entre la caída de Kabul y la huida de Saigón. Las fotos de ambas situaciones son muy parecidas y ganaron la primera plana por el patético papelón de Biden, que prometió no repetir lo ocurrido en 1975. Ciertamente en los dos casos se verificó un contundente el fracaso imperialista, pero como resultado de procesos radicalmente contrapuestos.

 

En Vietnam triunfaron las fuerzas revolucionarias y en Afganistán las milicias reaccionarias. Los talibanes son la contracara absoluta del Vietcong y se ubican en el polo opuesto de un ejército liberador. Su política de sumergir a Afganistán en el pasado medieval ha sido la antítesis del proyecto emancipador del comunismo. La reciente derrota estadounidense es una gran noticia para todos los pueblos del mundo, pero guarda una distancia enorme con la victoria lograda por los vietnamitas.

 

Un resultado contradictorio

 

En otros países del “Gran Oriente Medio” -que Estados Unidos intentó rediseñar a su favor- se registraron resultados análogos al desemboque de Afganistán. El Pentágono falló estrepitosamente en su incursión bélica contra Irak y ha recluido a sus tropas a un ramillete de fortalezas. La debilitada ocupación no pudo siquiera aprovechar a su favor la guerra sectaria entre las comunidades de ese país. Al final de la aventura el aislamiento de los marines es mayúsculo y Estados Unidos busca caminos para replegar sus fuerzas.

 

Pero el triunfador de esa contienda ha sido Irán, que ejerce un nítido control del régimen imperante en Bagdad. Esa administración no presenta ningún ingrediente de antiimperialismo progresista. Gobierna con normas sectarias y hostiliza a los sunitas y a los kurdos. Favorece a los nuevos grupos dominantes que lucran con el continuado despojo del petróleo y la espeluznante pobreza del país. Monitorea, además, el aplastamiento de las protestas contra el deterioro de las condiciones de vida. Irán brindó al frágil gobierno de Irak todo el sostén requerido para reprimir las movilizaciones populares de octubre del 2019.

 

Estados Unidos también falló en Siria en su intento inicial de crear una fuerza bélica bajo su control. Esas milicias desertaron al campo islamista y el gobierno liberal en el exilio que manejaba Washington se desplomó en forma vertiginosa. En cambio el denostado Assad sobrevivió con el auxilio ruso.

 

Pero el gobierno que salió airoso del cerco tendido por Washington no conserva ningún resabio del viejo antiimperialismo. Ha pactado con distintas fuerzas extranjeras (incluyendo al propio Departamento de Estado), para asegurar la continuidad de la dominación local de los sectores privilegiados. Consumó una involución neoliberal que dejó muy atrás su lejano origen nacionalista.

 

Ese régimen respondió además con feroz represión a las demandas de mejoras sociales y reformas políticas, que emergieron al calor de la primavera árabe. Esa rebelión quedó transformada posteriormente, en un sangriento enfrentamiento entre fracciones igualmente enemigas de la ansiada democratización. Las protestas fueron usurpadas por milicias subordinadas a distintos proyectos de dominación. En Siria se corroboró a pleno el fracaso estadounidense, pero no se registró ningún avance antiimperialista. Sólo prevaleció un terrible desangre popular que sepultó las esperanzas democráticas.

 

Washington quedó también afectado en Libia por los resultados finales de la caída de Gadafi. Sus empresas no capturaron el grueso de los negocios petroleros y la esperada localización de una gran base de la OTAN fue pospuesta. Pero los grupos derechistas triunfantes se han dividido el país para repartirse el botín, sin ningún atisbo de iniciativas progresistas.

 

No cabe duda que la fantasía imperialista de remodelar tres grandes territorios al servicio de Estados Unidos ha colapsado. Pero los resultados generales de lo ocurrido en las últimas décadas son contradictorios. En ciertos casos el agresor perdió espacios (Libia), en otros se logró su fulminante retiro (Afganistán), su repliegue (Irak) o su reacomodamiento en un contexto adverso (Siria). Pero esa variedad de derrotas imperiales no entrañó victorias progresistas.

 

Estos contrapuestos desemboques son acertadamente registrados por ciertos analistas (Farooq Tariq, 2021). Otros observadores también recuerdan antecedentes históricos de este tipo victorias sobre opresores extranjeros, bajo el mando fuerzas derechistas locales (Andreu, 2021).

 

En el “Gran Oriente Medio” los invasores foráneos han sido doblegados por retrógradas direcciones conservadoras y esta paradoja se verifica en el protagonismo alcanzado por el tipo de milicias que emergen en toda la región.

 

El rol del yihadismo

 

El balance gris de lo ocurrido en Medio Oriente, Asia Central y África del Norte se refleja en la centralidad lograda por las corrientes clericales, que usufructúan del repliegue norteamericano.

 

Ninguna de las redes yihadistas que actuaron en todos los conflictos de la región en tensión con Estados Unidos incluye componentes antiimperialistas. Esas organizaciones no aglutinan expresiones “antisistémicas” de “rebeldes” o “insurgentes”. Todas conforman agrupamientos invariablemente derechistas (Al-Qaeda, Daesh, Estado islámico, ISIS, Talibanes).

 

En algunas vertientes transnacionales actúan como milicias transfronterizas, al servicio de las potencias globales y regionales que disputan primacía. En otros casos apuntalan proyectos propios de regresión al Califato. En sus variantes locales cumplen ese mismo rol para los sectores dominantes de cada zona mediante la imposición del terror.

 

            Frecuentemente se destaca que han atraído jóvenes excluidos que se alistan para rehuir de la miseria imperante. Pero todos los batallones regresivos de la historia se nutrieron de sectores marginados o desesperados. Ese origen no justifica la nefasta labor que cumplen esas formaciones.

 

Los milicianos árabes-europeos integrados a esos grupos -criados en el medio hostil de los suburbios del Viejo Continente- conforman segmentos minúsculos de esas milicias. Más corriente es su reclutamiento entre desocupados o sectores que se alistan a cambio de una pensión para sus familias (Armanian, 2016b). En cualquier, caso no son víctimas, sino partícipes directos de la tragedia que afronta la región.

 

Los paramilitares chiitas de Irak, los talibanes de Afganistán y los yihadistas trashumantes no conforman brigadas antiimperialistas. Se ubican en el campo opuesto de los luchadores por esa causa, que por ejemplo nutren las filas de las organizaciones palestinas o sahauríes. En ningún caso la adscripción religiosa de los milicianos define su comportamiento. Lo determinante es el tipo de acción que emprenden.

 

El yihadismo ha contribuido a la restauración del poder clerical que históricamente obstruyó la modernización de la región. La simbiosis de las instituciones religiosas con el estado impidió ese avance. Bloqueó la separación de esos dos ámbitos que en Europa asumió formas laicismo radical (Francia) o modalidades más conciliatorias de gestación de las iglesias nacionales (Alemania, Inglaterra).

 

Las distintas variantes de la teocracia persistieron en Oriente, bajo la primacía de una religión asentada una densa red de ritos y en normas muy estrictas de la vida privada. De esa estructura emana el poder de las capas clericales enlazadas con el estado (Amin, 2011: 209-216).

 

El primer intento de modernización árabe (Al Nahda) a principio del siglo pasado no logró romper el sometimiento a ese control religioso. La segunda gran oleada de secularización -bajo la impronta del nasserismo y el baathismo, en sociedades más urbanizadas y con mayor sostén de la clase media- introdujo cambios significativos, pero no quebrantó el entramado teocrático.

 

Washington apadrinó la reacción yihadista para apuntalar los intereses de sus compañías petroleras. Avaló especialmente todas las agresiones de sus aliados sauditas para combatir con ferocidad los proyectos avanzados del nacionalismo. La destrucción del laicismo apuntó a sepultar los movimientos progresistas.

 

Estados Unidos auspició explícitamente ese curso para erradicar a la izquierda del mundo árabe. Las monarquías utilizaron al yihadismo contra los gobiernos que nacionalizaban el petróleo, Israel fomentó las mismas corrientes para fracturar el movimiento palestino y el Pentágono directamente entrenó batallones de choque contra la URSS. Todos se recostaron en las redes de los retrógrados clérigos, que finalmente lograron contener la secularización de la región.

 

Los serios enfrentamientos de los fundamentalistas con su gestor estadounidense finalmente derivaron en un repliegue de Washington, que converge con el afianzamiento de las fuerzas arcaicas. Mediante la rehabilitación de instituciones arcaicas, los yihadistas han logrado desviar las batallas antiimperialistas de Medio Oriente hacia confrontaciones de superficie inter-religiosa que desgarran a la población. De esa forma contribuyen a consolidar la opresión que impera en la región.

 

Del panarabismo al califato

 

El antiimperialismo ha quedado también afectado a escala regional por la sustitución del proyecto progresista panárabe (que emergió con fuerza en la segunda mitad del siglo XX) por el ensueño fundamentalista del Califato. Ese cambio ilustra la regresión política que ha padecido la zona, en un dramático contexto de remodelación de los estados.

 

El pan-arabismo afloró en el cenit de los proyectos del nacionalismo. Tomó en cuenta que el mundo árabe no conforma estrictamente una nación, pero sí una comunidad con sentimientos de pertenencia común. Posee hoy una identidad colectiva de lengua, tradiciones, religión y acervos culturales (Anderson, 2013).

 

            En ese ideal de forjar una nación árabe potencialmente común se sustentaron los intentos de enlazar el nacionalismo antiimperialista con la integración política estatal. La formación de la República Árabe Unida (1958-61) fue el mayor hito de ese ensayo, pero sucumbió frente a la derrota ante Israel en la guerra de 1967. El naufragio del proyecto integrador fue también consecuencia de los límites exhibidos por movimientos nacionalistas muy asentados en figuras carismáticas, distantes de la izquierda y reacios a la politización de la población (Amin, 2011: 132-135).

 

El panarabismo también heredó algunos vestigios de su antigua conexión con el colonialismo franco-británico, que inicialmente buscaba debilitar la influencia del rival otomano. Ese nexo se verificó en la discriminación de otras naciones (turcos, iraníes), o grupos étnicos no árabes (kurdos) (Armanian, 2021).

 

Pero la reacción yihadista emergió para revertir y no para corregir esas limitaciones. Irrumpió para aplastar todos los gérmenes de un proyecto progresista de unificación regional. Por eso supedita su propia variante de configuración abarcadora de pan-islamismo, a la primacía de alguna vertiente religiosa contra otra. Propicia enlazar las distintas zonas de la región bajo la impronta de un regresivo Califato.

 

Ese proyecto quedó en suspenso por la derrota sufrida por el Estado Islámico y Daesh en Siria e Irak. Fracasaron en el campo de batalla contra las fuerzas regulares de los regímenes rivales y fueron doblegados por la resistencia de poblaciones locales indignadas con la brutalidad de sus prácticas cotidianas (Khoury, 2016).

 

Frente a esa adversidad el yihadismo volvió a operar nuevamente en los estados existentes. Pero el repliegue norteamericano en Afganistán tiende a reactivar otras ramas de ISIS, que retoman la estrategia del Califato en Asia Central e incluso extienden ese proyecto a varias zonas de África. Ese curso presagia enfrentamientos sanguinarios, sin ningún desemboque favorable para las poblaciones involucradas en esas disputas.

 

Crisis imperial con frustraciones democráticas

 

El dramático resultado de la primavera árabe es otro indicador de los claro-oscuros de la región. El imperialismo afronta múltiples crisis y dificultades, pero junto a sus aliados derechistas logró frustrar los anhelos de cambio que irrumpieron en la década pasada.

 

Las protestas lograron inicialmente la caída de los desprestigiados presidentes Ben Alí (Túnez) y Mubarak (Egipto), pero los frutos posteriores fueron amargos. La tentativa democratizadora se extendió a otras zonas, pero mayoritariamente devino en una sucesión de masacres que agravaron los padecimientos económico-sociales.

 

Toda la dinámica de las rebeliones quedó anulada por esa violenta contrarrevolución, que recompuso el viejo orden de privilegios para los capitalistas acaudalados, los militares represores y los clérigos totalitarios. La virulencia de ese contragolpe persiste hasta hoy en día.

 

            En el caso de Egipto el papel regresivo del imperialismo fue cristalino. Estados Unidos propició y sostuvo el golpe militar de Sisi, luego de restar apoyo al experimento de Morsi. El líder de los Hermanos Musulmanes intentó ciertas reformas del sistema político, junto a una mayor escala de islamización que provocó la resistencia de las capas laicas.

 

Washington no rechazó esas modalidades confesionales que avala en incontables países de la región. Lo que irritó al Departamento de Estado fue la reactivación de las inversiones de las empresas rusas Lukoil y Avatec en la actividad petrolera y gasífera y el viaje a Moscú que realizó Morsi. Esa excursión anticipaba un intento de aflojar la agobiante dependencia con el mandante norteamericano. Aunque Sisi tampoco es plenamente confiable, la embajada estadounidense dio el visto bueno a un golpe, que asegura el sometimiento del país a su continuada supervisión.

 

La obstrucción a la democracia en Egipto es una pieza central de la política yanqui en Medio Oriente. Desde el giro pro-occidental que Sadat inició hace 40 años, todos los presidentes norteamericanos han priorizado el control sobre el Canal de Suez. Impiden cualquier atisbo de independencia, en un país clave para contener la expansión comercial de China y la presencia geopolítica de Rusia. Por esa razón Washington sostiene la feroz represión actual de un régimen que en poco tiempo (2013-2017) encarceló y torturó a 60.000 personas (Armanian, 2017a)

 

         Esa experiencia confirma que la batalla por la democracia empalma categóricamente en Egipto con la lucha antiimperialista. Los gobiernos pro-yanquis han abandonado a los palestinos, son cómplices del cerco israelí a Gaza y cumplen un rol policial en el Sinaí.

 

Túnez siguió otra trayectoria y exhibe la única excepción a la regla de la virulencia imperial en el mundo árabe. La victoria de la primavera impuso allí la liberación de presos, la realización de elecciones libres y la concreción de una Asamblea Constituyente que frustró los intentos de islamización.

 

Los grupos dominantes mantuvieron igualmente el control del estado y pactaron una transición que asegura su manejo del poder, a través de un modelo bipartidista de alternancia de cargos. Ese esquema preserva la desigualdad social y la precarización del empleo, en un marco de descontrol de la deuda pública y consiguientes ajustes del FMI.

 

En la carencia de cambios económico-sociales, Túnez repite lo sucedido en el resto de la región. Pero en el plano político se distingue por los logros democráticos (Alba Rico, 2021). La causa de esa excepcionalidad no es ningún misterio. Túnez es un pequeño país con escasas materias primas y poca relevancia estratégico-militar. No es apetecida por las grandes potencias, ni suscita la codicia por un botín petrolero (Maget, 2020).

 

Por su reducida gravitación en comparación a sus vecinos, el imperialismo toleró las reformas que vetó en el resto de la región. Esa excepción confirmó la regla de frontal oposición de la primera potencia, a cualquier aflojamiento del autoritarismo imperante en Medio Oriente.

 

            En Siria, el esbozo de la primavera no irrumpió como en Túnez o Egipto con revueltas en las principales ciudades, gran presencia de trabajadores o peso del movimiento sindical. Las protestas se concentraron en localidades más remotas y siguieron un patrón disperso y desigual (Bouharoun, 2017).

 

La virulenta respuesta represiva del gobierno generalizó un conflicto que desembocó en la guerra más cruenta de la última década. Los anhelos de democratización quedaron totalmente sofocados en esa tragedia, al cabo de una confrontación que terminó oponiendo a dos bandos igualmente regresivos.

 

Las potencias mundiales y regionales tomaron el control del conflicto y dirimieron sus rivalidades a costa de la población. Los objetivos democráticos de la revuelta del 2011 quedaron diluidos en la militarización de una rebelión, que a partir del 2014-15 fue usurpada por milicias grupos ajenas a las demandas de los manifestantes (Alexander, 2018).

 

Al cabo de ese terrible desangre Assad se mantuvo en el gobierno, pero el futuro de Siria como nación soberana quedó cuestionado. Predomina la fragmentación del país en zonas bajo control de los distintos actores del conflicto. También en este caso Estados Unidos perdió la disputa, pero las metas democráticas fueron sofocadas y la propia supervivencia del país es una incógnita.

 

Anticipos de nuevas primaveras

 

La primavera árabe fue el principal acontecimiento en la última década en Medio Oriente. Incluyó intensas movilizaciones populares que impactaron sobre el tablero regional. Pero esa mayúscula irrupción no logró converger con reivindicaciones antiimperialistas y ese divorcio facilitó su aplastamiento por las fuerzas reaccionarias.

 

La chispa se encendió a fines del 2010 en una localidad tunecina y el derrame de las protestas se extendió a numerosos lugares. La identificación de esa oleada con una primavera es ilustrativa de la esperanza que despertó entre sus protagonistas. Los jóvenes imaginaron en las calles el comienzo de una salida a la penuria económica, al autoritarismo político y a las restricciones religiosas.

 

Con ese levantamiento el curso habitual de guerras, ocupaciones extranjeras y sangrientas disputas internas de Medio Oriente quedó alterado por un nuevo ingrediente de protagonismo popular. Fue descollante la preeminencia juvenil, la variada incidencia de sindicatos y la significativa participación de la clase media.

 

La primavera dejó un legado de experiencias perdurables en la memoria popular. Refutó todos los clichés islamofóbicos de Occidente, que presentan al mundo árabe como un universo de individuos resignados y pasivos. Los reclamos sociales y el anhelo de conquistar una democracia genuina, motorizaron las sublevaciones en países agobiados por regímenes despóticos.

 

Esas revueltas tienden a resurgir por la simple persistencia de los mismos problemas. Durante el 2019 esa tendencia al reinicio de la rebelión despuntó con llamativa simultaneidad en varios países. Una concatenada secuencia de manifestaciones repitió los contagios de la primera ola.

 

Las movilizaciones prevalecieron con renovada fuerza en las zonas no impactadas por la secuencia anterior. Pero la expansión de esos movimientos quedó súbitamente interrumpida por la pandemia. El coronavirus forzó la reclusión de la población para lidiar con la infección.

 

            El determinante inmediato de ese rebrote de lucha fue el gran empobrecimiento padecido por el grueso del mundo árabe. La región afrontó en los últimos años una drástica caída de los ingresos que acompañó el declive de los precios del petróleo. Esa retracción se tradujo en un freno del crecimiento y en un serio incremento del desempleo. El paro entre los jóvenes supera ampliamente el promedio internacional (Acchar, 2020).

 

            El neoliberalismo ha causado estragos en una zona muy golpeada por la desigualdad social y el encarecimiento de los productos básicos. Las economías generan poco empleo y alimentan una escalada de presiones volcánicas, en la explosiva pirámide demográfica de la región.

 

Aunque las privatizaciones nunca alcanzaron en Medio Oriente la destructiva dimensión de otras zonas, el modelo neoliberal socavó los viejos sistemas de protección social y generalizó un inédito desamparo y descontento. Muchos sectores de la economía tradicional han quedado desarticulados por la tutela norteamericana del Golfo, el predominio europeo en el Magreb (Norte de África) y la destructiva apertura comercial financiarizada del Mashriq (Levante).

 

Las protestas resurgen frente a gobiernos autoritarios que recurren al garrote para responder a cualquier demanda popular. Ese inmovilismo represivo acrecienta el malestar e incentiva nuevos levantamientos (Tamimi, 2017).

 

Superación de las fracturas confesionales

 

En los despuntes callejeros del 2019 convergieron demandas económicas, sociales y políticas, sin preeminencia de las filiaciones religiosas. Este carácter no sectario y secular constituyó la cualidad más promisoria de esa incipiente oleada.

 

En el Líbano las principales demandas de los manifestantes apuntaron contra la carestía y el aumento de los impuestos. La crisis fiscal, el déficit de ingresos, la merma de divisas y el incremento del desempleo desencadenaron grandes protestas, que también incluyeron el rechazo de la corrupción y el nepotismo.

 

La masividad de esas movilizaciones forzó la dimisión del primer ministro y derivó en el otorgamiento de varias concesiones (Karam; Tannury 2019). Por primera vez en mucho tiempo, una significativa protesta motivada por demandas sociales cuestionó el sistema político confesional y exigió su democratización. Esa tónica quedó confirmada en las posteriores marchas de conmemoración de la trágica explosión en el puerto de Beirut.

 

Esta tónica de exigencia de cambios políticos fue también el dato dominante en Argelia, en las protestas contra el continuismo presidencial. En las marchas se cuestionó el enriquecimiento de grupos económicos entrelazados con un gobierno de origen nacionalista, que mantiene un alineamiento internacional afín a Rusia y autónomo de Estados Unidos (Sbarbi Osuna, 2019). 

 

            En el 2003 ese régimen salió airoso de una cruenta guerra con el fundamentalismo islámico, que se cobró la vida de 200.000 personas. Al cabo de esa traumática experiencia, la lucha democrática es encarada por una nueva generación más distanciada del fanatismo religioso.

 

            En Sudán las manifestaciones se multiplicaron contra un gobierno que pretendía conseguir un mandato vitalicio. Los sindicatos de trabajadores y la izquierda jugaron un papel relevante, en protestas que asumieron una nítida tónica de lucha social.

 

            Esa misma gravitación de las peticiones sociales se verificó en las protestas de Irak. Los trabajadores convergieron con los profesores y estudiantes universitarios en la exigencia de "pan, trabajo, libertad y transparencia". La ausencia de consignas religiosas en un país desangrado por enfrentamientos sectarios fue el dato llamativo de esas movilizaciones.

 

Los protagonistas de esos movimientos han sido los mismos sujetos populares de la secuencia anterior. En el universo de los asalariados se verifica una gran diversidad de niveles de organización. El importante movimiento obrero de Túnez, los llamativos sindicatos de Egipto y la escala de huelgas de Bahréin, no tienen correspondencia equivalente en otras localizaciones de la protesta.

 

            La importante presencia de graduados y profesionales sin empleo persiste como un dato relevante de esas rebeliones. El descontento se afianza entre los trabajadores con cierta calificación que no consiguen empleo estable. El neoliberalismo estancó a las economías de la región, quebrantó la movilidad social y deterioró los sistemas de asistencia social, creando el convulsivo escenario que emerge con las protestas (Harris, 2016).  

 

Ese cimiento social de la lucha en el mundo árabe quedó brutalmente ensombrecido por las tensiones sectarias y las distorsiones religiosas en la década pasada. El desenvolvimiento de la próxima oleada dependerá de la superación de ese terrible escollo.

 

Avances nacionales sin antiimperialismo

 

El rediseño imperial que intentó Estados Unidos en Medio Oriente y África del Norte ha recreado viejos problemas de autodeterminación nacional. Algunas de esas tensiones se remontan a la cirugía que consumaron Gran Bretaña y Francia a principio del siglo XX (Tratado de Picot y Sykes) sobre los restos del Imperio Otomano. En ese trazado de países, los deseos y las identidades de las distintas poblaciones fueron totalmente ignorados. De esas imposiciones surgieron demandas nacionales de colectividades afectadas por la intervención extranjera.

 

Al cabo de cruentas guerras recientes, ciertos grupos nacionales han quedado nuevamente aprisionados en fronteras, idiomas y banderas ajenas a sus aspiraciones. Otras comunidades han reforzado sus luchas de larga data. Es el caso de los kurdos, que fueron desmembrados una y otra vez en los últimos siglos frustrando su anhelo de un estado unificado (Almeyra, 2017). A principios del siglo XX, el colapso del imperio otomano diseminó a esa minoría en los forzados límites establecidos para Turquía, Irak, Siria e Irán.

 

Los kurdos han demandado un hogar nacional que nunca logró reconocimiento internacional. La ONU avaló en un rápido expediente la existencia de Sudan del Sur, pero no acepta la inscripción de un estado kurdo. Las potencias siempre definen en ese organismo los trazados fronterizos omitiendo la voluntad de los involucrados. El Kurdistán independiente es frontalmente rechazado por los principales actores de Medio Oriente.

 

Turquía es el enemigo más declarado de esa soberanía. En la década pasada mantuvo negociaciones con el encarcelado líder de ese movimiento (Ocalan), pero Erdogan cortó abruptamente esas tratativas para erigir un gobierno autoritario. Mediante una brutal campaña represiva intenta quebrantar la alianza forjada por los kurdos con fuerzas progresistas de su país.

 

Irán exhibe la misma hostilidad hacia esa minoría y ni siquiera evalúa la concesión de alguna autonomía administrativa. Los gobernantes de Teherán recuerdan con pavor el efímero ensayo federativo que intentó la izquierda en 1944. Esa breve experiencia de un Kurdistán rojo -emparentado con los éxitos militares de la URSS- fue aplastada en sangre por el ejército del Shah. En Irak, Sadam respondió con el mismo salvajismo a las demandas autonómicas de esa minoría (Bajalan; Brooks, 2017).

 

Pero en la última secuencia de guerras, los kurdos obtuvieron impactantes credenciales de efectividad militar al derrotar al yihadismo en Siria e Irak. Los fulminantes éxitos de sus milicias en Rojava y Başur recrearon las expectativas de erigir un Kurdistán unificado. En Siria lograron construir su propio enclave autónomo bajo la dirección de un partido de izquierda (PYD). Allí pusieron en práctica la ponderada experiencia de la comuna de Rojava, al cabo de una valerosa lucha contra las milicias pro-sauditas y las arremetidas del ejército turco. Sus batallones jerarquizaron la igualdad de género, en un contexto islámico de sometimiento de las mujeres (Sancha, 2021).

 

Tanto en Siria como en Irak la golpeada minoría kurda ha logrado avances en su batalla nacional. Pero esas conquistas coexisten con un implícito padrinazgo estadounidense, puesto que las fuerzas norteamericanas están presentes en los mini-estados kurdos.

 

Washington ha jugado a dos puntas. Apuntaló inicialmente la resistencia de los kurdos para favorecer el desmembramiento de países con gobiernos hostiles (Siria e Irak). Posteriormente reforzó ese sostén, aprovisionando a los kurdos en su batalla contra los yihadistas distanciados del mandante norteamericano.

 

Pero cuando Turquía atacó frontalmente a esa minoría, Washington abandonó a sus protegidos para recomponer las relaciones con Ankara. Trump optó por Erdogan, estimando que un socio díscolo de la OTAN es más gravitante para Estados Unidos que una nación desperdigada.

 

Ese abandono no es una novedad para los kurdos que han experimentado todo tipo de traiciones. Las grandes potencias han utilizado una y otra vez a ese grupo nacional, como moneda de cambio en sus reordenamientos del mapa regional.

 

Washington intenta ahora mantener bajo su protección las zonas autónomas que manejan los kurdos, pero sin afectar la relación con Turquía. Se opone a la formación del Kurdistán unificado, pero no a la desintegración parcial de Irak y Siria.

 

Israel apuesta en forma más explícita todas sus fichas al proyecto kurdo. Busca apuntalar de esa forma sus alianzas con sectores no árabes de Medio Oriente. Los sionistas proveen recursos a los kurdos por las mismas razones que afianzaron vínculos con los maronitas del Líbano. Pretenden potenciar su enemistad con el mundo árabe y su distanciamiento con los palestinos, a pesar de la enorme similitud de los padecimientos que afrontan ambas comunidades (Cook, 2017). Los kurdos han obtenido ciertas victorias pagando el alto precio de ese aval norteamericano-israelí.

 

Sus dirigentes conocen la duplicidad de Washington y por esa razón han buscado recomponer en Siria las relaciones con Assad. No olvidan que ese mandatorio intentó disolverlos mediante una arabización forzosa, pero tantean la reconciliación para conseguir una eventual protección militar rusa.

 

En Irak han logrado una autonomía más perdurable, pero con un soporte más explícito del invasor norteamericano. Bajo la dirección de un líder derechista (Barzani) ensayaron incluso la consolidación de su autonomía mediante un referéndum por la independencia. Ese intento fracasó por desmanejos locales y objeciones estadounidenses. Pero en la zona rige de hecho una soberanía tutelada por Estados Unidos que ha instalado cinco bases en el lugar. Las disyuntivas que afronta esa minoría son particularmente complejas.

 

Los dilemas del kurdistán

 

En el durísimo combate por conquistar un estado propio contra sus enemigos regionales, los kurdos han establecido compromisos con el principal dominador del planeta. Algunas miradas realzan la lucha de esa minoría, sin exhibir gran preocupación por esos enlaces con Washington. Reivindican enfáticamente la experiencia de Rojava y ponderan el igualitarismo comunitario de ese proyecto. Las controvertidas relaciones con Estados Unidos son omitidas u observadas como un hecho menor (Dahler, 2021).

 

La visión opuesta cuestiona en forma virulenta el sometimiento kurdo al imperialismo norteamericano. Denuncia que sintonizan con los planes de forjar un archipiélago de pequeños estados subordinados a la primera potencia (Armanian, 2017b). También objeta el nacionalismo insolidario y la idealización comunalista de Rojava (Armanian, 2016a). Los críticos más extremos estiman que ese enclave se ha transformado en una base del Pentágono (Lantier, 2019)

 

            Una tercera postura cuestiona el alineamiento kurdo con Estados Unidos, sin desconocer su legítima batalla por un estado nacional (Levent, 2017). Destaca que en defensa de ese objetivo han ido más allá de un compromiso circunstancial y se han colocado de hecho bajo la protección del principal enemigo de Medio Oriente.

 

En este complejo mosaico es indiscutible el derecho de los kurdos a contar con su estado propio, cuya modalidad debería surgir de consultas entre su población. Pero también son altamente cuestionables los nexos establecidos con el mandante norteamericano, que no disimula su intención de forzar secesiones para consolidar su dominación.

 

Todos los imperialismos de Occidente han recurrido una y otra vez a ese tipo de fracturas. Por esa razón la autodeterminación nacional siempre presenta esa doble cara de legítima aspiración y forzado complot de las grandes potencias. Como destacó el líder del bolchevismo ante situaciones semejantes de Europa Oriental a principios del siglo XX, sólo el análisis concreto de cada caso permite distinguir la preeminencia de una u otra situación (Lenin, 1974).

 

La legitimidad de la lucha nacional kurda es incuestionable, pero la forma de concretar esa aspiración no puede evaluarse omitiendo el rediseño de países que propicia Estados Unidos. No es lo mismo si el anhelo kurdo se consuma de la mano o en confrontación con Washington.

 

Un curso progresista hacia el genuino Kurdistán exige relaciones de hermandad con los vecinos árabes y acciones de resistencia común contra la balcanización. Si la meta estatal kurda emerge junto a un océano de mini-estados controlados por el imperialismo, el nuevo gozará de una autonomía muy efímera. Por esa razón el ansiado proyecto de “Confederalismo Democrático” está enlazado a las luchas antiimperialistas de toda la región (Dalband, 2020). La genuina meta de los kurdos sólo puede prosperar en confluencia con las fuerzas progresistas y en luchas estratégicas contra el opresor norteamericano.

 

Tres batallas conjuntas

 

En el vasto mapa de Medio Oriente, Asia Central y África del Norte se ha creado un escenario muy contradictorio. Hay una larga lista de derrotas del imperialismo sin victorias progresistas. También se verifica una importante secuencia de crisis de la dominación externa, pero asentadas en la enorme frustración de la lucha democrática. Los acotados logros de ciertas metas nacionales están, a su vez, acordonados por compromisos con el dominador estadounidense.

 

Toda la región quedó sacudida en las últimas décadas por batallas antiimperialistas, democráticas y nacionales. El primer tipo de resistencia recobró centralidad frente a las invasiones y ocupaciones de los gendarmes foráneos. La segunda modalidad de lucha alcanzó intensidad con la impactante oleada de la primavera árabe. El tercer curso de acciones se ha verificado en la heroica acción de los kurdos, los palestinos y los sahauries.

 

La combinación del antiimperialismo con metas democráticas y nacionales está muy presente en toda la región. Supone una defensa de los recursos energéticos que ambicionan las potencias y una resistencia contra el descontrolado belicismo de las dinastías y las dictaduras. Esa batalla también implica avanzar en la secularización continúa pendiente y en impedir las incursiones imperiales que remodelan territorios destruyendo los tejidos nacionales.

 

Por este conjunto de razones las luchas antiimperialistas están estrechamente enlazadas con metas democráticas y nacionales. Esa mixtura también determina las controversias políticas en la izquierda, que analizaremos en el próximo texto.

 

17-9-2021

 

- Claudio Katz es economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA, miembro del EDI. Su página web es: www.lahaine.org/katz

 

RESUMEN

 

Las derrotas afrontadas por Estados Unidos no implican victorias antiimperialistas. Los yihadistas son la contracara de ese anhelo. En Afganistán triunfaron los retrógrados talibanes, en Irak gobierna una represiva administración teocrática, en Libia prevalece el reparto del botín y en Siria aplastaron la esperanza democrática. Las batallas antiimperialistas han sido desviadas hacia confrontaciones de supuesto sesgo inter-religiosas y el proyecto progresista panárabe ha quedado sustituido por el ensueño fundamentalista del Califato.

 

En Egipto se demostró que los avances democráticos exigen confrontar con la subordinación a Washington. La excepcionalidad de Túnez y la fractura de Libia confirmaron esa regla. La primavera árabe fue un hito de rebeldía, pero su divorcio de planteos antiimperialistas facilitó su aplastamiento. La nueva oleada plantea superar las fracturas confesionales.

 

Las demandas nacionales pueden apuntalar luchas soberanas o servir a la balcanización. Los kurdos afrontan ese dilema. Las batallas por la democracia y la autodeterminación nacional enlazan con el antiimperialismo.

 

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