ALAI, América Latina en Movimiento
2008-03-03
AmericaLatina Características, tareas y desafíos actuales (Material de trabajo)Necesidad de un nuevo tipo de organización política
Isabel Rauber
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Tabla de contenido
I. Condiciones nuevas para la izquierda 1
Los cambios en el sistema mundo en la era de la hegemonía global del capital 1
La coyuntura continental 2
II. Desafíos político-culturales claves 3
1. Frenar las guerras genocidas de saqueo y apropiación de recursos desplegas por el imperialismo colectivo del capital en su reconfiguración global 3
2. Construir una perspectiva estrategica de superación del capitalismo y su lógica de funcionamiento y reproducción 3
3. Articular las luchas sociopolíticas de resistencia con la participación elecctoral 4
4. Gobernar en aras de la liberación 5
5. Construir el actor colectivo 6
6. Reconocer la ampliación del contenido y el sentido de la política 7
III. El debate en torno a la organización 8
Tareas políticas del momento actual 9
Bibliografía 15
I. Condiciones nuevas para la izquierda
Los cambios en el sistema mundo en la era de la hegemonía global del capital
Estamos transitando un tiempo de reacomodo y reorganización global de la hegemonía del capital y el mercado capitalista globalmente centralizado, que amenaza de muerte a la humanidad e instala la contradicción vida‑muerte como disyuntiva dramática que caracteriza el problema fundamental de nuestra época. En ella se resumen y expresan hoy las contradicciones de clases y todas las que a ellas se articulan de modo directo o indirecto. Esto replantea la concepción (la posibilidad y la necesidad) de la superación del capitalismo, de sus modalidades, caminos y protagonistas y, por tanto, las luchas de los trabajadores y los pueblos todos, sus modos de organización y desarrollo, que ya no pueden concebirse ni desarrollarse como en la época del capitalismo (industrialista) predominante en los siglos XIX y XX.
Un debate histórico concreto
Hoy, la lucha por la sobrevivencia y –consiguientemente‑ la construcción de alternativas que defiendan y preserven la vida, constituyen el eje primero de toda acción de resistencia de la clase y los pueblos frente al avance de los apetitos irracionales destructivo‑agresivos del capitalismo financiero-especulativo global. En virtud de ello, resulta que las luchas por la transformación de este tipo de sociedad, tienen que pensarse y orientarse a la superación de la lógica del funcionamiento destructivo, jerárquico y discriminador del capital, quebrándola y construyendo otra (propia) desde la raíz, es decir, desde abajo.
Esto se anuda cada vez más claramente a la posibilidad de conformar un mundo basado en la armonía de la dimensión cósmica-humana. Y reclama de nosotros –urgentemente‑ un profundo cambio de mentalidad y de actitud ante la vida. De conjunto esto implica la superación crítica de los paradigmas vigentes, en primer lugar, acerca del desarrollo, el progreso social y la civilización, articulado a la creación y construcción de nuevos paradigmas histórico-culturales de pensamiento, organización y funcionamiento metabólico socio-natural, orientados a la construcción de un mundo diferente: en armonía humano-natural, basada en la solidaridad y la justicia social.
Aunque no lo desarrollaré aquí, considero importante subrayar al menos que es esto lo que define el carácter social de las revoluciones presentes y venideras, revoluciones desde abajo construidas conscientemente por los hombres y mujeres que viven estos tiempos, cómo y hasta dónde ellos sean capaces de diseñarlas, hacerlas, sostenerlas y desarrollarlas. Hoy no son factibles ‑porque no son eficientes en función de los propósitos finales‑, las revoluciones desde arriba, protagonizadas y sostenidas por minorías y sus partidos, a través de la “toma del poder”. Solo las amplias mayorías, los pueblos organizados en su diversidad, son y serán los responsables de cambiar el mundo. Y esto reclama conciencia, deseo, voluntad, mística y una espiritualidad (subjetividad) solidaria, y es lo que hay que poner al descubierto, convocar, organizar y promover. Son tareas políticas vitales, literalmente hablando, del tiempo actual.
La coyuntura continental
En Latinoamérica, la embestida neoliberal y su secuela de destrucción de los aparatos productivos industrial y rural, de saqueo de los recursos naturales, de entrega de los bienes nacionales… trajo consigo el crecimiento de la desocupación, el hambre, el analfabetismo y las enfermedades curables en grandes sectores de la poblaciónempobrecida. Teniendo en cuenta que todo ello se hizo en nombre de la modernización, el progreso y la democracia, tales resultados evidencian el rotundo y profundo fracaso social del neoliberalismo: su incapacidad medular para resolver los problemas de la humanidad, correlativa solo a su evidente capacidad para agravarlos.
Pero la coyuntura ha cambiado: ya no es la de los años 90, cuando reinaba el pensamiento único neoliberal del “fin de la historia”, del “no queda otra”. Las condiciones sociopolíticas del continente se han modificado sustantivamente: Luchas sociales, levantamientos populares urbanos, campesinos, y de pueblos originarios, marcaron el ritmo de las resistencias de los pueblos en este continente, algunos de los cuales, entre balbuceos y búsquedas constantes tradujeron el potencial sociopolítico acumulado en tales luchas, en organización y propuesta políticas orientadas a disputar gobiernos, en la perspectiva de avanzar –desde allí‑, en la construcción de alternativas locales, regionales y continentales. Realidades sociopolíticas nuevas, impensadas hasta hace poco tiempo, se abrieron en Venezuela, Brasil, Uruguay, Bolivia, Argentina, Chile, Ecuador, Nicaragua, Guatemala…
Esto abre las posibilidades como nunca antes para avanzar en la disputa con el capital hacia su superación. Obviamente esto no se logra solo por el deseo de hacerlo, sino mediante la construcción cotidiana de otro mundo, de otras sociedades, otros modos de vida por parte de hombres y mujeres: campesinos, trabajadores urbanos empleados y desempleados, pobladores originarios, mestizos, negros, mulatos, intelectuales, profesionales y otros sectores que asuman conscientemente la responsabilidad y la tarea de construirlo desde abajo, en sus prácticas laborales y familiares, individuales, comunitarias y sociales diarias.
La muestra más sobresaliente –y estimulante‑ la constituye el proceso abierto en Bolivia, donde ‑haciendo posible lo imposible‑, un descendiente de los pueblos indígenas, un campesino sin tierras para cultivar como no sea la hoja de coca, un cocalero, encabeza el gobierno nacional como ayer las luchas urbanas, los cortes de carreteras, la oposición parlamentaria, la construcción de la unidad de todas las fuerzas sociales a favor de Bolivia libre, solidaria, digna y soberana. Esto sin olvidar el significativo y trascendental levantamiento indígena de Chiapas, en el 94; los levantamientos indígenas de Ecuador y sus llegadas al gobierno nacional en dos ocasiones; las resistencias populares en Perú, Colombia, Brasil, Paraguay…
Hoy se viven tiempos de cambios a favor de los pueblos en el continente y también, por ello, tiempos de fuertes resistencias, instigaciones, provocaciones y confrontaciones con los sectores del poder. Y esto reclama con mayor fuerza la formación de fuerzas socio-políticas populares capaces de sostener los procesos y desarrollarlos allí donde hay condiciones para hacerlo, o con capacidad para participar en las disputas electorales por los gobiernos nacionales, estaduales, provinciales y municipales en otros escenarios del continente. En ambas situaciones, se plantean nuevas exigencias a los diversos actores sociales y políticos. Entre ellas destacaré las siguientes:
a) La emergencia de la llamada vía democrática ‑que después de la experiencia chilena del 73 parecía un camino desechado‑, muestra hoy nuevas aristas y posibilidades. En manos de actores sociopolíticos populares, los gobiernos pueden convertirse en herramientas importantes para desarrollar y fortalecer la participación protagónica del pueblo en el proceso político, social y cultural de cambios, construyendo desde abajo el poder del pueblo, que es a la vez, la construcción de ese otro mundo buscado y anhelado..
b) Esto supone, a la vez, la construcción o fortalecimiento de la fuerza socio-política del cambio, de su conciencia y organización revolucionarias. La impostergable necesidad de construir (vertebrar, articular) el actor político colectivo capaz de protagonizar –en ámbitos parlamentario y extraparlamentario‑ los procesos sociales y políticos impulsándolos hacia la transformación radical de las sociedades, capaz de dar cuenta de las oportunidades que hoy brindan las democracias representativas y también de sus limitaciones formales, institucionales y culturales.
c) Resulta tarea imprescindible, impostergable e indelegable, la construcción de hegemonía propia (política, económica, social, ideológica y cultural) por parte de las fuerzas sociopolíticas alternativas en cada país.
II. Desafíos político-culturales claves
1. Frenar las guerras genocidas de saqueo y apropiación de recursos desplegas por el imperialismo colectivo del capital en su reconfiguración global
El mundo actual, marcado por el modelo consumista competitivo y guerrerista de la civilización (capitalista) occidental, se agota aceleradamente. Esto hace urgente e imprescindible buscar caminos para, en primer lugar, tomar medidas para frenar el actual modo de explotación destructiva de la naturaleza y la sociedad que pone en riesgo la sobrevivencia humana.
2. Construir una perspectiva estrategica de superación del capitalismo y su lógica de funcionamiento y reproducción
La supervivencia de la humanidad en condiciones humanas, es decir, en un mundo en armonía y a favor de la preservación de la vida (humano-natural), reclama de pensar-construir alternativas liberadoras, alternativas que están siendo y serán construidas por y para cada sociedad, pero que necesitan converger en una perspectiva común de vida, solidaridad y liberación de toda la humanidad, apoyada en una lógica nueva, no mercantil, individualista, que vaya –al decir de Mészáros‑, más allá del capital.
La apuesta a favor de la vida –si es consecuente‑ en algún momento tendrá que romper radicalmente con el modelo y la lógica del capital y con la hegemonía de su poder mundial. La supervivencia de la humanidad es incompatible con posiciones o terceras vías que prometan salidas dentro de él.
Es entonces cuando el socialismo se reinstala como perspectiva posible en el siglo XXI, como ideal de alternativa civilizatoria, y vuelve al centro de las reflexiones. Esto supone resignificarlo, enriquecer su contenido con las experiencias de lucha de los pueblos de las últimas décadas, con las enseñanzas que arrojan las experiencias revolucionarias del siglo XX y lo que va del XXI, con los avances del conocimiento humano y la creatividad colectiva de los pueblos.
Porque pensar el socialismo en el siglo XXI implica pensar un socialismo nuevo, enriquecido histórica y culturalmente, social y ciudadanamente democrático, comunitario, económica y socialmente sustentable y equitativo, humanista y por ello profundamente liberador; un socialismo que signifique y suponga por tanto la creación y fundación de una nueva civilización humana.
En este empeño, lo cultural y las subjetividades, afloran a un plano primero, y todo ello nos obliga a concentrar nuestras miradas y reflexiones en los y las protagonistas del pensar‑realizar las transformaciones. Porque otro mundo será posible si se transforma de raíz, desde el interior de nosotros mismos y el de nuestras organizaciones sociales y políticas, y desde el presente.
3. Articular las luchas sociopolíticas de resistencia con la participación elecctoral
En la perspectiva de frenar la ofensiva imperialista del capital y, a la vez, avanzar en la construcción de la superación estratégica del capitalismo y su lógica de producción y reproducción, la participación en parlamentos y gobiernos provinciales, estaduales y nacionales por parte de las fuerzas populares, ocupa un lugar importante. Prepararse para participar en la disputa político-electoral (gobiernos y parlamentos) por parte de las fuerzas político-sociales populares resulta por tanto para de las ineludibles tareas del tiempo actual.
Pero no se trata de pensar al gobierno como un objetivo final. Estar en el gobierno no es relevante per sé, sino por lo que puede significar en la correlación de fuerzas en los ámbitos local, regional o continental y por las oportunidades y posibilidades que –en términos de transformación de la realidad‑ abre o puede abrir.
Es decir, como la experiencia lo muestra claramente, no es que las fuerzas sociales populares o progresistas llegan a los gobiernos nacionales y esto “automáticamente” (sin modificar nada), conduzca a cambios favorables encaminados a la construcción de un nuevo mundo. Por el contrario, el automatismo contribuye al re-acomodamiento del sistema, a la burocratización y corrupción de los funcionarios, a dejar hacer a los capitales y al descreimiento y abandono de los sectores sociales populares del camino iniciado y de tales gobiernos (y gobernantes). Y es importante tener esto presente porque ‑hasta ahora‑ los triunfos electorales de las fuerzas sociales populares se han producido a pesar de que estas se hallaban estratégicamente en inferioridad de fuerzas (hegemonía, poder).
La participación en elecciones, en inferioridad de fuerzas, tiene sentido cuando es parte de un camino colectivo de acumulación socio-política de los pueblos. En esa situación, hacerse cargo del gobierno nacional requiere (pensarlo y) transformarlo en una herramienta político-social para impulsar la realización de determinadas transformaciones, establecidas en función de las posibilidades políticas, culturales y sociales del momento en convergencia con la estrategia sociotransformadora. En esta perspectiva, lo electoral, la conquista del ámbito gubernamental nacional, resultan medio y vía para impulsar transformaciones mayores, nunca un objetivo en sí mismo.
4. Gobernar en aras de la liberación
Ni la participación electoral, ni el ser gobierno provincial o nacional constituyen la finalidad última de la acción política alternativa. Esta es una definición estratégica central. Indica, por un lado, que no se trata de llegar al gobierno y ocupar cargos, sino de buscar las vías políticas, jurídicas y sociales para hacer de las instituciones y los cargos palancas capaces de propiciar el avance colectivo hacia la conquista de objetivos consensuados socialmente. En este aspecto cabe destacar el lugar clave que ocupa la realización de las asambleas constituyentes, bases para la transformación jurídico-administrativa de las instituciones a favor de abrir cauces institucionales a la participación social.
Simultáneamente, este proceso reclama abrir las instituciones gubernamentales a la participación del pueblo a través de sus diversas organizaciones sociales y políticas y también a la ciudadanía individual. A través de esta y de la asunción colectiva de las tareas sociotransformadas de cada momento, se va fortaleciendo (o propiciando) la construcción del actor colectivo del proceso, el sujeto revolucionario capaz de construir, protagonizar y embanderar históricamente ese proceso.
Desarrollar un nuevo tipo de democracia en lo político, económico, cultural, en el derecho, en la moral, como base para la construcción de una sociedad solidaria y un poder popular revolucionario, implica también y simultáneamente construir un nuevo tipo de relación sociedad-estado-representación política, abriendo los mayores cauces para que el pueblo –en tanto protagonista‑ se reapropie plenamente de sus capacidades y derechos ciudadanos, participando también en las decisiones políticas y asumiendo las responsabilidades que ello implica.
En tercer lugar cabe destacar la importancia de no confundir ni igualar gobierno y poder. La llegada a los gobiernos marca el inicio de una nueva etapa de confrontación con el andamiaje del poder históricamente acumulado del capital en los ámbitos local, regional y mundial. No puede pensarse esta situación desde un ángulo lineal ascendente: llegar a ser gobierno es un paso de avance (puede ser), pero al momento se transforma en blanco de la acción opositora desgastante de los personeros del capital, donde la batalla cultural en sus diversos aspectos y contenidos, ocupa un lugar central junto a la económica. Y para todo ello hay que prepararse, y ello reclama, como todo, una organización capaz de llevar con éxito estas tareas adelante.
El arribo a los gobiernos ciertamente abre oportunidades y posibilidades, pero se trata de una situación definitiva ni irreversible. Indica la posibilidad de iniciar un largo proceso de cambios, que tradicionalmente se denomina transición: un proceso integral que articula transformaciones culturales, económicas, políticas y sociales gestadas y construidas desde abajo, entrelazando procesos locales, nacionales y/o regionales con el tránsito global hacia una civilización diferente (regido por las posibilidades de conformación del sujeto revolucionario global, capaz de diseñar, construir y sostener ese nuevo modo de vida que caracterizará a la nueva civilización humana).
Esta diferenciación entre gobierno, Estado y poder (capital; sociedad), llama también a no minimizar la selección de los/as que desempeñarán determinadas funciones a través de los cargos de gobierno. En cualquier caso, es recomendable que tales decisiones se tomen con la participación plena de los actores sociales y políticos articulados orgánicamente, concientes de para qué y por qué se hace lo que se hace y con capacidad de impugnar las medidas o decisiones que no hayan logrado el consenso para realizarse. Es importante además, que quienes asuman las responsabilidades de gobierno no corten sus vínculos orgánicos con sus movimientos de procedencia, porque las experiencias demuestran que el obrar individual de los funcionarios, es la primera fuente de su extrañamiento social, de su burocratización y del frecuente abandono de sus posiciones socio-transformadoras.
5. Construir el actor colectivo
La hipótesis es: Construir un amplio movimiento sociopolítico que articule las fuerzas parlamentarias y extraparlamentarias de los trabajadores y el pueblo, en oposición y disputa a las fuerzas de dominación parlamentaria y extraparlamentaria del capital (local‑global); es decir, construir una amplia fuerza social de liberación que coordine su accionar político en los ámbitos parlamentario y extraparlamentario.
Como explica Mészáros: “Sin un desafío extraparlamentario orientado y sostenido estratégicamente, los partidos que se alternan en el gobierno pueden continuar funcionando como convenientes coartadas recíprocas al fracaso estructural del sistema para con el trabajo, confinando así efectivamente el papel del movimiento laboral a su posición de plato de segunda mesa, inconveniente pero marginable en el sistema parlamentario del capital. Por consiguiente, en relación con el terreno reproductivo material y con el político, la constitución de un movimiento de masas extraparlamentario socialista estratégicamente viable –en conjunción con las formas tradicionales de organización política del trabajo, para el presente irremisiblemente desencaminadas, que necesitan perentoriamente de la presión y el apoyo radicalizadores de las fuerzas extraparlamentarias- es una precondición vital para contrarrestar el inmenso poder extraparlamentario del capital.” [2001: 849]
En un primer momento, esta fuerza se irá nucleando a través de la confluencia creciente de actores sociales y políticos en la certeza de lo que no quieren: el capitalismo. Poco a poco, se irá abandonando la identidad negativa y el anticapitalismo podrá dar cauce ‑labor de formación político-cultural mediante‑, a la construcción de la propuesta alternativa de superación del capitalismo, es decir, al proyecto de liberación, patriótico, indo-afro-latinoamericanista y solidario con los pueblos del mundo. En ello radica la clave revolucionaria de esta opción estratégica.
Por eso resulta fundamental que la participación electoral se discuta, construya y desarrolle articulada a un proceso político mayor basado (y orientado) en la construcción del actor colectivo, amplia fuerza social y política que se proponga acumular y avanzar hacia transformaciones mayores más allá del capitalismo, hacia una alternativa nacional y continental de liberación orientada hacia lo que en el futuro podrá llegar a ser un nuevo socialismo, creado y construido –desde abajo y día a día‑ colectivamente. Se trata de un actor colectivo que, lejos de ahondar la fractura entre lo social, lo político y sus actores, los integre, articule y cohesione.
La construcción de movimientos político-sociales parea resolver tareas en las coyunturas, podría ser el embrión o núcleo articulador horizontal de la diversidad de actores sociopolíticos hacia la conformación de una amplia fuerza social parlamentaria y extraparlamentaria de los trabajadores y el pueblo, capaz de constituirse en actor colectivo protagonista de la transformación (sujeto popular).
El reciente triunfo del MAS en Bolivia abre pistas acerca de las posibilidades políticas que tiene una amplia fuerza político-social cuando es capaz de combinar la acción parlamentaria con la de un fuerte movimiento social y político anticapitalista, de los trabajadores y el pueblo todo. Este, como otros procesos, demuestra que –pese a los límites que impone la democracia burguesa‑, es posible cuestionar el poder político, social, económico y cultural del capital. Ahora bien, este no es el punto central de tal camino, sino sostener el gobierno y avanzar en la radicalización colectiva social del proceso. Y esto demanda grandes tareas y, para realizarlas, de organización y preparación.
6. Reconocer la ampliación del contenido y el sentido de la política
Construir el actor colectivo, fuerza popular cuya existencia se articula a la posibilidad de modificar la correlación de fuerzas sociales a favor de los cambios buscados, exige cambiar la visión tradicional (restringida) de la política, que reduce la acción política al ámbito partidario, y centra la acción de los partidos en las luchas por el acceso y el control de las instituciones del poder estatal y gubernamental. Valen algunas consideraciones:
‑La noción de fuerza social no alude ni directa ni centralmente a lo numérico cuantitativo sino a la existencia de una capacidad cualitativa de conciencia y organización de no querer vivir más bajo la lógica del capital y querer vivir de otro modo.
‑La creación y construcción de ese otro modo de vida, que va cobrando vida en las construcciones y organizaciones sociales en los procesos de cambios, es lo que determina y constituye el ámbito central del debate político-cultural de construcción de hegemonía propio de las fuerzas del cambio.
‑El ámbito de lo político es aquel en donde tiene lugar la lucha por la sobrevivencia individual, grupal y social. En convergencia con ello, en las actuales sociedades fragmentadas, la lucha por la vida se relaciona con la lucha por la re-articulación de la sociedad (de sus actores sociales claves), y de sus formas constitutivas: la producción y las relaciones económicas y sociales, el alcance real de la ciudadanía y los derechos ciudadanos, el estado y sus funciones y deberes, la democracia y la participación, los gobiernos. En un mundo donde la vida de la humanidad está amenazada, político es todo lo que tenga que ver con la recomposición del todo social en pos de la defensa y preservación de la vida: desde el derecho al trabajo, a la alimentación y educación, hasta la participación de la ciudadanía en las cuestiones del estado.
‑En este empeño, el primer frente puede ubicarse en la salvación del ser humano: lucha contra las drogas, el analfabetismo y la desocupación, caminos que alientan la cultura delictiva, destructiva de las generaciones que en poco tiempo deberán hacerse cargo de las sociedades actuales.
‑Resulta parte de la acción política por tanto, aquellas destinadas a promover la toma de conciencia colectiva sobre esta realidad global: formación política, campañas educativas en los medios de comunicación masivos, desarrollo de alternativas viables en los terrenos altamente amenazantes: alimentación, enfermedades, energía.
Integrando estas consideraciones puede reconceptualizarse y aceptarse que “(...), la política es básicamente un espacio de acumulación de fuerzas propias y de destrucción o neutralización de las del adversario con vistas a alcanzar metas estratégicas" [Gallardo 1989: 102‑103]. SE entiende entonces que la práctica política es, por tanto, aquella que tiene como objetivo central la defensa de la vida y, para ello, apuesta a la construcción de poder propio y, simultáneamente, a la destrucción, neutralización (o consolidación) de la estructura del poder hegemónico, de sus medios y modos de dominación.
No existe por tanto, un ámbito exclusivo de lo político: lo institucional estatal-gubernamental regido por los partidos, sino que éste se desarrolla articulando múltiples dimensiones: institucionales, partidarias, ciudadanas, urbanas, rurales, comunitarias, culturales, sociales, economicas. Amplio, móvil y dinámico, lo político resulta demarcado en cada momento por las prácticas concretas de los actores sociales y políticos que defienden la vida y construyen para ello las alternativas de sobrevivencia, definen los ejes temáticos y sus ritmos de implementación.
La acción política ‑que se traduce en capacidad de hacer, de actuar en pos de realizar sus razones genealógicas‑, tiene que descubrir en cada situación concreta las potencialidades que existen para impulsar el desarrollo de las fuerzas propias, para hacerlas emerger y desplegarse en función de los fines propuestos. Y esto se interrelaciona con la capacidad de los actores socio-políticos para transformarse a sí mismos y ‑simultáneamente‑ modificar la correlación de fuerzas existente, la conciencia, la organización y la participación de las mayorías en los procesos de cambio de sus condiciones y horizontes de vida. Esto es vital porque la liberación comenzará a hacerse realidad cuando sean las amplias mayorías del pueblo quienes la vayan diseñando y construyendo.
III. El debate en torno a la organización
Axioma: La fuerza política de liberación y construcción de una nueva civilización humana radica en los pueblos, no en las vanguardias.
El futuro de la humanidad, la vida, depende de las amplias mayorías, no de élites “salvadoras”. El problema planteado no es de vanguardias sino de pueblos, y es su protagonismo el que hay que convocar, formar, organizar y orientar.
No es centrando la mirada en perfeccionar el andamiaje partidario (el que se tiene o el que se conoce) y su funcionamiento interno como se logrará cambiar la sociedad, sino abriendo sus estructuras y sus propuestas hacia afuera, hacia los diversos actores sociales y sus problemáticas, hacia sus experiencias y puntos de vista, orientándose en todo momento hacia el pueblo, pensando y actuando desde y con el pueblo. Para la izquierda partidaria, esto supone, en primer lugar, asumir la tarea de refundar sus organizaciones políticas (o crear nuevas), dejando atrás la concepción del “partido de cuadros”.
La organización política tiene un carácter instrumental; es una herramienta para el logro de determinados fines. Ello indica, precisamente, que lo organizativo está en función del proyecto y de las tareas (políticas, culturales, sociales, económicas) que deban encarar los actores sociopolíticos en cada momento. No hay, en este sentido, características predeterminadas acerca de una organización política; son los actores sociales quienes construyen sus organizaciones reivindicativas, sociales y políticas como instrumentos para transformarse a sí mismos y para perfeccionar su participación e influencia en el curso de los acontecimientos a favor de la concreción de los objetivos definidos.
La condición de sujeto no se desprende de la pertenencia a tal o cual organización partidaria; no es el instrumento el que define al sujeto como tal sujeto, sino a la inversa. No hay vanguardia política sin pueblo político. No hay partido por encima y separado de los trabajadores y del pueblo.
La organización política no es el sujeto político. No hay sujeto político separado e independiente del sujeto histórico social. El sujeto es uno y múltiple: social, político e histórico (de su historia). No existen diversos tipos de sujetos: un sujeto histórico (la clase), un sujeto social (los sectores populares, el pueblo), un sujeto político (el partido).
En Latinoamérica han madurado las condiciones sociales y políticas para avanzar hacia la construcción‑constitución de nuevas instancias políticas y de ámbitos plurales del quehacer político (articulación de distintos actores sociopolíticos y sus propuestas). Y nada de esto ocurrió ni ocurrirá de modo espontáneo. Sin desmerecer lo transitado y conquistado hasta aquí por las diversas organizaciones sociales y políticas, al contrario, aprendiendo de sus experiencias y dando cuenta de las demandas políticas que ellas colocan, es imprescindible plantearse la construcción de organizaciones políticas capaces de promover articulada y sistemáticamente el protagonismo de las mayorías, de organizarlo y conducirlo. Se trata de un nuevo tipo de organización política: sociopolítica, plural, horizontal y participativa.
Esto abre interrogantes acerca de los modos orgánicos de existencia, construcción y desarrollo de las organizaciones políticas de modo que sean capaces de resolver las tareas estratégicas y coyunturales. Para contribuir a reflexionar acerca de esto, propongo a continuación un listado de doce tareas principales, identificadas en el quehacer político de movimientos sociales y partidos en lucha y en el ejercicio de gobiernos populares en Latinoamérica, que deberían asumir en lo inmediato las nuevas organizaciones políticas.
Tareas políticas del momento actual
1. Articular las sociedades fragmentadas
En sociedades altamente fragmentadas como las actuales, una tarea fundamental del instrumento político es promover la articulación de los actores aislados, superar la sectorialidad organizativa y de las conciencias.
En este sentido, una tarea política de primer orden consiste en descubrir los nexos concretos que permitan construir puentes articuladores entre los actores sociales fragmentados, entre sus problemáticas, propuestas y aspiraciones. Resulta vital también encontrar/crear canales para llegar al ciudadano común no organizado, promover su participación en los debates acerca del quehacer actual, convocándolo permanentemente a ser partícipe de la definición de las decisiones sociales y políticas que se tomen y abriendo espacios concretos para ello.
Esto significa, en síntesis, recrear el ámbito y el sentido de lo político, haciendo de la política una actividad colectiva, protagonizada –centralmente‑ por el pueblo.
2. Articular múltiples ámbitos, problemáticas, tareas y actores sociales y políticos
Hoy es necesario articular una multiplicidad de ámbitos, de problemáticas, de tareas y de actores-sujetos de la transformación, de simultanear espacios y de concertar intereses, miradas y voluntades diferentes, impulsando la conformación de un proceso colectivo (y puente) de maduración de la conciencia política, que se traduce en saber, organización, imaginación, propuestas, acción, proyecto y poder popular. Para ello se requieren organizaciones políticas que cuenten con estructuras flexibles y abiertas, que hagan posible que los actores sociales y políticos diversos puedan confluir y articularse, y que contenga y proyecte también la participación de los ciudadanos organizados y no organizados, con sus múltiples propuestas, identidades y aspiraciones.
Sin pretender que sea la solución completa para lograrlo, un importante paso adelante en este sentido se lograría con la superación de las estériles contraposiciones entre movimientos sociales y partidos políticos ‑y esta es una exigencia de doble sentido (biunívoca).
3. Profundizar la tendencia socio-transformadora de los actuales gobiernos populares y progresistas del continente, abriendo la gestión estatal gubernamental a la participación de la ciudadanía, y fortalecer los procesos de construcción del actor colectivo.
En los actuales gobiernos populares del continente, la acción política concentra -no por casualidad- sus esfuerzos en construir las articulaciones entre los diversos actores sociales, entre sus problemáticas, identidades y aspiraciones. Para ello es vital, por un lado, abrir canales institucionales y no institucionales a la participación directa de la población conjugándola con nuevos modalidades de representación política. Por otro, diseñar las herramientas organizativas políticas y culturales pertinentes, entendiendo por tales a las que centren su accionar en la formación de una amplia fuerza social de liberación, actor sociopolítico colectivo capaz de definir los cambios y llevarlos adelante.
Formar esta fuerza no consiste en salir a buscar actores sociales y políticos y sumarlos. No se trata de una sumatoria lineal de actores y reivindicaciones; es mucho más que eso. Supone, en primer lugar, encontrar la dimensión política (social) de cada problema sectorial y descubrir a la vez los nexos entre ellos y sus soluciones. Por otro lado, se trata de formar en el sentido de capacitar, de brindar las herramientas políticas, técnicas y culturales necesarias para pensar la realidad con cabeza propia y asumir igualmente las tareas y responsabilidades en cada momento. Y esto exige, en primer lugar, de autoformación, asumiendo conscientemente que lo aprendido hasta ahora es insuficiente y no pocas veces contraproducente. No se trata de desentenderse de todo lo hecho y pensado; es importante retomar el desarrollo del pensamiento crítico, pero sabiendo que los nuevos caminos de transformación exigen también quitarse las anteojeras culturales del siglo XX, y adentrarse en el debate actual de l humanidad dando cuenta de lso desafíos que esta tiene hoy que enfrentar y resolver.
4. Construir el ideal social alternativo a partir de la cotidianidad
La articulación de lo reivindicativo y lo político traza un camino concreto y efectivo de lucha contra la alienación política, ya que contribuye a la democratización y ampliación de la participación política y social protagónica de los diversos actores sociales. Con esta potencialidad, pensar en un nuevo tipo de poder social que emane directamente de la sociedad y se construya sobre la base de su participación democrática directa en las decisiones políticas, deja de ser una especulación para transformarse en una realidad posible, gestora del tránsito y desarrollo hacia formas más humanas, equitativas y justas de organización de la sociedad y las relaciones entre los hombres y las mujeres que le dan vida.
La nueva política tiene que construir el ideal social a partir de la cotidianidad de las personas en sus comunidades y territorios, integrándola, conteniéndola y proyectándola en una nueva dimensión. En tanto tal ideal, este tiene además muchas maneras de proyectarse, de imaginarse. No hay que olvidar que los objetivos estratégicos se van construyendo (y modificando) a partir de las realidades sociohistóricas concretas.
Esto significa, por un lado, que las propuestas concretas reivindicativas, programáticas, etc., no serán idénticas a los objetivos estratégicos. Y por otro, que la ideología del cambio es parte del proceso social vivo, concreto, no un dogma apriorístico establecido por alguna vanguardia iluminada que “los demás” tendrían que asimilar. La conciencia política se nutre del propio movimiento de resistencia, lucha y construcción de alternativas, su diálogo e interacción con la maduración de los objetivos estratégicos es un proceso constante.
5. Rescatar la experiencia y las enseñanzas de los pueblos (movimientos sociales, partidos, y otras organizaciones sociales)
La acción política popular de nuevo tipo debe contemplar también en su quehacer, la recuperación/apropiación crítica de las experiencias, las propuestas y los valores que los diversos actores sociales y políticos van desarrollando, considerando que el carácter de proceso vivo de la transformación social exige la constante reevaluación crítica de su contenido y tendencias.
6. Instaurar una pedagogía del cambio basada en las prácticas
Estro es: Concebir al proceso de resistencia, lucha y transformación social como un proceso político-pedagógico de formación autoformación de conciencia (de poder y de sujetos).
En la experiencia del Movimiento Sin Tierra, de Brasil, el mayor impacto y logro estratégico es el empeño pedagógico sistemático, integral y articulado con las luchas por la tierra, la dignidad y la vida plena de los campesinos y todos los trabajadores; la fuerza y el arraigo de principios profundamente democráticos, participativos y pedagógicos acompañan el esfuerzo titánico de los luchadores campesinos sin tierra por un Brasil diferente, basado en principios de equidad, justicia social y dignidad, que abran paso a la formación de seres humanos nuevos. De ahí que Paulo Freire y el Che Guevara estén entre sus referentes principales. Nada es dejado para un futuro mejor en espera de mejores condiciones; la transformación se lleva adelante desde el presente, desde abajo, en cada campamento, en cada toma de tierra, en cada movilización, en cada jornada de trabajo, es siempre y en todas las instancias de la organización.
7: Avanzar en la construcción de una unidad política que reconozca las diferencias y sea capaz de convivir y funcionar con ellas.
La necesidad de articulación de actores con propuestas, identidades y características diferentes y diversas supone revalorizar el contenido de la interrelación unidad-diferencia-identidad, para ‑sobre esa base- replantearse hoy una lógica de unidad diferente, que reconozca las diferencias, para construir desde ellas, los puentes hacia la unidad. Este es un camino posible para construir colectivamente en diversidad y pluralidad. El camino contrario conduce, ya se ha visto, irremediablemente, de la diferenciación al antagonismo, y del antagonismo a la ruptura.
Se trata de una unidad que no aspira a la uniformidad y unicidad del pensamiento, ni de las propuestas, ni de las organizaciones; no se basa en la creencia de la existencia de una verdad única y válida para todos, sino que reconoce la verdad como una resultante histórico‑social (cambiante) de verdades parciales que existen (están presentes) y se expresan fragmentada y entremezcladamente en los pensamientos, en las prácticas y realidades de los distintos actores sociales y políticos. Por eso, construir la verdad colectiva en cada momento no es equivalente a una simple sumatoria, salvo en el sentido de articulación‑integración.
8. Desarrollar la batalla cultural
La batalla actual del capital global imperialista por la conquista y el dominio del mundo se libra estrechamente articulada con lo cultural. Conquistar las mentes es para el capital un requisito necesario para dominar los cuerpos y afianzar su creciente dominación económica.
‑Desarrollar una estrategia formativa e informativa, cultural, ética, política e ideológica
Para que el nuevo mundo que soñamos sea posible, es fundamental construirlo también con una estrategia formativa e informativa, cultural, ética, política e ideológica. No hay pensamiento y capacidad de acción estratégica posible, si no se dedican esfuerzos, recursos y años a la formación y desarrollo de la conciencia colectiva. Conciencia que supone, en primer término el desarrollo de prácticas nuevas, que resulten convergentes con el mundo que se busca construir y se va construyendo. Esto no solo por una cuestión de elemental coherencia, sino porque es de allí mismo, de tales prácticas, como se irá retroalimentando la esperanza y desatando la imaginación colectiva, indispensables para inventar el nuevo mundo.
‑Un profundo cambio ético cultural es indispensable.
No hay un después en cuanto a tareas, enfoques y actitudes. Lo nuevo se va gestando y construyendo desde el presente y en todo el proceso sociotransformador, promoviendo permanentemente un profundo cambio ético-cultural, cambio que resulta, a la vez, basamento para su propia creación-construcción. Esto reclama la participación consciente y la voluntad de los actores sociales y políticos que hacen al proceso mismo.
Lo nuevo, la sociedad del futuro que buscamos no llegará mágicamente ni de modo externo a los seres humanos que la anhelamos, es (o debe ser) construida cotidiana e integralmente en todos los ámbitos de nuestras vidas, desde abajo, desde la raíz de los fenómenos y procesos de la vida social, fundando y construyendo a la vez, nuevas relaciones sociales (y familiares, y personales) cuyo funcionamiento rompa radicalmente con la lógica del funcionamiento del capital. Resulta por tanto, fundante y constituyente de nuevas relaciones sociales (económicas, políticas, culturales, éticas, etc.), de un nuevo poder popular democrático, participativo, horizontal, plural, múltiple, diverso, articulador...
‑Transformar radicalmente las relaciones de género
En este empeño resulta vital cuestionar y transformar radicalmente las relaciones de género que producen y reproducen la desigualdad, la discriminación, la exclusión y la explotación entre los seres humanos de un modo aparentemente “natural”, desde sus formas primarias de existencia (la familia) hacia toda la sociedad. No puede hablarse de democracia popular revolucionaria (radical) ni de fundación de una nueva civilización humana si se mantiene la opresión de género.
9. Transformar la representación política
La representación política, en cualquiera de sus modalidades, expresa y condensa un determinado modo de relación entre lo social y lo político, que supone a su vez un determinado modo de entender las interrelaciones entre lo que se conoce como sociedad civil y sociedad política, entre Estado y sociedad y la intermediación que entre ellos se ha erigido desde el poder hegemónico: los partidos políticos. Estos se han establecidos jurídicamente como los únicos representantes y voceros de los ciudadanos “de a pie” ante las instancias política y de gobierno, es decir, como mediadores entre la sociedad (civil) y el Estado. Este tipo de mediación y representación político partidaria sintetiza el despojo de los derechos políticos ciudadanos, reduciéndolos —en el mejor de los casos— al hecho de votar por algunas autoridades gubernamentales cada cierto tiempo. Correlativamente, reclama la delegación de las facultades políticas ciudadanas, haciendo de la ciudadanía una condición abstracta y pasiva.
Todo despojo de derechos, de facultades, de espacios, etcétera, supone (e impone) la delegación de los mismos hacia quien despoja y viceversa, a escala individual y colectiva. Y esto se produce y reproduce en los diferentes sectores de la sociedad, como parte de la ideología y cultura hegemónicas del poder y —por ende—, también de la contracultura, la que germina (solo) como respuesta (reacción) a la dominante, y que —como toda negación— lleva implícita los rasgos fundamentales del fenómeno que niega. Es por ello que la contracultura que se gesta y rige por la oposición, hereda gran parte de la lógica de funcionamiento del poder y de la cultura que rechaza.
En este sentido, vale recordar la reflexión de István Mészáros cuando señala que el modus operandi de los partidos políticos de la clase obrera fue marcado por la oposición a su adversario político dentro del estado capitalista, para la cual se crearon y desarrollaron. De esa forma, explica él, los partidos políticos obreros, también el leninista, espejaron en su propio modo de funcionamiento y articulación, la estructura política subyacente (el estado capitalista burocratizado) a que estaban sujetos.
En América Latina, la mayoría de los partidos comunistas y de izquierdas rigió su estructuración y funcionamiento por tales paradigmas. Organizarse reflejando la estructuración y la lógica del funcionamiento político del adversario, impidió a tales partidos buscar y construir una forma alternativa propia, de transformación, organización, y control del sistema. Centrados exclusivamente en la dimensión política del adversario, permanecieron absolutamente dependientes de su objeto de negación. [Ver: Mészáros 2001: 75]
Fue justamente el hecho de constituirse marcados por la lógica de la réplica de la lógica del capital la que coadyuvó a que esta sobreviviera en el modo mayoritario de concebir y ejercer la representación política de la izquierda. En virtud de ello, esta representación contribuyó a reafirmar la fragmentación entre lo social y lo político (y la conciencia), y a subordinar jerárquicamente los actores sociales a los políticos. Regida por la lógica reproductiva del poder del capital, esa fragmentación se tradujo en la separación entre las organizaciones obreras sindicales y sus expresiones políticas, y —como lo recuerda críticamente Mészáros [2001-b: 66]— fue asimilada en la concepción que sirvió de plataforma constitutiva y funcional de los partidos de izquierda ("de la clase"), que se mantiene hasta la actualidad. En ese contexto, las organizaciones sociales fueron concebidas, creadas y desarrolladas como correas de transmisión de las decisiones partidarias hacia los sectores sociales que representaban.
Es por ello que el debate acerca de la relación entre lo político y lo social trasciende la cuestión de las formas organizativas, sintetiza y expresa el debate sobre el proyecto estratégico, los sujetos y las tareas que debe realizar. Y esto replantea la articulación entre las llamadas sociedad civil y sociedad política sobre nuevas bases: Supone la re-apropiación por parte del pueblo de la política y lo político, constituyentes propios de su ser ciudadano plenamente capacitado y con derecho a decidir sus destinos además de construirlos.
•Las formas de organización y representación política, contienen ‑en germen‑ las formas de organización del poder popular
Si partimos de aceptar como un principio inalienable, que la transformación de la sociedad es obra de los actores-sujetos sociales constituidos (como sujetos plenos) en sujetos políticos, resulta claro que al discutir las formas de organización y representación política actuales para la transformación, discutimos ‑en germen‑ las nuevas formas de organización del poder (nueva dialéctica en la [inter]relación entre sociedad civil y política, en base al protagonismo ciudadano y su [re]apropiación de la política como parte inalienable de su ser). Para ello hay que revertir las relaciones entre Estado y sociedad, entre política y ciudadanía, abrir los espacios políticos al protagonismo colectivo. Y ello solo puede hacerse desde abajo y cotidianamente, desarrollando organizaciones abiertas y articuladas horizontalmente, capaces de construir identidades colectivas, plurales y unitarias, sobre la base del respeto y la aceptación positiva de las diferencias.
La nueva democracia será posible –ya se avizora‑ sobre la base de la democratización de lo nuestro en un doble sentido: democratizando las organizaciones y espacios existentes, y manteniéndolos abiertos siempre a la posible llegada de nuevos actores.
•La organización y representación políticas cuentan entre sus tareas con la promoción de la participación plena de la ciudadanía en la toma de decisiones
Los pueblos han avanzado y siguen avanzando; han hecho sus experiencias, han aprendido de aciertos y errores, y se enriquecen como protagonistas de su historia. En tanto toman conciencia de ello, van buscando caminos para representarse a sí mismos, creando nuevas formas de democracia participativa en los distintos ámbitos de la vida política y social donde construyen sus organizaciones y desarrollan sus luchas. La democracia directa se abre paso como una opción viable en algunos ámbitos, sobre todo de la vida comunitaria, y reclama también, por ello, articularse con nuevas formas de representación. Estas tendrían entre sus características primeras, la de propiciar y promover la participación directa y, a la vez, encontrar los nexos para articular los diversos modos de participación política de la ciudadanía, es decir, formas de democracia directa con formas nuevas de representación.
10. Modificar las modalidades de la labor política
Es necesario modificar las modalidades del trabajo político, generalmente concentrado en la difusión del periódico de la organización, en la participación en las reuniones, en las asambleas y en los congresos... Esto habrá que hacerlo, pero no basta, es apenas el comienzo de las tareas. No alcanza con la movilización de los activistas; hay que convocar a los millones que no están.
Abrir el campo de acción política‑ideológica a los medios de comunicación masiva
En este empeño, resulta una tarea de primer orden abrir el campo de la acción política‑ideológica a los medios de comunicación masiva, crear medios propios siempre que sea posible, apelar a la Internet y otras modalidades, vídeos, CD educativos, radio, novelas, desarrollar expresiones artísticas teatrales, danzarias, musicales, etcétera.
Conquistar la cabeza y el corazón de millones de seres humanos.
Solamente cuando la aplastante mayoría de la población en cada uno de nuestros países comprenda la mentira y el fraude del capitalismo para con sus propias vidas, cuando descubra la trampa mortal a la que los ha conducido mediante engaños, se planteará la interrogante acerca de la posibilidad de explorar nuevos caminos. Y para que ello ocurra, además de impulsar la deslegitimación del sistema a cada paso, es nuestra responsabilidad ir mostrando que existen alternativas posibles, en primer lugar, a través de nuestras prácticas, desarrollando relaciones solidarias, invitando a todos a compartir y crear juntos ese modo de vida nuevo profundamente humanista, democrático, socialista.
11. Formar un nuevo tipo de militante
Una nueva concepción de la política y la acción política demanda también de un nuevo tipo de militante, orientado hacia el medio social donde trabaja y vive, en primer lugar. Que modifique de raíz lo que hasta ahora era “su modo de ser” y actuar: llevar las ideas y propuestas del partido hacia la población, aceptando la suposición de que ella es solo la “fuerza material” cuya “misión” consiste en realizar las ideas-verdades que provienen del partido.
El militante [socio]político que requieren los tiempos actuales debe ser capaz de invertir dicha lógica, y dedicar sus esfuerzos a concertar voluntades diversas y dispersas, a abrir los espacios al protagonismo de las mayorías, a promover la formación y organización de ellas para que puedan desenvolverse autónomamente al máximo posible. Como señala Joao Pedro Stédile: “Necesitamos colocar nuestras energías para ir hacia donde el pueblo vive y trabaja, y organizarlo. (...) Sin organizar al pueblo no se va a ningún lugar, y muchas veces [parte de la militancia] se ilusiona con eternas reuniones de cúpula o meros discursos explicativos acerca de la coyuntura.” [Stédile, 2004].
12. Construir una nueva mística humana basada en la solidaridad
Nos desenvolvemos en un momento muy difícil, pero ello no puede impedirnos practicar y multiplicar la solidaridad, estar alegres cuando nos encontramos unos con otros y otras, hacer de las actividades colectivas: seminarios, talleres, congresos, asambleas, acampadas, cortes de rutas, etc., momentos de fiesta, de alegría. Dar solidaridad, demostrar los afectos, expresar la felicidad y el amor es también una forma de construir una nueva mística, desarrollarla y fortalecernos entre nosotros.
Vivimos un tiempo excepcional, marcado por la recuperación colectiva de la confianza en que es posible un mundo diferente, que las salidas existen si somos capaces de ver su insinuación en la realidad, en las nuevas prácticas sociales que se van construyendo y si, con imaginación, deseo y voluntad nos empeñamos en desarrollarlas, conscientes de que el futuro no se agota en nosotros, que las salidas son diversas y están abiertas al desarrollo de la humanidad. Esta siempre se propondrá nuevas metas, explorará nuevos caminos para cambiar el mundo y ampliar su libertad.
- Isabel Rauber es Doctora en Filosofía. Directora de la Revista Pasado y Presente XXI. Estudiosa de los movimientos sociales de América latina. Integrante del Foro Mundial de las Alternativas y del Foro del Tercer Mundo.
Bibliografía
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CRUZ, Alberto, “Las elecciones de Ecuador y la unidad de la izquierda”, www.rebelión.org, acceso 23 Noviembre 2004.
HOUTART, François. “Movimientos sociales y poder”, ponencia presentada al Foro Social de las Américas, Quito 2004. Archivo del Cetri, Louvein La Neuve.
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MÉSZÁROS, István. Más allá del capital. Caracas, Vadell Hermanos, 2001.
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‑‑‑‑‑‑“Pensar el socialismo en el siglo XXI”, 2005. En: www.rebelion.org
‑‑‑‑‑‑Sujetos políticos. Bogotá, Desde Abajo, 2006.
STÉDILE, Joao Pedro. “La lucha de los Sin-Tierra, la experiencia brasileña del MST”. Quito, ALAI, No. 248-249, 24 de marzo de 1997.
‑‑‑‑‑‑“Los desafíos actuales de la izquierda brasileña”. Sao Paulo, MST, documento electrónico, Agosto de 2004. (Original en Portugués. Traducción libre de Pasado y Presente XXI)
‑‑‑‑‑‑“Stedile vê 'contra-reforma agrária' no País.” Entrevista febrero de 2008. En: www.estadao.com.br
http://alainet.org/active/22551&lang=es
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