Mujeres contra el ALCA: razones y alternativas
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Introducción

Magdalena León T.*

El ALCA no es sólo un acuerdo comercial con mayor alcance geográfico, sino un instrumento de “nuevo tipo”, que tiene implicaciones para la economía toda, para los Estados y para la vida de la gente en la región. Sus enunciados definen, de manera explícita e implícita, un modelo económico y geopolítico que compromete el desarrollo, la soberanía, la democracia y el futuro mismo de nuestros países.

Por eso –y aún si tratara sólo de comercio en el sentido convencional- la mirada y posición de las mujeres no puede quedar circunscrita a los aspectos o impactos sociales y laborales, asumiéndolo como un hecho dado o inevitable. Las definiciones estratégicas en juego llaman a considerar las directas implicaciones económicas y políticas, la relación sustantiva y específica entre mujeres, economía y Estado, más aún en un ordenamiento económico que se organiza y funciona sobre la base de desigualdades e injusticias de género.

El desafío al situarnos frente al ALCA, entonces, es trascender el punto de vista de los aspectos e impactos sociales típicamente asociados con las mujeres. Es preciso ubicarnos, como actoras económicas y ciudadanas, de cara a sus postulados económicos centrales y al conjunto de las propuestas que contiene, pues tenemos que ver con todos ellos, y nos corresponde hacer parte de las decisiones sobre el rumbo de cada uno de nuestros países y de la región como conjunto.

Un paso necesario es cuestionar la separación entre lo económico y lo social, que se ha acentuado en estos años neoliberales. Tal forzada división de campos ha llevado a considerar casi como independientes los temas de macroeconomía y política económica, frente a los sociales y de política social, colocándonos sistemáticamente en este segundo espacio, lo que, entre otras cosas, supone un desconocimiento de los roles y derechos económicos de las mujeres. Así, se han tratado como económicos los temas de inversiones, finanzas, riqueza, empresas, y como sociales los de pobreza, empleo, salud, educación, pequeña producción.

En este esquema, el rumbo de las políticas económicas ha aparecido como único e invariable, considerándose apenas algunos de sus “impactos” a ser tratados vía políticas focalizadas o de compensación. Se ha llegado así, incluso, a suponer que al margen de la orientación del paquete o núcleo económico pueden hacerse consideraciones de género, protegerse derechos o conseguirse un tratamiento adecuado para aspectos laborales, sociales o ambientales.

Esta visión se ha hecho presente también en el tratamiento del ALCA, pues se proyecta como tema que compete a algunos delegados gubernamentales y empresariales, en tanto que la sociedad no es asumida como parte interesada y con derecho a decidir. Por eso el interés y participación que se han desatado con las iniciativas de resistencia al ALCA tienen especial significación para las mujeres, pues se trata de reivindicar nuestra calidad de actoras económicas, de hacer valer los aportes que hacemos tanto a la producción como a la reproducción, en medio de desventajas e injusticias acumuladas históricamente, de una persistente discriminación en las retribuciones, en el acceso a recursos y a las decisiones económicas, cuya superación no puede seguir siendo postergada.

La preocupación común y generalizada que despierta el Acuerdo entre los más variados sectores, se refiere a los riesgos de poner a competir en igualdad de condiciones a países y agentes económicos entre los que priman grandes disparidades; es lógico que de ahí sólo pueden desprenderse mayores desigualdades. Pero esta apreciación se queda corta frente a un Acuerdo que extiende sus normativas hacia los servicios y la propiedad intelectual, colocando prácticamente toda actividad humana bajo el control de las empresas transnacionales, y eliminando las posibilidades de que los países puedan tomar decisiones claves sobre la economía, de que los gobiernos nacionales o locales puedan ofrecer servicios en rubros básicos como educación, salud, saneamiento ambiental, cultura, o aprovechar su capacidad de inversión y compra para estimular la producción local, para incentivar la equidad, o para proteger el ambiente.

El modelo económico de libre mercado, que el ALCA busca llevar al extremo, no ha sido y no es una solución, ni un espacio de oportunidades para las mujeres. Por el contrario, el ajuste neoliberal, las privatizaciones, la erosión de lo público han traído, entre otros efectos, la quiebra de unidades productivas pequeñas y medianas, tanto urbanas como rurales, justamente donde hay más presencia femenina; la eliminación de empleos y su precarización -se juntan ahora viejas y nuevas modalidades de trabajo subpagado, desprotegido, inestable, sin derechos-; la concentración en los hogares de todo lo relativo a la reproducción, a la generación de capital humano, creando presiones adicionales al trabajo doméstico no remunerado de las mujeres. De hecho, como lo muestran varios análisis, este modelo ineficiente ha conseguido sostenerse gracias a los costos ocultos que absorbe el trabajo femenino no pagado.

El carácter intrínsecamente injusto y empobrecedor del modelo neoliberal hace que los logros en cuanto a reconocimiento de derechos de las mujeres y a enunciados sobre equidad de género, conseguidos con sostenido esfuerzo en las últimas décadas, se topen con barreras infranqueables para su aplicación, dejándolos casi como letra muerta. Para las mujeres es relevante contar con instituciones y espacios públicos con capacidad para tomar decisiones, definir políticas, promover derechos, construir democracia. Si para impulsar, por ejemplo, avances en cuanto a participación política han jugado un rol preponderante las medidas de acción positiva, para superar inequidades económicas resulta indispensable que el Estado cumpla un papel de activa promoción de derechos, de acceso a recursos, de estímulo a la producción, de cobertura de servicios.

La naturaleza del ALCA y del proceso del que hace parte, sus condiciones formales y legales, el contexto geopolítico, tornan inviable la introducción de cambios o reformas en sus orientaciones. No hay márgenes para “negociar mejor”, para obtener supuestas ventajas comerciales, peor aún para introducir enunciados válidos sobre derechos humanos. ¿Qué equidad puede adelantarse en el marco de una economía injusta y empobrecedora? ¿Qué ciudadanía puede ejercerse en países sin soberanía, sin proyectos propios de desarrollo? ¿Qué derechos pueden aplicarse frente al dominio del mercado neoliberal, con instituciones que pueden menos que las empresas y corporaciones, sometidas a sus designios? Por eso nuestra propuesta es detener las negociaciones, y encaminar los esfuerzos regionales a construir una integración alternativa.

El camino del libre mercado es el peor y no es el único. En estos momentos de crisis de un modelo que trata de reciclarse a través de la guerra, resulta impostergable la adopción de otra óptica económica, la definición de otros objetivos para la producción, el comercio, las inversiones: la atención de necesidades humanas, el mejoramiento de la calidad de vida en condiciones de justicia, de sostenibilidad económica, social y ambiental. Se impone también cambiar el modelo de comercio internacional diseñado según el patrón de la Organización Mundial del Comercio (OMC), que tampoco es el único e inevitable. Nos conviene el inmediato abandono del esquema de competencia, que supone la eliminación de los otros en una lógica de guerra, y el impulso de un comercio basado en la justicia, la complementariedad, la solidaridad, que aliente de veras las capacidades productivas de variadas formas de organización económica, y estimule avances tecnológicos positivos para la humanidad.

A través de los textos que se recogen en esta publicación pueden visualizarse algunas de las principales implicaciones y consecuencias del ALCA para las mujeres, y aportes a la propuesta de alternativas. Son documentos de corte analítico, político y testimonial, basados tanto en reflexiones como en vivencias; reflejan la amplitud de las miradas y posiciones de las mujeres, las experiencias de algunos contextos nacionales, y por supuesto la pluralidad de enfoques que siempre enriquece el debate.

Se combinan artículos inéditos con otros ya difundidos previamente, y declaraciones emitidas por organizaciones. En conjunto, dan cuenta del grado de interés e iniciativa de las mujeres en el tema, del afán compartido de contribuir a la información, a la reflexión, al debate, a la acción crítica, a la definición de alternativas desde las mujeres, para nosotras y para todos.


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Notas:

* Economista ecuatoriana. REMTE y Foro Social Mundial-Ecuador