EL problema, Sr. Powell, es el robo del petróleo y el robo no hay ética en el mundo que lo justifique - América Latina en Movimiento
ALAI, América Latina en Movimiento

2003-02-07

EL problema, Sr. Powell, es el robo del petróleo y el robo no hay ética en el mundo que lo justifique

Benjamín Forcano
Clasificado en:   Política: Politica, |   Internacional: Internacional, |   Social: Social, |   Economía: Economia, |
Disponible en:   Español       
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En política parece que la virtud por excelencia es la diplomacia, que consiste en conseguir que la mentira aparezca como verdad. Y no voy a citar ningún personaje que, como se acostumbra ahora, me confirme en lo que digo. Era sobresalado Cervantes cuando, en el Quijote, escribe: "Naturalmente soy poltrón y perezoso, de andarme buscando autores que digan, lo que yo me sé sin ellos".

Pues sí, hay que andar con diplomacia para que las intenciones verdaderas queden escondidas. Y, si tú , periodista, científico, cura, político o ciudadano normal, ves que la disimulación es clara, no lo digas, ampara al disimulante con un manto de duda o de escepticismo. Queda mejor.

Hay un clamor popular universal contra la guerra de Irak. Todo el mundo sabe que la razón real de la guerra es el robo del petróleo. Pero, eso, así, tan claro, es tan feo, tan repugnante que hay que hacer todo lo posible para que no aparezca. El crimen y la mentira por parte del Estado y, en este caso, del más poderoso Estado del mundo, no es de recibo, pues los Estados tienen como fin el bien común, basado en la justicia y la verdad. La mentira, se supone, no es de oficio. Pero, tan estridente es en este caso la contraposición entre lo que oficialmente se dice y lo que oficialmente se oculta, que la hipocresía resulta escandalosa.

Todo el mundo sabe que la razón es el robo del petróleo. Pero, no importa. Quieren que sigamos prestando oído a los decires oficiales.

Irak es uno de los más grandes yacimientos de petróleo. Y poseer el petróleo es decisivo para imponer el dominio económico. Lo sabemos, pero a nosotros nos quieren hacer creer que se trata de liberar al pueblo de Irak, que está sufriendo lo indecible bajo la bota de un tirano execrable. En otros momentos, ese tirano fue amigo de Estados Unidos, apoyado y armado por él, pero entonces eso convenía a los intereses del imperio.

En otras partes, otros tiranos tuvieron sometidos a sus pueblos en la miseria, en el miedo y en el horror de la muerte y perduraron en el poder porque los gobiernos de EE. UU. los apoyaron, los armaron y los legitimaron. "El presidente del planeta anuncia su próximo crimen en nombre de Dios y de la democracia. Así calumnia a Dios . Y calumnia, también, a la democracia, que a duras penas ha sobrevivido en el mundo a pesar de las dictaduras que los Estados Unidos vienen sembrando en todas partes desde hace más de un siglo" (Eduardo Galeano). A pesar de eso, el Sr. Powel pregona y recalca ante la vieja Europa, que la política estadounidense no tiene nada de qué avergonzarse de lo hecho en estos 100 últimos años. ¡Vamos, que ni la Santa Madre Iglesia Católica!

Pero, ¿no es el petróleo un bien natural del pueblo de Irak, que él y sus gobernantes tienen que administrar? El Sr. Bush y su gobierno lo saben, pero ellos quieren para sí ese petróleo, para mantener su hegemonía económica y política y, por sí y ante sí, deciden apropiárselo manu militari. Ahora, no piensen que esto lo hacen por móviles de robo y dominación, no, lo hacen para repeler una amenaza terrorista terrible, para detener a un loco que posee armas de destrucción masiva, para defender la vida y seguridad de Occidente y delvolver al pueblo irakí la libertad y democracia. Todo el mundo sabe de este doble juego.

Pero, los representantes del Pentágono, una y otra vez, vuelven a explicarnos lo mismo: que su política no quiere sino castigar a este peligroso asesino, que no ha cumplido con la obligación de desarmarse y que ha burlado reiteradamente las resoluciones de las Naciones Unidas.

El Sr. Bush, y plantilla, saben que mienten, pero decir en este caso que ellos van a robar, es feo, muy feo, y tan impúdico, que todavía necesitan esconderlo, para no sublevar la conciencia de la población mundial.

A Sadan Husein "se le acaba el tiempo de desarmarse", le conmina el Sr. Bush. Las investigaciones de los inspectores no valen, pero los portavoces del Pentágono no cejan de aparecer en nuestros periódicos, radios y pantallas queriéndonos convencer de que Irak no ha cumplido, de que oculta armas de destrucción masiva y no merece más oportunidades. Y tienen poder para, nos guste o no, verlos, oirlos y sermonearnos sin cuento. Y seguirán por si, finalmente, pueden conseguir lavar su mala conciencia con el jabón de una legalidad inexistente.

Es su estribillo: el tirano no se desarma. Y lo dice quien, más que nadie, está superarmado, con armas tecnológicas de efectos increíbles y que ha hecho uso de ellas como nadie y que debiera, según los acuerdos de no proliferación nuclear, desarmarse. Y tenemos que soportar que el Sr. Bush, como si fuera voz y conciencia nuestra, - la del eje del Bien- , exija que otros países se desarmen y que él pueda seguir ensayando e incrementado su inmenso arsenal bélico.

Si la realpolitik del imperio, y colaterales, se movieran por un mínimo de ética y humanidad, podrían calcular hasta qué extremos de desarrollo, de cooperación y de promoción de los países empobrecidos, podrían llegar si la locura de su dominadora carrera armamentística revertiera por el camino de la igualdad, del respeto y del derecho internacional. Me sobrecogen las cifras en gastos de esta desvariada política y me da miedo pensar en un monstruo agitado por intereses de una política ciegamente racista e imperialista, capaz de desoir la desesperación, las lágrimas y quebrantos de todo un pueblo, abocado inmisericordemente al matadero.

A mí me produce vergüenza y pena extraña tener que contemplar la arrogancia con que el gobierno más poderoso del mundo exhibe sus armas y flamantes ejércitos para ir a luchar contra un pueblo empobrecido y humillado, estigmatizado, asediado y bombardeado, que es como si se defendiera con tirachinas. ¿Sr. Bush ha abierto Vd. su conciencia ante el abismo del genocidio que van a perpetrar y han abierto la de sus soldados y agentes para que, espantados, les dejen a Vds. solos ante el crimen?

No resisto a ofrecerle, a Vd., hombre de escasa cultura según confesión propia, las palabras de Mons. Romero, arzobispo de El Salvador, asesinado pocas horas después de decir lo que ahora le digo: "Hermanos soldados, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: No matar. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la misma ley de Dios. Una ley inmoral nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, le ordeno: ¡Cese la represión!".

La trampa es muy sencilla: la maquinaria mediática de Estados Unidos es paralela a su maquinaria militar, quieren imponer el pensamiento único, lo que ellos dicen que es verdad todos tenemos que decir que lo es, aunque sea mentira.

Sólo su prepotencia mundial les lleva a pensar que pueden comparecer en donde quieran para remachar "sus" razones y hacernos creer que la razón de esta guerra no es el robo del petróleo. Pero, ahí, somos más fuertes que ellos: en razón, en pruebas, en sabiduría y en humanidad.

"Cada nación tiene una igualdad soberana", es el principio sobre el que reposa la organización de las Naciones Unidas. Una nación puede ser más o menos pequeña: territorial, económica o militarmente, pero posee una igualdad esencial que le equipara, en derechos y obligaciones, con todas.

Me felicito que, finalmente, políticos y sindicalistas, que en recientes actos, marchas y manifestaciones contra la guerra, han brillado por su ausencia, se sumen ahora a esta ola de solidaridad universal contra la muerte.

Pese a todo, nos queda una dignidad natural, que nadie puede borrar. Porque el problema, Sr. Powell, es el robo del petróleo. Y el robo no hay ética alguna en el mundo que lo justifique.

Benjamín Forcano, Teólogo

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