TLC: ¿Hacia dónde vamos? - América Latina en Movimiento
ALAI, América Latina en Movimiento

2012-05-23

Colombia

TLC: ¿Hacia dónde vamos?

Guillermo Maya
Clasificado en:   Internacional: Tratados, |   Economía: Economia, Comercio, |
Disponible en:   Español       English    
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Hay que hacer lo que EE. UU. hizo, no lo que EE. UU. dice que hagamos.
 
Los colombianos fueron a una guerra, en la mitad del siglo XIX, Gólgotas contra Draconianos, en lucha por el libre comercio. Mientras los artesanos se oponían al libre comercio, los comerciantes lo apoyaban. Estos últimos, los Gólgotas, ganaron.

En toda Latinoamérica se repitió el libreto colombiano,  e igualmente ganaron los comerciantes. De otro lado, también en EE. UU. fueron a una guerra entre 1862-65, no tanto por la libertad de los esclavos, como por el libre comercio internacional. Sin embargo, ganó el norte industrial y proteccionista, mientras el sur, terrateniente, esclavista y productor de materias primas, algodón, azúcar, etc., perdió sus privilegios.
 
La comparación derivada de estas dos historias resulta interesante, sobre todo por las consecuencias que cada una de estas confrontaciones tuvo para sus respectivos países. Mientras los estadounidenses desarrollaron la economía manufacturera más poderosa del mundo, "haciendo lo que los ingleses habían hecho", es decir, protegiéndola; los latinoamericanos, "haciendo lo que los ingleses predicaban", han arrastrado una historia de fracasos y violencia, y economías nacionales entre la mediocridad y la pobreza.
 
Hoy, después de 150 años, en Colombia, la élite dirigente le está apostando al libre comercio, bajo diversos ropajes, como motor del crecimiento y el empleo. Primero fue la llamada apertura, con rebajas arancelarias unilaterales, privatizaciones de activos públicos, liberalización cambiaria y financiera, etc. Un decálogo de medidas más conocidas como el Consenso de Washington, desde finales del gobierno de Virgilio Barco hasta el presente. Luego, en segundo lugar, con los llamados tratados de libre comercio (TLC), que son acuerdos entre partes, y que son más tratados de inversión que de comercio, siendo el TLC con EE. UU. el más importante y que comenzó a ejecutarse a partir de mayo 15.
 
¿Pero qué vamos a vender y a comprar a los EE. UU.? Tanto hoy como en el siglo XIX, la ventaja comparativa de los recursos naturales es la salida a la impotencia creativa, nuestro destino marcado por los intereses creados en el pasado colonial. El exdirector de Planeación Nacional Santiago Montenegro lo expresó así: "Cada día hay más conciencia de las posibilidades de crecer hacia fuera y aprovechar las ventajas comparativas que tiene Colombia (...) con base en recursos naturales" (2006, 'Sociedad abierta, geografía y desarrollo').  En este sentido, el proyecto de la Ley 178 de 2006, que reglamenta el TLC con EE. UU., es más concreto en la clase de los productos que se van a exportar: "Las frutas, las hortalizas, los productos cárnicos, los lácteos, el cacao, el tabaco, el caucho, los productos de la acuicultura, los maderables, las confecciones, los productos de la industria editorial, y muchos más". ¿Cuáles? Si fueran importantes, estarían de primeros.
 
¿Y qué vamos a comprar? El principal argumento a favor del TLC es que los consumidores son los grandes ganadores porque se importarán alimentos más baratos. Para Armando Montenegro, el consumo de arepa está castigado con el arancel del 40% al maíz blanco: "Se trata, por lo tanto, de un injusto mecanismo para trasladar plata de los millones de consumidores de arepas, en su gran mayoría de bajos ingresos, a los productores de maíz". ('El Espectador', octubre 16-2011).
 
En el mismo sentido, Juan Carlos Echeverry, Ministro de Hacienda, argumenta a favor de los consumidores, los beneficios del libre comercio: "Igualmente, como consumidor, uno preferiría que llegaran millones de toneladas de pollo barato con las cuales se pudieran alimentar millones de familias. (...) Mayor variedad, mayor competencia y precios más bajos es lo que interesa al consumidor" (El Tiempo, 'Tratado de libre comercio: negociadores de quién', sept. 2-2005). Igual sucede con el exministro Carlos Caballero Argáez: "El TLC me gusta por otra razón, los consumidores van a ser los grandes ganadores porque los precios de los alimentos (...) se van a reducir". (El Tiempo, '¿Por qué no cambiar una realidad inaceptable?', octubre 21-2011).
 
Sin embargo, lo que todos no dicen es que los subsidios que reciben los grandes productores agrícolas estadounidenses de su gobierno son enormes, aunque inevitables para los 'lobbistas'. Colombia juega gallina, EE. UU. subsidia: "Los subsidios que otorgan ciertos países existen y van a existir y no nos deben asustar, porque son una inevitabilidad" (El Tiempo, entrevista a Alberto Carrasquilla, octubre 21-2011).
 
Es decir, EE. UU. va a seguir subsidiando sus productores agrícolas y pecuarios, a pesar del tratado. Por esta razón, Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía,  en sus declaraciones  sobre el TLC de Colombia con EE. UU. a la cadena de radio Caracol, el 2 de febrero de 2007, dijo que el TLC "no es justo ni libre (...) lo llaman libre pero, si lo fuera, se eliminarían (los) subsidios de la agricultura norteamericana y las barreras de tarifas (aranceles)".
 
Florentino González, el ideólogo de los Gólgotas, esperaba que la Nueva Granada (Colombia hoy) se especializara en las exportaciones agrícolas y mineras, mientras se importaban manufacturas de Europa y EE. UU. (Nieto Arteta, Eduardo, 1942, 'Economía y cultura en la historia de Colombia'). Sin embargo, "los tecnócratas", aquellos que en economía creen en la omnipotencia del mercado, esperan que Colombia se convierta en un importador no solo de manufacturas sino también de productos agrícolas subsidiados, mientras la megaminería transnacional arrasa con el medio ambiente y los bienes comunes de los colombianos.
 
En consecuencia, en estas dos últimas décadas, no solo se destruyó la manufactura, sino también la agricultura. Colombia se desindustrializó, se cerraron plantas industriales en todas las ciudades, y se volvió importadora de alimentos. La economía se convirtió en minera-exportadora, transformación productiva al revés, y una pésima infraestructura. La revaluación del peso abarató las importaciones (funciona como un subsidio) y encarecieron las exportaciones (la revaluación actúa como un impuesto), y de paso, convirtió a los industriales en ensambladores de piezas importadas. El ingreso se concentró, el Gini pasó de 0,47 a 0,58. Y como corolario, sucedió la crisis económica (1998-2001) más grave de la historia colombiana.
 
¿Esperar otros 150 años para que los colombianos nos demos cuenta de que se tomó el camino equivocado? Hay que hacer lo que EE. UU. hizo, no lo que EE. UU. dice que hagamos.
http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/otroscolumnistas/tlc-hacia-donde-vamos-guillermo-maya-columnista-el-tiempo_11804084-4
 


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