Son los mismos muertos de siempre

12/09/2008
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Desde el martes pasado, cuando comenzó la “rebelión” (como justificó el titular de un diario cruceño al inicio del vandalismo) en Santa Cruz, una extraña sirena, que no es de la Policía, ronda mi barrio cada noche. Desde ese día, como hoy, trasnocho y trasnocho mirando noticieros, leyendo, pero sobre todo pensando. En estas trasnochadas, de forma intermitente, escucho lejanamente el detonar de petardos y, desde ese día también he recibido un montón de llamados telefónicos de algunos amigos y parientes que me dicen: ¡Cuidate!

A pesar de esos “consejos”, la tarde de este jueves me di un velento por el centro y encontré todo el comercio semi-cerrado, las vitrinas, las vidrieras y escaparates cubiertos con madera, con cartones o con láminas, las heladerías (que ni en los feriados paralizan) estaban cerradas, los mercados a media fuerza y hasta las peluquerías semi-abiertas (a pesar de que siempre están repletas para el viernes “chico”).

Para rematarla, y después de recibir el consejo de mi hermano, terminé rayando las once de la noche en el supermercado. Pero llegué demasiado tarde. Toda la carne fue vendida.

En esos recorridos he percibido rostros de ciudadanos temerosos y, sobre todo, acongojados. Hasta la madrugada del viernes el sentimiento era de congoja e incertidumbre. Pero el termómetro fue subiendo hasta que explosionó Cobija y, evidentemente, ocurrió el baño de sangre que los bolivianos no queríamos y, créanme, me dolió en el alma la pérdida de esas vidas y las circunstancias en que sucedieron los decesos.

Me dolió igual que me dolió en febrero de 2003, en octubre de 2003 y como me dolió siempre que en el Chapare vi cómo ultrajaban y, también, mataban cocaleros a título de “erradicación del narcotráfico” durante las coberturas de noticias que me tocó cubrir.

En el oficio del periodismo me ha tocado reconstruir varios de estos sucesos. Esta reconstrucción siempre ha estado sustentada en testimonios de “sobrevivientes”, de familiares, de recorridos de las zonas epicentros, de revisión de la prensa, etc. Y siempre, siempre, he terminado angustiada y dolida porque la conclusión ha sido la misma.

Hoy, a pesar de la desinformación que provocan los medios de comunicación masiva acerca de lo sucedido en Cobija, me embarga el mismo sentimiento y me atormenta la misma conclusión: los muertos son los mismos. Siguen muriendo los mismos. Los mismos hombres y mujeres más miserables que tiene este país. Los mismos harapientos que siempre han estado condenados al analfabetismo porque el Estado “no tiene plata” para financiarles educación.

Los mismos bolivianos (porque sí son bolivianos) que si tienen un pedazo de tierra siembran cuatro productos locos (porque no tienen posibilidades para más) para la supervivencia de sus familias, pero que al mismo tiempo están condenados a vender su mano de obra a los patrones que les pagan otra miseria y que los explotan 10 ó 12 horas diarias sin derecho a nada.

Parecerá muy duro lo que escribo pero tengo la impresión que ya están acostumbrados a la muerte. Mueren sus hijos cuando están naciendo porque no hay asistencia de salud en los recónditos lugares donde viven y, claro, mueren sus mujeres en los partos que ellas mismas tienen que atenderse. Mueren los niños con epidemias que ni siquiera se registran en las estadísticas oficiales.

En julio de 2004, el mismo día en que se realizó el referéndum del gas, ingresé a una de las comunidades indígenas más paupérrimas del país. Es el pueblo Pacahuara, la etnia más pequeña de Bolivia, donde hasta esos días había entre 7 y 11 sobrevivientes. Acababan de superar una epidemia de fiebre amarilla y los pocos niños que habían estaban todavía con las secuelas de la enfermedad. Al salir de la comunidad que apenas tenía cuatro chozas a la orilla de un riachuelo de donde pescan diminutas sardinas para su alimentación, me quedé a acompañar el entierro de un bebé en otro pueblo: Chácobo, también en extinción. La madre del bebé estaba deshecha y, en su legua, expresaba su angustia y su dolor por la muerte de su pequeño que a esa hora ya estaba inerte en un improvisado féretro que no era otra cosa que un cajón muy rústico de madera, cualquier madera del monte.

Pregunté a los vecinos el porqué del deceso del niño y nadie supo responder los motivos porque en el “campo” la muerte es así, no tiene una explicación científica, no tiene una causa médica. La gente, niños o adultos, simplemente se mueren.

Pero también durante varios años me correspondió conocer otras zonas rurales, en tierras altas y en tierras bajas. Otra experiencia que me caló fue la de aquel recorrido que hicimos con un amigo fotógrafo para experimentar la ruta que siguen los indígenas y campesinos potosinos que salen de sus comunidades para fin de año rumbo a las ciudades para mendigar en fin de año. Llegamos hasta sus comunidades y constatamos la miseria en la que se debaten, vimos sus surcos semiáridos y reducidos a la mínima expresión. Recorrimos sus pueblitos casi fantasmas, donde solo quedan los viejitos y unos cuantos niños que no pudieron salir con las familias que migran a limosnear en La Paz, Santa Cruz y Cochabamba.

Observamos cómo en la Terminal de buses de los centros urbanos próximos a sus comunidades no les querían vender boletos en los buses y como ellos se daban modos para hacerse comprar los boletos por algún ciudadano de buen corazón, no indígena, que luego se los entregaba para que puedan abordar las flotas.

Claro, abordaban después de escuchar los reproches de los “boleteros” de los buses que cuestionaban la “presencia indeseable” de estos ciudadanos en aquellos transportes. Estas experiencias cercanas a comunidades indígenas y campesinas, a las que tengo que sumar recorridos en El Alto, en el altiplano paceño, en el altiplano orureño, visitas a pueblos indígenas como los Uru Chipaya y Uru Murato, a culturas amazónicas como la del pueblo Araona, culturas orientales como la Guaraya y hasta la Yuqui son las que me han hecho palpar la realidad que se oculta en nuestra sociedad.

Esa realidad es la que ahora tiene a un pueblo sublevado, a un pueblo que siempre estuvo invisible, en una temporada escondido porque a muchos de ellos los aniquilaban como animales salvajes y, en la última temporada, levantado, despertado y decidido a todo.

Esta no es una lucha de autonomistas versus centralistas. Ni es una lucha entre regiones de oriente y de occidente. Esta es una lucha de miserables que se cansaron de ser miserables y que se dieron cuenta que son mayoría y que pueden utilizar esa mayoría para reivindicar los derechos que siempre les negaron.

Es una lucha de ciudadanos que tienen muchas limitaciones de formación, sí, pero que saben que las ventajas de los “otros” sirvieron para el enriquecimiento de unos cuantos nomás. Es una lucha de hombres y mujeres que están hastiados de servir de mano de obra, de servir de voto acarreado para favorecer al patrón que suma y suma miles de hectáreas de tierra utilizando su poder político, de seguir sumando censos y encuestas de pobreza.

Esta lucha es el resultado de todo lo que hicieron los gobiernos de turno de este país que durante años trataron de tapar el sol con un dedo prometiendo siempre que se iba a saldar la que denominaron “deuda social”. Esa deuda pendiente está pasando ahora su factura. Tampoco es una lucha exclusiva de Evo Morales que ahora, coyunturalmente y gracias a sus méritos como dirigente sindical y líder político, le toca liderar. Podrá caer el Presidente con la sangre derramada en Cobija pero estoy segura que la lucha de ese pueblo desposeído no la para ni ese derrocamiento.

- Gisela López Rivas es periodista

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