ALAI, América Latina en Movimiento
2008-08-07
Bolivia En la encrucijada
Teresa Vargas
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No era necesario ser politóloga para vaticinar una semana de gran tensión en Bolivia. La cuenta regresiva hacia el referéndum revocatorio del domingo próximo sigue su curso, y con ella las presiones desesperadas de diversos sectores para sumergir al país en el caos.
En la ciudad de Tarija hordas violentas, encabezadas sin pudor por autoridades "cívicas", impidieron la realización de la reunión entre tres presidentes de la región; además, tomaron instalaciones estatales e incluso saquearon un hotel donde se alojaban periodistas venezolanos.
En el altiplano de Oruro hubo dos muertos y más de cuarenta heridos en una manifestación promovida por la histórica Central Obrera Boliviana, que hoy se presta al juego de la derecha con una miopía descomunal.
La fecha patria del 6 de agosto no se pudo celebrar en Sucre con la presencia del presidente debido a amenazas de todo tipo; allí gobierna desde hace pocas semanas una campesina que militó en el MAS, pero luego fue cooptada por sectores conservadores que la utilizan en su provecho. Como paradoja y señal de los tiempos que corren, ella aprendió sólo recientemente a leer y escribir, gracias al método creado por Cuba y respaldado por Venezuela, dos países satanizados por buena parte de la prensa en forma constante.
Pero yo estoy en la región oriental del país; de paso en Santa Cruz de la Sierra, cuyas autoridades representan las más genuinas tradiciones latifundistas, prebendarias y racistas. Son las mismas que promovieron y atizaron las campañas por las autonomías regionales fuera de los marcos de la legalidad constitucional, a fin de asegurarse el control absoluto del territorio que pretenden seguir gobernando como un feudo.
Hace dos días iniciaron, con gran cobertura mediática, una huelga de hambre en reclamo de la administración del impuesto a los hidrocarburos, de los cuales la región es productora. En realidad es sencillamente otra expresión de la variada gama de ataques al gobierno nacional.
Hablaron de más de mil huelguistas, y por eso decidí llegarme hasta la plaza principal, donde tiene lugar la medida. Vi seis o siete grandes carpas, y en cada carpa ocho o nueve colchones, la mayoría vacíos. No más de cuarenta personas en total. Sin embargo, cámaras y micrófonos de medios locales se ocupaban infatigablemente de dar cobertura a las declaraciones de aquella gente.
El mensaje es contundente y reiterativo: Evo Morales es el culpable de todos los males que aquejan al país; nada de lo que hace sirve; todo lo que dice es motivo de burla y escarnio; su figura es ridiculizada; a sus ministros se los criminaliza.
La derecha ha apostado fuertemente por la estrategia del desacato; hace todo lo posible para desconocer la autoridad presidencial y los votos que lo llevaron al gobierno. No hacen más que repetir una costumbre secular, que consiste en negar a los pueblos originarios, sólo que esta vez concentran el odio en una persona.
No soportan que un indígena sea presidente; no soportan que exista un modelo diferente de sociedad, que pugna por abrirse paso luego de décadas de dictaduras militares y neoliberalismo. Saben que el referéndum del diez de agosto puede inaugurar otra etapa más adversa para sus intereses.
Mientras tanto, la iglesia católica, que alguna vez tuvo otra clase de protagonismo en momentos críticos, e incluso figuras de perfil profético, parece desbordada desde hace meses, luego de que diversos intentos por garantizar procesos de mediación terminaran en fracasos. Sólo atina a insistir en público sobre la importancia del diálogo.
No pocas iglesias evangélicas respaldan a Evo Morales; varias de ellas probablemente por su fuerte composición aymara, e incluso algunas de corte conservador que echan mano al argumento paulino del respeto a la autoridad constituida.
Las denominadas "históricas", con una tradición de compromiso por la justicia social, se han pronunciado abiertamente a favor del proceso popular. Para el referéndum llegarán veedores y representantes de organismos ecuménicos regionales e internacionales. Para bien o para mal, el diez de agosto será la oportunidad para inaugurar otro capítulo en la convulsa historia boliviana contemporánea; nada indica que sea más calmo.