Modelos de familia en una sociedad laica - América Latina en Movimiento
ALAI, América Latina en Movimiento

2008-02-24

Modelos de familia en una sociedad laica

Benjamín Forcano
Clasificado en:   Cultura: Diversidad, Cultura, Religion, |   Política: Politica, Democracia, |   Social: Social, |
Disponible en:   Español       
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Antes que la sociedad, desde sus diversas entidades e instituciones, comience a manipularlos con interesadas ideologías, conviene señalar si no tenemos un punto de partida común, obligatorio y universal, desde el que desarrollar nuestra reflexión.

En la plural convivencia de una sociedad democrática, se dan ciertamente ciudadanos de mil clases, colores e ideologías, pero olvidamos que todos somos de una misma clase humana, de un mismo color humano esencial, de un mismo pensar humano esencial.

Laicidad es la condición del que es laico, y laico es quien nace en un pueblo -pequeño o grande (aldea o ciudad)-, siendo acreedor por tanto a que se le llame pisano, laico, popular, ciudadano. Ciudadano, además, de índole personal, con capacidad para convivir reconociendo y afirmando la alteridad del otro. Se trataría, por tanto, de reconocerse como laicos, ciudadanos para convivir como personas. Lo hacemos así porque la historia heredada nos ha llevado a valorar lo que nos contrapone y no lo que nos une.

Creo que la manifestación del 30 de diciembre fue un foco de luz que denuncia por sí mismo la descolocación de quienes entronizaban como válido un único modelo de familia cristiana.

La manifestación pretendía afirmar algo contra alguien: un modelo de familia cristiana como él único válido frente a otros tipos de familia y defenderla contra todo un movimiento laicista, propio del gobierno actual, que negaría la trascendencia, buscaría desterrar a Dios de la sociedad y marginar y atacar a la Iglesia católica.

La manifestación no representaba la cara total de la Iglesia y de la sociedad, pero sí pretendía ser la cara más conforme con Dios, alertando contra otros modelos extraviados. Revivía una mentalidad preconciliar, que en los primeros tiempos de nuestra democracia no habría sido objeto de apoyos y movilizaciones oficiales.

El fenómeno era nuevo sobre todo por el respaldo político otorgado por la jerarquía católica. El fenómeno tenía dos caras, pero no era un fenómeno confluyente sino excluyente.

Obviamente, tras las dos caras, se escondían causas y motivaciones distintas, pero sólo la conservadora exigía reivindicaciones. La mentalidad conservadora, soterrada por tiempo, gritaba a los cuatro vientos: no al laicismo rampante, no al retroceso de los derechos humanos, no a legislaciones inicuas. La jerarquía no integraba dos mentalidades, enaltecía una de ellas.

Modelo de familia cristiana integrista

En el sentimiento de los manifestantes, bullían en un grado u otro estas ideas: - La familia, basada en el matrimonio, tiene como finalidad primaria la procreación. - Ningún medio natural o artificial debe impedir la apertura de la relación sexual conyugal a la vida.


Modelo de familia cristiano, moderno y conciliar


La herencia cultural sociopolítica

Resulta más que obvio que en la manifestación estaban en pugna dos modelos de familia, imbuidos al mismo tiempo por otras ideas sociopolíticas de arraigada tradición:

  1. La religión católica es la única verdadera: “Fuera de la Iglesia no hay salvación”.
  2. La libertad de conciencia es un error venenosísimo.
  3. La libertad religiosa es un delirio.
  4. La libertad de pensamiento, de prensa, de palabra, de enseñanza o de culto no son derechos concedidos por la naturaleza del hombre.
  5. La conciliación entre socialismo y catolicismo es imposible. No se puede ser socialista y católico a la vez .
  6. El comunismo es intrínsecamente perverso.
  7. La existencia de clases en la sociedad es voluntad de Dios.
  8. La Iglesia católica, depositaria de los valores espirituales y morales, está por encima de los valores temporales y humanos y tiene derecho a recabar la sumisión y subordinación de los Estados.

Estas pautas, propias de un régimen de Cristiandad y de un nacionalcatolicismo, serían las que la Iglesia católica debe mantener.

 
(Estas afirmaciones están literalmente sacadas de encíclicas o documentos como Concilio de Florencia 1452, Quod aliquantum 1791, Mirari vos 1832, Syllabus 1864, Libertas 1888, Vehementer 1906, Quanta cura, etc.)

Conclusión, ¿laicidad unitaria universal o confesionalismo dualista excluyente?

Los hechos expuestos apuntan a que, entre uno y otro modelo de familia, parece querer establecerse una incompatibilidad. Yo creo que no se trata de incompatibilidad, sino de realidad compleja, dialéctica e integradora. La realidad no es así de incompatible.

Averiguar los presupuestos de esta incompatibilidad nos da la clave de la comprensión y solución del problema. Apunto tres:

Primera:
Fuera de la Iglesia no hay salvación

En sentido estricto creo que podríamos reducir a una la causa fundamental de la incompatibilidad que estamos viviendo. Una mentalidad católica, que no comparte la laicidad como consecuencia de la modernidad y que sigue profesando como única doctrina que puede entender al ser humano, guiarlo y salvarlo, la católica. El catolicismo se reserva la explicación y salvación del ser humano y descarta cualquier otra concepción. El hombre por sí mismo, desde su propia estructura y condición, sería impotente para realizarse éticamente, liberarse y salvarse. Esa liberación la ofrece únicamente la religión católica.

Segunda:
El estado no tiene poder moral para legislar

Si la religión católica se coloca en la sociedad como cima moral, está claro que no admitirá que el Estado, por más democrático, laico y aconfesional que sea, pueda atribuirse el poder de enseñar, transmitir moralidad y promulgar leyes que aseguren el bien y perfeccionamiento de los ciudadanos.

Este oficio se lo reserva para sí la Iglesia católica , por varias razones: porque el saber perfecto es el saber “revelado” o católico; porque el saber racional no puede desligarse ni independizarse del teológico; porque el hombre no se basta a sí mismo para realizarse y salvarse: la salvación humana es imposible sin la revelación cristiana; porque la Iglesia católica institucionalmente hablando y en su área de influencia, se ha aliado con el poder, residente casi siempre en la derecha; porque un gobierno socialista proviene de tradición más bien revolucionaria y atea, lo que le hace más incapaz para formular leyes moralmente justas.

Tercera: Las realidades humanas no son admitidas en su autonomía y valor

Y, finalmente, la historia vivida, larga historia, demuestra que esa mentalidad católica, hasta el Vaticano II, no fue capaz de reconocer la inviolable autonomía y dignidad de las realidades terrenas. La Iglesia ejerció siempre una superior tutela y de ahí surge ahora espontánea la misma tendencia. No se ha liberado de ella, la añora y, al perderla, cree que el mundo se precipita a la ruina.

En vez de admitir como natural los cambios legítimos del mundo moderno y de nuestra época, de admitir la emancipación ocurrida en tantos y tantos lugares como fruto de la racionalidad, de la justicia y de la solidaridad humanas; en vez de adaptarse y colaborar, como prescribe el Vaticano II, con los nobles anhelos, propósitos y metas de la sociedad actual, persiste en hacer valer su imperialismo religioso de antaño y en no admitir ni tratar evangélicamente la realidad maravillosa pero débil y pecadora al mismo tiempo del ser humano.

En todo caso, el hombre es libre, tiene derecho a equivocarse, y no se lo puede entender, en buena teología católica, como perdido y constitutivamente corrupto, viéndose constreñido a buscar fuera de sí la liberación y salvación.

Sí que se puede, y ojalá sea el nuevo camino, partir de lo que a todos nos une y añadir entonces en diálogo, como oferta de una mayor plenitud posible, lo que las religiones, y entre ellas la católica, proponen como programa de realización y felicidad.

- Benjamín Forcano es Sacerdote y teólogo



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