Qué está pasando en la Iglesia? - América Latina en Movimiento
ALAI, América Latina en Movimiento

2008-04-12

Qué está pasando en la Iglesia?

Benjamín Forcano
Clasificado en: Cultura, Religion, Politica,
Disponible en:   Español       


Planteamiento y situación del tema

Esta pregunta no se la hacía la gente hace unos años. Ahora está asomando con frecuencia en la conversaciones de unos y otros. Mi intención es esclarecer un poco el escenario histórico que nos permita llegar al fondo y entender el desenvolvimiento eclesial de estos últimos 50 años.

Como nada ocurre al azar, pienso que, en este tipo de cuestiones, hay que relacionar los hechos con las causas y el presente con el pasado.


Es imprescindible por tanto comparar, aunque sea sucintamente, el viejo modelo tridentino con el nuevo del Vaticano II.

Modelo eclesiológico Tridentino y del Vaticano II

. Modelo tridentino

Me refiero al momento de la Iglesia reformada de Gregorio VII y postridentina. Sus rasgos fundamentales serían:

1.La religión católica es la única verdadera: “La única religión verdadera es la religión católica. Ninguna de los que se encuentran fuera de la Iglesia católica, no sólo los paganos , sino también los judíos, los herejes y los cismáticos, podrán participar en la vida eterna. Irán al fuego eterno que ha sido preparado para el diablo y sus ángeles (Mt 25,4) a menos que antes del término de su vida sean incorporados a la Iglesia “ ( Concilio de Florencia, 1542 , DS 1351).
- “Defender que todo hombre es libre para abrazar y profesar aquella religión que, guiado por la razón, juzgara ser verdadera, es una doctrina condenada” (Pio IX, Syllabus, Enchiridion Symbolorum, 1960 (1540).

 2.La Iglesia es como un Estado, en cuya cumbre está el Papa, asistido por las congregaciones romanas y que justifica su hegemonía sobre los demás Estados: “Las mayores infelicidades vendrían sobre la religión y sobre las naciones si se cumplieran los deseos de quienes pretenden la separación de la Iglesia y el Estado, y se rompiera la concordia entre el sacerdocio y el poder civil” (Colección de encíclicas y documentos pontificios, Madrid, 1955, pp. 1 ss.)

3. El estatuto constituyente de la Iglesia se caracteriza por la desigualdad, a base de dos géneros de cristianos: los clérigos y los laicos: “ La comunidad de Cristo no es una comunidad de iguales, en la que todos los fieles tuvieran los mismos derechos, sino que es una sociedad de desiguales” (Constitución sobre la Iglesia, Vaticano I, 1870).

La desigualdad se despliega de arriba abajo, en una visión piramidal y estamental: la pirámide tiene un vértice, el papa: de él deriva el poder de los obispos, la nobleza eclesiástica; y, más abajo, está el bajo clero, los llamados propiamente “sacerdotes”. Estos grados agotan el derecho y la autoridad. Finalmente, está el estamento laical, base inmensa de la pirámide: vasallos, siervos de la gleba, gente menuda: “Por su misma naturaleza, la Iglesia es una sociedad desigual con dos categorías: la jerarquía y la multitud de fieles; sólo en la Iglesia Jerarquía reside el poder y la multitud no tiene más derecho que el de dejarse conducir y seguir dócilmente a sus pastores” (Pio X, Vehementer, 12.)

4. Esta estructura eclesiástica sería de derecho divino y, por lo tanto, inmutable. Como también el poder que ella tiene y de ella deriva.

5. Esta Iglesia realiza el Reino de Dios desde el “poder eclesiástico” , que desciende piramidalmente hasta los mismos fieles. El pueblo no tiene más que recibir y poner en practica lo que reside en las altas esferas.

6.Para esta Iglesia el reino de Dios es cosa del “más allá”, “asunto de la otra vida”, no un proyecto histórico con exigencias de transformación para la sociedad presente, sino un símbolo de resignación histórica y de evasión de la historia: “La diferencia de clases en la sociedad civil tiene su origen en la naturaleza humana y, por consiguiente, debe atribuirse a la voluntad de Dios” (Pio IX, Syllabus, Enchiridion Symbolorum, 1960, (1540).

7.Esta Iglesia olvida las característica fundamental del Reino de Dios que anuncia Jesús: un Reino de los pobres y para su liberación. Es decir, mientras en las altas esferas se libran batallas por la dominación del mundo, la inmensa base eclesial no tiene más condición, y ésta querida por Dios, que someterse y no contar para nada.

. Modelo del Vaticano II

El gran cambio operado por el Vaticano II aparece sobre todo en la “Lumen Gentium” y la “Gaudium et Spes”. Podemos concretarlo en los siguientes puntos:

1. El punto de gravitación en la Iglesia es, según el Vaticano II, la comunidad (pueblo de Dios) y no la jerarquía. “Pueblo de Dios” es para el concilio esa realidad englobante de la Iglesia, que remite a lo básico y común de nuestra condición eclesial, es decir, nuestra condición de creyentes. Y, en esa condición, estamos todos, sin excepción. La división de clérigos/ laicos queda superada con un planteamiento nuevo: lo sustantivo en la Iglesia es la comunidad, la jerarquía lo relativo, que no tiene razón de ser en sí y para sí, sino en referencia y subordinación a la comunidad.

2. La función de la jerarquía es redefinida con relación a Jesús, siervo sufriente y no pantocrator (señor de este mundo); solo desde un crucificado por los poderes de este mundo se puede fundar y justificar la autoridad de la Iglesia. La jerarquía es un ministerio (diakonia=servicio) que exige reducirse a la condición de siervo. Ocupar ese lugar (el de la debilidad e impotencia) es lo suyo, lo verdaderamente propio.

3. Desaparece la Iglesia como “sociedad de desiguales”: “No hay por consiguiente en Cristo y la Iglesia ninguna desigualdad” (LG, 12).

Nigún ministerio puede ser colocado por encima de esta dignidad común. La mayor dignidad está en la igualdad común. Los clérigos no son los “hombres de Dios” y los laicos “los hombres del mundo”. Esa dicotomía es falsa. Hablamos correctamente si, en lugar de clérigos y laicos, hablamos de comunidad y ministerios.

4. Todos los bautizados son consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo (LG, 10). No sólo, por tanto, los curas son “sacerdotes” sino que, junto al ministerio de ellos, el sacerdocio es común. Este cambio en el concepto de sacerdocio es fundamental: “En Cristo se ha producido un cambio de sacerdocio” (Hb 7,12). En efecto, el primer rasgo del sacerdocio de Jesús es que “se hace en todo semejante a sus hermanos.

Jesús, para ser sacerdote, no se retira al ámbito de lo sagrado, de los ritos, sino que sigue siendo laico aun constituido como sacerdote. El sacerdocio original de Jesús es el que hay que proseguir en la historia Y es la base para entender el sacerdocio presbiteral y, por supuesto, el sacerdocio común.

Según esto, la Iglesia entera, pueblo de Dios, prosigue el sacerdocio de Jesús, sin perder la laicidad, en el ámbito de lo profano y de lo inmundo, de los “echados fuera”; sacerdocio no centrado en el culto sino en el mundo real. Este sacerdocio pertenece al plano sustantivo, el otro -el prebisteral- es un ministerio y no puede entenderse desentendiéndose del común. Y el sacerdocio común es superior y el presbiteral , como ordenado al común, es inferior.

El Vaticano II abre una nueva época en la Iglesia

El
25 de diciembre de 1959, el papa Juan XXIII sorprendía al mundo con el anuncio del concilio Vaticano II. Lo convocaba el 25 de diciembre de 1961 y lo inauguraba el 8 de diciembre de 1962.

Desde el primer momento, el papa dejó bien claro el objetivo del concilio: “Se trata de que con la colaboración de todos la Iglesia se capacite cada vez más en la solución de los problemas del hombre contemporáneo” (HS, 5), “Llevamos en nuestros corazones las ansias de todos los pueblos y, en especial, de los más humildes, los más pobres, los más débiles, de todos aquellos que no han alcanzado todavía una condición de vida digna del hombre “ (nº 9), “Insistiremos en dos problemas fundamentales: la justicia y la paz” (11-13).

Cuatro años después concluía el concilio con unos Documentos extraordinarios, que debían ser, según el papa Pablo VI, el nuevo catecismo para todos los católicos.

Han pasado 43 años.

¿Qué trajo el concilio?

El concilio trajo una ola renovadora a una encrucijada histórica excepcional. Había una conciencia colectiva de los graves problemas de la humanidad, de que muchos de ellos no encontraban respuesta adecuada en la Iglesia, de que la Iglesia debía salir de sí misma y establecer un puente de diálogo y colaboración con la sociedad, de que nuestro momento histórico era antropológica, científica, cultural y sociopolíticamente nuevo y requería una adaptación valiente.

El concilio hizo su opción: “La Iglesia no puede dar mayor prueba de solidaridad, respeto y amor a toda la familia humana que la de dialogar con ella acerca de sus problemas. Es la persona del hombre la que hay que salvar. Es la sociedad humana la que hay que renovar. El hombre será el objeto central de nuestras explicaciones “ (GS, 4).

Y apuntaba con precisión: 1. “El género humano se halla en un período nuevo de su historia. Tan esto es así que se puede ya hablar de una verdadera metamorfosis social y cultural que redunda también sobre la vida religiosa. Jamás el género humano tuvo a su disposición tantas riquezas, tantas posibilidades, tanto poder económico, un tan sentido tan agudo de su libertad . Y, sin embargo, una parte de la humanidad sufre hambre y miseria, no sabe leer y escribir y experimenta nuevas formas de esclavitud social y psicológica. 2. La Iglesia se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia, debe conocerlo, comprenderlo y responder a sus perennes interrogantes. Vivimos en un momento en que el espíritu científico modifica profundamente el ambiente cultural y las maneras de pensar. Todo el género humano corre una misma suerte y hemos pasado de una concepción más bien estática de la realidad a otra más dinámica y evolutiva, de donde surge un nuevo conjunto de problemas que exige nuevos análisis y nuevas síntesis. 3. Asistimos a un cambio de mentalidad y estructuras, que somete con frecuencia a discusión las ideas recibidas. Las instituciones, las leyes , las maneras de pensar y sentir, heredadas del pasado, no siempre se adaptan bien al estado actual de cosas . Surge una perturbación en el comportamiento y hasta en las mismas normas reguladoras de éste. (Cfr. GS, 1-7).

El desafío central

Está claro que el desafío central, al que se enfrentaba el concilio, era el de someter a revisión el patrimonio cristiano heredado. Llevábamos cuatro siglos bajo la inspiración y dominio del concilio de Trento. Ese estilo de vida exigía una puesta al día.. La conciencia eclesial se había abierto camino en el mundo moderno y había madurado, en convivencia y diálogo con él, sus problemas, sus nuevas búsquedas y soluciones. De esa conciencia, brotaban dos consecuencias:

- 1ª) La Iglesia no podía erigirse ya más como una realidad frente al mundo, como una “sociedad perfecta”, paralela, que proseguía su curso en autonomía, previniéndose y fortaleciendo sus muros contra los errores e influencia del mundo. Esa antítesis de siglos, debía superarse.

Consiguientemente, el objeto primordial del concilio era el amor al mundo, y no la desconfianza o condenación. La Iglesia, sirvienta de la humanidad y testigo del Evangelio, iba a demostrar que creía en el hombre, en su dignidad y derechos, en su vocación para la igualdad, la justicia y la fraternidad, y que se sumaba a él humildemente, como colaboradora, respetando los valores de esa dignidad fundamental.

 - 2ª) El concilio se proponía aplicar la renovación al interior de la Iglesia misma, pues la Iglesia no era el Evangelio ni era seguidora perfecta del mismo, en ella vivían mujeres y hombres, los mismos que en todas las demás partes y desde su condición limitada y pecadora se habían establecido en ella muchas costumbres, leyes y estructuras que no respondían a la enseñanza y práctica de Jesús.

Papel determinante de la involución posconciliar: el pontificado de Juan Pablo II

1. El Papa Wojtyla y el Vaticano II

Juan Pablo II ha tenido una forma muy personal de entender el Papado. Más de 26 años dando la vuelta al mundo, acaban por dibujar un perfil de este insigne viajero y apóstol . Pero no sólo eso.

 Juan Pablo II representa un modo de entender el cristianismo tan fuerte y definido que uno se pregunta si la Iglesia va a poder emprender nuevos rumbos o va a sentirse esclava de este modo wojtyliano de anunciar el Evangelio. La Iglesia Institución, vista en su aparato clerical y organizativo, ha cobrado tanta relevancia y uniformidad con Juan Pablo II , que incita a reflexionar si esto no se ha hecho en base a desmedular la Iglesia de esa savia original, la más profunda y reveladora de su mensaje, que es el amor, la democracia y la libertad.

Vemos, pues, que a la Iglesia Católica le ha tocado vivir en estos últimos 50 años, dos hechos especiales: el concilio Vaticano II (1962-1965) y el pontificado de Juan Pablo II (1978-2005). El primero, suscitó una esperanza primaveral, sacudió de júbilo a innumerables cristianos y a muchos ciudadanos no creyentes que sabían de la gran influencia de la Iglesia católica en la sociedad. El Vaticano II alumbraba una nueva época de la Iglesia, unos nuevos planteamientos, un nuevo estilo y dibujaba un nuevo concepto de identidad católica.

El segundo hecho ha sido el pontificado de Juan Pablo II. Se llegó a creer en un comienzo que este Papa iba a ser la confirmación del Vaticano II, pero pronto se vió que los vientos iban por otros derroteros. Se fue así consolidando una tensión en la Iglesia, en la que cada día con mayor fuerza se imponían las fuerzas y movimientos neoconservadores.

2. La revolución copernicana del Vaticano II

Wojtyla se alineaba de la parte inmovilista de la historia, que avanzaba a la defensiva, con apego al pasado y con miedo al futuro. El Vaticano II dió un salto: se abría una nueva época de la Iglesia en que ella era copartícipe de la historia humana y compartía con toda suerte de personas e instancias la búsqueda de un nuevo camino para la humanidad. Ella no era la depositaria exclusiva de la verdad ni tenía el monopolio del bien, ni era la instancia obligatoria para todos, para realizarse y salvarse. La Iglesia se sentía parte de la humanidad y compartía con ella todos sus problemas y soluciones. Y diseñaba, con sentido pragmático, un nuevo estilo de relación basado en el respeto, la valoración mutua, el diálogo y el compromiso por las grandes causas de la justicia y de la paz.

3.Wojtyla: involución contra renovación

Wojtyla traía otro modelo. Y a él iba a consagrar toda su energía. Esto auspicaba una fuerte contradicción dentro de la Iglesia: se habían abiertos caminos nuevos, y , ahora, el pontificado de Juan Pablo II, comenzaba a marcar otra dirección. Grandes sectores de la cristiandad advertían la contraposición: involución contra renovación, autoritarismo contra democracia, clericalismo contra pueblo de Dios, clasismo contra igualdad.

El Vaticano II estableció una reconciliación con la modernidad, un diálogo con las ciencias, un apoyo incondicional a la dignidad humana en todos sus derechos, una prioridad a los problemas y causas mayores de humanidad, una activación de la sociedad por los grandes valores del Evangelio.

Esta siembra hizo que la cristiandad, integrada fundamentalmente por laicos, estimulase la dignidad propia, la responsabilidad, el criterio propio, la creatividad, la mayoría de edad y no fuera posible ya detener el cambio con apelaciones a la obediencia.

Entre estos dos acontecimientos, ha transcurrido, creo, el caminar de la Iglesia de estos 50 últimos años: fidelidad al concilio Vaticano II y adhesión al modelo wojtyliano: una tensión bipolar entre dos modelos diferentes.

El liderazgo de Juan Pablo II hacia el interior de la Iglesia

La
muerte de Juan Pablo II fue un hecho de primera magnitud. Juan Pablo II había hecho del planeta tierra su casa. Y su mensaje de amor a la humanidad, de condena de la guerra, de promover la justicia y atender a los más pobres, llegó a todos los rincones de la tierra. El era portador de una bandera universal, símbolizaba valores no partidistas sino universales. Y, por eso, en todas partes, gentes de toda edad, color, raza, ideología y religión aplaudían la misión de este hombre.

Este liderazgo externo contrasta con otro más deslucido, al interior de la Iglesia, que ha provocado en amplios sectores de ella crítica y distanciamiento. Con Juan Pablo II, la minoría perdedora del Vaticano II sacó cabeza y programaba pasos y estrategias para reconquistar el espacio perdido.

El Vaticano II hizo un giro copernicano al invertir el esquema tradicional de la concepción eclesiológica: en el centro estaba cada persona, con su dignidad e igualdad, constituyendo todas el pueblo de Dios. Y subordinada a él, como un servicio, estaba la jerarquía. Lo primero, pues, lo más grande era ser creyente, seguidor de Jesús, pasando a un segundo plano la cuestión de los cargos o ministerios. Este giro ponía en jaque mate a un modelo de Iglesia eurocéntrico, altamente centralizado, jerárquico, clerical y antimoderno.

Juan Pablo II venía de una formación tradicionalista, marcada además por un contexto sociopolítico antinazista, y también profundamente anticomunista y en cierto modo antieuropeo. Su patria había sufrido la humillación de diversos imperios y en todos sus hijos estaban abiertas las heridas, curadas en buena parte por la religión católica. Todo esto le había hecho ver que Europa no caminaba en la dirección de su pasado cristiano, sino que avanzaba por las sendas de la secularización y del laicismo, del ateismo y de un materialismo hedonista y consumista.

Su visión de la modernidad era negativa, pues en ella la Iglesia había ido perdiendo prestigio y hegemonía y se iba reduciendo cada vea más al ámbito de lo privado. La opción de Wojtyla n iba a ser, pues, la de restaurar, recristianizar a Europa, reconducir todo al pasado. Los males presentes era preciso remediarlos reintroduciendo la imagen de una Iglesia preconciliar: una iglesia centralizada, androcéntrica, clerical, compacta, bien uniformada y obediente, antimoderna.

No es de extrañar que el gran teólogo Schillebeekx escribiera:

“El concilio Vaticano II consagró los nuevos valores modernos de la democracia, de la tolerancia, de la libertad. Todas las grandes ideas de la revolución americana y francesa, combatidas por generaciones de papas; todos los valores democráticos fueron aceptados por el concilio... Existe ahora la tendencia a ponerse contra la modernidad, considerada como una especie de anticristo. El Papa actual parece negar la modernidad con su proyecto de reevangelizar Europa: es necesario –dice- retornar a la antigua Europa de Cirilo y Metodio, santos eslavos, y de san Benito. El retorno al catolicismo del primer milenio es, para Juan Pablo II, el gran reto. En el segundo milenio, Europa ha decaído y, con ella, ha decaído toda la cultura occidental. Para reevangelizar Europa es necesario superar la modernidad y todos los valores modernos y regresar al primer milenio... Es la cristiandad premoderna, agrícola, no crítica, la que, según el pensamiento del Papa, es el modelo de la cristiandad. Yo critico este retorno porque los valores modernos de la libertad de conciencia, de religión, de tolerancia, no son, desde luego, los valores del primer milenio” (Soy un teólogo feliz, p. 73-74).

4. Alcance universal de la restauración

Pasado el primer año del Pontificado, la restauración era manifiesta pero se reforzaba con el nombramiento del cardenal Ratzinger, teólogo y, a partir de entonces, guardián doctrinal de la restauración. Fue en el 1985, cuando el cardenal, ya sin equívocos, afirmó que “los veinte años del posconcilio habían sido decididamente desfavorables para la Iglesia”. De nuevo Schillebecx escribía: “Ahora parece que sea sólo el cardenal Ratzinger el único autorizado para interpretar auténticamente le concilio. Esto va contra toda la tradición. En este sentido reafirmo que se está traicionando el espíritu del concilio”. (Soy un teólogo feliz, p.42).

La restauración alcanzó a la Iglesia universal en todos los niveles y estamentos: sínodos, conferencias episcopales, reuniones del episcopado latinoamericano, congregaciones religiosas, la CLAR (confederación de religiosos y religiosas latinoamericanos), obispos, teólogos, profesores, publicaciones, revistas, etc.

 Para llevar a cabo la restauración había que volver a los instrumentos de poder y había que contar con movimientos fuertes e incondicionales. Tales fueron principalmente el Opus Dei, Comunión y Liberación, Neocatecumenales,Legionarios de Cristo, etc.

Este breve recuento de lo ocurrido en el interior de la Iglesia nos hace ver la situación vivida –“larga noche invernal”, la llamó el gran teólogo K. Rhaner- sembrando en muchos cansancio y en no pocos otros desencanto y alejamiento.

A este giro involutivo ha acompañado la pérdida de credibilidad en la Iglesia. Condiciones demasiado negativas impedían encontrar en la Iglesia estructuras de acogida que invitaran a la confianza, al respeto y al diálogo. Todo un clima que hizo que, a pesar de grandes multitudes aplaudiendo al Papa en estadios y plazas, las iglesias se quedaran cada vez más vacías.

Aparecía así, finalmente, la cuestión esencial

La misión de la Iglesia es la misma misión de Jesús. Y para entender, rectificar y volverse auténtica no tiene sino volver a Jesús. Era el momento de acabar con un modelo de Iglesia vinculado por casi dos mil años a un espacio cultural relativamente unitario: el europeo occidental. “Hoy, la Iglesia se encuentra ante un cambio que , a mi juicio, es el más profundo de su historia desde la época primitiva. De una Iglesia de Europa (y de Norteamérica) culturalmente más o menos unitaria y, por lo tanto, monocéntrica, la Iglesia está en camino hacia una Iglesia universal, con múltiples raíces culturales y, en este sentido, culturalmente policéntrica. El último concilio Vaticano II puede entenderse como expresión institucionalmente manifiesta de este paso” (Cfr. Concilium, Unidad y pluralidad: problemas y perspectivas de la inculturación, nº 224, julio 1989.p. 91).

El Evangelio no se identifica con Europa ni tal como lo hemos vivido en ella. Como universal que es, el Evangelio traspasa todo modelo cultural concreto, ninguno puede reivindicarlo en exclusiva. Este es el problema. Necesariamente, el Evangelio ha sido anunciado y debía encarnarse en todo lugar y conyuntura histórica. Lo fue durante veinte siglos, pero en modelos occidentales y europeos. Y eso es lo que a nosotros nos llegó. Y, aun dentro de esa cultura, la llegada se quedó muy atrás, pues nos asentamos en el modelo judaico-helénico-romano y nos detuvimos en el patrístico medieval. Trento fue la meta y la medida . No logramos asimilar la posterior evolución moderna.

Con razón ha podido escribir el famoso teólogo Hans Küng: “Se requiere un cambio de rumbo de parte de la Iglesia, y de la teología: abandonar decididamente la imagen del mundo medieval y aceptar consecuentemente la imagen moderna del mundo, lo que para la misma teología traerá como consecuencia el paso a un nuevo paradigma” (Küng, H., Ser cristiano, p. 173).

A modo de conclusion

Durante estos últimos años, la posición y pronunciamientos de la jerarquía eclesiástica han ido provocando creciente malestar y desconcierto en la gente. Y ha culminado ante la aparición y declaraciones insistentes de la Jerarquía eclesiástica en contra del Gobierno socialista.

Los comentarios mediáticos han venido siendo, en general, de desdén, de ironía o de crítica despiadada.

El caso es que, en España, no ha habido obispos profetas que disintieran y se atrevieran a hacerlo públicamente. Son, sin embargo, millones los católicos que disienten y se distancian de la cúpula dirigente. Tienen muy claro que sus Pastores no proceden así por más fidelidad al Evangelio y por más amor los pobres.

No deja de ser paradójico que, en una situación democrática donde existen condiciones de libertad como no las hubo nunca, vienen algunos obispos a denunciar que la “Iglesia” con este Gobierno se siente acosada y perseguida: “Se da una crítica y manipulación de los hechos de la Iglesia, un cerco inflexible y permanente por medio de los medios de comunicación. Somos una Iglesia, crecientemente marginada. No nos dejemos engañar. Lo que hoy está en juego no es un rechazo del integrismo o del fundamentalismo religioso, no son unas determinadas cuestiones morales discutibles. Lo que estamos viviendo, quizás sin darnos cuenta de ello, es un rechazo de la religión en cuanto tal, y más en concreto de la Iglesia católica y del mismo cristianismo” (Mons. Fernando Sebastián, Situación actual de la Iglesia: algunas orientaciones prácticas, Madrid, ITVR, 29 –III- 2007).

 No nos quieren
, repetía hace poco uno de los obispos. Pues claro, pero, ¿ por qué no preguntan por qué no los quieren? Y, además, ¿por qué cuando hablan de la Iglesia se refieren a a ellos mismos? ¿La Iglesia son los 80 obispos de nuestro país? ¿Por no sentirse ellos queridos pueden afirmar que la Iglesia es perseguida y no querida? Y se les seguirá no queriendo mientras sigan encarnando ese modelo de Iglesia clerical, menospreciativo del pueblo, ajeno a la igualdad, la cercanía y la humildad para contar y aprender del pueblo. La iglesia clerical ha sido mucho maestra y muy poco discípula.

Seguramente es verdad lo que un buen sociólogo me decía: la jerarquía no es creíble porque vive en otro mundo, añoran hábitos hegemónicos de poder y dominio de otra época, no están dispuestos a despojarse -dejarse morir- para iniciar una adaptación que les haga valorar la nueva situación.

Las cosas son así. Ha habido en los últimos siglos una positiva evolución de la conciencia social y eclesial. El concilio Vaticano II lo entendió perfectamente y, por primera vez, hubo una reconciliación oficial con el mundo moderno, con la democracia, la igualdad, el pluralismo y la libertad. Pero eso no es lo que se daba antes. Antes era la alianza de la Iglesia con los poderes estatales, la primacía de la religión católica, el protagonismo del clero, la supeditación de los saberes humanos al saber teológico, la devaluación de lo terreno y temporal, la desigualdad, la desconfianza frente al mundo y otras religiones, la obediencia como norma suprema. Todo ello muy lejos de la tarea primordial de la liberación de los pobres.

Y, cuando el cambio de todo esto ocurre, no se lo quiere reconocer como un bien y progreso, se dirige la vista a otra parte y se inventa un falso enemigo a quien culpar de todo. Lo que es una situación objetiva irreversible, - hemos pasado de una época teocrática e imperialista a otra humanocéntrica y democrática- se la interpreta como un cúmulo de males, provocados por un partido y por un gobierno.

 Ahí está, creo yo, una de las claves para entender lo que está pasando en la Iglesia.
 Por
tanto, los desasosiegos y premoniciones negativas de la Jerarquía se deben a que sufren una descolocación en el tiempo en que vivimos. Es significativo que en la Iglesia -jerarquía y pueblo- sea tan notable el desentrenamiento para vivir en una situación democrática. Vivir en democracia es algo que le ocurre por primera vez. Y los hábitos democráticos no se improvisan, hay que aprenderlos, cultivarlos, amarlos.

Todo parece indicar que la Iglesia de Benedicto XVI con los vientos a favor camina hacia el preconcilio: da trato de favor a los neoconservadores, pone en entredicho el diálogo ecuménico, se sitúa de espaldas a la legítima autonomía de la cultura y de las ciencias, pospone, frente a problemas internos que han sido ya replanteados, las grandes causas de la humanidad que, por ser primeras y prioritarias, deben unirnos a todos.

 Ese modelo de Iglesia autoritaria y neoconservadora, no servidora y anunciante de un Reino de hermanos y hermanas, en igualdad, libertad y amor, es el que dicta el regreso al pasado y el miedo a una auténtica inserción en el presente.

- Benjamín Forcano es sacerdote y teólogo.



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