Retos de la sociedad y la Iglesia ante el siglo XXI - América Latina en Movimiento
ALAI, América Latina en Movimiento

2010-04-26

Retos de la sociedad y la Iglesia ante el siglo XXI

Benjamín Forcano
Clasificado en:   Cultura: Cultura, Religion, |
Disponible en:   Español       
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Planteamiento del tema
 
El título del tema que voy a desarrollar es claro y así deseo presentarlo desde el primer momento. Porque el grado de compromiso y consecuencias a que podamos llegar, dependen del enfoque que demos al tema. Se trata de una realidad socioeclesial, Sociedad – Iglesia, compleja e interinfluenciada, dentro de la cual vivimos y que nos lanza unos determinados retos. ¿Cuáles?
 
El reto es como una incitación, diría provocativa, para comprobar si somos capaces de dar solución al tema que nos desafía. Para lo cual hay que reunir condiciones de clarividencia sobre el desafío mismo y sobre nuestra preparación para acometerlo.
 
Pienso que este paso no lo daríamos correctamente si, previamente, no determinamos dos cuestiones fundamentales: 1ª) Qué tipo de sociedad es la nuestra y 2ª) Si ese tipo de sociedad tiene alguna conexión y dependencia con el pasado que condicione nuestra respuesta del presente.
 
Está claro que no voy a hacer un estudio de la trayectoria histórica de nuestra realidad actual. Me voy a ceñir a un período más cercano a nosotros: el que va desde los años 50 hasta hoy, destacando tres hechos principales: el concilio Vaticano II, la restauración del papa Juan Pablo II y la transición democrática de nuestro país.
 
Analizado este mapa, podremos decidir, creo, los retos que con mayor urgencia reclaman nuestra presencia y compromiso cristianos.
 
ALGUNOS HECHOS PRINCIPALES
 
1. La transición democrática de España
 
Y voy a comenzar por el último punto, porque se me presenta como el más apto para describir lo que está pa hoy en nuestra sociedad.
 
Son muchos los ciudadanos españoles que, en el momento actual, se preguntan por el papel que está jugando en nuestra sociedad la jerarquía católica. Ha sido comentado especialmente en los “medios” y esto ha hecho que, en un grado u otro, la cuestión haya bajado a la calle. 
 
¿Alguien puede poner en duda la importancia del cambio que ha representado la jerarquía católica en el hecho de la transición democrática en España?
 
Pienso que, con mayor o menor convicción, en aquel momento todos los españoles estábamos intuyendo o esperando un cambio. Y ese cambio se produjo siendo nosotros protagonistas: elaboramos y aprobamos una Constitución que plasmaba ese cambio y lo recogía en una nueva normativa constitucional, vinculante para todos:
            No era un cambio cualquiera. Pasábamos:
-           De una dictadura a una Democracia.
-           De un Estado confesional, políticamente hipotecado, a otro secular y   aconfesional.
-           De una situación que encubría la negación o discriminación de derechos fundamentales para muchos ciudadanos a otra en que se proclamaba la igualdad de todos con unos mismos derechos y obligaciones.
-           De un régimen de nacionalcatolicismo en que, para ser buen español, se exigía ser católico, a otro en el que se declara que la persona humana, cualquiera que ella sea, tiene derecho a la libertad religiosa: a ser creyente, a serlo de una u otra manera, a no serlo de ninguna.
 
Estos y otros no eran cambios irrelevantes.
Cambios que, por necesidad, iban a afectar a la Iglesia católica.
 
-En un primer tiempo, hay aceptación de la nueva situación democrática, y la Jerarquía se compromete a respetarla, sin inmiscuirse en la ideología e intereses particularistas de ningún partido. Seguramente muchos se sorprenderán al oir una cita como ésta, suscrita por la Conferencia Episcopal Española en el año 1973: “Los obispos pedimos encarecidamente a todos los católicos españoles que sean conscientes de su deber de ayudarnos, para que la Iglesia no sea instrumentalizada   por ninguna tendencia política partidista, sea del signo que fuere. Queremos cumplir nuestro deber libres de presiones. Queremos ser promotores de unidad en el pueblo de Dios educando a nuestros hermanos en una fe comprometida con la vida, respetando siempre la justa libertad de conciencia en materias opinables” (Asamblea Plenaria, (17ª), 1973). 
- Pero, progresivamente, va asomando un recelo, una crítica a la democracia, que se muestra en oposición cada vez más fuerte a leyes que se consideran hostiles y perjudiciales a la Iglesia.
 
-En los últimos años sobre todo, ha sido notorio su giro hacia la derecha, propiciando la vinculación con los partidos de derecha, cuestionando abiertamente al Gobierno socialista, movilizando la calle, participando en las manifestaciones, proponiendo incluso la objeción frente a algunas leyes.
 
      Todo esto ha ido acompañado con la divulgación de escritos y pronunciamientos que pretendían sustraer al Parlamento y al Estado el poder moral de legislar, siendo éste, como es, uno de los aspectos esenciales de todo Estado de Derecho.
 En el fondo, era una manera de golpear y deslegitimar la Democracia y reivindicar el poder hegemónico que la Iglesia había tenido en otros tiempos.
 
2. ¿Cuál sería el significado de estos hechos?
 
       Partiendo de estos hechos, aparece claro que la reacción que suscitaban no es casual, sino que va unida a factores del pasado. Tales reacciones no son comprensibles en sí mismas, si van desvinculadas del pasado. Como colectividad, España tiene una historia, larga por cierto, que es preciso conocer si se quiere entender el presente. Esa historia ha modelado el pensar y obrar de muchas generaciones, ha configurado la vida pública y   le ha dado validez en normas, costumbres y códigos propios.
Con el cambio hemos experimentado la   necesidad de renovar ese modelo de convivencia y adaptarlo a una nueva situación, provocada por una nueva conciencia, unos nuevos conocimientos y unos nuevos valores.
No es, pues, de extrañar que, frente a este cambio, surjan posturas polémicas, duras y exasperadas muchas veces.
 
3. Alcance y significado del cambio eclesialmente hablando
 
En la Iglesia católica, el momento presente muestra también una enorme dependencia del pasado. Y necesitamos referirnos a él, si queremos entender el presente. Venimos de un modelo anterior, que ha sido guía y modelo de muchas generaciones cristianas y que, aún hoy día, sigue siéndolo. Ese modelo es el concilio de Trento, somos tridentinos.
 
1) Nuestra manera tridentina de ser cristianos
      En virtud de esta dependencia hemos asimilado y profesado que:
  1. La Iglesia católica era la única verdadera. Y, si la única verdadera, la única en la cual uno podía salvarse: “La única religión verdadera es la religión católica. Ninguna de los que se encuentran fuera de la Iglesia católica, no sólo los paganos , sino también los judíos, los herejes y los cismáticos, podrán participar en la vida eterna. Irán al fuego eterno que ha sido preparado para el diablo y sus ángeles (Mt 25,4) a menos que antes del término de su vida sean incorporados a la Iglesia “ ( Concilio de Florencia, 1542 , DS 1351).
 
“Defender que todo hombre es libre para abrazar y profesar aquella religión que, guiado por la razón, juzgara ser verdadera, es una doctrina condenada” (Pio IX, Syllabus, Enchiridion Symbolorum, 1960 (1540). 
 
2. La Iglesia católica tenía tal poder que no sólo era el de un Estado, sino que estaba por encima de todos los Estados: “Las mayores infelicidades vendrían sobre la religión y sobre las naciones si se cumplieran los deseos de quienes pretenden la separación de la Iglesia y el Estado, y se rompiera la concordia entre el sacerdocio y el poder civil” (Colección de encíclicas y documentos pontificios, Madrid, 1955, pp. 1 ss.)
 
3. Al interior de ella, era norma común afirmar que ella era una sociedad de desiguales. Tal desigualdad, fundamentalmente entre clérigos y laicos, era además de Derecho Divino: “ La comunidad de Cristo no es una comunidad de iguales, en la que todos los fieles tuvieran los mismos derechos, sino que es una sociedad de desiguales” (Constitución sobre la Iglesia, Vaticano I, 1870).
 
4. El Reino de Dios, anunciado por Jesús, era un reino espiritual, meramente interior, llamado a realizarse después de la muerte, más allá del tiempo y de la historia. No tenía nada que ver con el cambio y transformación de la sociedad, no tenía aplicación en el ámbito temporal. En este sentido, graves cuestiones sociales eran ajenas a la fe o eran sacralizadas por ella: : “La diferencia de clases en la sociedad civil tiene su origen en la naturaleza humana y, por consiguiente, debe atribuirse a la voluntad de Dios” (Pio IX, Syllabus, Enchiridion Symbolorum, 1960, (1540).
 
Bien es cierto que en la vida y enseñanza vida Jesús no hay nada de eso. El Reino de Dios, que él anuncia, es el proyecto mismo de Dios, que incide en todos las dimensiones de la vida y alcanza de una manera especial a los pobres, porque es a ellos sobre todo a quienes se les ha robado la dignidad y los derechos, se les ha oprimido y se les ha impedido vivir en condiciones de justicia, igualdad, libertad, bienestar y de paz.
 
2) Nuestra manera de ser cristianos según el Vaticano II
 
            El concilio Vaticano II ha sido al acontecimiento más importante de la Iglesia en el siglo XX. Supuso, en principio, un final de las hostilidades de la Iglesia con la modernidad. El mundo –son conclusiones claras del del Vaticano II- no es el lugar del mal y del pecado, ni la Iglesia el lugar del bien y de la virtud. La modernidad era, las más de las veces, una insurrección contra arbitrariedades y abusos que no respetaban la dignidad y derechos de la persona.
 
El concilio Vaticano II reconocía oficialmente que las cosas habían cambiado y dejó plasmada la necesidad de ese cambio en unos Documentos, que subrayaban verdades como éstas: 
 
1º) La Iglesia no es la jerarquía sino el pueblo de Dios. “Pueblo de Dios” es para el concilio esa realidad englobante de la Iglesia, que remite a lo básico y común de nuestra condición eclesial, es decir, a nuestra condición de creyentes. Y, en esa condición, estamos todos. La jerarquía no tiene razón de ser en sí y para sí, sino en referencia y subordinación a la comunidad. La función de la jerarquía es redefinida con relación a Jesús, siervo sufriente y no pantocrator (señor de este mundo); solo desde   un crucificado por los poderes de este mundo se puede fundar y explicar la autoridad de la Iglesia. La jerarquía es un ministerio (diakonia=servicio) que exige reducirse a la condición de siervo. Ocupar ese lugar (el de la debilidad e impotencia) es lo suyo, lo verdaderamente propio
 
2º). No hay dentro de ese pueblo una doble categoría de cristianos: laicos y clérigos, esencialmente diferentes. Desaparece la Iglesia como “sociedad de desiguales”: “No hay por consiguiente en Cristo y la Iglesia ninguna desigualdad” (LG, 12).
Nigún ministerio puede ser colocado por encima de esta dignidad común. Los clérigos no son los “hombres de Dios” y los laicos “los hombres del mundo”. Esa dicotomía es falsa. . Hablamos correctamente si, en lugar de clérigos y laicos, hablamos de comunidad y ministerios. Todos los bautizados son consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo (LG, 10). No sólo, por tanto, los curas son “sacerdotes” sino que, junto al ministerio de ellos, el sacerdocio es común. Este cambio en el concepto de sacerdocio es fundamental: “En Cristo se ha producido un cambio de sacerdocio” (Hb 7,12). En efecto, el primer rasgo del sacerdocio de Jesús es que “se hace en todo semejante a sus hermanos.
 
El sacerdocio original de Jesús es el que hay que proseguir en la historia Y es la base para entender el sacerdocio presbiteral y, por supuesto, el sacerdocio común.
Según esto, la Iglesia entera, pueblo de Dios, prosigue el sacerdocio de Jesús, sin perder la laicidad, en el ámbito de lo profano y de lo inmundo, de los “echados fuera”; sacerdocio no centrado exclusivamente en el templo con un culto sino en el mundo entero con una praxis de justicia y amor. Este sacerdocio pertenece al plano sustantivo, el otro -el prebisteral- es un ministerio y no puede entenderse desentendiéndose del común. Y el sacerdocio común es superior y el presbiteral , como ordenado al común, es inferior.
 
Desde que se proclamó todo esto, han pasado 45 años.
 
Está claro que el desafío central era el de someter a revisión el patrimonio cristiano heredado. De la nueva conciencia eclesial brotaban dos consecuencias:
 
                        - 1ª) La Iglesia no podía erigirse ya más como una realidad frente al mundo, como una “sociedad perfecta”, paralela, que proseguía su curso en autonomía,   fortaleciendo sus muros contra los errores e influencia  del mundo. Esa antítesis de siglos, debía superarse.
                         - 2ª) El concilio se proponía aplicar la renovación al interior de la Iglesia misma, pues la Iglesia no era el Evangelio ni era seguidora perfecta del mismo, en ella vivían mujeres y hombres, los mismos que en todas las demás partes y desde su condición limitada y pecadora se habían establecido en ella muchas costumbres, leyes y estructuras que no respondían a la enseñanza y práctica de Jesús.
 
4. Papel determinante del pontificado de Juan Pablo II
 
1. El Papa Wojtyla y el Vaticano II
 
Juan Pablo II ha tenido una forma muy personal de entender el Papado. Más de 26 años viajando y dando la vuelta al mundo, acaban por dibujar un perfil de este insigne viajero y apóstol . Pero no sólo eso.
 
La Iglesia Institución, vista en su aparato clerical y organizativo, ha cobrado con Juan Pablo tanta relevancia y uniformidad que incita a reflexionar si esto no se ha hecho en base a mermar en la Iglesia esa savia original, la más profunda y reveladora de su mensaje, que es el amor, la democracia y la libertad.
 
En un comienzo se llegó a creer que el papa Juan Pablo II iba a ser la confirmación del Vaticano II, pero pronto se vio que los vientos soplaban por otros derroteros. Juan Pablo II había hecho del planeta tierra su casa. Y su mensaje de amor a la humanidad, de condena de la guerra, de promoción de la justicia y de atención a los más pobres, llegó a todos los rincones de la tierra. Era portador de una bandera universal, de unos valores universales. Y, por eso, en todas partes, gentes de toda edad, color, raza, ideología y religión aplaudían la misión de este hombre.
Este liderazgo externo contrasta con otro más deslucido, al interior de la Iglesia, que ha provocado en amplios sectores de ella crítica y distanciamiento. Con Juan Pablo II, la minoría perdedora del Vaticano II sacó cabeza y programaba pasos y estrategias para reconquistar el espacio perdido.
 
En este contexto, los vaticanistas subrayan que Juan Pablo II venía de una formación tradicionalista, marcada además por un contexto sociopolítico antinazista, y también profundamente anticomunista y en cierto modo antieuropeo. Su patria había sufrido la humillación de diversos imperios y en todos sus hijos estaban abiertas las heridas, curadas en buena parte por la religión católica. Todo esto le había hecho ver que Europa no caminaba en la dirección de su pasado cristiano, sino que avanzaba por las sendas de la secularización y del laicismo, del ateismo y de un materialismo hedonista y consumista.
 
No es de extrañar que el gran teólogo Schillebeekx escribiera:
“El concilio Vaticano II consagró los nuevos valores modernos de la democracia, de la tolerancia, de la libertad. Todas las grandes ideas de la revolución americana y francesa, combatidas por generaciones de papas; todos los valores democráticos fueron aceptados por el concilio... Existe ahora la tendencia a ponerse contra la modernidad, considerada como una especie de anticristo. El Papa actual parece negar la modernidad con su proyecto de reevangelizar Europa: es necesario –dice- retornar a la antigua Europa de Cirilo y Metodio, santos eslavos, y de san Benito. El retorno al catolicismo del primer milenio es, para Juan Pablo II, el gran reto. En el segundo milenio, Europa ha decaído y, con ella, ha decaído toda la cultura occidental. Para reevangelizar Europa es necesario superar la modernidad y todos los valores modernos y regresar al primer milenio... Es la cristiandad premoderna, agrícola, no crítica, la que, según el pensamiento del Papa, es el modelo de la cristiandad. Yo critico este retorno porque los valores modernos de la libertad de conciencia, de religión, de tolerancia, no son, desde luego, los valores del primer milenio” (Soy un teólogo feliz, p. 73-74).   
 
5. Alcance universal de la restauración de Juan Pablo II
 
Pasado el primer año del Pontificado, la restauración era manifiesta pero se reforzaba con el nombramiento del cardenal Ratzinger, teólogo y, a partir de entonces, guardián doctrinal de la restauración. Fue en el 1985, cuando el cardenal, ya sin equívocos, afirmó que “los veinte años del posconcilio habían sido decididamente desfavorables para la Iglesia”. De nuevo Schillebecx escribía: “Ahora parece que sea sólo el cardenal Ratzinger el único autorizado para interpretar auténticamente el concilio. Esto va contra toda la tradición. En este sentido reafirmo que se está traicionando el espíritu del concilio”. (Soy un teólogo feliz, p.42).
 
La restauración alcanzó a la Iglesia universal en todos los niveles y estamentos: sínodos, conferencias episcopales, reuniones del episcopado latinoamericano, congregaciones religiosas, la CLAR (confederación de religiosos y religiosas latinoamericanos), obispos, teólogos, profesores, publicaciones, revistas, etc.
 
Para llevar a cabo la restauración había que volver a los instrumentos de poder y había que contar con movimientos fuertes e incondicionales. Tales fueron principalmente el Opus Dei, Comunión y Liberación, Neocatecumenales, Legionarios de Cristo, etc.
 
Este breve recuento de lo ocurrido en el interior de la Iglesia nos hace ver la situación vivida –“larga noche invernal”, la llamó el gran teólogo K. Rhaner-   sembrando en muchos cansancio y en no pocos desencanto y alejamiento.
 
A este giro involutivo ha acompañado la pérdida de credibilidad en la Iglesia. Condiciones demasiado negativas   impedían encontrar en la Iglesia estructuras de acogida que invitaran a la confianza, al respeto y al diálogo. Todo un clima que hizo que, a pesar de grandes multitudes aplaudiendo al Papa en estadios y plazas, las iglesias se quedaran cada vez más vacías.
           
6. Aparecía así, finalmente, la cuestión esencial
 
La misión de la Iglesia es la misma misión de Jesús. Y para acertar y volverse auténtica no tiene sino volver a Jesús. “Hoy, la Iglesia se encuentra ante un cambio que, a mi juicio, es el más profundo de su historia desde la época primitiva. De una Iglesia de Europa (y de Norteamérica) culturalmente más o menos unitaria y, por lo tanto, monocéntrica, la Iglesia está en camino hacia una Iglesia universal, con múltiples raíces culturales y, en este sentido, culturalmente policéntrica. El último concilio Vaticano II puede entenderse como expresión institucionalmente manifiesta de este paso” (Cfr. Concilium, Unidad y pluralidad: problemas y perspectivas de la inculturación, nº 224, julio 1989.p. 91).
 
 Con razón ha podido escribir el famoso teólogo Hans Küng: “Se requiere un cambio de rumbo   de parte de la Iglesia, y de la teología: abandonar decididamente la imagen del mundo medieval y aceptar consecuentemente la imagen moderna del mundo, lo que para la misma teología traerá como consecuencia el paso a un nuevo paradigma” (Küng, H., Ser cristiano, p. 173).
 
7. Los retos que esta situación nos plantea a los cristianos
 
            El nuevo pensar del concilio se había ido fraguando lentamente en la conciencia cristiana y había llegado la hora de formularlo con claridad ante la Iglesia universal. La realidad socioeclesial planteaba problemas e interrogantes, serios desafíos a los que el Concilio quiso responder. Señalo los siguientes:
 
1.- Volver a Cristo, norma fundante y fundamental de la Iglesia
 
No hay reforma posible en la Iglesia sino es volviendo a Jesús. La Iglesia sólo tiene futuro y puede considerarse grande cuando ensaya humildemente el seguimiento de Jesús. Para discernir lo que es abuso o infidelidad en la Iglesia no tenemos más medida que el Evangelio. Muchas de las tradiciones establecidas en la Iglesia pueden llevarla a un verdadero cautiverio.
 
Si la Iglesia pretende seguir a Jesús, no tiene si no seguir contando al mundo lo que ocurrió con Jesús, proclamar su enseñanza y su vida. Jesús no fue un soberano de este mundo, no fue rico, sino que vivió como un aldeano pobre, proclamó su programa –el Reino de Dios-   y los grandes de este mundo ( imperio y sinagoga) lo persiguieron y eliminaron. Su condena a morir en la cruz, fuera de la ciudad como a un estercolero, es la muestra suprema de su incompatibilidad con los señores de este mundo. Destrozado por el poder, es el siervo sufriente, imagen de otros innumerables siervos, derrotados por los que gobiernan y se hacen llamar señores, pero acreditado y resucitado por Dios mismo.
 
2. Volver a una Iglesia anunciadora del Reino y servidora.
 
             “La Iglesia recibe la misión de anunciar el reino de Cristo y de Dios e instaurarlo en todos los pueblos” (LG, 5). La Iglesia, si algún encargo tiene, es el de manifestar lo hecho por Jesús. Nunca la Iglesia es meta de sí misma. La salvación viene de Jesús, no de la Iglesia. Nunca ella tuvo otro Señor.
 
La vocación de la Iglesia, a semejanza de Jesús, es anunciar el Reino de Dios. Cristo mismo no se anunció ni se predicó a sí mismo sino al Reino. La Iglesia, discípula y seguidora, debe hacer lo mismo. Su vocación es servir, no dominar: “Sirvienta de la humanidad”, la llamaba el Papa Pablo VI. Este servicio lo hace viviendo en el mundo, sintiéndose parte del mundo y en solidaridad con él, pues “el mundo es el único tema por el que Dios se interesa”. Y ahí , con humilde acompañamiento, ayudar a hacer inteligible y digna la vida, y hacer de ella una comunidad de iguales, sin castas ni clases, sin ricos ni mendigos, sin imposiciones ni anatemas y sin recetarios de moral sexual. Su objetivo primero es cuidar de lo penúltimo (hambre, vivienda, ropa, calzado, salud, educación ....) para cuidarse de lo último, aquellos problemas que no nos dejan dormir después de haber trabajado (finitud, soledad ante la muerte, sentido de la vida, el dolor y el mal, ...).
 
A esta tarea la Iglesia debe llegar siempre equipada por la fe y espíritu de servicio a la humanidad. Demasiadas veces da la impresión de que le sobran certezas y le faltan dudas, libertad, disenso y diálogo. Nunca más, pues, excomuniones del mundo o soluciones a sus problemas con vuelta al oscurantismo sino al mensaje de Jesús.
 
3. Volver a una Iglesia democrática y democratizadora que haga real la igualdad
 
“En el Pueblo de Dios es común la dignidad de los miembros, común la gracia de la filiación; común la llamada a la perfección: una sola salvación, única la esperanza e indivisa la caridad. No hay, por consiguiente, en Cristo y en la Iglesia ninguna desigualdad por razón de la raza, de la nacionalidad, de la condición social o del sexo, porque no hay judío ni griego; no hay siervo o libre; no hay varón ni mujer. Pues todos vosotros sois “uno” en Cristo Jesús (Gal 3,28 gr.; Col 3, 11)” (LG, 32). “Existe una auténtica igualdad entre todos en cuanto a la dignidad y a la acción común a todos los fieles en orden a la edificación del Cuerpo de Cristo” (LG, 32).
 
La democratización de la Iglesia es un asunto vital para que pueda adquirir credibilidad en la sociedad actual. Pero esa democratización no es posible sin lograr una auténtica convivencia de hermanos e iguales. Y este objetivo no se logra ciertamente por las sendas de un sacerdocio presbiteral superior, privilegiado y excluyente, tal como aparecía configurado, con concentración absoluta del poder en el vértice y delegado en los demás grados de la jerarquía.
 
Para emprender este camino hay que partir de la vida de Jesús, el cual, siendo laico, “produjo un cambio de sacerdocio” (Hb 7,12). La vida entera de Jesús fue una vida sacerdotal , en el sentido de que se hizo hombre, fue un pobre, luchó por la justicia, fustigó los vicios del poder, se identificó con los más oprimidos, los defendió, trató sin discriminación a las mujeres, entró en conflicto con los que tenían otra imagen de Dios y de la religión y tuvo que aceptar por fidelidad ser perseguido y morir crucificado fuera de la ciudad. Este original sacerdocio de Jesús es el que hay que proseguir en la historia.
 
Consecuentemente, es esto lo que enseña el Vaticano II: “Todos los bautizados son consagrados como sacerdocio santo” (LG, 10).     
 
Como enseña el apóstol Pablo hay en la Iglesia diversidad de funciones, pero ninguna de ellas se traduce en rango, superioridad o dominio. Todos son hermanos y hermanas y, en consecuencia, iguales. Una tarea ésta inmensa de cara a las mujeres, doblemente discriminadas en la Iglesia como laicas y mujeres.
 
El Vaticano II no pone el fundamento de la Iglesia en el esquema bipolar “clérigos-lacios” que quita protagonismo, participación y responsabilidad a la asamblea cristiana. El presbítero es, antes que nada, “ministro de la Palabra”, que debe comunicar a todos, sin que se vea ceñido casi exclusivamente al altar y a la administración de los sacramentos.
 
Me parece imprescindible añadir agunas cosas a este reto:
 
Primera: Hay que superar el tabú de que la Iglesia no es una democracia. Jesús invita a sus seguidores a un radical espíritu y práctica democráticos. “ Si alguien sigue pensando que usar la palabra “democracia” respecto de la Iglesia, puede amenazar u oscurecer la confesión de su misterio, que no lo haga nunca rebajando la llamada de Jesús hacia los valores de humildad y servicio... El cambio solo puede ser apostando a la alta: si no “democracia”, entonces mucho más que democracia” (Idem, pg. 47).
 
Segunda: Si la Iglesia es más que una democracia, no puede erigirse en guardiana de ella, sin vivir “en casa” los valores que predica a los de afuera. “Si, como afirma Casaldáliga, la democracia que conocemos es una democracia que empalaga e indigna”(Latinoamericana 2007, Exigimos y hacemos otra democracia, pg.10), ¿Qué no habrá de hacer la Iglesia para que no aparezca más como enemigo de la democracia y deje de perder credibilidad? Responde Casaldáliga: “hasta Dios debe ser democratizado de otro modo y la respectiva vivencia religiosa de la fe se debe abrir al diálogo en el pluralismo y debe compartir en la acción volcada hacia las grandes causas comunes de la vida y de todo el ser del universo” (Idem, pg. 11).
 
Tercera: nuestra forma de democracia es loable y tienen muchos valores. Pero no podemos seguir alimentando el mito de que ella es el mejor sistema de vida para la convivencia. Nuevas fuerzas económicas han adquirido un poder formidable, con el que distorsionan y doblegan a nuestras democracias. La democracia pierde su contenido y no cumple su cometido desde el momento en que los Estados conceden autonomía a las multinacionales.
 
 “La globalización de los intercambios de servicios, de capitales, de patentes ha llevado durante los diez últimos años al establecimiento de una dictadura mundial del capital financiero. Las reducidas oligarquías transcontinentales, que detentan el capital financiero, dominan el planeta... Sobre miles de millones de seres humanos, los señores del capital financiero mundializado ejercen un derecho de vida y muerte. Mediante su estrategia de inversión, sus especulaciones bursátiles, las alianzas que organizan , deciden día a día quién tiene derecho a vivir en este planeta y quién está condenado a morir” (J. Ziegler, Derechos Humanos y democracia mundial, Latinoamérica 2007, p. 26). 
 
No es difícil descubrir los efectos y consecuencias a que nos lleva la dictadura neoliberal instalada en las democracias: nos invaden con la industria de la diversión, hace que nos olvidemos de los derechos humanos, nos llega a convencer de que no hay nada que se pueda hacer, no hay alternativa posible. Para cambiar el sistema, habrá que destruir el poder de los nuevos señores feudales. ¿Quimera? ¿Utopía?
 
Dicho todo esto, puedo añadir lo cuarta cosa, la más importante:
Cuarta: La Iglesia de Jesús puede y debe aportar valores básicos, esenciales, para preservar la autenticidad de la democracia. ¿Cuáles? Señalo los siguientes:
 
1º) Primacía de los últimos. La Iglesia debiera proclamar y testimoniar que como criterio de organización sociopolítica y de educación debiera adoptarse el criterio de que todos los hombres son hermanos y, si hermanos, hay que luchar para que las relaciones sean de igualdad y desaparezcan los obstáculos que más lo imposibilitan: el dinero y el poder. Hay que establecer como prioridad el que esas mayorías, que se encuentran en la miseria y exclusión (los últimos) sean los primeros. Si Jesús llama a los pobres bienaventurados es porque les asegura que su situación va a cambiar y para ello es preciso crear un movimiento que sea capaz de lograrlo, devolviéndoles la dignidad y la esperanza. Hay que dar la primacía a los últimos:
 
"El cristianismo originario se enfrenta al reinado del dinero y del poder como mecanismo de dominación e introduce una pasión en la historia: que los últimos dejen de serlo, que se adopten comportamientos y se organicen políticas y economías que les den la primacía para construir una sociedad sin últimos ni primeros o, al menos, con la menor desigualdad entre los seres humanos convocados a ser hermanos” (R. Díaz Salazar, La Izquierda y el cristianismo, Taurus, 1998, p354.
 
2. Detectar las causas de la desigualdad. De acuerdo con esta pasión por los últimos, tener sensibilidad y criterio para saber detectar dónde se encuentran en nuestro mundo las causas y mecanismos que producen los primeros y mayores problemas de desigualdad e injusticia.
 
3. Anteponer las necesidades de los últimos. Crear una voluntad colectiva que sea capaz de anteponer las necesidades de los últimos y que articule políticas y comportamientos sociales solidarios, con la consiguiente adopción de esfuerzos y renuncias comunes. Si la pasión por los últimos se convierte en idea y fuerza moral movilizadora, tendremos entonces la posibilidad de políticas internacionales de solidaridad, de democracia económica, de asunción de la pobreza evangélica, llegando a crear nuevos sujetos sociales, con una nueva escala de valores antropológicos y una nueva finalidad para la vida personal y colectiva.
 
4. Cultura del samaritano. Hacer propia la cultura del samaritano ante el prójimo necesitado: sentir como propio el dolor de los oprimidos, aproximarse a ellos y liberarlos. Sin este compromiso, toda la religiosidad es falsa:
 
Jon Sobrino, teniendo en cuenta la tradición bíblico cristiana y, a la vista de lo que está hoy sucediendo en nuestras democracias, expone las siguientes propuestas que pueden ayudar a humanizar la democracia:
. La compasión ante el pueblo crucificado
. La justicia
. La parcialidad ante el pobre
 
Partir de la cruz de los pueblos es partir de quienes no tiene poder y, como tales, sufren todas las penalidades. A ellos nuestras democracias -eurocéntricas- les arrebatan todo: vida, cultura, dignidad y libertad. Y ante esos pueblos crucificados no hay otra postura honesta que la de “bajarlos de la cruz” porque en ellos hay presencia de Dios.
 La injusticia hace que muchos seres humanos mueran de hambre, sean asesinados. La bondad de Dios, que es bueno con todas sus criaturas, tiene que aparecer en la concreta transformación de un mundo injusto en otro justo. La justicia se opone al desprecio, la violencia, la mentira, la esclavitud, la muerte. En la medida en que eliminemos eso la vida será justa y será humana.
 
En la práctica una política democrática, de cuño cristiano, se decanta por los pobres. Seguir hablando en nuestras democracias de igualdad es una falacia real, porque no es así; hay que introducir el criterio de la parcialidad. El pobre sufriente es el que tiene que resultar primero. Hay una advertencia de Jesús de Nazaret con la que debieran confrontarse todos los poderes: civiles y religiosos, democráticos, monárquicos, socialistas, de cualquier signo: “Sabéis que los jefes de las naciones gobiernan como señores absolutos y los grandes oprimen con su poder. No sea así entre vosotros. Que el primero sea el último y el señor sea servidor” (Mc 10,41: Mt 20,25).
 
4. Volver a una Iglesia profundamente humana que establezca una nueva relación con el mundo
           
Son muchos los textos en que el concilio habla “de tender un puente hacia el mundo”, “de querer entablar un diálogo con él”, “de sentirse solidario con su historia”, etc. El concilio se abría con inmensa simpatía al mundo, a la ciencia, al progreso, a los valores humanos, a la colaboración entre la ciencia y la fe, al respeto de la autonomía de lo creado y a los derechos de la razón, de la ciencia y de la libertad.
 
Me complace volver a recordar unas palabras históricas del papa Juan Pablo II: “Vosotros, humanistas modernos, reconoced nuestro nuevo humanismo: también nosotros –y más que nadie- somos promotores del hombre” (Pablo VI, 7-XII-1965, nº 8)
            Dos consecuencias podemos sacar de esta nueva relación con el mundo:
 
Primera: Presencia de una Iglesia misionera y dialogante.
           
La Iglesia, portadora del Evangelio, sabía que no podía cerrar la puerta al diálogo, sin anular la verdad que podía brotar en cualquier parte, pues era Dios quien la había plantado generosamente. La Iglesia ya no era la monopolizadora de la   verdad ni podía sentar cátedra en mil cuestiones humanas ni podía, por tanto sostener actitudes que denotasen arrogancia o superioridad. Debía, más bien, salir al arena común, llanamente y con humildad y compartir esa búsqueda común de la verdad.
 
El diálogo debía preceder a la misión como una simple actitud de escucha, para construir sobre lo común antes que insistir en lo diferenciador, contar con la aportación de los humanismos y religiones no cristianas que nos vuelven a la base constitutiva de todo credo e ideología. Lo cristiano tiene su sustrato, primero y más importante, en lo humano. No se puede ser cristiano sin ser primero persona. Y la persona ofrece una estructura y un abanico de características y posibilidades que no son patrimonio de nadie sino de la humanidad entera.
 
Segunda: Una identidad cristiana nueva.
 
La identidad cristina debía construirse a la par con lo verdaderamente humano, a modo de fermento y servicio, lo cual requiere estar presente allí donde se ventilan las grandes causas humanas, aunque sea sin figura pública, sin renombre, sin visibilidad apenas, pero sí con la fuerza del testimonio, de la acción comprometida, del amor incondicional. Presencia escondida a modo de fermento.  
 
Esta presencia la iba a compartir con cuantos de una manera u otra llevase en su entraña el fuego del amor, de la justicia, de la liberación, de la construcción de los derechos humanos. Podíamos denominar a esta presencia santidad política, anticipatoria de la plenitud escatológica.
 
Seguramente esta presencia no iba a contar con el amparo y fuerza de la institución, por estar creada desde abajo, desde los reducidos a insignificantes y avanzaría en diáspora, en pequeños grupos o comunidades abriendo un nuevo modelo de vida cristiano, en el que el actuar es más diluido, más capilar, pero testimonial y profético.
 
5- Volver a una Iglesia de los pobres
 
Hubo un buen grupo de Padres que llevaron esta opción al corazón del concilio, estimulados seguramente por aquellas palabras que el papa Juan XXIII pronunció el 11 de septiembre de 1962: “La Iglesia de Jesucristo es la Iglesia de todos, pero para los países subdesarrollados es la Iglesia de los pobres”.
 
El concilio recogió esta profunda orientación doctrinal: “Cristo fue enviado por el Padre a evangelizar a los pobres, así también la Iglesia abraza con su amor a todos los afligidos por la debilidad humana; más aún reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su Fundador pobre y paciente, se esfuerza en remediar sus necesidades y procura servir en ellos a Cristo” (LG,8).
 
Sería el episcopado latinoamericano quien de una manera especial en sus encuentros de Medellín y Puebla, impulsaría esta pauta fundamental conciliar: “Las tremendas injusticias existentes en América Latina no puede dejar indiferente al episcopado latinoamericano” (Iglesia y Liberación, Documentos Medellín, 14, I, 1);”El particular mandato del Señor de evangelizar a los pobres debe llevarnos a dar preferencia efectiva a los sectores más pobres y necesitados y a los segregados por cualquier causa” (Idem, 14, III, 9). “La solidaridad con los pobres significa hacer nuestros sus problemas y sus luchas, hablar de ellos. Esto ha de concretarse en la denuncia de las injusticia y la opresión, en la lucha cristiana contra la intolerable situación que soporta con frecuencia el pobre, en la disposición al diálogo con los grupos responsables de esa situación para hacerles comprender sus obligaciones (Idem, 14, III, 10).
            Ciertamente, esta opción conciliar hizo que muchísimos cristianos se replantearan la orientación de su vida, llevó a muchas congregaciones religiosas a revisar sus normas y modos de vida, hizo surgir en buena parte del episcopado un talante reformador, libre, profético e hizo florecer en muchísimos lugares el martirio como fruto del compromiso por la liberación.
 
A modo de conclusión
 
Durante estos últimos años, los pronunciamientos de la jerarquía eclesiástica han ido provocando creciente malestar y desconcierto en la gente.           Los comentarios mediáticos han venido siendo, en general, de desdén, de ironía , de crítica despiadada.
 
La realidad es que muchos católicos se han ido distanciando de la cúpula dirigente. Tienen muy claro que sus Pastores no proceden así por más fidelidad al Evangelio ni por más amor  los pobres.
 
No deja de ser paradójico que, en una situación democrática donde existen condiciones de libertad como no las hubo nunca, vengan algunos obispos a denunciar   que la “Iglesia” con este Gobierno se siente acosada y perseguida: “Se da una crítica y manipulación de los hechos de la Iglesia, un cerco inflexible y permanente por medio de los medios de comunicación. Somos una Iglesia, crecientemente marginada. No nos dejemos engañar. Lo que hoy está en juego no es un rechazo del integrismo o del fundamentalismo religioso, no son unas determinadas cuestiones morales discutibles. Lo que estamos viviendo, quizás sin darnos cuenta de ello, es un rechazo de la religión en cuanto tal, y más en concreto de la Iglesia católica y del mismo cristianismo” (Mons. Fernando Sebastián, Situación actual de la Iglesia: algunas orientaciones prácticas, Madrid, ITVR, 29 –III- 2007).
 
Seguramente es verdad lo que un buen sociólogo me decía: la jerarquía no es creíble porque vive en otro mundo, añoran hábitos hegemónicos de poder y dominio de otra época, no están dispuestos a despojarse -dejarse morir- para iniciar una adaptación que les haga valorar la nueva situación.
 
Las cosas son así.
 
Ha habido en los últimos siglos una positiva evolución de la conciencia social y eclesial. El concilio Vaticano II lo entendió perfectamente y, por primera vez, hubo una reconciliación oficial con el mundo moderno, con la democracia, la igualdad, el pluralismo y la libertad. Pero eso no es lo que se daba antes. Antes era la alianza de la Iglesia con los poderes estatales, la primacía de la religión católica, el protagonismo del clero, la supeditación de los saberes humanos al saber teológico, la devaluación de lo terreno, la desigualdad, la desconfianza frente al mundo y otras religiones, la obediencia como norma suprema. Todo ello muy lejos de la tarea primordial de la liberación de los pobres.
 
Y, cuando el cambio de todo esto ocurre, no se lo quiere reconocer como una evolución positiva, que obliga a cambiar y convertirse,   se dirige la vista a otra parte y se inventa un falso enemigo a quien culpar de todo. El paso de una época teocrática e imperialista a otra humanocéntrica y democrática se la interpreta como un cúmulo de males, provocados por una política de izquierdas, secularista y atea.
 
 Pienso que los desasosiegos y premoniciones negativas de la Jerarquía se deben a que sufren una descolocación en el tiempo en que vivimos. Es significativo que en la Iglesia -jerarquía y pueblo- sea tan notable el desentrenamiento para vivir en una situación democrática. Vivir en democracia es algo importante y difícil. Y los hábitos democráticos no se improvisan, hay que aprenderlos, cultivarlos, amarlos.
 
Todo parece indicar que la Iglesia de Benedicto XVI con los vientos a favor camina hacia el preconcilio: da trato de favor a los neoconservadores, pone en entredicho el diálogo ecuménico, se sitúa de espaldas a la legítima autonomía de la cultura y de las ciencias, pospone las grandes causas de la humanidad que, por ser primeras y prioritarias, deben unirnos a todos.
 
Quiero concluir con un texto vigoroso e iluminador del Vaticano II: “La personal dignidad y libertad del hombre no encuentra en ninguna ley humana mayor seguridad que la que encuentra en el Evangelio de Cristo, confiado a la Iglesia. Pues este Evangelio proclama y enuncia la libertad de los hijos de Dios, rechaza toda esclavitud , respeta como santa la dignidad de la conciencia y la libertad de sus decisiones, amonesta continuamente a revalorizar todos los talentos humanos en el servicio de Dios y de los hombres. Y, así, la Iglesia proclama los derechos humanos y reconoce y estima en mucho el dinamismo de nuestro tiempo, con el que se promueve estos derechos por todas partes” (GS, 41).
 
- Benjamín Forcano es sacerdote y teólogo.


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