Divulgar la verdad - América Latina en Movimiento
ALAI, América Latina en Movimiento

2004-03-14

Divulgar la verdad

Benjamín Forcano
Clasificado en: Politica, DerechosHumanos, Militar, Internacional, Social, Violencia,
Disponible en:   Español       


No es posible encontrar consenso a la hora de enjuiciar la realidad política. Normalmente, porque el interlocutor está ya predeterminado por una opción partidista. Y es difícil encontrar sujetos que, con imparcialidad, den cuenta del hecho analizado. Imparcialidad no quiere decir neutralidad, sino veracidad, fidelidad a lo que arrojan los datos objetivos. Yo puedo ser de uno u otro partido, de una u otra ideología, pero no puedo ser bivalente ante la evidencia de datos objetivos. No está reñida la imparcialidad con la libertad; y son compatibles visiones distintas con acuerdo común en unos mismos datos.

La realidad política es compleja y no es posible alcanzarla desde una visión purista, sea por simplismo o partidismo. El sesgo se lo damos cuando unos u otros aspectos de esa realidad no concuerdan con nuestra posición e ideología y nos empeñamos en negarlos o encajarlos en los previos intereses que nos guían. La realidad política es de por sí compleja y no raramente la hacemos impura, al trastocarla con la envoltura sospechosa de la ideología.

Estamos viviendo hechos trágicos que iluminan cuanto digo. Todo va bien mientras nos atenemos a execrar y maldecir el terrorismo, la barbarie de una matanza que nos convulsiona profundamente. Pero, las cosas cambian cuando tratamos de comprender, es decir, de relacionar esos hechos con sus causas. Soy de los que creen que toda cosa, por horripilante que sea, tiene explicación. Y lo tiene la matanza de Madrid.

Pero enseguida se sobrepone al análisis la criba de nuestra biografía personal, de nuestras ideas y preferencias, dificultando enormemente la percepción directa de la realidad.

En la horrible matanza de Madrid, ha aparecido algo preocupante, que nos acompaña a todos: antes de ver (analizar), estamos prejuzgando. Nos cerramos interiormente a ver las cosas como son, porque otros factores o intereses nos dominan, quizás inconscientemente. Y dominan sobre todo a los dirigentes, por ser ellos quienes más primariamente defienden intereses, ajenos a los datos precisos de la realidad.

Sabemos que ETA tiene una historia criminal, que ha regado nuestra geografía de dolor y de muerte, que ha engañado a muchos, que nunca ha abdicado de su vileza asesina y que hace pocas semanas estuvo a punto de perpetrar crímenes tremendos. Esto no lo olvidamos, ni deben olvidarlo los políticos.

Pero, en la tragedia presente, las preguntas se abren en otras direcciones: ¿ha sido ETA? No si ha podido serlo, sino si lo ha sido de hecho. A estas alturas, hemos visto cómo la posición oficial, por predisposición previa, estaba inclinada a culpar a ETA. La inculpación se hizo clara, repetida, contundente sin que la abonaran pruebas objetivas y hasta que la presión de una información contraria in crescendo, forzara a admitir una hipótesis distinta.

La predisposición, el prejuicio, los intereses acechaban en este caso de manera particular: si se confirmaba la hipótesis del terrorismo islámico, el impacto en la opinión pública y en el hecho inmediato de las elecciones podía ser enorme.

Millones habíamos estado manifestándonos enmudecidos en las calles de Madrid y de España, miles habíamos sido golpeados de inmediato por los horrores del dolor y de la muerte. Pero esos horrores ¿de dónde provenían? Era la pregunta callada.

La confirmada sospecha nos hacía relacionar la tragedia con otra fuente, con otro campo de interpretación. Y, en nuestro interior, era inevitable asociar aquella marea honda de dolor con aquella otra marea clamorosa en que España entera – 15 de febrero- gritaba un no rotundo (más de un 90 %) a la guerra.

Fuimos innumerables los que hablamos, escribimos, gritamos y promovimos acciones contra esa locura. No se nos oyó, se nos vituperó incluso y tuvimos que ver cómo en el hemiciclo parlamentario aplausos unánimes de los diputados del PP apoyaban la determinación de su líder por implicarnos en esta guerra. Y hubo votación y ni uno solo de los diputados del PP se desmarcó de la posición cohesionada y contumaz del Partido. La suerte estaba echada. Y, en solitario, nuestro presidente, a espaldas de la voz atronadora de España, nos metió en la guerra.

Y vimos –sólo ver- el infierno de Irak, alumbrado durante semanas por bombas y metralla sin término, un pueblo entero con niños, mujeres y ancianos (ya suman más de 30.000 los muertos), con toda una historia y vida estructuradas, con siglos de esfuerzo e inteligencia construyendo instituciones y obras admirables, todo ese pueblo sea venía abajo, estaba sitiado por un aparato bélico espeluznante sin precedentes, y era sistemáticamente golpeado, lacerado y desconyuntado por todos sus costados. Desolación colectiva, llanto y miseria y sufrimiento incalculables, que nosotros no hemos visto (nos la han ocultado) pero que hoy, en este pequeño infierno de Madrid, hemos visto reflejado con siniestros multicolores de ruina, de congoja y de muerte.

De aquel infierno, este otro. La relación es temible, pero inapelable. Han matado salvajemente, incompresiblemente, demencialmente. Sí, pero si hay relación , habrá que "entender" (no justificar) la desesperación de todo un pueblo semianiquilado y que juró venganza y no dejar impune tanto horror y muerte. "De aquellos polvos, estos lodos". Es la lógica, macabra pero real, que nos introduce en el antro de la tragedia: nos empeñamos en seguir dominado y explotando, en utilizar pueblos enteros a nuestro antojo, en someterlos a nuestros intereses, como base y palanca de nuestro nivel de vida, de nuestra soberbia superioridad, de nuestra dominación imperial, simplemente porque sí, porque podemos y porque nos lo autoriza la ley terrorista del más fuerte.

Y no aprenderemos.

Haremos discursos filosóficos o políticos distractivos, quizás equilibristas, para no llamar a las cosas por su nombre y continuaremos sin aplicar el remedio a la causa real del terrorismo: no oprimir, no dominar, no robar, no colonizar, no matar más en nombre de la ley suprema del dinero, del mercado neoliberal, de la internacionalidad del dólar, del avasallamiento por ninguna bandera. Las relaciones de los pueblos dejaron de ser imperialistas y aún no han comenzado a ser relaciones de Derecho: de igualdad y respeto en la cooperación recíproca.

Era difícil imaginar, pero ha aparecido con preocupante peligrosidad: por encima de la verdad, por encima del bien común, por encima de los datos de la realidad se ha sobrepuesto la manipulación, la verdad sesgada, el ocultamiento de hechos, los intereses particulares de un Partido, la dictadura de una verdad impuesta. Es decir, se han fusilado por conveniencia y sumisión a intereses y objetivos partidistas, exigencias las más elementales de la democracia: una información veraz, prerrequisito indispensable para decidir libremente, sin pasar por la trampa de la mentira.

Hay liderazgos y cohesiones de Partido que matan, por más que momentáneamente deslumbren por su fuerza, pues matan a quienes se cohesionan así, al hacerlo gregariamente en base al endiosamiento del líder, del miedo, de la servidumbre y de la pérdida de la individual y necesaria decencia ética.

La historia tiene momentos difíciles y gloriosos, pero en todo caso es nuestra historia, la hacemos nosotros. Llevamos siglos evolucionando, pero aún seguimos abrigando la inveterada estupidez de hacer una historia que sea la de unos contra los otros y no la de los unos con los otros, para entre todos construir un mundo plural más justo, democrático y pacífico donde quepamos todos y todos podamos vivir dignamente. Se ha dicho, lo hemos dicho si n cesar: la justicia, el respeto, la cooperación y el amor son los únicos caminos que acaban con el terrorismo. ¡Tan simple! ¿Hasta cuándo la injusta e intolerable guerra de ocupación de Irak?

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