Crisis económica mundial

Latinoamérica resiste

30/12/2011
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Asistimos a un capitalismo sin rostro humano, brutal e irascible que se cristaliza en Europa en decisiones autoritarias; mientras que en nuestra región se registra un escenario relativamente estable y pacificado por la existencia de regímenes políticos progresistas, y en algunos casos francamente populares.
 
Es cierto que los latinoamericanos –como promedio- aún tenemos niveles de consumo más bajos que el promedio europeo, y por cierto de manera muy marcada. Pero también lo es que venimos de situaciones peores y estamos en ascenso, con confianza social y estabilidad política
 
Los europeos, en cambio, viven una caída vertical de sus condiciones de vida tras décadas de asumida prosperidad, y tienen como panorama un empeoramiento aún mayor a corto y quizá mediano plazo. Ello redunda, a su vez, en condiciones políticas de inestabilidad; por ahora de resistencias y movilizaciones (entre las cuales las de los “indignados” son las que se han hecho más visibles), quizá en cierto lapso en un corrimiento hacia los extremos del arco ideológico que por tantos años se mantuvo en la placidez del “centro”: apoyo irrestricto al capitalismo de mercado con algunas políticas de reconocimiento y derechos civiles. Eso ha finalizado, y asistimos a un capitalismo sin rostro humano, brutal e irascible, que se cristaliza en las decisiones autoritarias de Merkel y Sarkozy, quienes prácticamente deciden contra toda democracia quién gobierna y quién no, tal cual fue evidente para los casos de cambio de autoridades en Grecia e Italia. 
 
No es, entonces, Latinoamérica el mejor de los mundos, pero sí es un espacio relativamente estable y pacificado, lo cual resulta paradojal en relación a las condiciones que nos han caracterizado durante largos períodos históricos. La condición de ello, sin dudas, es la existencia de regímenes políticos progresistas, y en algunos casos francamente populares. Aquellos gobiernos que técnicamente podrían llamarse “populistas” -liderazgos fuertes, antiliberalismo en lo político y lo económico, nacionalismo, redistribución del producto social desde el Estado, participación de organizaciones sociales- son los que llevan la bandera en este sentido: Venezuela, Bolivia, Argentina, Ecuador. 
 
En todos ellos se dan condiciones de mejoras sociales. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), es Argentina el país en el cual más se han bajado los índices de pobreza en la última década (le siguen Perú y Venezuela en ese orden); lo afirmamos para disipar el mito de cierta izquierda según la cual el gobierno argentino sería mucho más moderado que los otros que hemos nombrado. Sin dudas que en el lenguaje lo es, en Argentina no se habla de “socialismo del siglo XXI” sino de “capitalismo social”; sin embargo, en las realizaciones, estamos ante gobiernos que tienen mucho en común. Los logros y las limitaciones que hacen al caso de nuestro país, son muy similares a los que encontramos en procesos como los de Venezuela y Ecuador a los cuales en lo personal conozco bien, en tanto he viajado a menudo por razones de trabajo.
 
Los otros gobiernos con dejo popular en Latinoamérica han sido menos radicales, pero a su manera están lejos de las políticas de neoliberalismo puro planteadas por las derechas: es el caso del Frente Amplio uruguayo, de Lugo en el Paraguay, de Lula y Dilma en el gigantesco y decisivo Brasil. 
 
Tenemos ahora también el caso de Humala en Perú; es demasiado temprano para hacer juicio sobre él, que viene mostrando a la vez capacidad para decidir y prudencia en el modo de presentar esas decisiones. 
 
En cuanto a los pequeños países centroamericanos tuvimos hasta hace poco en Guatemala un gobierno socialdemócrata, hoy desplazado por la derecha filomilitar; en El Salvador una administración apoyada por el Frente Farabundo Martí, si bien con problemas desde su inicio por la filiación no partidaria del presidente; el retorno del sandinismo en Nicaragua, ahora por vía electoral y ya dos veces (si bien un sector del original sandinismo se encuentra en la oposición); en Honduras tenemos la restauración reaccionaria de Lobo frente al anterior intento popular de Zelaya; y por supuesto el ejemplo cubano, siempre enfrentado a la agresión de EE.UU. y el bloqueo, a la vez que jaqueado por problemas de redefinición del modelo económico y necesidad de cierto parcial achicamiento del Estado. Por cierto, una Cuba siempre vigente en la solidaridad internacional y en el ejemplo moral de coherencia ideológica.
 
Luego nos quedan las derechas que gobiernan hoy en la región, que en los países de tamaño mediano o grande no son muchas . En Chile, Piñera tiene graves problemas con la educación por demás costosa y privatizada, además del conflicto ambiental con la presa de Hidroaysén. En Colombia, el actual presidente Santos representa los mismos sectores económicos que su antecesor Uribe, pero sostiene en lo político una modalidad liberal que le permite la convivencia sana con sus vecinos Ecuador y Venezuela, ideológicamente lejanos a sus posiciones. 
 
Esto le valió al colombiano un conflicto con Uribe que se ha hecho frontal, y el ahora ex presidente se refugia en una autodenominada “Fundación Democracia Internacional” que propugna por la intervención permanente en los procesos políticos populares de Latinoamérica, con la finalidad de desbaratarlos a cualquier precio. Pero lo cierto es que hoy gobierna Santos, no Uribe, y que las políticas del estado colombiano no desentonan frontalmente con el actual panorama de la región. 
 
En cuanto a México, el derechismo de Calderón parece llevar a la derrota del PAN en las próximas presidenciales; la sonada lucha contra el narcotráfico se ha convertido en una pesadilla social de amenazas y muerte que ha puesto al Estado a la defensiva, y a parte de la sociedad a rogar que se deje hacer a los narcos a los fines de que éstos no tomen represalias. Esta debilidad del Estado y el gobierno hacen que haya carecido de todo liderazgo regional, y que su posición conservadora no haya tenido consecuencias hacia otros países de la zona.
 
De modo que las políticas redistribucionistas hacia lo popular, dentro del capitalismo, son lo que predomina en la región. La reacción contra los desastres del neoliberalismo ha llevado las elecciones de autoridades en esta dirección, que es la más definida en la imposición límites al capitalismo salvaje a nivel mundial en el actual momento.
 
Lo curioso es que estos gobiernos sudamericanos son visiblemente limitados en su modo de acotar al capitalismo –no pretenden abolirlo-, pero ello de ningún modo los hace “poco radicales”. Y es importante detenernos en este punto.
 
Los que desde la teoría nos señalan que el modelo es el socialismo y que estamos lejos del mismo aún en estos países sudamericanos, tienen –en abstracto- la razón. Lo que dicen es técnicamente cierto. Pero también lo es que son gobiernos que no han surgido de revoluciones, que por ello luchan en condiciones de fuerza y de institucionalidad desfavorables, a los que no puede pedirse que hagan expropiaciones importantes, por ejemplo, pues carecen de condiciones de poder suficientemente asentadas como para sostenerlas.
 
De más está decir que los “críticos de izquierda” a estos gobiernos –críticos a menudo celebrados muy claramente por las derechas, como sucede en Argentina hacia tránsfugas de la izquierda como Beatriz Sarlo o Martín Caparrós- no sólo carecen de fuerza para instrumentar una política más radicalizada que la de estos gobiernos, sino que no la tienen siquiera para sostener remotamente algunas de las políticas que estos gobiernos sí le han impuesto a los conglomerados empresariales en sus respectivos países -piénsese en las misiones de salud y educación en Venezuela, en la ley de medios argentina, en la salud gratuita de los hospitales ecuatorianos-.
 
Es destacable esta falta de visión por parte de una izquierda que cree que las afirmaciones de los libros pueden llevarse a la realidad sin mediación. Ignoran a la política como arte de lo posible, y como relación de fuerzas; viven en la metafísica del sujeto que propone la propia intencionalidad como variable independiente del decurso histórico, sin advertir los límites que nos ponen los demás actores sociales. Como dijo algún gran líder político argentino “hay que hacer la política de la fuerza que se tiene, o buscar la fuerza para hacer la política que se quiere”. Claro, ¿verdad? Si uno hace la política que quiere sin la fuerza para sostenerla, caerá. Simplemente. Basta pensar en la guerra como “política por otros medios” para que se advierta que no podemos desafiar a nadie más allá de la fuerza con que contemos. Y que si lo hacemos erróneamente, corremos el riesgo del aniquilamiento. 
 
De tal modo, los que piden “todo” obtienen “nada”. La lucha por el poder es siempre constante, inacabada y variada en sus manifestaciones. Quienes creen que pueden tenerlo todo y desde allí organizar la sociedad a su antojo -al “de las masas”, según ellos, pero sólo mientras éstas respondan al modelo conceptual elegido por la “vanguardia”-, se encontrarán siempre con que la realidad es más compleja e imprevisible que cualquiera de sus vaticinios.
 
Y se encontrarán, también, con el hecho nada menor de que hoy las revoluciones consumadas han fracasado como modelos de socialismo. ¿Desde qué materialismo se habla cuando se enarbola un modelo ideal que en los hechos no ha funcionado? Por supuesto que podemos pensar que aparecerá en el futuro un socialismo diferente, pero al menos debiera reconocerse que por ahora se desconoce sus características. Por ello, ninguna afirmación fuerte puede realizarse a partir de allí, menos aún afirmaciones terminantes y apodícticas como las que solemos encontrar en cierta izquierda libresca.
 
Lo que queremos destacar es que no sólo los procesos “reformistas” se han mostrado impotentes para hacer desaparecer al capitalismo; los modelos revolucionarios también. ¿O la China surgida de la larga guerra revolucionaria de Mao está hoy fuera del capitalismo? ¿O Argelia, Vietnam, Corea, son modelos de la sociedad socialista que quisiéramos? ¿O no es cierto que Cuba tiene hoy que dejar medio millón de trabajadores estatales fuera del Estado, al margen de los logros de la revolución en salud, o en educación y ciencia? 
 
Ojalá se entienda qué quiero decir: no sólo en Nicaragua la revolución armada precedió a la restauración capitalista. Es lo que ha ocurrido casi en todas partes y donde no –recordar el socialismo bárbaro de Pol Pot en Camboya- la sociedad a que se dio origen pudo tener aún más lacras que la capitalista.
 
De tal modo, lo que está en cuestión hoy es el “modelo ideal” desde el cual cierta izquierda piensa la política, y quizá el que todos hemos incorporado alguna vez en la crítica al capitalismo. No puede analizarse las experiencias concretas exclusivamente a la luz del criterio de “cuánto capitalismo eliminaron”, pues el momentáneo grado cero del capitalismo no ha sido el grado pleno de realización del socialismo; ni siquiera algo que se le parezca, en realidad.
 
Todo lo argumentado revaloriza aún más lo que hoy se hace en nuestros países. Limitado, contradictorio, problemático. Pero más acorde a la lógica epistémica de la época que no cree en el blanco y negro tradicional. Estos procesos de limitación al capitalismo son hoy lo más avanzado de la época a nivel planetario, y en los casos de gobiernos populistas implica la consolidación de liderazgos y voluntades políticas colectivas realmente dignos de mucha consideración. 
 
A esperar los próximos años con el optimismo de la voluntad y el pesimismo de la inteligencia, entonces. Sabiendo que los latinoamericanos estamos en procesos constructivos que requieren profundizarse, perfeccionarse, continuar. Pero que han sentado las bases de esas construcciones, que conllevan ya consolidación importante. No debemos renunciar a la crítica ni a la exigencia, pero dentro de estos procesos, no poniéndonos en esa vereda de enfrente en que los grandes medios y las derechas se han establecido. Pues ellas juegan a la liquidación de estos gobiernos, y a la re-imposición del liberalismo más burdo.
 
Quizá logremos, con los años, ser un ejemplo para la crisis de los europeos, mostrando que el Estado tiene un lugar activo y redistribuidor, y no todo debe ser ajuste con baja del gasto estatal. 
 
Hoy lo dicen Stiglitz y Krugman, mañana podrían ser muchos más si es que logramos mantener un fuerte intercambio económico interior a nuestra región, y conseguimos que China –compradora de nuestras materias primas- no quede presa de la bancarrota en que están situados el comercio exterior de Estados Unidos y el de Europa.
 
- Roberto Follari es Dr. En Psicología de la Universidad Nacional de San Luis. Docente e investigador de la Universidad Nacional de Cuyo, y en posgrados de diversas universidades argentinas y latinoamericanas.
 
APAS | Agencia Periodística de América del Sur | www.prensamercosur.com.ar/apm
Facultad de Periodismo y Comunicación Social. Universidad Nacional de La Plata.
 
https://www.alainet.org/es/articulo/154964

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