Jesús de Nazaret ante el poder - América Latina en Movimiento
ALAI, América Latina en Movimiento

2009-04-30

La perversión del poder y sus idolatras

Jesús de Nazaret ante el poder

Benjamín Forcano
Clasificado en:   Cultura: Cultura, Religion, |   Política: Politica, |
Disponible en:   Español       
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Actualidad del tema

1. El poder no viene directamente de los dioses

La cuestión del poder plantea cuestiones éticas profundas para toda persona y sociedad. El poder es bivalente, ya que puede ejercerse para dominar o servir, y en ese sentido nos alcanza a todos. En todos los ámbitos de la existencia, individual, social e internacional nos encontraremos con este desafío y en el modo de encararlo se verá la categoría moral de la persona.

Pero, de cara a su ejercicio concreto, no sé si por cultura o praxis histórica, el poder se lo suele entender como un don innato, no recibido, desde que el sujeto poseedor hace, ordena y manda a su placer. Habría una desconexión de las fuentes del poder, que se lo supone legitimado para proceder con arbitrariedad.

Estoy convencido de que es aquí donde radica uno de los males más serios para asegurar una convivencia justa y pacífica. Nos acostumbraron a ver el poder como una emanación de lo alto, que se delegaba a representantes humanos, también por decisión de lo alto. Este poder suponía una sociedad de clases, la gobernante y la gobernada, y la gobernada no tenía más opción que acatarlo y cumplirlo; y cumplirlo incondicionalmente, pues ese poder llevaba el sello del dedo divino, y como tal, era incuestionable.

Resulta entonces que heredamos como algo casi natural la convicción de que todos los grupos con presencia en la sociedad, deben buscar el poder y tratar de disponer de él como concedido por los dioses, y usufructuarlo como un capital incuestionable, al abrigo de toda crítica y veleidad.

2. La soberanía del poder proviene del pueblo y es para el bien de todos

Entonces se ve cómo, en este enfoque, el poder ha tomado un rumbo que no es propiamente el suyo y se ha desnaturalizado: no se ejerce para conseguir el bien y derechos de las personas y comunidad, sino para servirse de la comunidad subordinándola a los objetivos y fines de la élite mandante.

Así que nos encontramos con un error inveterado y de enorme magnitud: las religiones y, por supuesto, la religión católica, se ha aliado reiteradamente con el poder político, con frecuencia un poder antidemocrático, sufriendo en sí misma y haciendo sufrir a la sociedad los abusos y perversiones de ese poder. Lógicamente, cuando ese poder ha sido confrontado con el Evangelio, se ha inventado la ideología de que las Iglesias no hacen política, ya que el mismo Jesús de Nazaret no fue un político y vivió al margen de la política. Tesis que, a todas luces, resulta insostenible. Lo cierto es que ese argumento se lo convierte en pretexto para reivindicar una neutralidad política, cuando ésta hace derivar el poder al pueblo y éste demanda coherentemente una actuación abolidora de clases y emancipadora de la injusticia y de toda clase de esclavitudes.

Conviene, pues, dilucidar las mentiras del poder, apelando a una doble fuente: la ética racional y el Evangelio. Desde ambas perspectivas se puede alumbrar cómo el caos, que hoy sufrimos a nivel individual y social e internacional, no es sino una equivocada valoración del poder.

 

La primera perversión: enajenación de quien lo hace centro de su vida

El poder lo tenemos todos y lo ejercemos como dominio o como servicio, bien en la convivencia inmediata de cada día, bien en la más lejana de las relaciones sociales e internacionales. La lógica del poder-dominio es siempre la misma: afirmarse en contra del otro, sin oposición ni conflicto, porque la "realidad propia" se erige en centro superior e incuestionable. En la dinámica del poder-dominio no rige la ética del amor: conmigo y contigo, ambos juntos (ética conjuntiva), sino la ética del egoísmo excluyente: conmigo o contra mí (ética disyuntiva).

En este sentido, la mayor tentación para la persona es dejarse poseer por este poder-dominio, que le instala en el reino de la arbitrariedad y despotismo y le lleva a prescindir de la realidad y derechos de los demás.

Por otra parte, el poder tiene, como argamasa que lo cohesiona , la ideología. La ideología (económica, jurídica, religiosa, política) trata de legitimar las acciones y objetivos del poder. Nunca un poder cae, si antes no cae la ideología. Por ello, los grandes enemigos del poder son quienes lo cuestionan poniendo al descubierto sus abusos y "sinrazones".

No es poco, pues, si podemos concluir que, frente al poder, por muy grande que sea, siempre nos queda un arma indomeñable: la autonomía de la ética humana que otorga dignidad, racionalidad e independencia al ciudadano.

Se entiende entonces por qué el poder lo entendemos comúnmente como un peligro y un perjuicio. No porque el poder en sí mismo sea malo sino porque opera dentro del usufructuante como factor alienante. La persona con poder tiende a construir su personalidad sobre la ficción de creerse superior a los demás y de creerse hecha para mandar y dominar. Dicha ficción no es sino la pretensión del dominio, la cual no se cumple sin arrogancia y sin menosprecio hacia los otros, sin servilismo hacia los de arriba y sin conculcar la regla de oro de la ética universal: “Lo que no quieras para ti no lo hagas a los demás”.

La verdad es que no sabe uno por dónde un ser humano puede llegar a concluir que es más que sus semejantes. Seguramente, dicha conclusión le llega como fruto de ignorada inmadurez. Desde ella puede explicarse que muchos prefieran aliarse con el poder, servirle y beneficiarse de él, aun a sabiendas del costo de su despersonalización.

Pienso que el camino del ser y de la sabiduría cierra el paso a toda pretensión de superioridad. Porque la conciencia está y hace valer su papel en el horizonte igualitario de todos los mortales. El entregado al poder anda desprovisto de la conciencia exacta de sí mismo y se aleja de lo verdaderamente humano. Al reverenciar al poder, busca también ser reverenciado, se desenamora de lo auténtico de sí mismo y carga con un vacío que le inquieta y le recuerda su alienación.

Esta alteración de ruta del poder-dominio alcanza límites insospechados si el poder lo posee un dictador, un sistema, una multinacional, un imperio, un cualquier sujeto poderoso. Nada hay más peligroso que la enajenación del que manda, porque llega a creerse que es imprescindible y, además, está cumpliendo una misión sagrada. Ocurre entonces que el poder no tiene para él límites, sobrepasa la realidad misma hasta ignorarla o conculcarla según sus intereses.

Es entonces cuando el poder invierte la fuente misma de la moral: establece como fundamento del bien o del mal su propia voluntad y no el respeto a la realidad. Con lo que, de cara a la convivencia, se plantea inevitable el conflicto entre quienes sirven al poder o se oponen a él defendiendo la dignidad humana y sus derechos.

La segunda perversión: coalición de la religión con el poder

Si, como se ha escrito, el concilio Vaticano II ha sido la tumba del "régimen de cristiandad", esto quiere decir que la Iglesia católica ha entrado en una nueva época, que se caracteriza por varios hechos salientes:

- Conciencia de haberse apartado, no pocas veces, del mensaje original de Jesús. Apartamiento que le supuso, desde muy temprano, coalición, copia y complicidad con el poder civil y político para gobernar, el cual normalmente se ejercía de espaldas al pueblo, con beneficio de sectores y élites privilegiadas.

- Esta coalición comenzó a desbaratarse en la época moderna, gracias a la autonomía y emancipación del ser humano y de la sociedad con respecto a la Iglesia. Desde entonces, el empeño de la Iglesia consistió en defender más lo heredado que en discernir y asimilar lo nuevo, ganándose la imagen de estar a priori contra la razón, la democracia, las ciencias y el progreso.

- Esta imagen de atrincheramiento en el pasado y de autodefensa es la que precisamente quedó revisada y superada en el Vaticano II. Desde entonces, ha ido in crescendo el movimiento eclesial de retorno a las fuentes de la fe; de fidelidad a la vida (teoría y praxis) del Jesús histórico; de opción preferencial por los pobres; de denuncia de aquellas situaciones estructurales (socioeconómicas, culturales y políticas), que generan y amparan el empobrecimiento, la desigualdad, la injusticia y la discriminación; de compromiso por configurar una política más democrática con mayor protagonismo y participación de los sectores populares, de diálogo con la cultura, etc.

Sería prolijo enumerar el mapa de esta praxis múltiple, enfrentada casi siempre a poderes económico-políticos de la sociedad y a poderes internos de la Iglesia. Aun cuando era clara la innovación de anunciar con libertad y profecía el mensaje de Jesús, se resistían viejos hábitos y poderosos intereses arraigados en la institución y en las conciencias. Pero, ahí está el testimonio –sociológicamente importante- de esta nueva Iglesia, anclada en el Evangelio, en favor de los pobres y de los derechos humanos, de la justicia y de la paz. Testimonio que, unido al de no creyentes, ha llegado a suscribirlo tantas veces con sangre martirial, demostrando que, si en otros tiempos y lugares, la fe fue "opio", ahora se convertía en fermento de conversión de las conciencias y de compromiso en la transformación de la cultura, de la sociedad y de la política.

Jesús de Nazaret: la vocación del hombre no es de dominar sino de servir

1. Jesús no fue político ni apolítico, pero predicó un reino de enormes implicaciones políticas

Me interesa situar la cuestión en el terreno de la política, porque es en ella donde mayor relieve obtiene el poder, donde mayores enredos han cundido y donde mayores artimañas se han inventado para afirmar que Jesús no tuvo nada que ver con la política y que lo mismo debiera hacer la Iglesia.

Con razón ha podido escribir el teólogo Schillebeeckx:

"Conocemos la postura histórica de Jesús frente a los poderes políticos únicamente a través de una apologética eclesial, cuyo objetivo era preservar a la comunidad cristiana de posibles persecuciones." (1).

Entre los exegetas de hoy parece claro que los cristianos más inmediatos al tiempo de Jesús, no se planteaban la posibilidad de un cambio de las estructuras sociales. Sin embargo, tampoco mostraron estar de acuerdo con ellas y menos bendecirlas como espacio adecuado para el cumplimiento de lo heredado de Jesús. Ellos se veían en la necesidad de vivir en aquella sociedad y les bastaba, por no poder ir más allá, con distanciarse interiormente de un modelo de sociedad que no encarnaba el mensaje de Jesús.

No sería, pues, correcto invocar ciertos textos del Nuevo Testamento, que aluden a esta situación histórica, para justificar el respeto incondicional a la autoridad constituida, o para desentenderse por completo del cambio de las estructuras de la sociedad. Tal interpretación se la considera hoy fundamentalista y reaccionaria, por su recurso a textos de la Escritura sin el debido análisis del contexto socio-histórico.

Si Jesús no fue en sentido estricto un político, tampoco fue un apolítico:

"Jesús no tuvo un interés directo por la política, si bien sabemos que su predicación del reino y, sobre todo, su trato con los oprimidos tenía una serie de implicaciones políticas", "La praxis del reino de Dios implica esencialmente la mejora del mundo", "El interés indirecto de Jesús por la política es un hecho de primera magnitud." (2).

Estamos, pues, en lo correcto si pensamos que la aplicación del espíritu y mensaje de Jesús, en nuestra sociedad, puede ser distinta a como lo fue en las comunidades primeras de los cristianos:

"Toda generación cristiana que se tenga por tal deberá determinar, a partir de su fe, su postura frente a la situación política, especialmente cuando las estructuras existentes esclavizan al hombre." (3).

Creo que, si algo podemos retener como claro, es lo siguiente: para Jesús la política no es algo absoluto, lo absoluto es el reino de Dios. Muchas de las realizaciones del poder humano, vistas a la luz del reino de Dios, aparecen inadecuadas, injustas, utópicamente superadas. El reino de Dios resulta así demoledor para quienes persisten en construir proyectos de espaldas a la dignidad y derechos de la persona humana y de los pueblos.

2. Relectura de las fuentes de la fe: una vuelta a lo esencial

Si, según el teólogo Comblin, "hay que desmontar los aparatos nacidos de la infiltración pagana y los sistemas neofarisaicos de la Iglesia." (4), tal cometido no puede llevarse a cabo sin ser fiel a la figura histórica de Jesús:

"La causa de Cristo, la figura histórica de Jesús pobre, débil, sin poder, crítico frente al status quo social y religioso de su tiempo, fue iconizada y espiritualizada por la institución y, de este modo, privada de su fermento cuestionador." (5).

a) El anuncio de Jesús: el reino de Dios o la soberanía del amor

Jesús actúa en su vida con poder. ¿Pero, cuál es el poder de Jesús? El poder que le ha dado Dios y que no es otro que el poder del amor. La soberanía de Jesús está muy lejos de la prepotencia, del orgullo, de la ostentación, de la fuerza y se identifica con el amor. Un amor presente e invadente en el anuncio central del reino de Dios: en ese reino se acabaron las desigualdades, las dominaciones, los amos y los esclavos, los grandes y pequeños, todos son hermanos y, por ende, las relaciones propias de esa nueva convivencia son las de igualdad y fraternidad. Nadie, en ese reino, es invitado a obedecer ciegamente, a soportar la injusticia, a callarse cobardemente, a inhibirse ante el hermano más necesitado, ni nadie está autorizado a ejercer un poder de dominación:

"Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones las gobiernan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros: sino que el que quiera llegar a ser el primero entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será esclavo de todos; que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido , sino a servir y dar su vida como rescate por muchos" (Mc 10, 42-44; Lc 22, 25-27).

b) Los discípulos de Jesús, hermanos y servidores

El texto anterior deja muy claro que el discípulo de Jesús, cualquiera que sea su responsabilidad en la comunidad, si quiere de verdad seguirle, no puede obrar con poderes dominadores, propios de los tiranos. El, por el contrario, debe obrar fraternalmente, como el último y servidor:

"No os dejéis llamar maestros, porque uno solo es vuestro Maestro, y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie padre vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo. Ni tampoco os dejéis llamar preceptores porque uno solo es vuestro preceptor: Cristo. El mayor entre vosotros sea vuestro servidor" (Mt 23, 8-1).

Los apóstoles, portadores del mensaje de Jesús, no tienen más soberanía que la del servicio, incompatible con toda suerte de privilegio y dominio.

3. Denuncias de Jesús: el poder idolatrado o los falsos dioses

Pudiera parecer que la vida de Jesús se redujo a vivir la vida desde el amor, sin que eso le llevara a cuestionar nada y a no entrar en conflicto con los poderes de su sociedad y los grupos que lo representaban.

Pensar así, sería salirse de la realidad y traicionar la historia. Porque en vano se habría dado la crucifixión de este hombre si con su doctrina y modo de vivir no hubiera desenmascarado las falsedades de los poderes más relevantes de su sociedad. Jesús era un hombre con vida pública, que vivía en medio de las vicisitudes de su pueblo y que se expresaba libremente a sabiendas de que sus ideas podían chocar con quienes oficialmente detentaban el monopolio ideológico y político de aquella sociedad. El asesinato de Jesús no tiene sentido sino es dentro de este contexto histórico en que se confabulan los diversos poderes -imperio y sanedrín- para eliminar el influjo de su visión crítica y alternativa.

Jesús de Nazaret mostró una antítesis clara frente al poder: económico, ideológico, religioso y político.

a) Frente al poder económico o la riqueza

La posesión de la riqueza es considerada por Jesús como un mal, una maldición y una gran dificultad para entrar en el reino de Dios; no porque la riqueza sea en sí misma mala, sino porque en realidad la riqueza aparece como abundancia insultante frente a la inhumana pobreza de otros. Son los ricos quienes se hacen ricos a costa de los pobres, reteniendo lo que no es de ellos y creando relaciones de explotación y opresión. Los ricos devienen ricos a base de oprimir. Y de esa manera se hace patente el nexo causal existente entre ricos y pobres: los unos resultan empobrecidos y los otros empobrecedores. La suerte del pobre depende del rico (Lc 16,21).

Las palabras, que Jesús pronuncia, al hablar de las bienaventuranzas y malaventuranzas (Lc 6, 20-26), reflejan una clara y formal oposición entre dos bandos, los ricos de una parte y los pobres de otra.

Pero si para Jesús la riqueza resulta insultante y, además, deshumanizante para el que la posee, es porque es injusta.

"Jesús fustiga la riqueza y el evangelio de Lucas es el que mejor lo ha recogido. En este evangelio se muestra a Jesús como más apasionadamente defensor de los pobres. Y ello es un indicio de que la malicia última de la riqueza es relacional: la opresión de los pobres." (6).

Con toda idea, Jesús presenta la riqueza como radicalmente opuesta a Dios: "No podéis vosotros servir al Dios y al dinero"· (Mt 6,24; Lc 16,13) Dios y la riqueza son dos señores antagónicos. Elegir, por tanto, la riqueza como centro de la vida es hacer de ella un dios, un ídolo al que se entrega la propia vida y, por eso mismo, "la considera como el peligro más grande a la hora de servir a Dios." (7).

b) Frente el poder ideológico o la ley

Sobre este aspecto, quiero recalcar como importante la denuncia que Jesús hace del uso de la ley para oprimir a los hombres. Estaban los doctores de la Ley (fariseos) y sus fervientes cumplidores (escribas).Unos y otros poseían un gran poder, eran el referente intelectual y práctico de cómo se debía entender y practicar la ley. Por eso, a Jesús le preocupa si, en su uso, sirve para llevar los hombres a Dios o para oprimirlos.

Jesús los denuncia públicamente (Lc 11,37-53; Mt 23, 1-36) por su vanidad e hipocresía: se jactan de ser los mejores intérpretes y cumplidores de la voluntad de Dios. Vista en profundidad, la denuncia de Jesús va contra la opresión que unos y otros ejercen sobre el pueblo. Esto es, para El, lo más intolerable: "Escribas y fariseos oprimen a los pobres con la malicia añadida de hacerlo a través de lo religioso." (8).

Los doctores y los observantes de la ley pueden manejar como quieran su interioridad, pero las obras muestran su maldad objetivada y opresora: "Imponen a los hombres cargas intolerables sin mover un dedo", (Lc 11,46); "Construyen las tumbas de los profetas" (Lc 11, 47-51); "Se han apoderado de la llave de la ciencia e impiden que otros puedan entrar"(Lc 1,52), mostrando a la postre que "Son ciegos y guías de ciegos".(Mt 23, 17.19.26.15).

La conclusión es clara: escribas y fariseos, portadores del poder ideológico y simbólico-ejemplar, no enseñan ni cumplen de verdad la ley, estorban y, lo más grave, oprimen al pueblo.

c) Frente al poder religioso o el templo

Para entender bien este punto, hay que partir de la importancia que el templo de Jerusalén tenía para los judíos. Los exegetas están de acuerdo en admitir que Jesús denunció vivamente los abusos cometidos por la casta sacerdotal en el templo: la expulsión de los mercaderes daba a entender que aquello requería un cambio radical. Jesús se encaraba enérgicamente a aquel sistema religioso que abonaba la opresión y fomentaba los negocios y ganancias de los sacerdotes.

Pero, se puede afirmar que Jesús va más allá de una simple corrección de los abusos: su sentencia de que "hay que destruir el templo" es interpretada como que el templo, en cuanto tal, ya no es necesariamente el lugar del encuentro con Dios, y menos cuando ese templo ha estado simbolizando a un Dios favorecedor de privilegios para la casta sacerdotal y legitimador de impuestos y cargas para los campesinos: "Llega la hora en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad" (Jn 4, 21,23). Jesús no puede aprobar todo un sistema religioso (el templo) que amparaba simbólicamente el culto a un dios falso y legitimaba la opresión.

El lugar del encuentro con Dios será, según Mateo, la comunidad : "cuando dos de vosotros os juntéis para rezar, allí estoy yo en medio de vosotros" (Mt 18,19) , o también “cuando tratéis a los pobres como a mí mismo” (Mt 25, 31-49).

d) Frente al poder político

Las denuncias de Jesús no van sólo contra los poderes económico, ideológico y religioso. Es cierto que El no entra en confrontación directa con el poder de Roma, pero su enseñanza implica un fuerte impacto político. Lapidariamente afirma que los gobernantes "oprimen a las naciones con su poder" (Mt, 20, 25).

En su lucha contra este múltiple poder, Jesús muestra que en la historia de los hombres, el conflicto se genera porque unos hombres se levantan contra otros, creando una convivencia injusta y opresora. Son estos agentes históricos de la opresión los que, en definitiva, se organizan y se oponen al proyecto de Dios ( a su reino), actuando como si de dioses se tratara, dioses que se convierten en la antítesis del Dios que El revela.

4. La lucha de Jesús es contra los idólatras y no contra los ateos.

En cuanto llevo expuesto, aparece que para Jesús son los idólatras y no los ateos quienes atentan contra la existencia del verdadero Dios. No directamente, sino a través de la destrucción del hombre. Pero, para nuestra desgracia, nuestra mentalidad moderna occidental considera que la idolatría es cosa del pasado, recuerdo de cultos y ritos en los que las imágenes de unos dioses rivalizaban con las de otros.

Para una cultura racionalista y secularizada, el hombre salió de la alienación y se enfrentó a sí mismo, le sobraba la existencia de Dios y no necesita ni siquiera recurrir a ella.

El planteamiento de Jesús de Nazaret es otro. El no discute si Dios existe o no, comunica una imagen y experiencia de Dios y, además, marca unas condiciones que llevan al encuentro de ese Dios. Su Dios es un "Dios de vida" y El trata de desenmascarar a aquellas realidades históricas que, sin ser dios, se hacen tales y se comportan opuestamente a Dios, produciendo muerte.

Esos ídolos no son, por supuesto, cosas del pasado ni son piezas de museo.

Los ídolos de nuestro tiempo (Riqueza, Poder, Multinacionales, Estado, Seguridad Nacional...) tienen una actuación real, y se dan a conocer por sus efectos. Que las personas adictas a estos ídolos pretendan teóricamente negar a Dios poca importa, pero importa verificar si sus obras son conforme a vida, justicia y amor, si las organizaciones que sustentan son portadoras de justicia y de vida o de injusticia y de muerte.

Así, los ídolos son diversos pero su mayor o menor peligrosidad proviene de su mayor o menor amenaza para la vida: cuanto más anti-vida, más anti-Dios; y cuanto más anti-pobres más anti-Dios, pues la vida es en los pobres donde más amenazada está.

Son muchas las formas de idolatría, pero no hay duda de que la absolutización de la riqueza es la principal, porque es la que trae mayores consecuencias de injusticia, de opresión, de dolor y de muerte. Es, con toda propiedad, divinidad de muerte. Y no precisamente recuerdo de museo.

La Teología de la Liberación denuncia los ídolos actuales de la injusticia y de la muerte

En esta perspectiva se ha movido la TdL para analizar la cuestión de Dios: "Millones de seres humanos fueron sacrificados sobre el altar del oro y la plata. Oro y plata se convirtieron en los nuevos dioses" (J. Minguez Bonino).

¿Por qué y para qué tanta guerra? ¿Por qué y para qué tanta colonización? ¿Por qué y para qué tanto imperialismo depredador y terrorista? El fin último de siempre es el mismo: el oro, el dólar, el petróleo. Es la Iglesia latinoamericana la que ha analizado teológicamente la idolatría desde este criterio fundamental de vida-muerte de las mayorías. Criterio que está fundamentado en la praxis y enseñanza de Jesús. Jesús, cuando se dirige a sus oyentes, lo hace dialécticamente, les hace ver que en esto de Dios no hay neutralidad posible, se elige a uno u a otro, porque elegir a uno es aborrecer al otro. Hay que saber, por tanto, en qué Dios se cree y a qué dios se aborrece. A los dioses que se aborrece, Jesús los llama señores y, al contraponerlos a Dios, los tiene como dioses.

Así, la riqueza es para Jesús un ídolo, no precisamente religioso, que ofrece una salvación falsa a quienes les rinden culto y que produce las víctimas de los pobres. Cuando los dirigentes judíos presumen de conocer a Dios, Jesús les replica "Vosotros no conocéis a Dios" (Jn 8,54). Y no lo conocen porque, pese a sus apariencias, plegarias y cultos, aborrecen al hermano y quien aborrece al hermano no ama a Dios, es asesino (1 Jn 3,15).

En conclusión: la fe auténtica es fe en el "Dios de la vida" y, por eso, es antiidolátrica, porque los idólatras son los injustos, los codiciosos, los perversos, quienes con el culto al ídolo que profesan siembran y dan muerte a otros. Esta muerte de los otros es la que muestra la maldad objetiva de los ídolos y su inutilidad salvífica

Postura cristiana frente al actual poder imperial idolatrizado

Hoy conocemos de sobras cómo está repartido el poder y en qué dirección está actuando. Son las multinacionales y los centros del gran poder financiero los que, insertos en las instancias del poder político y de los Estados, tratan de dominar la sociedad de acuerdo a su filosofía e intereses.

Todo el mundo conoce los postulados básicos del neoliberalismo y cómo, en la práctica, esos postulados se cumplen, con tal de lograr sus metas. Se produce mucho, se produce hasta el extremo de que se podrían cubrir las necesidades básicas de la humanidad y aún sobraría un 10%. Pero lo producido llega de manera muy desigual a los destinatarios. Tan sólo una minoría acapara lo que debiera ir a parar a la mayoría. La minoría se hace rica, opulenta, superdesarrollada, consumidora y la mayoría carece de los bienes básicos para vivir dignamente.

Esta situación de desigualdad no es casual, sino causal: está producida por personas, grupos, entidades e instituciones que, desde el modelo y mecanismos propios de una economía neoliberal, se enriquecen y empobrecen, dominan y hacen dominados, fomentan el privilegio, el lujo, la discriminación, el suntuoso vivir de una minoría frente a derechos primordiales de la mayoría. Es un clamoroso desorden, que no tiene más fundamento que el egoísmo y la ley del más fuerte.

Ejemplos a diario; en todas partes; a pequeña, mediana y gran escala. Ejemplo la política estadounidense y la de otros Estados, que con representación escasa de la población humana, se han hecho ricos y poderosos y deciden por sí y ante sí declarar la guerra a cuantos no acepten sus dictados. Este es el Orden de la negación de la justicia, del derecho, de las leyes internacionales, del recíproco respeto y colaboración y de la entronización de la tiranía.

Todos asistimos a la gran crisis actual, que abarca al mundo entero, pero a la hora de descubrir sus causas y proponer soluciones resulta que sólo el Grupo de los 20 –que representa un 60% de la humanidad- interviene y tiene poder, y el resto –un 40 %- queda fuera sin voz y sin poder de decisión. Las víctimas, las que han experimentado la codicia depredadora de Occidente, las que han sido utilizadas como base de un bienestar y progreso del que se enorgullecen, las que más ha sufrido lo efectos de la crisis, no cuentan.

Sería incalculable la letanía de situaciones injustas de esta nuestra sociedad. No las vamos a enumerar. Pero sí, señalar que, frente a ellas, quien pretenda ser discípulo de Jesús debe necesariamente cumplir algunos requisitos:

1. Percibir y analizar la gravedad, el alcance, las consecuencias y las causas de esas situaciones de injusticia. El desconocimiento de este análisis le indispondrían hacia las tareas propias a realizar y su compromiso andaría aquejado de idealismo y evasionismo.

2. Sentir la indignación, la protesta y la rebeldía ante esas situaciones. La indiferencia le descalificaría automáticamente y le negaría el derecho a discípulo: "¿Por qué me llamáis ´Señor, Señor´ y no hacéis lo que os digo" (Lc 6,46). "¿Qué salistéis a ver? ¿Un profeta? Sí, os lo aseguro, y más que un profeta" (Lc 7,25-27). "Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios y la cumplen" (Lc 8,21). "Haz eso, (ama al prójimo como a tí mismo) y vivirás" (Lc 10,28). " Vete y haz lo mismo (cuida del hombre al que los salteadores le han despojado, golpeado y dejado medio muerto)" (Lc, 1o, 37).

3. Determinar los pasos, medios y estrategias más eficaces para eliminar esas injusticias. Aquí, el cristiano no aparece dotado de un arsenal específico para esa lucha; debe buscarlo, elaborarlo y coordinarlo con cuantos, desde una u otra ideología, creyentes o no creyentes, se proponen establecer una sociedad nueva, con el reconocimiento de igual dignidad y derechos para todos. La diferencia en unas motivaciones no niega la coincidencia en otras comunes y la urgencia de unirse

4. El cristiano, fiel en todo al contenido de la dignidad y derechos humanos, se reserva como promesa inarrebatable, la esperanza de que su lucha, fructifique o no inmediatamente, se cumple en la plenitud de la resurrección de Jesús: El, poseído de pasión por los pobres y la justicia, imbuido por la convicción de la esencial igualdad de todos, no se retiró a vivir en el espacio de una soledad resignada o fatalista, sino que se vio "forzado" a vivir desde la libertad y el coraje de la profecía. Con lo cual, a los ojos de sus enemigos (los agentes del poder-dominación) fue un iluso y un fracasado, pero a los ojos de la historia y de la conciencia humana, un cabal hombre. Y a los ojos de Dios, el paradigma de una humanidad nueva, que no permitió conociese la corrupción de la muerte.

 

- Benjamín Forcano es de la Federación para la Paz Universal

 

Notas

(1) E. SCHILLEBEECKX, Cristo y los cristianos, Madrid, 1982, p.569.

(2) E. SCHILLEBEECKX, Ibidem, p.569-570.

(3) E. SCHILLEBEECKX, Ibidem, p.571.

(4) COMBLIN, en Revista eclesiástica brasileira, nº 33, 1973, p.5832.

(5) LEONARDO BOFF, Iglesia, carisma y poder, ST, 1981, p.114.

(6) JON SOBRINO, Jesucristo liberador, Trotta, 1991, p.227.

(7) J. L. SICRE, Los dioses olvidados, Madrid, 1979, p.164.

(8) JON SOBRINO, Ibidem, p.230.



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