ALAI, América Latina en Movimiento
2008-04-23
Agrocombustibles: las amenazas del imperialismo verde
Gerardo Cerdas Vega
“Los Estados Unidos están interesados en diversificar
sus fuentes de producción de energía.
Queremos reducir nuestra dependencia del petróleo,
pues este es un asunto de seguridad nacional”.
George W. Bush
Presidente de los Estados Unidos, Marzo 2007
* * *
“Los biocombustibles son, hoy día, el único
sustituto conocido para los combustibles fósiles en el transporte.
Estos contribuyen a asegurarnos el suministro de energía,
reducen las emisiones de gas de efecto invernadero
y crean trabajos en las zonas rurales”.
Andris Piebalgs
Comisionado de Energía de la Unión Europea, Abril 2006
* * *
“Si el calentamiento global es resultado
del modo de vida industrial y urbano y de su incesante demanda de energía,
industrializar masivamente las áreas rurales, profundizando
el modelo agroindustrial petro-dependiente para producir agrocombustibles,
no podrá ser nunca una solución”.
Camila Moreno y Anuradha Mittal, Marzo 2008
Indíce
i. Presentación, p. 4
1. Crisis de la matriz energética mundial basada en los combustibles fósiles, p. 6
2. Qué son los agrocombustibles, qué intereses se tejen en torno a su producción masiva y qué impactos pueden tener sobre el medio ambiente humano y natural, p. 10
2.1. La Alianza del Etanol entre Brasil y Estados Unidos: punto de inflexión en la política de expansión de los agrocombustibles, p. 15
2.2. La respuesta del movimiento campesino mundial frente a los agrocombustibles, p. 17
3. La producción de agrocombustibles en Costa Rica: perspectivas, actores, implicaciones, p. 20
3.1. La fiebre del etanol llega a Centroamérica, p. 20
3.2. La situación de Costa Rica, p. 23
4. Apuntes finales, p. 29
5. Bibliografía, p. 32
i. Presentación
El 20 de marzo de 2007, el periódico La Nación publicó un pequeño artículo titulado Fuerte demanda de etanol cambiaría estructura agrícola. Más recientemente, el pasado 1º de enero de 2008, dicho periódico volvió a publicar un texto sobre el tema, esta vez titulado Campesinos sembrarán 20.000 hectáreas para biocombustibles. Asimismo, el 4 de febrero de 2008 divulga otro artículo, bajo el título Gasolina tendrá 10% y diesel 20% de biocombustibles. Estos son tres de los pocos artículos divulgados por La Nación, sobre un tema de enorme relevancia actual para el país y para el mundo entero.
Dichos artículos introducen superficialmente una temática compleja por sus implicaciones medioambientales, energéticas, productivas, socioculturales y territoriales, así como por la red de intereses nacionales y transnacionales que se teje en torno: el acelerado crecimiento que está experimentando la producción y comercialización de combustibles basados en productos vegetales, supuestamente alternativos al petróleo y menos contaminantes que éste, por lo que para designarlos se acuñó el término “biocombustibles”[5].
Este auge es posible debido a la adopción de políticas oficiales orientadas a disminuir la dependencia del petróleo en países como Brasil, los Estados Unidos, la Unión Europea, Japón, China e India, entre otros, mediante el uso complementario de agrocombustibles mezclados con los combustibles fósiles (etanol mezclado con gasolina, por ejemplo), países que favorecen el protagonismo de sus corporaciones transnacionales (petroleras, agroquímicas, agronegocio, entre otras) en la investigación, producción y comercialización de combustibles de fuentes vegetales. Además, los recientes convenios entre Brasil y Estados Unidos para promover la producción de agrocombustibles ha generado una aceleración del proceso a nivel global.
Pero a pesar de la importancia que el tema ha adquirido a nivel mundial y muy especialmente en América Latina y en los países del Sur, en Costa Rica el debate sobre el mismo está significativamente ausente en la agenda pública de las organizaciones sociales (campesinas, indígenas, ecologistas, sindicales, etc.), de los partidos políticos y de los centros académicos. Por su parte, la ciudadanía desconoce las implicaciones reales de la producción y uso de estos combustibles pues no se le informa con veracidad y oportunidad sobre esta temática.
Mientras los grupos de poder hegemónico del país ya están tomando decisiones en este campo, movidos por fuertes intereses empresariales que vislumbran un nuevo y lucrativo ámbito de negocios, la información que circula al respecto es poca, no profundiza en el análisis y las más de las veces es simple propaganda a favor de los agrocombustibles, de los cuales se resaltan sus supuestas bondades para contrarrestar los daños ambientales de los combustibles basados en el petróleo y crear empleo para campesinos empobrecidos. Además de eso, la información que circula descalifica como “mitos” los argumentos que adversan la producción de agrocombustibles como alternativa energética.
En este marco, el presente artículo pretende introducir dicho debate presentando una perspectiva crítica sobre la realidad de los agrocombustibles y sobre las implicaciones que este asunto puede tener para Costa Rica, ubicando la discusión, también, en el contexto centroamericano[6]. Se trata de un esfuerzo por comenzar a ordenar la discusión, esfuerzo que, esperamos, se irá profundizando a futuro con aportes de otras personas y organizaciones.
En primer lugar, haremos referencia a la crisis de la actual matriz energética basada en el consumo de combustibles fósiles, lo que nos dará pie a plantear, en un segundo momento, qué son los agrocombustibles, qué intereses se van tejiendo en torno a su producción y consumo masivo y, relacionado con esto, cuáles pueden ser sus impactos en el medio ambiente humano y natural. Finalmente, analizaremos las perspectivas que en este tema se abren en Costa Rica y en Centroamérica, partiendo de informaciones divulgadas por la prensa, fundamentalmente.
1. Crisis mundial de la matriz energética basada en los combustibles fósiles
La actual matriz energética mundial, basada en el consumo casi exclusivo de combustibles fósiles y que tuvo comienzo con la primera revolución industrial[7], atraviesa una crisis cada vez más evidente, no solo por el progresivo y acelerado agotamiento de esos recursos (que lleva a las principales potencias económico-militares a una competencia cada vez más violenta por el control de los mismos), sino por sus graves y hasta irreversibles daños ambientales, que se expresan muy especialmente con el calentamiento global y el cambio climático.
Diversas estimaciones señalan que el “pico del petróleo”, es decir, el momento de máxima producción mundial de crudo, se alcanzará antes del 2020 y que, a partir de ese momento, la producción comenzará a declinar mientras que el consumo seguirá creciendo. La desproporción entre las reservas disponibles y potenciales y el aumento cada vez mayor en el consumo, generará inevitablemente una crisis sin solución de la matriz energética basada en los combustibles fósiles[8].
Esta matriz energética se consolidó después de la Segunda Guerra Mundial y actualmente se basa en el consumo de petróleo (entre el 35% y el 38%), carbón (23%) y gas natural (21%), productos que en conjunto generan poco más del 80% del consumo mundial de energía, porcentaje que a su vez es consumido por diez de los países más ricos del mundo, dejando a todos los demás tan solo el 20% restante (CPT-Red, 2007: 7/ ETC Group, 2007: 2).
Esta formidable masa de energía pone en movimiento la maquinaria industrial de dichos países[9] y muy en particular es el fundamento de la industria del automóvil, iniciada por Henry Ford a inicios del siglo XX[10]. Además, el abastecimiento de energía fósil es clave para el funcionamiento de otros sectores estratégicos como la aeronáutica, la construcción, la petroquímica y la agricultura y, claro está, del inmenso aparato militar de las grandes potencias[11].
Algunos datos pueden ayudarnos a dimensionar el carácter crítico del momento que vivimos. A pesar de la reticencia de las compañías petroleras para reconocer esta realidad, algunas como la Royal Dutch Shell y Exxon Mobil, han reconocido tener reservas mucho menores de las que se suponían[12]. Cada vez resulta más caro y más costoso para éstas y otras compañías del ramo, encontrar nuevas reservas que permitan sostener el ritmo actual de consumo y el previsto para los próximos años. Hoy día, se consume cuatro veces más petróleo por año que el que se descubre en el mismo periodo: datos de 2005 indican un consumo anual mundial de 30 mil millones de barriles versus descubrimientos por 8 mil millones de barriles en ese mismo periodo[13].
Prácticamente, las grandes compañías petroleras han paralizado inversiones y han entrado en un “proceso caníbal de absorciones” mediante el cual las más fuertes se apoderan de las reservas de otras compañías y aumentan el volumen de extracción de crudo, pero eso no significa que el total de reservas disponibles esté aumentando. Por su parte, los países productores de Oriente Medio han intensificado el ritmo de extracción, lo que genera la sensación de que hay “petróleo para rato”, no obstante tampoco han descubierto nuevas reservas que justifiquen un aumento acelerado en la explotación del recurso. (Ballenilla, 2004: 21)
Como señalamos, a partir del momento en que se llegue al pico de producción (léase “extracción”) de petróleo a nivel global, las reservas reales comenzarán a declinar sistemáticamente, mientras el consumo seguirá en aumento. Aunque no se puede determinar con total exactitud, debido a la complejidad intrínseca de la cuestión energética global, diversas voces autorizadas confluyen en que este pico se alcanzará hacia el 2020 como máximo y hay quienes consideran que ya entramos en dicha fase, considerando factores como el aumento nunca antes visto del precio del petróleo por barril y la competencia feroz entre las grandes potencias por asegurarse el abasto de crudo a toda costa.
En efecto, las guerras imperialistas actualmente en curso, guardan una íntima relación con el control de las fuentes de energía por parte de las grandes potencias, especialmente en el marco del capitalismo industrial que se expande por todo el planeta y que tiene una sed creciente de petróleo (CPT-Red, 2007: 8). Actualmente, de hecho, este es un asunto central en la política externa de los Estados Unidos, que busca asegurarse el control energético a nivel global ante el hecho ya inocultable de que sus fuentes de petróleo propias tienen solo de 10 a 15 años de vida útil y frente a la creciente competencia entre bloques económicos por el acceso a los combustibles fósiles, a la que ahora se ha sumado el hambre de petróleo del gigante chino[14]. (Cerdas & Torres, 2007: 1)
En síntesis: el petróleo se va a acabar pronto, en unas pocas décadas o menos, y no hay ninguna otra fuente de energía tan eficiente, tan barata y tan fácil de transportar como éste, desde el punto de vista del sostenimiento de la maquinaria industrial y bélica del capitalismo global y de los estilos de vida depredadores a que estos dan lugar. El colapso de la civilización industrial, ésta donde todo tiene que “desarrollarse” y cuyo patrón de consumo de los recursos naturales es insostenible, está a la vista. Si tomamos como referencia de lo que puede llegar a pasar, la crítica situación vivida en el mundo industrializado durante la crisis del petróleo de los años setenta, el panorama es muy desalentador[16]. Pero no solo los países altamente industrializados sufrirán las consecuencias, pues el uso del petróleo y sus derivados se ha convertido en una necesidad casi estructural del aparato productivo también en los países periféricos.
Es en este contexto en el que los Estados Unidos, la Unión Europea y otras potencias económicas (entre ellas Brasil), vienen alentando la producción masiva de agrocombustibles en América Latina y otras regiones del mundo. Por ello, consideramos necesario ubicar la problemática relacionada con los agrocombustibles en el marco de la crisis del capitalismo contemporáneo, monopolista y transnacional, que controla el capital financiero y que no da la menor importancia a lo que pasa con el medio ambiente, con los pueblos y con sus identidades y prácticas productivas y culturales. En buena medida, la discusión sobre la crisis energética actual, basada en los combustibles fósiles, es una discusión falsa, pues en el fondo esconde que lo que está en crisis es el modelo mismo de producción, el capitalismo industrial depredador. Si no hacemos nuestro análisis en ese nivel, corremos el riesgo de caer en la trampa que supone el discurso a favor de los agrocombustibles.
Efectivamente, los agrocombustibles son presentados como una alternativa al agotamiento de los combustibles fósiles y que, por añadidura, serían menos contaminantes que estos últimos. Los agrocombustibles “…son vistos como una fuente de energía ecológicamente correcta, capaz de compensar, aunque sea parcialmente, la escasez de petróleo sin agravar el calentamiento global. El etanol, así como el biodiesel, es considerado un combustible de “emisión cero”, pues el carbono que libera en su combustión es equivalente al que las plantas usadas como materia prima acumulan en su crecimiento natural. En fin, la solución perfecta”. (Fuser, 2007: 14) No obstante, la retórica optimista de los defensores de los agrocombustibles, omite hablar de los impactos sociales y ambientales que los cultivos necesarios para su producción (caña de azúcar, maíz amarillo, soya, entre otros), en la escala gigantesca necesaria para que se puedan cumplir los objetivos trazados, tendrían sobre los países que los produzcan y sobre el planeta en su conjunto.
En el contexto actual, entonces, el surgimiento de los agrocombustibles como alternativa energética no significa transformar, sino continuar con la tendencia depredadora del capitalismo industrial. Dadas las condiciones actuales, lo que se busca es reconstruir esta matriz energética, garantizando que esté siempre controlada por los mismos capitales transnacionales que no solo ya controlan el petróleo, sino que ahora dispondrán a su gusto y antojo de las fuentes de energía de biomasa que servirán de materia prima para la elaboración de estos combustibles.
En este marco, el papel de los países periféricos es proveer energía barata a los países ricos, lo que supone la continuidad histórica de los patrones de la colonización. Las políticas orientadas a favorecer la producción de agrocombustibles en nuestros países, se sustentan en los mismos elementos que marcaron la colonización durante los siglos XVI al XIX: apropiación del territorio, de los bienes naturales y del trabajo, lo que significa una mayor concentración de la tierra, del agua, de la renta y del poder. Como sabemos, esta ha sido una historia violenta y también la violencia sigue presente en el campo latinoamericano, afectando a miles de familias campesinas e indígenas. En el apartado que sigue, nos acercaremos más a esta problemática.
2. Qué son los agrocombustibles, qué intereses se tejen en torno a su producción masiva y qué impactos pueden tener sobre el medio ambiente humano y natural.
Los agrocombustibles, denominados por quienes promueven su producción como “biocombustibles”, son aquellos que se obtienen mediante el procesamiento de la biomasa[18], es decir, de organismos (en este caso vegetales) recientemente vivos o de sus desechos metabólicos. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por su sigla en inglés), considera que los agrocombustibles son aquellos “producidos directa o indirectamente a partir de biomasa, tales como leña, carbón, bioetanol, biodiesel, biogás (metano) o biohidrógeno”; además, por biomasa entiende el “material de origen biológico (excluyendo el material incrustado en formaciones geológicas e transformado en fósil), tales como: cultivos energéticos, residuos y sub-productos agrícolas y forestales, estiércol animal y biomasa microbiana”. (Moreno y Mittal, 2008: 32)
Estos combustibles pueden ser usados para sustituir parcialmente, mediante mezclas en diversa proporción, el uso de los combustibles fósiles como la gasolina y el diesel, obtenidos del petróleo. Actualmente, los agrocombustibles más desarrollados son el etanol y el biodiesel, obtenidos fundamentalmente a partir de caña de azúcar, maíz y de cultivos oleaginosos como la soya, la canola, la palma aceitera y la jatropa; éstos son los llamados “biocombustibles de primera generación” y su producción está controlada por grandes corporaciones mediante un control extensivo de la tierra así como por diversos regímenes de propiedad intelectual sobre semillas modificadas genéticamente y sobre las plantaciones con ellas desarrolladas. (ETC Group, 2007: 3)
Para los promotores de los agrocombustibles, sus beneficios son prácticamente infinitos. Son propuestos como la alternativa a los combustibles fósiles, como ya hemos visto; se supone que crearán miles de empleos en los campos de cultivo para su producción, especialmente en los países del Sur, donde harán producir las “tierras ociosas” de miles de campesinos pobres; que limpiarán el aire y permitirán combatir efectivamente el cambio climático. Por si fuera poco, hacen creer que las grandes corporaciones energéticas, químicas y agroindustriales “piensan en verde”, proyectando una imagen de querer contribuir con la solución a los graves desequilibrios ecológicos creados por el capitalismo industrial. (ETC Group, 2007: 2) Pero en realidad, los sonados y supuestos beneficios de los agrocombustibles, contrastan con los severos daños que pueden traer para el medio ambiente humano y natural.
Efectivamente, como señala la organización no gubernamental GRAIN, “Parecería que las emisiones de gases de efecto invernadero responsables del calentamiento global se reducirían sustancialmente en la medida que el CO2 emitido por los autos que funcionan con los combustibles derivados de material biológico ya ha sido previamente capturado por las plantas que lo produjeron. Los países pasarían a ser más autosuficientes en sus necesidades energéticas ya que podrían “cultivar” ellos mismos su combustible. Las economías y comunidades rurales se beneficiarían ya que habría un nuevo mercado para sus cultivos. Y los países pobres tendrían acceso a un nuevo y exuberante mercado de exportación”. (GRAIN, 2007: 1) Pero, ¿qué hay detrás de este panorama tan aparentemente prometedor?
A nivel mundial, los principales productores de etanol son Brasil y los Estados Unidos (45% y 44% de la producción mundial), y los principales productores de biodiesel son Alemania y Francia (63% y 17% de la producción mundial). Otros países como Japón, China e India, también han incursionado en la producción de dichos combustibles, aunque todavía en proporciones más pequeñas de la producción global. (CPT-Red, 2007) Como lo destaca un artículo reciente en la edición brasileña de Le Monde Diplomatique, ante la constatación del agotamiento progresivo del petróleo, se ha desatado una verdadera explosión del interés internacional por los agrocombustibles (Fuse, 2007: 14).
Sin embargo, con la salvedad de Brasil, donde el 45% del consumo total de energía en el país proviene de fuentes no fósiles (Moreno y Mittal, 2008: 16), en los países industrializados el consumo de agrocombustibles es aún muy bajo, no llegando al 6% en promedio en los países miembros de la OCDE[19]. Así, Estados Unidos, la Unión Europea y Japón, entre otros, están adoptando medidas para elevar el consumo de estos combustibles, llevando a un 20% en promedio su nivel de consumo (tanto para transporte como para todos los demás usos industriales), para el año 2020. En los países integrantes de la OCDE, en efecto, se otorgan hoy día incentivos y subsidios masivos a la producción de agrocombustibles, que alcanzan los 15 mil millones de dólares por año, para fomentar la producción de agrocombustibles ya sea en el mismo territorio europeo o norteamericano o bien, preferentemente, en terceros países (ETC Group, 2007: 1; Gilbertson et. al., 2007).
Este gigantesco flujo de recursos hace posible el desarrollo de alianzas sin precedentes entre los gigantes petroleros, de la petroquímica y de la agricultura, apoyados por los institutos de investigación del mundo industrializado, para garantizarse el control sobre una enorme porción de los recursos naturales del mundo. Es notable constatar que los cultivos para agrocombustibles constituyen actualmente el segmento de mayor crecimiento en la agricultura comercial mundial. Enormes intereses financieros se van tejiendo alrededor de su producción y consumo masivo; como lo indica el Grupo de Acción sobre Erosión, Tecnología y Concentración (o ETC Group), “en el 2006 el mercado global de agrocombustibles fue de 20,5 mil millones de dólares, con proyección de crecer a 80,9 mil millones en una década” (ETC Group, 2007: 1), es decir hacia el año 2020, momento en que se prevé alcanzaremos el pico del petróleo a nivel mundial, como señalamos anteriormente.
En la promoción de los agrocombustibles de “primera generación”, han participado activamente gigantescas corporaciones transnacionales (y algunas entidades estatales), tanto de la agroindustria como del petróleo, el transporte, la investigación espacial y la petroquímica. Algunas de las corporaciones que ya están participando en este millonario agronegocio son: DuPont, British Sugar, Cargill, Daimler-Chrysler, Syngenta, Boeing, ExxonMobil, Toyota, General Electric, Monsanto, BASF, entre otras[20]. Por su parte, corporaciones estatales como la NASA en los Estados Unidos y Petrobrás, en Brasil, participan activamente en el desarrollo de los agrocombustibles.
Asimismo, universidades e institutos públicos de investigación participan en estas iniciativas, e incluso organismos de las Naciones Unidas; por ejemplo, entidades como la University of California, el Lawrence Berkeley National Lab, la University of Illinois (todas ellas en los Estados Unidos), así como el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), desarrollan investigaciones en alianza con corporaciones transnacionales para potenciar la producción de agrocombustibles a nivel global. (ETC Group, 2007: 8-9; Moreno y Mittal, 2008: 19).
Pero además, muchas otras empresas transnacionales e institutos estatales desarrollan en la actualidad alianzas para producir agrocombustibles de “segunda generación”, ya sea haciendo más eficientes los cultivos actuales, o bien desarrollando nuevos cultivos como fuente de energía a partir de la biomasa. (ETC Group, 2007, 10-12). Gran parte de la actividad de estas industrias se basa en la manipulación genética de las semillas y los cultivos. Para hacernos una idea, entre las corporaciones y entidades que fomentan estos nuevos agrocombustibles, están la Chevron Corporation, Cargill, Shell, Royal Dutch Shell, China Resources Alcohol Corporation, Synthetic Genomics, Centro de Tecnología Canavieira, entre muchas otras en el mundo.
Sin embargo los previsibles resultados del uso creciente de agrocombustibles, no justifican los inflamados discursos de sus defensores. Diversos actores han alertado sobre las implicaciones que la expansión de los cultivos para la producción de aquéllos traerá en el mal uso, control monopólico y potencial agotamiento de otros recursos escasos como el agua, fundamentales para la vida; en la estructura de la tenencia y uso de la tierra, que tenderá a concentrarse cada vez más a la vez que se destruyen sensibles áreas selváticas y se eliminan otros cultivos fundamentales para asegurar a los pueblos su soberanía y seguridad alimentaria. Asimismo, el desarrollo de cultivos para producir combustibles amenaza con llevar hambre a millones de personas en los países del Sur, al producir un enorme sobreprecio de los productos alimentarios que se destinan de forma creciente a la producción de agrocombustibles.
Para el ETC Group, “Con el auge de los agrocombustibles, la tierra y los que la trabajan son explotados una vez más para perpetuar los patrones de consumo del Norte, injustos y destructivos. Los cultivos para combustibles ya compiten con los cultivos alimentarios, y los campesinos y consumidores pobres están perdiendo todo. Debido a las enormes cantidades de energía que se requieren para cultivos como maíz o colza/canola, la primera generación de agrocombustibles podría acelerar, en vez de disminuir, el cambio climático”. (ETC Group, 2007, 1)
Uno de los más claros y preocupantes ejemplos de lo que está generando el cultivo a gran escala de estos productos vegetales para producir agrocombustibles, es lo que toca al mal uso del agua y la contaminación de los suelos, que a la larga agudizarán las consecuencias negativas del cambio climático en lugar de atenuarlas. Se estima que por cada litro de etanol producido en un ingenio, se gastan doce litros de agua; en los demás cultivos para producción de agrocombustibles como el maíz, que forzosamente deben irrigarse, el consumo de agua es mucho mayor. La utilización a gran escala de agroquímicos y los desechos producidos por la producción de etanol, por ejemplo, terminan contaminado los suelos y las fuentes de agua para el consumo humano. Cultivos crecientes demandarán un creciente uso del suelo y del agua para su mantenimiento y expansión. (CPT-Red, 2007: 11)
En efecto, para lograr producir agrocombustibles en la cantidad suficiente para sustituir entre el 20 y el 25 por ciento del uso de gasolina, como lo pretenden los países industrializados, tendrían que destinarse gigantescos cultivos a dicho fin. Toda la cosecha actual de maíz y soja en los Estados Unidos apenas alcanzaría para cubrir el 12% de la gasolina y el 6% de sus necesidades de biodiesel. Lo mismo pasa en la Unión Europea, cuyo territorio debería cubrirse por completo de cultivos para combustibles sin que por ello pudiera alcanzarse la producción requerida. Estados Unidos es el mayor productor de maíz del mundo, seguido por Brasil; la producción actual de ambos países no alcanzaría para acercarse al porcentaje de sustitución de gasolina por etanol propuesto por el gobierno de Bush. (GRAIN, 2007; CPT-Rede, 2007) Es por ello que los países del Sur serán los que carguen en sus territorios con la producción masiva de estos cultivos y los que pagarán de forma directa las consecuencias que traen consigo.
Para organizaciones como el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), el crecimiento en la demanda de agrocombustibles beneficiará a los países del Sur, por ejemplo a los de América Latina y el Caribe. El BID estima que para que a nivel mundial pueda satisfacerse el 5% de la demanda de agrocombustibles, deberán quintuplicarse las tierras y los recursos destinados a su producción, mediante la “expansión masiva” de la capacidad de producción en estos países. Un caso crítico es Brasil, que ya destina 6 millones de hectáreas para el cultivo de agrocombustibles, pero el BID calcula que pueden destinarse otras ¡120 millones de hectáreas para este fin! (GRAIN, 2007; Moreno y Mittal, 2008). El impacto ambiental y social de esta aventura es incalculable, en términos de pérdida de selva amazónica, tierras cultivables y/o actualmente ocupadas por pequeños productores, contaminación a gran escala, etc.
Vale la pena hacer una referencia más amplia al caso de Brasil, pues su gobierno (el gobierno de Lula da Silva), se ha propuesto fomentar la producción y comercialización de agrocombustibles de cara a la creación de un amplio mercado global para estas commodities energéticas. El liderazgo tecnológico de Brasil en la producción de etanol, se basa en una agresiva política pública de investigación y fomento, que ha favorecido al sector cañero, muy poderoso y que controla desde hace siglos enormes extensiones de tierra en dicho país. Hoy día, el monocultivo del azúcar ocupa 6,9 millones de hectáreas, la mitad de ellas destinadas a la producción de etanol (otros cultivos para agrocombustibles, como soya y maíz, ocupan también vastas extensiones de tierra).
Pero en Brasil, bajo el auge de los agrocombustibles, basados en el monocultivo extensivo, millares de hectáreas de ecosistemas tradicionales, tierras agrícolas y modos de vida tradicional, están siendo irreversiblemente afectados por la expansión de 'cultivos energéticos'. La expansión de la caña de azúcar y de la soya, especialmente, “...está devorando el mayor bosque tropical del mundo, la Amazonia. Primero, el bosque virgen es derribado para extraer y vender las maderas preciosas; en seguida, vienen las quemadas (y sus emisiones destructoras) para abrir nuevas áreas de pastaje para el ganado, la mayor parte sobre tierras hasta entonces públicas. Cuando las áreas de pastaje quedan degradadas, lo que ocurre rápidamente pues el suelo amazónico es muy frágil sin el humus y la sombra del bosque, estas áreas son tomadas por el cultivo de soya”. (Moreno y Mittal, 2008: 11)
Todo esto sin contar con las deplorables condiciones de trabajo de miles y miles de trabajadores en las plantaciones de caña y otros productos; en los ingenios azucareros, se violan sistemáticamente los derechos humanos, el trabajo esclavo es una norma y muchos trabajadores mueren quemados, asfixiados o agotados durante su larga jornada laboral (Red Social de Justicia y Derechos Humanos (2), 2007). En otros países de la región se presenta una realidad muy parecida, incluyendo Costa Rica (CPT-Red, 2007).
Continuando con nuestro tema, informes de organismos como el BID concluyen que regiones como el África subsahariana y el Asia Oriental pueden contribuir, junto con América Latina, a proveer más del 50% de los agrocombustibles que se necesitarán en el 2050, esto si para ese año “...se reemplazan los actuales sistemas agrícolas ineficientes y de baja intensidad por las mejores prácticas en materia de sistemas de manejo y tecnologías agrícolas” (GRAIN, 2007: 4), es decir, reemplazar millones de hectáreas destinadas a la pequeña agricultura por enormes plantaciones de cultivos genéticamente modificados. Además, como indica también GRAIN, “...se toman los millones de hectáreas de lo que los ideólogos del modelo llaman eufemísticamente 'tierras baldías' o 'suelos marginales', olvidando para su conveniencia que millones de personas de comunidades locales viven de esos ecosistemas frágiles. Y donde no hay sistemas agrícolas indígenas para reemplazar, simplemente se toman los bosques”. (GRAIN, 2007: 4)
Para cerrar este análisis de los impactos de los agrocombustibles, señalemos como síntesis: estos cultivos, todos ellos bajo régimen de plantaciones extensivas, no solo no contribuirán a aliviar el cambio climático, como dicen sus defensores, sino que lo agravarán y traerán consigo deforestación, desalojo de miles de pequeños campesinos y poblaciones indígenas, contaminación de recursos escasos como el agua y al aire, erosión de los suelos y destrucción de diversidad biológica.
También harán aumentar las emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera pues se promueve la destrucción indiscriminada de selva y bosque para destinarlo a la producción en masa de alimentos para combustible. Además, destinar las cosechas de maíz, caña de azúcar, soja, etc., a la producción de agrocombustibles en lugar de a la atención de millones de personas que padecen hambre en el mundo, profundizará la seria crisis alimentaria que vive el planeta, a pesar del crecimiento acelerado de los volúmenes cosechados en todos estos productos alimenticios. El uso intensivo de tecnologías de modificación genética puede tener consecuencias imprevisibles en el campo de los países productores, contaminando los cultivos destinados a la alimentación humana y animal.
2.1. La Alianza del Etanol entre Brasil y Estados Unidos: punto de inflexión en la política de expansión de los agrocombustibles.
Un aspecto que merece un acercamiento especial, que haremos de forma resumida, es la recientemente consolidada Alianza del Etanol, entre Brasil y los Estados Unidos. Sellada mediante el llamado Memorando de Entendimiento entre los Estados Unidos y Brasil para avanzar en la cooperación sobre Agrocombustibles, suscrito por ambos gobiernos en marzo de 2007, la Alianza es un punto de inflexión en las políticas de expansión de los agrocombustibles a nivel global, pues estos dos países concentran más del 80% de la producción.
Brasil fue el primer país en dar inicio a la producción masiva de agrocombustibles a partir de los años 70 (en el marco de la dictadura militar), cuando se dio la llamada “crisis mundial del petróleo”. En ese momento, “la industria de la caña comenzó a producir combustible, lo que justificaría su sostenimiento y expansión. Lo mismo ocurre a partir del 2004, con el nuevo Programa Pro-Álcool, que sirve principalmente para beneficiar al agronegocio. El gobierno brasileño comienza a estimular también la producción de biodiesel, principalmente para garantizar la sobrevivencia y la expansión de grandes extensiones de monocultivo de soya. Para legitimar esa política y disimular sus efectos destructivos, el gobierno estimula la producción diversificada de biodiesel por pequeños productores, con el objetivo de darle una apariencia socialmente aceptable a esta actividad. El monocultivo también se ha expandido en regiones indígenas y en otros territorios de pueblos originarios”, según lo señalan diversas organizaciones sociales que se reunieron en Brasil, en febrero de 2007, para analizar esta temática.
Por su parte, Estados Unidos produce mucho etanol pero no lo utiliza masivamente como combustible, en buena medida por los intereses de la industria automovilística en dicho país. Estados Unidos, mayor contaminante del mundo, se resiste desesperadamente a adoptar medidas que mitiguen aunque sea parcialmente sus emisiones de gases contaminantes. La decisión de sustituir el 20% de la gasolina con etanol para el 2017, se relaciona más con una cuestión de seguridad energética nacional (reducir en parte su extrema dependencia del petróleo extranjero) y de fomento del agronegocio, que con consideraciones ambientales.
Tanto Brasil como los Estados Unidos se están dedicando a promover el uso de los agrocombustibles en una escala cada vez mayor. Muy especialmente, están presionando por la eliminación de aranceles sobre el comercio mundial de etanol y otros agrocombustibles. El presidente brasileño ha desmentido a los movimientos sociales (en especial, campesinos) que se oponen en su propio país al avance arrollador de las plantaciones para agrocombustibles, calificando de “mitos” los comprobados impactos negativos que estos traen consigo, según declaraciones brindadas al Washington Post en marzo del 2007 (Folha de São Paulo, edición digital, 30/03/2007)
Los grandes empréstitos internacionales para la promoción del etanol no se hicieron esperar. Como lo informara en julio de 2007 el diario paulista Folha de São Paulo, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), aprobó un crédito de 120 millones de dólares para proyectos de bioenergía en Brasil. Un 40% del monto del préstamo fue cedido por el mismo BID y el restante 60% por distintos bancos comerciales, lo que apunta ya los intereses privados detrás de este financiamiento. Además, es notorio el hecho de que el crédito se trata del primero de cinco desembolsos que ascenderán a 997 millones de dólares para triplicar la producción de etanol brasileño en el 2020. Todo esto en un país donde millones de seres humanos no satisfacen sus necesidades básicas de alimentación, salud, educación y vivienda. (Folha de São Paulo, edición digital, 25/07/2007)
La llamada Alianza del Etanol, por el peso de los países signatarios del Memorandum como productores y consumidores de agrocombustibles, marcará un punto de inflexión en el desarrollo de esta rama de la industria energética y tendrá importantes consecuencias para América Latina, para América Central en particular y para otras regiones del mundo que serán incorporadas en la lógica de la producción de agrocombustibles para satisfacer las necesidades de crecimiento y expansión del capitalismo actual. Hoy día, Brasil ya acciona sobre la base de una “diplomacia del etanol”, promoviendo a nivel internacional los agrocombustibles como la salvación frente al agotamiento del petróleo y la destrucción ambiental a gran escala que sufre el planeta en su conjunto. Esto favorece el desarrollo de un buen ambiente para estos combustibles entre las principales potencias del mundo.
Brasil se está convirtiendo en una potencia energética global pues, además de haber desarrollado tecnología de punta y vastas regiones de cultivo para producir etanol (que contribuyen con el 70% de la oferta mundial), recientemente han sido descubiertas enormes reservas de crudo y de gas en su territorio, así como reservas gigantescas de uranio radioactivo. (Moreno y Mittal, 2008: 4)
Por eso, diversos analistas han señalado que Brasil se está convirtiendo en un “gigante emergente de la energía” (Moreno y Mittal, 2008: 4) y es importante tener esto claro ya que la Alianza del Etanol tendrá también importantes consecuencias geopolíticas en la región, en especial por la aspiración brasileña de contar con un escaño permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU y por la tensa relación de los Estados Unidos con los otros países proveedores de petróleo y gas, como Venezuela, Ecuador y Bolivia, con los que mantiene una relación abrupta por el rechazo de Washington hacia los gobiernos de dichos países, electos democráticamente. ¿Qué papel jugará Brasil de ahora en adelante, en el complejo entramado de intereses que se mueven en torno a la explotación de los recursos energéticos en nuestra región?
2.2. La respuesta del movimiento campesino mundial frente a los agrocombustibles
Frente al avance acelerado de los cultivos para agrocombustibles en todo el mundo, en especial en América Latina, Asia y África, los movimientos campesinos globales y regionales han alzado la voz. Durante el Foro Social Mundial sobre Soberanía Alimentaria celebrado en Nyeleni, Mali (África), entre el 23 y el 27 de febrero de 2007, los movimientos campesinos y otros participantes, coincidieron en señalar que los productos agroenergéticos promotivos por las grandes corporaciones, compiten por la tierra arable, por el agua y se apropian de valiosos recursos comunes, poniendo en riesgo la producción de alimentos y amenazando seriamente los ecosistemas naturales. (Moreno y Mittal, 2008: 37)
De acuerdo con la organización internacional Vía Campesina, la producción y el consumo de alimentos controlados por las grandes corporaciones del agronegocio, está contribuyendo significativamente con el calentamiento global y con la destrucción de las comunidades rurales. El monocultivo intensivo, la pérdida de biodiversidad y de su capacidad para fijar carbono, la conversión de bosques en “desiertos verdes” y el uso de insumos químicos están transformando la agricultura a nivel global, tendencia que se ve acelerada con la decisión de incrementar los volúmenes de producción de agrocombustibles. (Moreno y Mittal, 2008: 38)
Para el dirigente Juan Tiney, de la Coordinadora Nacional Indígena y Campesina (CONIC, miembro de CLOC y Vía Campesina), de Guatemala: “Los agro combustibles invocan una imagen de abundancia renovable según los gobernantes de los países del G8 y sus socios en los países del sur, el BID, el Foro Económico de Davos, organismos de cooperación, las Naciones Unidas e incluso grupos predominantes en el Panel Intergubernamental para el cambio climático, plantean que los combustibles elaborados en base al maíz, caña, soya y otros cultivos promueven una transición suave del consumo del petróleo a una economía de combustible renovable, amigable con el medio ambiente y que regida por el libre mercado, categóricamente contribuirán a mitigar el impacto del calentamiento planetario”. (Tiney, 2008).
Pero los impactos reales de los agrocombustibles, de acuerdo con este dirigente indígena y campesino, y muy especialmente sobre la soberanía alimentaria, son catastróficos. El aumento acelerado en el precio de los alimentos básicos y de los insumos productivos derivados del maíz, por ejemplo, así como la concentración del agronegocio en unas pocas empresas transnacionales, hacen dependientes a nuestros países para poder alimentar a la población urbana y rural: en palabras del dirigente, “...hay una dependencia al mercado, principalmente del mercado norteamericano para la obtención de alimentos, cuando tenemos tierra y mano de obra, sobre todo conocimiento y saberes milenarios para la producción de alimentos” (Tiney, 2008).
Otra cuestión muy grave es la concentración acelerada de tierra en pocas manos, que corre paralela con una nueva expulsión de campesinos e indígenas de sus territorios y comunidades, para destinar esas tierras a la producción de palma africana o caña de azúcar, para la elaboración de agrocombustibles.
Frente a esta realidad, los movimientos campesinos están proponiendo reafirmar la lucha por la soberanía alimentaria así como proponiendo la necesidad de desarrollar energías verdaderamente renovables incluyendo la solar, la eólica y la biomasa, planteando que cualquier sustituto del petróleo será aceptable solo si esta sustitución se acompaña de una transformación radical de los patrones de producción y consumo del capitalismo.
Además, frente al concepto de “seguridad energética” desarrollado por los Estados Unidos y otras potencias capitalistas, proponen el de “soberanía energética y alimentaria”, concepto aún en construcción pero que atiende a la necesidad de atacar las causas estructurales de nuestro consumo desmedido de energía y de desafiar el control corporativo de las principales fuentes de la misma. Esto incluye el consumo de menos energía y la producción descentralizada de energía, en lugar de su promoción a gran escala como es el caso de los agrocombustibles. (Moreno y Mittal, 2008: 35-38).
También, los movimientos campesinos e indígenas siguen reafirmando también su compromiso con la reforma agraria, que elimine el latifundio y que haga posible una justa distribución de la tierra para quienes la trabajan, una reivindicación histórica que adquiere más relevancia en el contexto actual; abogan por el uso de semillas criollas y por el pleno respeto a los saberes, prácticas y formas de intercambio ancestrales propias del campesinado y los pueblos indígenas a nivel mundial. Para ello, además, es necesario el fortalecimiento político-organizativo del campesinado y de las organizaciones indígenas.
El uso de la tierra para producir alimentos, para llenar estómagos y no el tanque de millones de carros en todo el planeta, es uno de los ejes centrales de la lucha del movimiento campesino en el momento actual. Pero la soberanía y seguridad alimentaria y energética no es solo cuestión del campesinado, del movimiento indígena y de sus organizaciones, sino una responsabilidad de toda la sociedad, por lo que la población debe estar informada de estos temas que afectan sensiblemente su vida cotidiana. (Tiney, 2008)
Se trata de plantear a la sociedad un nuevo modelo de producción agropecuaria basado en la agricultura campesina y en la agroecología, con producción diversificada y priorizando en el consumo interno; en otras palabras, contrarrestar el discurso neoliberal que busca convertir el campo en una vasta extensión agroexportadora sin importar sus consecuencias para la vida humana y para el medio ambiente natural del que aquella forma parte. Asimismo, los movimientos campesinos luchan porque toda la población tenga asegurado su derecho a la alimentación y por el desarrollo de políticas y otorgamiento de subsidios a la producción de alimentos, todo ello con el fin de asegurar la soberanía alimentaria y energética por encima de los intereses del gran capital. (CPT-Red, 2007)
Por su parte, el Movimiento de los Trabajadores Rurales sin Tierra (MST, de Brasil), definió en su 5º Congreso celebrado en Brasilia en junio de 2007, un conjunto de compromisos programáticos que abordan integralmente la cuestión campesina en aquel país; como parte de las propuestas consignadas en la Declaración final del Congreso, se plantea el compromiso de “Luchar para que la producción de los agrocombustibles esté bajo el control de los campesinos y trabajadores rurales, como parte de la policultura, con preservación del medio ambiente y buscando la soberanía energética de cada región”. (MST, 2007)
En otras palabras, una producción de agrocombustibles a baja escala e integrada en el marco de la agricultura campesina y orientada a satisfacer necesidades energéticas locales y comunales, puede ser viable, no así el monocultivo gigantesco que se requiere desarrollar para satisfacer las demandas energéticas del capitalismo global.
Estas posiciones son parte de la crítica y las propuestas formuladas por el campesinado y por sus organizaciones nacionales, regionales y mundiales, frente a la acelerada expansión del monocultivo con fines energéticos. Cabe recordar que se trata de organizaciones cuyos miembros luchan cada día, en el campo y poniendo en riesgo sus vidas, contra la expansión del agronegocio, por lo que viven en carne propia los peores efectos de la expansión de los agrocombustibles.
3. La producción de agrocombustibles en Costa Rica: perspectivas, actores, implicaciones.
Pero antes de entrar en el análisis de la situación en Costa Rica, haremos un muy breve acercamiento al contexto centroamericano, pues también los gobiernos y productores de caña de la región están moviendo sus fichas ante el anuncio recientemente hecho por los gobiernos brasileño y norteamericano.
3.1. La fiebre del etanol llega a Centroamérica
El etanol y los demás agrocombustibles han desatado la fiebre entre los capitales agroindustriales de la región. Pero este tipo de “fiebre” no es nueva ni la ha producido históricamente un solo producto. En otros momentos de la historia centroamericana, el cultivo de productos como el café, el banano y el algodón se extendieron aceleradamente por toda la región para proveer al mercado mundial, en particular al mercado europeo y luego al norteamericano. En todos estos casos los cultivos se desarrollaron sobre la base de una estructura económica, política y de la propiedad de la tierra heredada desde la colonia, estructura que fue profundizada con la entrada en el escenario de los capitales británico y norteamericano, que incorporaron a Centroamérica en la periferia del capitalismo mundial. (Torres Rivas, 2007).
En realidad, no importa que ahora la caña de azúcar o la palma aceitera se vaya a usar para producir agrocombustibles, el tema de fondo es que se reproduce el patrón colonial de la agricultura de plantación y todas las relaciones que ello trae consigo en términos de la división internacional del trabajo y en importantes aspectos socioeconómicos a lo interno de los países.
Volviendo a nuestro tema, después del encuentro entre los presidentes de Brasil y los Estados Unidos, en marzo de 2007, donde se acordó lanzar una estrategia para el incremento en la producción y uso de los agrocombustibles, el tema ha vuelto a adquirir relevancia en la región centroamericana y también en Costa Rica, debido al interés manifiesto de esos dos países en convertir a Centroamérica en un puente para la producción auxiliar y almacenamiento de agrocombustibles, destinados en su mayoría para el mercado norteamericano.
Mediante la cooperación técnica y la promoción de la producción y consumo de los agrocombustibles, se busca que Centroamérica entre de lleno en la estrategia de los Estados Unidos por alcanzar en el 2017 una sustitución del 20% de los combustibles fósiles que consume en la actualidad, por combustibles obtenidos a partir de productos vegetales. Es notorio que el Memorandum de Entendimiento, al que ya hicimos referencia, textualmente señala que: “Las Partes trabajarán conjuntamente para llevar los beneficios de los biocombustibles a terceros países, mediante estudios de viabilidad y asistencia técnica dirigida a estimular al sector privado a invertir en biocombustibles. Las Partes se proponen comenzar a trabajar en América Central y en el Caribe para apoyar la producción y el consumo locales de biocombustibles, con la visión de continuar trabajando juntos en regiones clave alrededor del mundo”.
En Centroamérica, la reacción de sectores vinculados al agronegocio no se ha hecho esperar. Diversos medios de comunicación de la región dieron cuenta de ello. Por ejemplo, el periódico salvadoreño Prensa Gráfica, recoge declaraciones del sector cañero en dicho país, para el cual se trataría de una “gran oportunidad” para expandir el negocio, mediante la exportación de etanol hacia los Estados Unidos. (La Prensa Gráfica, edición digital, 03/10/2007).
El presidente de El Salvador, por su parte, expresó enorme satisfacción por la decisión de los gobiernos brasileño y estadounidense de favorecer el desarrollo de agrocombustibles y anunció una modernización de la legislación en el país para favorecer las inversiones necesarias, tanto para la producción de etanol como de biodiesel, incentivando a inversionistas privados. Significativamente, el presidente Saca declaró a la prensa que: “Deberíamos preocuparnos por una ley de tierra, que le permita arrendar tierra a mucha gente que quiere meterse definitivamente a sembrar caña” (La Prensa Gráfica, edición digital, 04/05/2007), en alusión a los cambios y prioridades que la producción de agrocombustibles introducirá en el uso y control de la tierra disponible para cultivos en El Salvador.
Siempre con relación a El Salvador, en consonancia con los términos del Memorandum de Entendimiento entre Brasil y los Estados Unidos, el país fue escogido para el desarrollo de un plan piloto en producción de etanol para exportar hacia los Estados Unidos, aprovechando el marco jurídico establecido por el TLC entre ambos países que facilita la exportación de etanol sin pago de aranceles. (La Nación, edición digital 02/04/2007)
En Guatemala, primer productor de caña de azúcar en la región y uno de los países con mayor concentración de la tierra en el continente, hay también un intenso debate a partir de la decisión del Ministerio de Energía y Minas, de mezclar hasta un 10% de etanol con la gasolina que se consume en el país. Los productores guatemaltecos de caña de azúcar, desde el 2005 vienen pensando el negocio ya en escala regional, según se desprende de las declaraciones de Rolando Ponciano, representante de la Asociación de Combustibles Renovables de Guatemala, al periodico La Prensa Libre (Guatemala); para Ponciano, “Centroamérica necesitaría casi 400 millones de litros de etanol al año, que lo producirían unas 20 destilerías, con una inversión de US$200 millones” (La Prensa Libre, edición digital 25/04/2005).
En Guatemala actualmente hay cuatro destilerías de etanol, pero para lograr la meta del gobierno de 10% de dicho carburante en la gasolina, se necesitaría construir cuatro destilerías más a un costo aproximado de $80 millones, de acuerdo con Aida Lorenzo, gerente de la Asociación de Combustibles Renovables de Guatemala.
Como lo informara en su oportunidad el periódico Siglo XXI, “En Guatemala existen tres destilerías de etanol derivado de la caña de azúcar: Servicios Manufactureros, ubicada al lado del Ingenio Magdalena; Darsa, de la Licorera Nacional, y Palo Gordo, propiedad de ese ingenio. En conjunto producen 400 mil litros diarios del biocombustible. La producción nacional anual asciende a 90 millones de litros, y se exporta a Europa y Estados Unidos. Este mes [en mayo de 2007] empezará a funcionar la destilería Bioetanol, en el ingenio Pantaleón, cuya producción diaria será de 150 mil litros”. No obstante, el sector cañero guatemalteco se ha quejado por no ser suficientemente incluido en las iniciativas lanzadas en conjunto por Brasil y los Estados Unidos. (Siglo XXI, edición digital 22/05/07)
A pesar de esto último, es necesario señalar que Guatemala es el mayor productor de etanol de la región debido al desarrollo previo de su industria azucarera. El Ministerio de Energía y Minas (MEM) ya concedió licencia a trece empresas para la producción de agrocombustibles (etanol y biodisel concretamente). La disponibilidad de materia prima (abundante caña de azúcar), facilita a las industrias procesadoras la producción del agrocombustible, que en su mayoría se exporta hacia los Estados Unidos, México y Europa “a falta de una legislación que permita su comercialización interna”, apuntó el diario Siglo XXI (Siglo XXI, edición digital 02/08/2007). Para el 2009, Guatemala espera producir 150 millones de litros de etanol, una producción récord en el país y en el área centroamericana. Los más grandes ingenios del país, entre ellos el Montelimar, Benjamín Zeledón y Monterrosa (este último del Grupo Pantaleón), están reconviertiendo sus plantas para aumentar la capacidad de producción de etanol.
En otros países centroamericanos, los inversionistas y los productores de caña también se han percatado de los negocios que abre la coyuntura continental en lo que a agrocombustibles se refiere. Nicaragua, por ejemplo, en el marco de las alianzas generadas por la decisión de Brasil y Estados de impulsar la producción de agrocombustibles en la región, ha anunciado que se convertirá en el mayor exportador de etanol de Centroamérica, “...para lo cual importará 250 millones del insumo hidratado de Brasil, que deshidratará una nueva empresa del Grupo Pellas para exportarlo”, informó el periódico guatemalteco Siglo XXI en en su edición digital del pasado 28 de agosto de 2007. Se trata de la empresa Sugar Energy and Rum, que deshidratará el insumo importado desde Brasil para reexpotarlo hacia los Estados Unidos.
Muchas de estas inversiones son hechas por capitales azucareros que se mueven por toda la región; así el Grupo Pellas, de Nicaragua, está invirtiendo en la producción de etanol en Honduras; las destilerías guatemaltecas, por su lado, emplean una buena parte de materia prima (caña) proveniente de Nicaragua.
Finalmente, cabe destacar el hecho de que el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), inmediatamente después de lanzada la iniciativa conjunta brasileña-norteamericana, se aprestó a anunciar un plan de inversiones en “energía verde” en toda Centroamérica, por un monto de $300 millones de dólares, argumentando que esta iniciativa “...reforzará la campaña contra la pobreza y reducción de la dependencia de combustibles fósiles importados”. (Siglo XXI, edición digital 03/04/2007). Al igual que la iniciativa del BID en Brasil, se trata aquí de construir una enorme infraestructura para la producción, almacenamiento, transporte y comercialización de agrocombustibles, en asocio y beneficio con el capital privado, tanto azucarero como de otras ramas, deseoso de aprovechar el nuevo clima de negocios.
Solo de forma ilustrativa, los elementos anteriores nos permiten decir que la fiebre de los agrocombustibles llegó a la región y que se abren perspectivas muy importantes para la producción, exportación y potencial consumo local de etanol y biodiesel. Los grandes sectores azucareros, que llevan décadas invirtiendo en la industria, se aprestan a aprovechar esta coyuntura ampliando sus cultivos, reconvirtiendo sus ingenios o construyendo nueva infraestructura, en el marco de la asistencia técnica proporcionada por Brasil, por ejemplo. Además, es notorio que se está triangulando la exportación de etanol brasileño a los Estados Unidos mediante su deshidratación en Centroamérica, de forma tal que se tome como proveniente de uno de los países signatarios del CAFTA y no se tenga que pagar el arancel de $0,54 que los Estados Unidos cobran a cada litro de etanol brasileño.
3.2. La situación en Costa Rica
Aunque la política de promoción de los agrocombustibles en Costa Rica data de los años 2003 y 2004, cuando se crearon sendas comisiones nacionales sobre el etanol y el biodiesel, es con la llegada del nuevo gobierno de Oscar Arias que el tema cobra una importancia mayor. Una de las primeras tareas de la admistración Arias en el tema, fue la redacción y publicación de un Decreto Ejecutivo creando la Comisión Nacional de Biocombustibles, con sede en el Ministerio del Ambiente y la Energía. Esta Comisión, de acuerdo con dicho Decreto, tendrá a su cargo proponer el Poder Ejecutivo un “plan de acción que contenga las estrategias de corto, mediano y largo plazo para la implementación en Costa Rica del uso de biocombustibles”, así como “señalar y fundamentar las reformas legales o instrumentos jurídicos que se requieran para implementar la producción y el uso de biocombustibles”.
En Costa Rica, casi el 70% de la energía consumida se obtiene de derivados del petróleo, mientras un 22% se produce con recursos hídricos y el resto con otras fuentes de energía, entre ellas los cultivos energéticos para agrocombustibles. (La Nación, edición digital 01/05/2006). En este marco, el gobierno actual ha declarado que la estrategia energética del país se centrará en lo sucesivo en la exploración petrolera y en la producción de agrocombustibles. (La Nación, edición digital 17/01/2008)
El discurso del gobierno costarricense reproduce algunos de los tópicos que se vienen ofreciendo para favorecer la producción de agrocombustibles a nivel internacional; por una parte, se señala que ayudarán a disminuir la dependencia del petróleo; por otro lado, que promoverá empleos y favorecerá a las zonas rurales empobrecidas al permitir el desarrollo de cultivos energéticos y, claro está, que el cultivo y producción de agrocombustibles contribuirán a mitigar el cambio climático, pues gracias a ello Costa Rica reduciría en 630 mil toneladas sus emisiones de dióxido de carbono (La Nación, edición digital 04/02/2008).
Información divulgada por La Nación, da cuenta de que el gobierno ha decidido que para el año 2010, la gasolina que se consuma en Costa Rica tendrá un 10% de etanol (producido con caña de azúcar) y el diesel un 20% de biodiesel (producido con palma aceitera). Para ello, se ha proyectado una inversión necesaria de $484 millones, equivalente al 34% de la factura petrolera nacional. Actualmente, todo el etanol producido en Costa Rica se exporta hacia los Estados Unidos.
El cambio en la estructura agrícola del país ha sido destacado por las autoridades gubernamentales, para las cuales el crecimiento en la demanda internacional de etanol debe llevar al país a concentrarse en la producción de caña de azúcar y yuca con propósitos energéticos, aprovechando “las nuevas condiciones del mercado”. Se da como ejemplo la conversión de arroceros guanacastecos en cañeros en los últimos años. Actualmente, sin embargo, tendrían capacidad de producir etanol solo la Liga Agrícola Industrial de la Caña de Azúcar (LAICA), el Ingenio Taboga y la Central Azucarera del Tempisque S.A. (CATSA). En el caso de LAICA, cuenta además con tanques para almacenamiento y un muelle para la exportación de alcohol carburante, en Punta Morales, Puntarenas. (La Nación, 20/03/07)
Para satisfacer las necesidades tanto del consumo local de agrocombustibles como para la exportación, se prevé como primer paso la utilización de 20 mil hectáreas para cultivos para plantar caña de azúcar y palma africana, para producir etanol y biodiesel, respectivamente. De acuerdo con el gobierno, la mitad de esas tierras (10 mil hectáreas) se destinarán a la producción de caña de azúcar, cultivos que se desarrollarán en asentamientos campesinos en la zona norte del país; se trata de parceleros del Instituto de Desarrollo Agrario (IDA), que recibieron tierras y que, de acuerdo con el gobierno, “ahora no tienen una explotación adecuada”. Además, se prevé que en las regiones Sur y del Caribe se destinarán 5 mil hectáreas, respectivamente, para el cultivo de palma aceitera (La Nación, edición digital 01/01/08). Otra información divulgada por La Nación informa que las proyecciones de nuevos cultivos son las siguientes:
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Región
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Tipo de cultivo
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Cantidad de hectáreas
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Comunidades afectadas
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Zona Norte
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-Caña de azúcar
-Yuca
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10.000 ha
4.000 ha
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Los Chiles, Upala, Guatuso.
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Zona Sur
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Palma aceitera
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3.500 ha
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Parrita, Quepos, Coto Brus
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Caribe
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Palma aceitera
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3.000 ha
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Guácimo, Siquirres, Matina, Talamanca.
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Total aproximado para nuevos cultivos
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20.500 ha
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Fuente: La Nación, 04/02/2008.
El gobierno ha insistido que estos nuevos cultivos no competirán con la producción de alimentos y que el programa nacional de biocombustibles “sacará de la pobreza a pequeños productores campesinos pues se les garantiza la compra de sus cosechas”. (La Nación, edición digital 01/01/08). De acuerdo con los planes gubernamentales, unos mil pequeños productores agrícolas se verían beneficiados con estos nuevos cultivos y además recibirían asistencia técnica por parte de las instituciones del Estado e información sobre nuevas variedades. (La Nación, edición digital 01/01/08).
En este marco, la Refinadora Costarricense de Petróleo (RECOPE), ha informado que actualmente se prepara para que, a partir de octubre del 2008, se incorpore entre un 2% y un 5% de biodiésel en el diésel y un 7% de etanol en la gasolina. William Ulate, Gerente de Desarrollo de la entidad, dijo que ya se adjudicó la adquisición del equipo básico para el mezclado. También se han asignado los trabajos para adecuar los tanques de El Alto, en Ochomogo, y las estaciones de bombeo en Turrialba y Limón. La inversión es de $600.000. (La Nación, edición digital 01/01/08) Como se indicó, la meta es que al año 2010 se habrá mezclado un 10% de etanol en la gasolina y un 20% de biodiesel en el diesel. Sin embargo, el monto total de las inversiones que debería desarrollar RECOPE, asciende a 5 millones de dólares; las obras finalizarían en el 2009 para tener todo listo para que, a partir del 2010, se alcance el objetivo en los porcentajes de mezcla definidos por el gobierno. (La Nación, edición digital 06/01/2007).
Por otra parte, el sector azucarero anunció hacia finales del 2007, que el sector realizaría inversiones por 20 millones de dólares para su modernización, incluyendo el desarrollo de infraestructura para la exportación de etanol, en particular la ampliación de la planta deshidratadora de alcohol ubicada en Punta Morales (propiedad de LAICA), gracias a un convenio con la empresa brasileña CrystalSev. El costo de esta obra ha sido estimado en 3 millones de dólares, del cual el 50% será pagado por la empresa brasileña sin exigir reembolso. Aunque LAICA viene deshidratando alcohol importado desde hace 20 años, la idea es ampliar la capacidad ante la creciente demanda de etanol en los Estados Unidos, pues se pasaría de una capacidad de procesamiento de 40 millones de galones anuales a 54 millones de galones. (La Nación, edición digital 07/08/2007)
Una buena parte del etanol producido en Costa Rica es hecho con materia prima proveniente de otros países, como Brasil, pues no se obtiene de la cosecha de caña nacional. Brasil ha venido aprovechando en los últimos años la Iniciativa para la Cuenca del Caribe y ahora el TLC con los Estados Unidos, para exportar a ese país su etanol libre de impuestos. Brasil debe pagar un impuesto de $0,54 por litro de etanol exportado a los Estados Unidos, por eso, mediante triangulación, evita dicho pago en una parte de sus exportaciones de alcohol carburante, hasta el 7% de la producción nacional estadounidense. (Moreno y Mittal, 2008: 1). Es significativo, además, que el TLC con los Estados Unidos da acceso libre a todo el etanol que se produzca en Costa Rica con materias primas cultivadas en el país, y abre una cuota anual de 31 millones de galones para el etanol no originario (con materia prima extranjera), como es el caso de Brasil. (La Nación, edición digital 09/06/2007)
A nivel nacional no hay aún una industria del etanol consolidada y los empresarios demandan del gobierno “una política consistente de biocombustibles”, como señalara Edgar Herrera a La Nación, en su calidad de Director Ejecutivo de LAICA. (La Nación, edición digital 06/01/2007). Para representantes del sector azucarero y agroindustrial, se requiere “...la emisión de leyes claras y un plan de incentivos que provean seguridad jurídica y económica a un programa de producción de etanol”, pues para ellos, “un programa de biocombustibles significa la gran oportunidad de relanzar a sectores agrícolas”, según representantes de LAICA y de la Cámara Nacional de Agricultura y Agroindustria (CNAA). (La Nación, edición digital 26/03/2007).
Por otra parte, la posibilidad de ampliar los cultivos, debido a la adaptabilidad de la caña de azúcar a distintos climas, hace que haya unas 50 mil hectáreas potenciales para sembrar, de acuerdo con Marco A. Chaves, titular de la Dirección de Investigación en Caña de Azúcar. (La Nación, edición digital 26/03/2007).
Teniendo todo lo anterior en cuenta, es claro que el empresariado agroindustrial de Costa Rica (al igual que el los otros países centroamericanos), vive en este momento una fiebre debida al crecimiento en la demanda mundial de agrocombustibles, en especial en los Estados Unidos. Hay una clara decisión política y empresarial de orientar los esfuerzos productivos del país en esa dirección. Pero los sectores que obtendrán el mayor beneficio son aquellos en capacidad de producir biocombustibles ya sea por su propia capacidad de controlar los cultivos requeridos como por el acceso a la tecnología necesaria, tales como plantas para producir el etanol a partir de la caña y medios de transporte y almacenamiento para la exportación.
Como en otros países, el auge de los agrocombustibles beneficiará a los sectores del capital agroindustrial que llevan ya varias décadas explotando plantaciones azucareras o de palma aceitera. Aunque se repite una vez y otra que el desarrollo de los agrocombustibles beneficiará a los pequeños productores agrícolas, los beneficios mayores se quedarán en quienes elaboren productos finales para exportación o para consumo nacional. Por ejemplo, en Costa Rica existen unas 51 mil hectáreas sembradas con caña de azúcar, un total de 16 Ingenios y unos 7 mil productores pequeños y medianos (Acuña [2], 2004: 16). Los Ingenios compran la materia prima a los productores independientes y, de ella, derivan distintos productos para los mercados nacional e internacional. Otra parte de la materia prima es cultivada por los mismos Ingenios. Es en este contexto en el cual se desarrollaría en Costa Rica la agroindustria destinada a la producción de etanol.
Dadas las perspectivas que se abren en Costa Rica, con relación al desarrollo de cultivos para agrocombustibles y su posterior producción, comercialización interna y exportación, podemos señalar varias preocupaciones:
- El cambio violento en el uso de la tierra: Dedicar 20 mil hectáreas (solo para empezar) a la producción de agrocombustibles, es dar un paso más en la transnacionalización del agro y en el avance d