El miedo a la vida - América Latina en Movimiento
ALAI, América Latina en Movimiento

2012-06-01

Honduras

El miedo a la vida

Irma Haydée Santamaría H.
Clasificado en:   Social: Social, Habitat, Violencia, |
Disponible en:   Español       
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Estaba revisando unos cuadros correspondientes a una consultoría que ejecuto actualmente y de pronto recordé haberle solicitado a una ex-compañera de trabajo un dato del quehacer de cierta institución gubernamental en la que laboré, dato para nada lesivo a su condición de empleada actual de esa organización ni de la institución misma, y reparé en que han pasado unos tres o cuatro días desde que me dijo que averiguaría y no ha contestado aún.
 
Esto me hizo aventurar unas posibles explicaciones a su silencio y después de descartar varias, me quedé con la que creo es la de peso, el miedo. Sí, aunque es una excelente profesional, una mujer valiente que se mueve en un ambiente de hombres, posiblemente ha tenido miedo de que revisen los mensajes enviados desde su correo, práctica esta que han acostumbrado en dicho centro de trabajo, miedo a que le hagan la vida imposible o la despidan sin ninguna justificación como hicieron con la mitad del personal, incluyéndome, a la entrada de la actual administración gubernamental. Hasta cierto punto le di la razón.
 
Una cosa me llevó a otra y recordé inmediatamente que desde hace aproximadamente tres años en Honduras vivimos con intensidad la cultura del miedo y no es para menos, es evidente como mucho de lo que sucede aquí tiene como efecto esa conducta, personas asesinadas cotidianamente sin ninguna investigación ni sanción para quienes ciegan la vida como si no se tratara del bien más valioso que poseemos.
 
No es anormal sentir miedo a perder la vida, claro que es normal y natural. Pero es increíble como ese temor a perder la vida no se queda allí, el miedo trasciende y se apodera de todos los actos de una persona, le paraliza, le hace aparecer indiferente ante la realidad, no se involucra, no actúa, ni siquiera cuestiona el propio comportamiento, aunque ocasionalmente la persona se auto-justifica por su conducta.
 
Estamos viviendo en un país en donde salir de la casa, cada día, es una aventura y no se puede garantizar que consigamos regresar. Los espacios públicos ya no son tan públicos. En muchos lugares nos revisan de arriba abajo, por dentro y fuera, cada vez que vamos allí, como si de terroristas se tratase.
Cualquiera saca una pistola. Hasta por volver a ver a alguien se corre el riesgo de que le apunten a una con un arma. Los conductores corren como locos, pretendiendo que tienen prisa y si por cualquier razón consideran que les estorbamos, también agreden, porque su tiempo es tan valioso e importante por sobre el de los demás, que vale hasta la vida de la otra o del otro.
 
Cualquiera grita y se enoja sin razón aparente, pronuncia palabras pasadas de tono, y si por casualidad esos gritos son contra una mujer, ya se sabe lo más suave que nos dicen: “vieja p…”. No digamos si se trata de alguien que no es afín al sistema imperante, una lista terriblemente larga de cuerpos sin vida es lo único que queda, acompañada de la impunidad por sus muertes y del dolor de sus parientes y amigos, del dolor de una sociedad que se siente impotente porque no queda más que reclamare al viento, dado que no hay instancia alguna que cumpla con su responsabilidad.
No, no pretendo hacer una apología del miedo, menos aún justificar el sentirnos constantemente miedosas y miedosos. Pero si quiero enfatizar que más importante que el miedo a las armas, que el miedo a los atropellos, que el miedo a la impunidad, a la corrupción que campea por todas partes, que el miedo a las mentiras de los políticos y religiosos, a la policía que repite “servir y proteger” y hace todo lo contrario, a la justicia que de ciega no tiene nada, el mayor miedo de todos es el miedo a la libertad, como bien lo plantea Erick Fromm, el miedo a ser una misma, el miedo a perder el miedo, el miedo a vivir, a amar, a Ser.
Lo que pretendo con estos pensamientos en voz alta o más bien “plasmados en blanco y negro”, es hacernos una invitación a preguntarnos si tiene razón ese alguien que decía que “vivir con miedo es vivir a la mitad”. ¿Estamos viviendo o nos auto-engañamos creyendo que vivimos cuando en realidad solo esperamos ese momento en que un necrófilo nos dé el empujón para partir de esta vida?, ¿Qué hacemos por volver la vida más segura y libre en este país?
Igual que todas las personas tengo emociones, sensaciones, pensamientos, aspiraciones, a veces siento miedo y en otras me invade el optimismo y me digo que hay razones suficientes para continuar, para controlar el miedo y ser valiente, para tratar de alcanzar objetivos propios y de sociedad, para aspirar a ser mejores cada una y cada uno, para intentar ser felices y tener un país en equilibrio, en armonía, con justicia, en el cual cada quien sienta que tiene las oportunidades para desarrollar sus potencialidades.
 
Como no aspirar a salir de la casa sintiéndonos seguras y seguros, a caminar por donde queramos, a disfrutar de los diferentes espacios, a hacer lo que nos guste, sin que nos atropellen, ni nos violen, ni maten a nuestros parientes y amigos o a nosotras mismas. Como no desear que el mundo sea un mejor lugar para vivir. Como no contribuir, desde el espacio de cada una y cada uno, a alcanzar esos sueños de tener un país de todas y todos, al servicio de todos los seres vivos, con respeto a la vida y la dignidad humana.
 
Gusto mucho de la canción que casi se volvió un himno después del golpe de Estado Militar en junio de 2009, esa que repite “…nos tienen miedo porque no tenemos miedo…”, pero aspiro a que en algún momento no tengamos que repetirla porque todos nos sentiremos libres de ser libres, libres para amar y de ser nosotros.
 
Como no aspirar a vencer el miedo a la libertad…
 
Irma Haydée Santamaría
Pedagoga y Trabajadora Social


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