En
los años 1950 y 1960, en la izquierda francesa, se planteaba a veces que
algunas verdades (sobre el sistema soviético, por ejemplo) no había que
decirlas para “no desesperar a Billancourt”.
Además de no compartir esta concepción jesuítica de la verdad,
mi intención con estas muy incompletas e imperfectas reflexiones sobre los
límites de los movimientos sociales (MS) no es desesperar a los cuadros
militantes que se esfuerzan de construir y fortalecer dichos movimientos. Se
trata más bien de impugnar el paralogismo falaz y tácito que, en mi opinión,
subyace a cierto “movimientismo” entusiasta –o sea, a una exaltación acrítica
de los MS que, a menudo, constituye un substituto barato y apenas disfrazado de
las certezas cómodas y monolíticas del vanguardismo leninista o foquista. Este
paralogismo consiste en derivar en modo subrepticio de una premisa sumamente
correcta y trascendente –“sin los movimientos sociales, nada es posible”– una
conclusión indebida: “con los movimientos sociales, todo (o casi todo) es
posible”.
En
lo que se concibe más bien como un llamado al debate sobre los “agujeros
negros” de la reflexión entorno a los MS, quisiera concentrarme sobre tres
temas : el problema de la relación de los MS con la política; la relación
entre su peso “demográfico” y su peso político; la cuestión del carácter
“antisistémico” o del potencial anticapitalista de dichos movimientos.
El dilema de la
política
En cuanto participan a la disputa
sobre el bien común y el orden social, lo MS son obviamente directamente
políticos y contribuyen en la definición de la agenda política. Sin embargo, no
es en este sentido que se suele problematizar le relación de los MS con la política –más que con lo político–, entendida como la esfera
de las instituciones estatales, de las políticas públicas y de las competencias
electorales. En los últimos debates sobre MS en América Latina, existe cierta
tendencia a presuponer la existencia de un corte tajante entre autoorganización
social e institucionalidad política. Esta dicotomía absolutizada refleja a
menudo una moralización solapada del debate estratégico y una nueva versión de
viejos reflejos fundamentalistas. Hoy en día, no se sabe muy bien qué es la
revolución, ni quiénes son los revolucionarios y los reformistas, entonces la
mejor manera de distinguir lo “puro” de lo “impuro” puede ser defender la
virginidad de MS idealizados contra cualquier contaminación institucional. La
forma más extrema de este purismo es el curioso libro de John Holloway. Sin embargo, creo que las tésis de
Holloway son sólo la cristalización hiperbólica de un humor ideológico vago
pero insistente que se encuentra bajo formas más matizadas en otros autores.
Uno
de ellos es Raúl Zibechi, que acabe de publicar un artículo sobre las
“relaciones peligrosas” entre MS y poder estatal.
Para Zibechi, la contraposición entre la breve y desventurada participación
gubernamental del movimiento indígena ecuatoriano, ayer poderoso y hoy debilitado
por esta experiencia, y la práctica de no participación electoral e
institucional del MST brasileño comprueba que las verdaderas alternativas se
construyen esencialmente fuera de los espacios estatales, en la “terca
autonomía” de los espacios sociales y comunitarios de base. Sin embargo, la
realidad es un poquito más compleja. Como muchos MS, el movimiento indígena
ecuatoriano se ha construido en gran parte en función de la oferta política,
institucional y simbólica del Estado –así como del para-Estado o supra-Estado
constituido por los organismos multilaterales y de cooperación internacional–.
Su combatividad real, aunque cíclica, podría caracterizarse casi en los mismos
términos utilizados por Álvaro García Linera para describir el antiguo sindicalismo
boliviano: “un arraigado espíritu demandante frente al Estado, belicoso por
cierto, pero enmarcado en los marcos de significación y modernización
propalados por el Estado”. En
general, se puede compartir el diagnóstico de Pablo Ospina: “El movimiento
indio [ecuatoriano] navega entre varias opciones que se entrecruzan, se separan
y se bifurcan: oponerse al poder del Estado, convertirse en poder del Estado,
crear espacios más o menos autónomos de poder dentro del Estado”. Y en su trayectoria concreta, dichas
“separaciones” y “bifurcaciones” casi nunca han sido entre los espurios
profesionales de la participación política y los heróicos adeptos de la
movilización social, sino que las ambivalencias de la relación con el poder han
atravesado sistemáticamente todas las instancias del movimiento social, de las
dirigencias hasta las bases.
Sustentada en esta dicotomía
mítica entre poder político y antipoder social, hay también una notable
confusión, en el texto de Zibechi, entre dos opciones estratégicas no necesariamente
congruentes: la de mantenerse rigurosamente a distancia del mercado de las
competencias y de las fidelidades electorales, como es el caso del MST, y la de
propugnar activamente una institucionalidad separada y autónoma, como es el
caso de los “caracoles” zapatistas (no de los municipios indígenas
ecuatorianos, que promueven mecanismos participativos en el marco del orden
jurídico-administrativo imperante). Pero incluso la situación en el terreno
chiapaneco es mucho más sutil. En un documento reciente,
el Subcomandante Marcos señala por ejemplo que, a pesar de mantener plenamente
su autonomía y sus prácticas democráticas radicales, la Juntas de Buen Gobierno
zapatistas: a/ reconocen la jurisdicción penal del Estado méxicano; b/ tienen
relaciones de cooperación con muchos de los municipios oficiales con los que
comparten territorio; c/ mantienen un canal de comunicación, mediante la
Secretaría de Pueblos Indios, con el gobierno del estado de Chiapas; d/ aunque
“no creen que las elecciones sean un camino verdadero para los intereses del
pueblo”, reconocen el derecho de sus administrados a participar en las
elecciones oficales y están dispuestas a facilitar el trabajo de las
autoridades electorales en tierras zapatistas.
Además, después de tentativas muy conflictivas,
los municipios zapatistas renunciaron a gravar impuestos en los
territorios bajo su control y viven esencialemente de la solidaridad y de la
cooperación internacionales. Es
decir que el “contrapoder” zapatista se mantiene en una curiosa ambigüedad
frente a las prerogativas coercitivas y tributarias que caracterizan
tradicionalmente el poder estatal. Esta ambigüedad puede ser interpretada como
una debilidad, o, al contrario, como un fertil terreno de innovación
institucional. Demuestra, por lo menos, que la realidad no responde a los
esquemas binarios de los ideólogos del contrapoder o del antipoder.
El
caso de los zapatistas es muy particular por su origen de insurrección armada
“autolimitada” y su trayectoria ulterior. En cualquier contexto que no sea de
pura coerción o de anarquía institucional, el problema más general de los MS es
que su imprescindible “institucionalización interna”,
por originales y autónomas que sean sus formas, no puede hacer caso omiso de la
institucionalidad “externa” y de los problemas que plantea: ¿quién es el
soberano?, ¿quién lo representa legítimamente?, etc. La autonomía de los MS
frente al mercado político-electoral, especialmente en sus versiones corruptas
y clientelistas, es imprescindible. Creer que, por sí mismo, esta autonomía
diluye los dilemas de la lucha por el poder estatal, de la formación
conflictiva de la voluntad general, de la institucionalización de las reglas de
convivencia social y de deliberación pública, de la administración equitativa de
los recursos, de la representación de los ciudadanos y de su participación
activa en los asuntos públicos, es la más burda de las ilusiones.
El aporte de los MS no reside
unilateralmente en la promoción de una espontánea democracia “directa” o
“participativa” frente a una democracia representativa puramente “formal”.
Basta un mínimo de reflexión para entender que la democracia obrera, los
soviets, las asambleas populares, o cualquier forma de democracia con fuerte
participación de las bases, para no volverse un espacio de manipulación de
microaparatos militantes profesionales o de aclamación plebiscitaria del
caudillo de turno, precisan tener reglas rigurosas y mecanismos delegativos y
representativos a la vez imparciales, transparentes y eficientes. O sea, ser
aun más “formales” que la democracia representativa “burguesa”. Más allá de su
ingenuidad antropológica, la fetichización de lo “constituyente” en oposición a
lo “constituido” –para usar el léxico de Toni Negri– manifiesta una
incomprensión cabal, y tal vez un cierto desprecio, de la dinámica de la
institucionalidad democrática como construcción social de un espacio público
donde las reglas plasman los conflictos y los conflictos reestructuran las
reglas y transforman a los propios actores y sus intereses. Ahí reside el reto
auténticamente político de los
movimientos sociales, no en la
disyuntiva falaz entre pureza social y contaminación institucional.
El dilema del tamaño y
del alcance
¿Son
mayoritarios o minoritarios en la sociedad los MS? Y si son minoritarios,
¿hasta que punto esto condiciona su capacidad de liderazgo político y moral
sobre los sectores subalternos? Esta interrogación que, en el fondo, nos remite
al clásico problema de la “dialéctica de la cantidad y de la calidad”, está
bastante descuidada o hasta silenciada en los debates corrientes sobre los MS
en América Latina. Empirícamente, nadie cuestionaría el hecho de que, por lo
general, los sectores sociales organizados –incluso cuando se trata de
organizaciones tan poderosas como el MST brasileño– son demográficamente
minoritarios no sólo en la población global, sino entre los mismos sectores
populares. Una excepción parcial
notable son los movimientos del tipo de las “puebladas” argentinas, de la
Guerra del Agua de Cochabamba, del Arequipazo peruano o el caso de ciertas
zonas indígenas particularmente homogéneas, como el altiplano aymara norpaceño,
donde los actores sociales organizados son capaces de arrastrar a casi la
totalidad de una población fuertemente identificada a un espacio geográfico o
cultural “denso” en defensa de una reivindicación o de un recurso local dotados
de una gran resonancia material y simbólica. Sin embargo, se trata de contextos
relativamente excepcionales, aunque significativos.
En
general, por ser una consideración de apariencia trivial, no se le dedica al
carácter frecuentemente minoritario de los MS la atención que se merecería. A
esta remoción silenciosa del tema contribuye la misma dinámica motivacional de
los intelectuales de clase media que se consideran aliados de, o cercanos a,
los movimientos sociales y que participan en su quehacer de varias maneras
(solidaridad, asesoramiento, capacitación, comunicación, mediación política,
etc). A menudo, el desarraigo y el malestar de la intelectualidad profesional están
debidos a su ubicación social ambigua –“fracción dominada de la clase
dominante”, en términos de Bourdieu–, al ocaso del magisterio moral de la
cultura libresca y a la relativa pérdida de prestigio de los especialistas de
los saberes no directamente “productivos” bajo los efectos conjuntos de la
cultura de masa audiovisual y del economicismo tecnocrático neoliberal. En este
universo social frustrante y desencantado, estar al lado o en el seno de los MS
equivale a tomar un baño de autenticidad, recargar sus baterías morales al
calor acogedor de la comunidad popular y sentir batir el pulso de un pueblo a
veces idealizado y sentimentalizado.
De ahí
se extrapola muy facilmente la idea –en general implícita– de que los MS son el
centro de gravedad potencial de lo popular o de lo subalterno, o que la
supuesta “alienación” o “falta de conciencia” de los sectores no organizados y
no movilizados del pueblo es sólo la apariencia distorsionada de la que
los movimientos populares militantes son la verdad teleológica. Sin embargo, un
mínimo de realismo sociológico debería enseñarnos que las cosas no son así. Se
pueden citar varios otros factores que, sin necesidad de ninguna conspiración
capitalista para desmovilizar las masas, tienen un
peso mucho más determinante que los MS en la formación moral, intelectual y
política de los sectores subalternos. Mencionemos sólo dos de ellos: la
televisión y sus complejas relaciones con la dinámica de la cultura popular
urbana; el auge extraordinario de los movimientos pentecostales. El tema
trascendente de las modificaciones de la conciencia social y del espacio
público –que no son ni tienen que ser unilateralmente “negativas” y
“alienantes”- por los medios audiovisuales es demasiado complejo para ser
tratado aquí. En cuanto a las nuevas formas –neoprotestantes– de religiosidad
popular, en las que muchos observadores ven una forma sui generis de modernización-individualización, combinan toda una
gama de funciones socio-económicas, terapéuticas y ético-espirituales cuyo
sentido no es unívoco. Sin embargo, no sólo su dimensión cuantitativa –tocan a
entre 15% y 20% de la población latinoamericana, y proporcionalmente más a los
sectores subalternos–, sino
sobre todo su impacto en la economía moral y material de las clases populares
hace de ellas tal vez el movimiento de autoorganización y autopromoción popular
más masivo de la historia del continente. Este fenómeno, que apenas empieza a
ser explorado por los especialistas de sociología religiosa, está aun
totalmente fuera del horizonte de reflexión de la izquierda latinoamericana.
Así que
no sólo el “pulso del pueblo” palpita también en todos estos espacios, sino que
la misma pluralidad creciente, la incongruencia y la inconmensurabilidad
relativa de las varias esferas del “mundo de la vida” popular complica
considerablemente el panorama. Dicho eso, el hecho de que no existe un “centro de gravedad” simbólico,
ontológico o sociológico de lo popular no significa que los sectores
subalternos evolucionen en una especie de limbo de fluidez e hibridez
posmoderna, siempre cambiante y reacio a cualquier formalización. A pesar de la
desestructuración del “tiempo de clase” y de la “precariedad simbólica”
impuesta por la informalidad y la complejidad socio-económica del posfordismo
periférico, las mismas exigencias de la supervivencia y de la reproducción
frente a la penetración neoliberal sí trazan líneas de fractura y de
recomposición parcial y favorecen la emergencia de narrativas democráticas
plebeyas alrededor de figuras como “los que no viven del trabajo ajeno”, “el
pueblo sencillo y trabajador” y los
varios “sin” (sin tierra, sin empleo, sin vivienda). En este sentido, los MS
pueden todavía funcionar, en circunstancias determinadas, como lo que otrora se
llamaba “vanguardias del pueblo”.
Sin
embargo, sólo si se toma en cuenta los contextos sociológicos concretos las
formas más o menos rutinizadas de articulación entre quehacer reivindicativo y
político de los movimientos y vida cotidiana de las grandes mayorías, podremos
evaluar racionalmente la eficiencia relativa, el alcance y el potencial
hegemónico y transformador de su actuación. Por esta misma razón, la cuestión
en apariencia meramente “demográfica” del tamaño, de la calidad, de la
regularidad, de la cohesión y de la densidad de la participación individual y
colectiva en los movimientos sociales no puede ser descuidada como si
fuera demasiado evidente para ser
analizada con detención y sin prejuicios ideológicos o sentimentalismos
populistas. Por otro lado, sólo la ingeniería organizacional y la
experimentación concreta de la “institucionalización interna” de los MS (que,
insisto, no puede caer en el espejismo de la contraposición abstracta entre
“democracia formal” y “democracia real”, o “democracia participativa” y
“democracia representativa”) nos pueden dar indicaciones sobre la mejor manera
de relacionarse con el resto –no movilizado, o menos movilizado– de la sociedad
y enfrentar a la vez los peligros de la dilución, del oportunismo y de la
cooptación, pero también los de la profesionalización militante, del sectarismo
y de la desconexión con la realidad.
El dilema del
anticapitalismo
¿Son
necesariamente “antisistémicos” los movimientos sociales? ¿Prefiguran en algún
modo que no sea puramente retórico la superación de los actuales patrones de
producción y de redistribución de la riqueza social? En realidad, esta
interrogación se subdivide en dos: 1/¿Existen MS que no sean políticamente
progresistas y/o socialmente emancipadores? 2/¿Se inscriben los MS progresistas
en una perspectiva creíble de superación del capitalismo?
Para
contestar a la primera pregunta, me parece difícil negar que movilizaciones
como, por ejemplo, las que fueron fomentadas contra la inseguridad por Juan Carlos Blumberg en la Argentina, o la
“Marcha del Silencio” contra la delincuencia en Ciudad de México, presenten
todas las características canónicas definidas por la sociología de los MS. La existencia de MS nítidamente
“reaccionarios” –y tal vez de valores reaccionarios en algunos MS progresistas–
puede sólo fortalecer mi línea de argumentación. Sin embargo, por razones de
espacio y de comodidad, me limitaré a examinar el problema del potencial
anticapitalista o socialista de los MS generalmente reconocidos como
“progresistas”. El problema se plantea en dos aspectos: el de las creencias y
de las expectativas racionales de los movimientos, y el del contenido concreto
de sus prácticas de acción y organización.
En
un artículo reciente, James Petras, el prolijo académico estadounidense que
dedica la mayor parte de su tiempo a sermonear la izquierda latinoamericana
sobre la debilidad de su dinamismo revolucionario, se indignaba de que el
dirigente del FMLN salvadoreño, Schafik Hándal, le hubiese confesado, a
propósito de la perspectiva del socialismo, “que para eso faltaban siglos, que
estaba muy lejos”. En un
tono más diplomático, el líder farabundista expuso recién su punto de vista
sobre el tema: “En realidad, nuestro supuesto radicalismo no se puede definir
en la actualidad como anticapitalismo total. […] no se trata de la abolición
inmediata del capitalismo en general, de toda expresión de relaciones
capitalistas de producción, distribución e intercambio [sino] de abolir el
capitalismo neoliberal dependiente y asegurar el desarrollo nacional con
justicia social y en democracia participativa, que supere la pobreza, el
desempleo profundo y crónico, el atraso educativo, cultural y
científico-técnico, que garantice la salud, la vivienda, el medio ambiente, la
equidad de géneros; que reactive la economía, reconstruya y fortalezca el
tejido productivo nacional, agropecuario e industrial, apoyando la pequeña y
mediana empresa, las empresas cooperativas y desarrollando la integración
regional.”
Es
sumamente sintomático de la actual situación ideológica de la izquierda el
hecho de que nadie en América Latina, por radical que sea su genealogía
política (e incluso un movimiento guerrillero como las FARC), proponga
seriamente otra perspectiva. No
tengo ninguna objeción de principio contra el planteamiento de Schafik Hándal,
aunque se podría siempre discutir en detalle. Lo que me preocupa es que la
conformidad más o menos tácita –o el silencio confuso– sobre propuestas de este
tipo reflejan más bien no sólo la pobreza, sino la simple inexistencia de
cualquier debate serio y articulado sobre las formas y los contenidos de una
posible sociedad poscapitalista, tanto en las filas de los supuestos
revolucionarios como en las de los supuestos reformistas.
Veo
dos razones para esta púdica remoción. Primero el hecho de que, más allá de
reacciones superficiales y poco convincentes –tipo: “la Unión Soviética fue
víctima de una conspiración imperialista”; o al revés: “nosotros nunca tuvimos
nada que ver con el modelo soviético”–,
en América Latina, el fracaso estrepitoso de los regímenes de Europa oriental y
de algunos de sus clientes y aliados en tercer mundo –sin hablar de la
paradójica evolución de la República Popular China– nunca fue procesado
debidamente por la izquierda en el nivel de la reflexión teórica y estratégica.
Eso vale a fortiori por un tema
completamente tabú en la izquierda latinoamericana, lo que los mismos
economistas oficiales cubanos llaman púdicamente “el agotamiento del régimen de
crecimiento extensivo”; o sea, el desempeño catastrófico de la economía de
comando de tipo soviético –subsidiada ayer por la URSS, hoy por los dólares de
la emigración y del turismo– en la isla caribeña.
La
segunda razón, íntimamente vinculada con la primera, es que tampoco existe en
el continente, no digo una reflexión, sino siquiera el anhelo de reflexionar en
serio sobre las formas institucionales, los incentivos económicos y
antropológicos y los mecanismos motivacionales que podrían hacer sustentable a
mediano y largo plazo un socialismo democrático en el mundo en general y en
países del tercer mundo en particular.
Ahora
bien, en la doxa de la izquierda
anticapitalista y anti-imperialista latinoamericana, una escapatoria frecuente
a la problematización de la institucionalidad concreta de la sociedad
poscapitalista es el postulado de la existencia de un substrato antropológico
comunitario y solidarista que bastaría recuperar y revitalizar para definir los
rasgos esenciales de un socialismo autóctono o de un desarrollo alternativo.
Existen, obviamente, antecedentes filosóficos e ideológicos de esta tesis en
las varias síntesis de socialismo y populismo romántico que emergieron en la
Europa del siglo XIX –pensamos en el famoso debate entre Marx y Vera Zasulich
sobre el mir (comunidad campesina
tradicional) ruso– y varios equivalentes funcionales de ésta en otros espacios
geográfico-culturales. En la misma América Latina, se podría citar innumerables
declinaciones y variaciones de este tema, que van desde las hipótesis teóricas
más o menos articuladas, con referencias a Karl Polanyi, a Marcel Mauss o a
trabajos históricos y antropológicos sobre la resistencia de la economía moral
del campesinado o de los sectores populares frente a la modernización
capitalista, hasta el simple cliché retórico esencialista.
Nos
bastará aquí mencionar su formulación emblemática –a media distancia entre la
teoría y el eslogan– por uno de los principales formadores de opinión de la
izquierda continental, Eduardo Galeano: “Es debido a la esperanza y no a la
nostalgia que debemos recuperar un modo de producción comunitario y un modo de
vida fundado no en la codicia sino en la solidaridad, en la viejas libertades y
en la identidad entre los seres humanos y la naturaleza. […] Un sistema letal
para el mundo y para sus habitantes, que pudre el agua, aniquila la tierra y
envenena el aire y el suelo está en contradicción violenta con las culturas que
sostienen que la tierra es sagrada porque nosotros, sus hijos, somos sagrados.
Esas culturas despreciadas y negadas, tratan a la tierra como a su madre y no
como materia prima y fuente de ingresos. Contra la ley capitalista de la
ganancia, ellas proponen la vida del compartir, de la reciprocidad, de la ayuda
mutua que en el pasado inspiró a la utopía de Thomas Moro y que hoy nos ayuda a
descubrir la cara americana del socialismo, cuyas raíces más profundas yacen en
la tradición de la comunidad.”
De
igual manera, aunque con un léxico más preciso, Anibal Quijano sostiene que “el
sector privado socialmente orientado y su esfera pública no estatal”, tal como
se encuentran en las comunidades andinas, pueden servir como base para una
“razón no instrumental” enfocada “en los fines, más que en los medios, y en la
liberación, más que en el poder”. La
aparente plausibilidad ideológica de este planteamiento ha sido
considerablemente fortalecida tanto por la emergencia en varios países, en
particular México, Guatemala, Ecuador y Bolivia, de poderosas movilizaciones
campesinas-indígenas cimentadas en un indianismo políticamente autónomo –es decir que rechaza el paternalismo y el
“ventrilocuismo” de las corrientes
indigenistas tradicionales promovidas por intelectuales blanco-mestizos–, como
por las prácticas de organización y de reproducción/supervivencia
autogestionadas de movimientos populares como el MST brasileño (asentamientos
productivos, sistemas de formación y capacitación), los piqueteros argentinos
(comedores, escuelas, cooperativas y emprendimientos varios) o sus compatriotas
obreros de las empresas “recuperadas”. Naturalmente, a quienes les reprochan
–en particular, desde la defensa de la democracia representativa, de la
modernidad liberal (en sus variantes neoliberales o más o menos
socialdemócratas) y de la eficiencia económica y social– ingenuidad y
anacronismo a los defensores de un socialismo de inspiración comunitaria autóctona,
los ideólogos indianistas, pro-indianistas y neocomunitaristas contestan en
general que no se trata ni de regresar a una vida agraria comunal idealizada,
ni de rechazar las conquistas imprescindibles de la modernidad, sino de llegar
a una síntesis armoniosa conforme a las condiciones sociales y culturales de
los pueblos iberoamericanos. En resumen, el socialismo ya no sería “los soviets
más la electricidad”, sino “el ayllu
más la fibra óptica”, o “la autogestión más internet”.
Desgraciadamente,
en este nivel de abstracción sociológica, los argumentos en pro y en contra se
pueden cruzar indefinidamente sin nunca llegar a una conclusión substancial.
Quisiera bajar de las alturas estratosféricas de este debate civilizacional
sobre modernidad y tradición, o sobre eficiencia y autonomía, y tratar de
aterrizar en el terreno de las interacciones y evoluciones sociales concretas,
sin prejuicios teleológicos sobre su contenido alienante o emancipador. Para
eso, es imprescindible ajustar las cuentas con tres tendencias sistemáticas del
discurso social-comunitarista latinoamericano: el moralismo, el ideologismo y
el utopismo abstracto.
1/ Moralismo. Se trata de la confusión
sistemática de categorías antropológicas y económicas –como las nociones de
“reciprocidad”, “redistribución” y
“mercado”– o sociológicas –como “colectivismo”, “comunitarismo” e
“individualismo”– con categorías éticas o motivacionales –como “egoísmo” y
“altruismo”–. Esta confusión está muy vinculada al hecho de que, en la
izquierda, el debate sobre valores colectivos, motivaciones individuales y
formas de organización social suele ser implícito y emocional, en lugar de ser
explícito y racional. Además, el moralismo barato de ciertas vertientes de la
izquierda es un efecto indirecto del amoralismo teórico de los marxismos
patentados y, en gran parte –aunque con una mayor complejidad teórica y
filológica–, del mismo Marx. No es
aquí el lugar de entrar en este complejo debate, pero basta mencionar dos
aspectos significativos: a) en
términos epistemológicos, es bien conocido que, en el contexto ecológico y
demográfico-cultural que es generalmente el suyo, la “reciprocidad” es una
categoría que puede perfectamente ser reinterpretada en términos de estrategia
“egoísta racional”; b) en el nivel más normativo, no es una
casualidad que el resurgimiento del debate ético en el neomarxismo
contemporáneo pase por una confrontación exhaustiva con las teorías liberales
–en el sentido político– de la justicia económica y social y sea generalmente
marcado por una notable convergencia con sus postulados más radicales.
2/ Ideologismo. Cuando, por ejemplo, los
kataristas bolivianos hablaban a sus adeptos de “sacar Marx y Jesús de su
cabeza” y reemplazarlos por la cosmovisión indígena, operaban una desnaturalización
subrepticia de los patrones antropológico-culturales de percepción e
interpretación de la realidad vigentes en las comunidades campesinas-indígenas
del altiplano andino. La “cosmovisión” de los pueblos precapitalistas es una
práctica simbólica contextualizada, no una doctrina cuasi-universalista del
tipo de las religiones monoteístas o de las
filosofías políticas modernas. La asunción de las nociones de
“reciprocidad” y de “comunidad” al estatuto de conceptos ideológicos redentores
les vacía de gran parte de su sustancia concreta y de su eficiencia material.
No quiero negar que, en la dialéctica de lo “tradicional” y de lo “moderno”,
muy a menudo, la coloración emocional que la memoria identitaria de las
prácticas ancestrales confiere a tal o cual tipo de aspiración social o
económica “moderna” juega un papel importante y hace que el pasado en parte
imaginado se transforma en criterio del futuro deseado por el medio de una
complicada alquimia de las necesidades y de las expectativas. En este sentido, la vigencia y/o el recuerdo de las
prácticas comunitarias precapitalistas pueden tener un fuerte sentido
emancipador, y eso no sólo para los que las viven o las vivieron directamente.
Sin embargo, la exaltación puramente ideológica de la “cosmovisión” solidaria
de los pueblos originarios conlleva el peligro del doble discurso y de la doble
moral, en particular cuando la retórica de la comunidad y de la reciprocidad
recubre una racionalidad estratégica perfectamente clásica y “occidental”, inclusive con comportamientos
colectivos o individuales maximizadores que podrían ser absolutamente legítimos
si estuviesen asumidos por lo que son, en lugar de ser mistificados –o
interpretados como “traición” de la cosmovisión cuando se vuelven demasiado
vistosos o contraproducentes–.
3/ Sin
siquiera adentrarnos en el menudo problema de la interacción entre lo
local/nacional y lo global, cabe decir que no sólo la sociedad –incluso
sociedades como la boliviana, la ecuatoriana o la guatemalteca– no es un gran ayllu, sino que no puede
serlo por razones funcionales, al igual que no
debe serlo por razones normativas.
Asímismo, la posible forma de organización de una sociedad poscapitalista
compleja –y está profundamente equivocado quien piensa que la superación del
capitalismo y la desalienación emancipadora de la división del trabajo, sin
hablar de su utópica eliminación completa, presuponen una reducción unilateral
de la complejidad social– no puede consistir en una simple reproducción en la
escala societal de interacciones locales basadas en la minga, el ayni o el mutirão, sino en una combinación sui generis de elementos de
redistribución centralizada (estatal), intercambio mercantil y reciprocidad
comunitaria. El hecho de que, como lo señalé, no tengamos la receta detallada
ni conozcamos todos los ingredientes de esta combinación –y ni siquiera la
certidumbre de que se puedan conseguir en un horizonte humanamente concebible–
no nos debe llevar a preferir construir castillos en el aire, aunque sean
castillos de hermosa arquitectura precolombina.
En este
sentido, las muy reales prácticas vernáculas de reciprocidad y solidaridad
comunitaria que se encuentran en el quehacer diario de los sectores populares
latinoamericanos no pueden funcionar como patrón ideológico de la superación
del modelo neoliberal de desarrollo, sino, más modestamente y en circunstancias
que hay que determinar con cautela, como 1/ formas de capital social que pueden contribuir, a la par con otras formas y dinámicas sociales, a un modo de
desarrollo alternativo o a la lucha contra la dependencia y la subalternidad y
2/ substrato sociológico concreto –entre otros factores morales y materiales–
de un imaginario ético capaz de
deconstruir, al menos en parte, la ilusión de la “naturalidad”, de la
“necesidad” y de la “eternidad” de las relaciones capitalistas de producción y
dominación. Sin embargo, no existe ningún determinismo sociológico lineal que
garantice que, por sí misma, tal o
cual práctica solidaria tradicional o comunitaria, o incluso tal o cual práctica
de autoorganización popular “moderna” y urbana, tengan un potencial
“pansocietal” (en el sentido de ser aplicable a una amplia gama de
interacciones sociales más allá de su propio contexto ecológico) o “intermodal”
(en el sentido de prefigurar concretamente la posible institucionalidad
política y económica de un modo de producción y de organización social
poscapitalista). Inclusive, no es
necesario ser partidario de la concepción apologética del capitalismo popular
promovida por Hernando de Soto para
entender que las redes comunitarias en las que se insertan actores sociales
plebeyos pueden servir de capital social inicial a un desarrollo sui generis de relaciones desiguales de
acumulación mercantil dentro de la economía popular.
Con lo
que volvemos al carácter problemático y a la ambivalencia del supuesto carácter
“antisistémico” de los movimientos sociales; eso no sólo en el nivel de su
relativa indeterminación ideológica (incertidumbres de la perspectiva
socialista), sino del propio tejido de prácticas “alternativas” que parecen justificar las extrapolaciones sobre
su potencial anticapitalista. No quiero decir que los movimientos sociales sean
totalmente prisioneros del horizonte de las relaciones de producción y de
dominación imperantes, modificándolas sólo en espacios intersticiales y tal vez
efímeros, sino que no se puede evaluar este supuesto potencial anticapitalista
o poscapitalista sin tomar en cuenta la totalidad de las mediaciones políticas
y ideológicas, por un lado, y de las condiciones socio-económicas y
antropológicas “infraestructurales”, por otro lado, que condicionan su
contenido y su alcance.
Conclusiones
provisionales
Como
dije al inicio, el vigor de los MS es una condición sine qua non de cualquier dinámica transformadora, pero no basta la
existencia de MS poderosos y beligerantes para ver los límites de lo posible
desplazarse hasta el infinito. Veo en esta ilusión una versión un poco anémica
o falsamente humilde –uno ya no se remite a la infinita sabiduría del partido
sino a la infinita creatividad de los movimientos– del optimismo histórico del
movimiento obrero socialista tradicional, que se cimentaba en unas premisas
filosóficas y epistemológicas excesivamente simplificadoras: todo lo deseable
es posible, y, en virtud de las “leyes de la historia”, todo lo supuestamente
posible resulta inevitable. Hoy en día, los movimientos que se reconocen
en la dinámica de los Foros Sociales Mundiales se contentan en afirmar que
“otro mundo es posible”, sin arriesgarse demasiado a definir de antemano los
caminos de este otro mundo. Esta prudencia no es criticable en sí misma, pero
la falta de definición puede ser otra forma de “vivir del cuento” para una
izquierda a menudo confrontada a la emergencia del poder y de la gestión. Así
que hay que encontrar nuevas formas de perfilar y articular “programa mínimo” y
“programa máximo”, una tarea sumamente política que ningún MS puede enfrentar
aisladamente.
Me acusarán, probablemente, de
propugnar una mezcla de elitismo “politicista” y de vulgar “posibilismo”
reformista, demostrando así la mezquindad de mi imaginación utópica. Como dicen
los compañeros argentinos del Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD) de La Matanza, no me preocupa mucho la acusación de
reformismo, ya que “cuando te acusan de reformista y uno no sabe que lo es, se
hace difícil. Pero saberlo es bueno porque así no pueden trabajar sobre nuestra
culpa”. Estoy perfectamente dispuesto a
someterme a este tipo de impugnación en la medida en que venga acompañado de un
mínimo de desarrollo argumentativo y de ilustraciones empíricas. Por eso mismo,
en un artículo ulterior que podrá tal vez recoger las observaciones y críticas
eventuales suscitadas por estas reflexiones, me propongo de desarrollar una
agenda más positiva y de tratar de aplicar las famosas preguntas de Kant –¿qué
puedo saber? ¿qué puedo hacer? ¿qué es permitido esperar?– a las perspectivas
estratégicas de los MS.
John Holloway, Cambiar el mundo sin tomar el poder,
Herramienta, Buenos Aires, 2002.
Alvaro
García Linera, “Sindicato, multitud y comunidad. Movimientos sociales y formas
de autonomía política en Bolivia”, in AA.VV., Tiempos de rebelión, Muela de Diablo Editores, La Paz, 2001. García
avanza el concepto de “movilización pactista”, que se podría adaptar, con
ciertos matices, a los indígenas ecuatorianos.
Fernando Guerrero y Pablo
Ospina, El poder de la comunidad. Ajuste estructural y movimiento indígena en
los Andes ecuatorianos, CLACSO, Buenos Aires, 2003. Ver también Augusto
Barrera, Acción colectiva y crisis política. El movimiento indígena ecuatoriano
en la década de los noventa, Abya Yala, Quito, 2001.
De
hecho, la participación en el gobierno de Gutiérrez no fue la causa de
la crisis y de la división del movimiento, como pretende Zibechi, sino que
fueron, al contrario, las divisiones internas de la CONAIE y los apetitos
electorales de algunos dirigentes “sociales” que orientaron al movimiento
“político” Pachakutik hacia la alianza con Gutiérrez como mal menor frente a la
ausencia de candidato propio consensuado y la división de la centro-izquierda.
Alvaro García Linera, op. cit.
Algunos de los MS
latinoamericanos más importantes y activos son movimientos rurales que actúan
en sociedades mayoritarmente urbanas. Es cierto que, a pesar de feroces
campañas de desprestigio llevadas a cabo por el gobierno de Fernando Henrique
Cardoso y los medios de comunicación, un movimiento como el MST tiene una gran
aceptación en la opinión brasileña. Sin embargo, no se puede confundir
popularidad y hegemonía. El caso de lo zapatistas es muy ilustrativo.
La socióloga brasileña
Clara Mafra deplora por ejemplo que las feministas de izquierda sean incapaces
de percibir el potencial de autoorganización y de reestructuración social de la
vida de la mujeres de los sectores marginalizados que ofrecen las Iglesias
evangélicas, a pesar de su concepción relativamente conservadora de las
relaciones de género (entrevista con el autor). En muchas favelas y barrios deprimidos, son las únicas organizaciones capaces
de luchar contra la tremenda desagregación del tejido social. Ver Clara Mafra, Os evangélicos,
Jorge Zahar Editor, Rio de Janeiro, 2001.
Schafik Hándal, “El
FMLN y la vigencia del pensamiento revolucionario en El Salvador”,
www.rebelion.org, septiembre de 2004. Hándal añade
que se trata de “construir la base económica y social que haga posible
transitar a una sociedad socialista” y se refiere al ejemplo de la “revolución
bolivariana” de Hugo Chávez, quien declaró sin embargo hace
poco al enviado especial del Guardian
de Londres: “No creo en los postulados dogmáticos de la revolución marxista. No
creo que estemos viviendo en un período de revoluciones proletarias. Todo esto
debe ser revisado, la realidad lo demuestra cada día. ¿Será nuestro objetivo en
la Venezuela de hoy la abolición de la propiedad privada o una sociedad sin
clases? No lo creo.”
En un debate sobre el
futuro de la izquierda después de la caída del Muro de Berlín en Quito, escuché
decir que “no es que el marxismo-leninismo esté equivocado, sino que ha sido
mal aplicado”. Se podría demostrar que la pregnancia social de un imaginario
estadista, verticalista y unanimista en el movimiento obrero tradicional
–paralelamente a los elementos profundamente democratizantes y emancipadores en
términos de conquista de derechos, autoeducación, participación cívica,
valorización de la fuerza de trabajo y creación de espacios públicos
proletarios– antecede la creación y la consolidación de las formaciones
sociales poscapitalistas de tipo soviético (ver Marc Angenot, L’Utopie collectiviste. Le grand récit
socialiste sous la Deuxième Internationale, PUF, París, 1993). Lejos de ser
una simple “deformación”, o “traición” burocrática, es el reflejo de las mismas
condiciones de agregación y composición de la clase y de organización del
movimiento sindical y politico plasmadas por la infraestructura material y
cultural del capitalismo en una época determinada.
Una excepción notable es el
economista brasileño Paul Singer, militante histórico del PT y especialista del
tercer sector, que menciona a menudo los libros clásicos de Nove y Kornai: Alec
Nove, The Economics of Feasible Socialism,
Allen & Unwin, Londres, 1983; János Kornai, The Socialist System: The Political Economy of Communism, Princeton
U. P., 1992. Sobre el socialismo de mercado, ver por ejemplo: John E.
Roemer, A Future for Socialism,
Harvard U. P., Cambridge (Mass.), 1994; Frank Roosevelt y David Belkin, Why Market Socialism? Voices from Dissent,
M. E. Sharpe, Armonk (N.Y.), 1994; y la serie Real Utopias de
las ediciones británicas Verso. En castellano, el libro de Roberto Gargarella y
Félix Ovejero Lucas, Las razones del
socialismo, Paidós, Barcelona, 2001, ofrece una primera aproximación a
estos debates.
La literatura sobre el tema
es considerable, aunque poco difundida fuera de los ambientes académicos
especializados. Ver, entre otros: Robert Axelrod, The evolution of cooperation, Basic Books, New York, 1984; Samuel Bowles y Herbert
Gintis, “Is Equality Passé? Homo reciprocans and the future of egalitarian politics”, Boston Review, diciembre 1998. Desde una antropología del
don, hace dos décadas que la revista francesa del Movimiento Anti-Utilitarista
en las Ciencias Sociales explora esta temática. Ver Revue du MAUSS, Éditions La Découverte, París.
Es decir, en realidad,
universal, en mi modesta opinión (no muy popular en estos tiempos de
relativismo poscolonial).
Ver Ivan Illich, Shadow Work, Boyars, Boston (Mass.), 1981, y Le Genre vernaculaire, Seuil, París, 1983. Uso el término acuñado por
Illich para insistir sobre el carácter socialmente y ecológicamente
contextualizado –embedded, dirían los
antropólogos– de estas prácticas. Sin embargo, no excluyo que se pueda producir
encadenamientos virtuosos de prácticas comunitarias locales con dinámicas
democratizadoras globales en lo político y lo económico.
Hernando de Soto, El Otro Sendero, Editorial Diana, Mexico
1986; El misterio del capital,
Sudamericana, Buenos Aires, 2002.
“Seduciendo al capital: el
MTD de La Matanza y sus alianzas con los empresarios”, 13/7/2004,
www.lavaca.org.