ALAI, América Latina en Movimiento
2001-11-01
Estudio de CasoEcuador: La deuda externa y los programas de ajuste estructural impuestos por el FMI y el BM
Alberto Acosta
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"Aborrezco
más a las deudas que a los españoles"
Simón
Bolívar
Antecedentes
La
deuda externa resulta eterna.
Sus dificultades son tan antiguas como la formación de muchas
repúblicas latinoamericanas a principios del siglo XIX. Las
soluciones, impulsadas y controladas por los acreedores, de acuerdo
siempre con sus intereses, no han resuelto el problema. Es más,
teniendo a Ecuador como ejemplo, lo han agravado: véase el tan
promocionado acuerdo Brady de 1995 que no duró 5 años o
los 7 inútiles arreglos con el Club de París desde
1983, que no impidieron una nueva moratoria en 1999 (impulsada
curiosamente por el propio FMI); "soluciones" que a la
postre ahondaron la crisis.
La
deuda es un mecanismo de exacción de recursos desde los países
pobres y de imposición de políticas desde los países
ricos. La deuda ha sido y es, en términos de Karl von
Clausewitz si hubiera abordado las finanzas y no la guerra, la
continuación de la política con otros medios. Desde
esta lógica la gestión de la deuda externa engarza con
otro axioma del propio Clausewitz, según el cual la deuda es
un acto de violencia cuyo objetivo es forzar al país deudor a
hacer la voluntad de los acreedores. Entonces, la deuda no solo frena
el desarrollo por su carga de obligaciones, sino que abre la puerta a
las influencias y aún a la directa intervención de
poderes extranjeros en los asuntos de los países
subdesarrollados endeudados. Desde esa perspectiva, cabe replantear
las alternativas reconociendo el carácter global del reto de
la deuda externa, que no pueden quedarse en simples acciones
discursivas o en parches aislados.
Para
entender la lógica de la deuda externa, en consecuencia, hay
que estudiar su contexto sistémico. La deuda en sí es
otra manifestación de la evolución del propio sistema
capitalista. Y como tal las crisis de deuda se suceden cíclicamente,
con una serie de elementos nuevos y otros que ya se vivieron en
épocas anteriores.
La
deuda, para empezar, no puede tratarse exclusivamente en el ámbito
de lo financiero, resaltando sus aspectos técnicos. Hay que
tener conciencia que no se llegó al endeudamiento externo
simplemente por la escasez de capitales, es decir porque el ahorro
interno de los países empobrecidos es insuficiente y porque
eso obliga a recurrir al ahorro externo, como un complemento
financiero. Esa visión esconde una posición
tecnocrática y una posición política
ideologizada. Aunque hay que poner este aspecto en la mesa, no hay
que centrarse sólo en él.
Otro
problema importante es el desperdicio de los recursos contratados,
pues la ineficiencia es compañera inseparable de las crisis de
deuda externa. A esto se suma la corrupción en la que los
deudores no son los únicos actores, pues desde el lado de los
acreedores ésta ha sido potenciada por las prácticas
financieras y por los marcos jurídicos que, por ejemplo,
permiten descontar de los impuestos en los países
industrializados todos aquellos rubros orientados a "aceitar"
las negociaciones internacionales. Sin embargo, sin desconocer
factores como la corrupción y la ineficiencia, cabe tener
conciencia de que los problemas del sobreendeudamiento tampoco se
entienden solo desde esa perspectiva. Es más, las crisis de
deuda no constituyen hechos aislados o nuevos, registrados en algunos
países.
La
deuda tiene orígenes sistémicos y por tanto sus crisis
son cíclicas. No son crisis que se originan simplemente en los
países donde se contrata la deuda; la deuda en sí está
vinculada con los ciclos de evolución del sistema capitalista
y por tanto responde en gran medida a las necesidades de acumulación
de capital. En términos históricos, entonces, se
constata la existencia de crisis de deuda recurrentes: 1825,
1870-1890, 1930, 1982... Por lo tanto, la contratación y aún
el uso de créditos externos no dependen solamente de la
voluntad de un gobierno y de la necesidad de recursos que tenga un
país.
En
realidad los detonantes de las crisis están en las políticas
y en las instituciones de los grandes países acreedores. Son
sus intereses los que condicionan los procesos de endeudamiento y de
ajuste. Por eso las acciones adoptadas en momentos críticos
por los organismos miltilaterales de crédito han estado
destinadas a proteger los intereses de los acreedores antes que las
necesidades de los países empobrecidos, obligándolos ,
por ejemplo, a mantener abiertas y sin restricciones sus cuentas de
capitales o a abrir sus mercados para los productos provenientes del
mundo industrializado. Como reconoce la UNCTAD en su Informe anual
del 2001, "casi todas las crisis importantes en los mercados
emergentes han estado relacionadas con variaciones de los tipos de
cambio y las políticas monetarias de los principales países
industrializados"; variaciones que tienen una explicación
sistémica en última instancia.
Hay
determinadas épocas en que los capitales se expanden, buscan
mercados fuera de sus economías y salen en forma de créditos
baratos y abundantes cuando no pueden ser colocados en las economías
líderes, en las economías dominantes. Eso se
experimentó en los años 70. De un momento a otro los
países del mal llamado "tercer mundo" se encontraron
con que era muy fácil endeudarse: con relativa facilidad y de
una manera rápida se conseguían los créditos,
anteriormente tan esquivos.
La
demanda de préstamos no es la única razón para
la existencia del endeudamiento externo y su mal uso tampoco la única
explicación de las crisis. La actual crisis de
sobreendeudamiento encuentra sus orígenes en la oferta de
recursos financieros en los países desarrollados,
especialmente en los EEUU.
Recuérdese
que el surgimiento del endeudamiento en los años setenta del
siglo XX se debió a la afluencia masiva de los llamados
eurodólares, por efecto, entre otros factores, de los
desbalances que provocó la aventura imperialista de Washington
en Indochina, mucho antes del alza de los precios del petróleo.
La masa de estos dólares fuera de EEUU se amplió con
la eliminación de la convertibilidad del dólar en oro,
en agosto de 1971. En lugar de corregir internamente los
desequilibrios de la balanza de pagos, el gobierno norteamericano
violentó las reglas básicas del sistema monetario
internacional, de manera unilateral, sin sonrojos ni complejos de
culpa, al anunciar el presidente Richard Nixon que a partir de
entonces el dólar no sería convertible en oro. Con esta
decisión se recusó el régimen de tipos de cambio
fijos que caracterizó el sistema de Bretton Woods inaugurado
en 1944. Y desde 1973 el mundo ingresó al régimen de
tipos de cambio flexibles o flotantes.
Con
esta decisión unilateral los dólares que poseían
los países del mundo se devaluaron de facto, convirtiéndose
en abultada deuda flotante de EEUU, adjudicada y distribuida
compulsivamente alrededor del mundo. A partir de entonces, la oferta
del dólar -y lo que ella representaba en el ámbito
financiero y monetario mundial- parecía limitada, en lo
esencial, por las decisiones de la política económica
de los propios EEUU.
La
carrera expansionista de las disponibilidades financieras a nivel
internacional, encontró su punto de partida, a más de
los problemas derivados de la guerra de Vietnam, en la pugna
comercial entre las grandes potencias. Vistas así las cosas
fueron los EEUU los que originaron la primera fase del proceso de
endeudamiento, la danza de los millones. Ellos, según Aldo
Ferrer, "tuvieron el privilegio de financiar su desequilibrio
'exportando' su moneda nacional. La liquidez se fue acumulando en los
bancos centrales y se filtró progresivamente hacia la banca
privada, aumentando su capacidad prestable".
Luego
el monto de recursos financieros se incrementó con los
petrodólares, los cuales, al no encontrar utilización
productiva en el Norte, fueron canalizados alegremente hacia el Sur,
tradicionalmente marginado de los mercados financieros
internacionales. En ese entonces los acreedores "se olvidaron"
de tomar en consideración la capacidad de pago de los
deudores.
Además,
las tasas de interés bajas, inferiores a la inflación,
eran una invitación para endeudarse por parte de los países
pobres. Por eso la demanda de necesidades financieras represadas en
el "tercer mundo" no fue motivo suficiente para que se
movilizara el flujo de los recursos externos requeridos.
De
lo anterior se desprende que la elevada liquidez internacional de los
años setenta tampoco surgió simplemente como
consecuencia de las alzas de los precios del petróleo. La
cual, sin duda, contribuyó a aumentar la disponibilidad de
dólares en el mercado mundial.
Posteriormente,
también en los EEUU se generó la reversión del
flujo de capitales, sobre todo en los años 80, cuando sus
desequilibrios económicos le transformaron en una aspiradora
de capitales. A raíz del "reaganomics", se
experimentó un proceso de recuperación de capitales por
parte de los países del Norte a través de un sostenido
incremento de las tasas de interés. Estas que habían
fluctuado entre 4 y 6%, se elevaron hasta alrededor del 20%.
Esta
elevación repentina y arbitraria de las tasas de interés
fue la que provocó el reflujo masivo de capitales que hemos
mencionado: los países pobres endeudados fueron "amarrados
a la pesada rueda del interés compuesto". En la fijación
de las tasas de interés no funciona la lógica del
mercado. En la práctica los grupos financieros más
poderosos imponen sus condiciones; la tasa de interés es un
precio fijado en condiciones oligopólicas, es el resultado de
decisiones de cartel. En este contexto juegan un papel importante los
organismos de crédito -FMI, Banco Mundial, BID- y aquellas
empresas especializadas en determinar el "riesgo-país",
a través del cual se discrimina a los países y a las
empresas en función de los intereses de los acreedores y, por
cierto, de los principales grupos transnacionales.
Desde
principios de los ochenta, con tasas de interés altas, los
EEUU atrajeron capitales. Y América Latina exportó esos
capitales, destinados a financiar las grandes transformaciones
tecnológicas en el Norte, sobre todo en los EEUU. Entonces se
volvió a sentir a la deuda externa como un problema; y empezó
una nueva crisis similar a las anteriores. Este proceso, una vez
más, vino acompañado con una reducción de la
demanda de las materias primas, con la consiguiente caída de
su cotización.
Entre
el año 80 y el año 90 América Latina realizó
una transferencia neta negativa por 238 mil millones de dólares
a los acreedores, sobre todo a los EEUU. Transferencia que se calcula
sumando los nuevos préstamos al monto de deuda existente en
1980: 257 mil millones de dólares, y restando el pago del
capital e intereses. Al año 1990, la deuda externa, como por
arte de magia, alcanzó los 440 mil millones de dólares.
En términos netos se pagó una suma enorme: 238 mil
millones, mientras que la deuda creció en casi 220 mil
millones. Esta deuda, en palabras de Franz Hinkelammert, adquirió
vida propia. Se instauró la locura financiera, la lujuria
especulativa, la sin razón de los intereses usurarios que se
cobran sobre los intereses atrasados. La deuda se volvió
impagable.
1.
La deuda externa del Ecuador
La
historia de la deuda externa en el Ecuador se inició antes de
su constitución como República independiente en 1830.
Sin embargo, la actual crisis de endeudamiento tiene sus orígenes
inmediatos en la década de los setenta del siglo XX. La deuda
y la crisis que de ella se derivó determinaron la adopción
de medidas de ajuste estructural impuestas por los organismos
multilaterales (FMI, BM, BID, etc) para el pago del servicio de la
deuda, medidas cada vez más regresivas en términos de
garantías sociales. Dicho de otra manera, se ha favorecido la
apertura de los mercados ecuatorianos, mientras aumentó la
dependencia de los capitales externos y la vulnerabilidad del mercado
ante los choques externos a cambio de condiciones de vida cada vez
más dramáticas para los 12 millones de ecuatorianos.
A
finales del 2000, luego de renegociar los Bonos Brady y
transformarlos en Bonos Global, la deuda externa del país
(pública y privada) alcanzó los 13.372 millones de
dólares, lo cual implica que la deuda externa del país
representó el 98% del Producto Interno Bruto (PIB). Es decir
que para pagar la deuda externa, el país debería
destinar casi toda su producción de un año
exclusivamente para cumplir con este compromiso. Asimismo el país
debería destinar más del doble de sus exportaciones
(235%) al pago de la deuda externa; lo cual es a todas luces
IMPOSIBLE.

Fuente:
Boletines mensuales del Banco Central del Ecuador
El
pago de la deuda externa y el cumplimiento de estos programas de
ajuste estructural (PAE) han implicado una repetida violación
de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales (DESC) de la
población ecuatoriana, en especial del derecho a la
educación,
a la salud
y al desarrollo,
dado que el presupuesto destinado al servicio de la deuda externa
rebasa con mucho al destinado a la educación y salud en
particular y al área social en su conjunto.
Un
país NO ES FINANCIERAMENTE SOSTENIBLE si debe destinar más
al pago de la deuda externa que a satisfacer las necesidades básicas
de la población: para el servicio de la deuda externa, en el
año 2000, se destinaron 1.905,1 millones de dólares,
cerca de tres veces más recursos que para el gasto social
(educación, salud, y desarrollo agropecuario), que fue de
690,5 millones de dólares, es decir alrededor del 275.9%.
Fuente: Boletines mensuales del Banco Central del Ecuador.
En
un país en el cual el 60,6% de la población se
encuentra por debajo de la línea de pobreza y el 75,8% de la
población rural presenta necesidades básicas
insatisfechas (SIISE 2000), destinar únicamente el 2,5% del
PIB a los servicios sociales básicos
con respecto a un 13% para el servicio de la deuda externa, significa
estar en contra de los derechos humanos y del desarrollo sustentable
del país. Aún más, en muchos casos estas
decisiones políticas contravienen expresas normas
constitucionales y de instrumentos internacionales en materia de
derechos humanos que el Ecuador ha firmado y ratificado.

Fuente:
Boletines mensuales del Banco Central del Ecuador
Si
agregamos a esto el hecho de que la generación de mayores
ingresos fiscales proviene de la aplicación de más
impuestos indirectos (IVA) y de la eliminación de subsidios a
los servicios básicos (energía, agua, transporte
público), mientras que los impuestos directos (IR) se
mantienen inalterados, observamos que el impacto sobre los sectores
más pobres o más vulnerables de la población
(niños, mujeres, indígenas) es tremendo, acentuando aún
más la desigualdad en la distribución del ingreso.
La
aplicación de los Programas de Ajuste Estructural (PAE)
determina la necesidad de generar excedentes externos (ya sea vía
exportaciones o vía mayor endeudamiento externo) para
-paradójicamente- pagar la deuda externa previamente
adquirida. En un país tan dependiente de las exportaciones
primarias (petróleo, banano, camarón, madera, y flores)
un incremento de éstas conlleva graves impactos a nivel
humano y ambiental.
En
el siguiente gráfico podemos observar que los ingresos
fiscales obtenidos con el petróleo se han destinado mayormente
al pago del servicio de la deuda, mientras que sólo una
porción pequeña se ha destinado a la inversión
en educación y salud. Es decir, que la riqueza del país
se ha destinado a pagar la deuda, mas no a mejorar las condiciones de
vida de la población ecuatoriana.

Fuente:
Boletines mensuales del Banco Central del Ecuador
Se
observa entonces una tendencia de las políticas
gubernamentales hacia la agricultura "moderna"
(monocultivos de exportación), desfavoreciendo la agricultura
tradicional (maíz, cebada, etc.) que se ve desprotegida por la
inexistencia de políticas de desarrollo agrario
(comercialización, crédito, etc.) y la apertura a
productos importados, lo cual significa una disminución en la
producción tradicional y un desplazamiento de estos productos
de la dieta, poniendo en peligro la seguridad alimenticia
interna del país, con lo cual se afecta el derecho a la
alimentación adecuada en cuanto a calidad de productos y a
acceso a los mismos.
2.
La deuda externa latinoamericana y andina
Los
problemas derivados de la deuda externa, subsistentes en los albores
del siglo XXI, no son nuevos en la historia latinoamericana. Desde
los primeros empréstitos extranjeros, contratados a principios
del siglo XIX, hasta la actual deuda, las economías de la
región han atravesado por una serie de períodos
recurrentes de auge y crisis, estrechamente vinculados a los ciclos
de las economías capitalistas centrales. Este proceso, que fue
cobrando fuerza en la medida que se consolidaba y difundía el
sistema capitalista y la integración sumisa de la región
al comercio mundial, afianzó la dependencia de las economías
latinoamericanas.
Sin
embargo, esta relación con el mercado internacional no tuvo
siempre las mismas repercusiones en todas las economías de la
región. Su impacto varió en función de la
significación de cada país en la división
internacional del trabajo; esta apreciación es importante para
comprender las diversas situaciones registradas en cada uno de los
países de la región, diversidad que no aflora en toda
su riqueza en estas líneas por las limitaciones de espacio
impuestas a un trabajo de esta naturaleza.
Desde
los años setenta en el siglo XX, América Latina ha
vivido un proceso constante y creciente de endeudamiento, que según
datos del Banco Mundial,
pasó de 587.814 millones de dólares en 1994 a 813.352
millones en 1999, es decir, que se incrementó en 38%, llegando
a representar el 42% del Producto Interno Bruto (PIB) de la región.
|
PAÍSES
|
DEUDA
TOTAL (en millones de US$)
|
Variación
%
|
|
|
1994
|
1999
|
Variación
|
|
|
Argentina
|
75139
|
147881
|
72742
|
97%
|
|
Barbados
|
618
|
589
|
-29
|
-5%
|
|
Bélice
|
200
|
351
|
151
|
76%
|
|
Bolivia
|
4877
|
6157
|
1280
|
26%
|
|
Brasil
|
151209
|
244673
|
93464
|
62%
|
|
Chile
|
24728
|
37762
|
13034
|
53%
|
|
Colombia
|
21940
|
34538
|
12598
|
57%
|
|
Costa Rica
|
3909
|
4182
|
273
|
7%
|
|
Dominica
|
98
|
108
|
10
|
10%
|
|
Rep.
Dominicana
|
4275
|
4771
|
496
|
12%
|
|
Ecuador
|
15075
|
14506
|
-569
|
-4%
|
|
El Salvador
|
2210
|
4014
|
1804
|
82%
|
|
Granada
|
116
|
152
|
36
|
31%
|
|
Guatemala
|
3430
|
4660
|
1230
|
36%
|
|
Guyana
|
2062
|
1527
|
-535
|
-26%
|
|
Haiti
|
763
|
1191
|
428
|
56%
|
|
Honduras
|
4436
|
5333
|
897
|
20%
|
|
Jamaica
|
4317
|
3913
|
-404
|
-9%
|
|
México
|
140193
|
166960
|
26767
|
19%
|
|
Nicaragua
|
11909
|
6986
|
-4923
|
-41%
|
|
Panamá
|
7129
|
6837
|
-292
|
-4%
|
|
Paraguay
|
1985
|
2514
|
529
|
27%
|
|
Perú
|
26528
|
32284
|
5756
|
22%
|
|
St. Kitts y
Nevis
|
58
|
136
|
78
|
134%
|
|
St.Lucía
|
114
|
181
|
67
|
59%
|
|
St. Vicente y
las Granadinas
|
115
|
192
|
77
|
67%
|
|
Trinidad y
Tobago
|
2505
|
2462
|
-43
|
-2%
|
|
Uruguay
|
5075
|
7447
|
2372
|
47%
|
|
Venezuela
|
36853
|
35852
|
-1001
|
-3%
|
Fuente:
Global Development Finance 2001. Banco Mundial.
El
pago de esta deuda obliga a los países a aceptar condiciones
económicas y sociales sumamente difíciles, entre ellas
los Programas de Ajuste Estructural (PAE) impuestos por el Fondo
Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM), que según
un estudio de la CEPAL (CEPAL, 2001) no han podido reducir las
condiciones de pobreza de la población:
El
monto destinado al pago de la deuda externa en 1999 fue de 42% del
PIB, mientras que el monto para inversión social (salud,
educación, vivienda y bienestar social, y seguridad social)
representó únicamente el 13.1% del PIB, en ese mismo
año.
La
cantidad de personas en situación de pobreza e indigencia se
incrementó de 201.5 millones en 1994 a 211.4 millones en 1999
Existe
una elevada inequidad en la distribución del ingreso, donde
el 10% más rico de la población, en la mayoría
de los países, capta más del 35% del ingreso total.
Mientras
que el 70% de la población se encuentra en niveles de ingreso
por debajo del promedio.
La
misma tendencia se observa en los países que conforman la
Comunidad Andina de Naciones (Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú,
y Venezuela), los cuales también se han caracterizado por
procesos de endeudamiento externo acelerado, lo cual ha generado que
la deuda externa represente un valor significativo del Producto
Interno Bruto (PIB) de esos países. En el gráfico
siguiente se observa que en promedio la deuda externa representa más
del 50% del Producto Interno Bruto de los países andinos, a
diciembre del 2000, considerando la deuda externa pública y
privada.

Fuente:
IMACRO. La Deuda Externa de los Países Andinos. Reporte
Económico de la Comunidad Andina de Naciones. Lima, mayo del
2001.
Para
la construcción de una propuesta global
Reconozcamos
que los gobiernos de los países sobreendeudados siempre han
mantenido su actitud sumisa, condescendiente con la banca
internacional, las transnacionales, los organismos multilaterales de
crédito, los gobiernos de los países ricos. Sus elites
dominantes, por su complicidad con los acreedores, sea por que se
transformaron en tenedores de papeles de la deuda o sea por el miedo
al "gran garrote", nunca plantearon salidas conjuntas,
siempre se impusieron los clubes de los acreedores. Y, en concreto,
viabilizaron el gran mecanismo reciclador de las relaciones de poder
que permite que unos pocos gocen de los créditos, mientras que
las mayorías los pagan.
Frente a esta
realidad, la anulación o cancelación total y sin
condiciones de las deudas externas públicas es una posición
contundente en términos éticos y aún económicos;
hay suficientes argumentos para exigirla. El no pago se justifica
legalmente porque muchos créditos contratados caen en el
ámbito de las deudas odiosas, usurarias o corruptas, que por
definición deberían ser nulas. Hay otras deudas que su
servicio se ha visto imposibilitado por las condiciones impredecibles
y fuera del control impuestas a los países deudores. Una
situación explicable por los desbalances de poder existentes
en los diversos procesos de negociación y porque, en muchos
casos, se ha partido de condiciones que luego resultaron equivocadas
o que de antemano eran imposibles de cumplir.
El impacto de una
anulación masiva de las deudas en la economía mundial
no sería desestabilizador. Si la deuda pública externa
del "tercer mundo" fuera totalmente anulada sin ningún
tipo de indemnizaciones a los acreedores, solo representaría
una pérdida del 5% para sus carteras. Además, una
decisión de este tipo podría ser procesada en un
contexto amplio para evitar sobresaltos en el mercado financiero
internacional, el cual debe ser urgentemente civilizado, es decir
controlado y normado.
Sin embargo, una
anulación incondicional de la deuda externa liberaría
de sus obligaciones a aquellos grupos reducidos en los países
del Sur que sí se beneficiaron de dicha deuda y hasta
ampliaría la disponibilidad de recursos a gobiernos que
podrían dar rienda suelta al despilfarro fiscal; liberaría
recursos dentro de las economías endeudadas para que sean
gastadas a voluntad de los gobernantes y de los grupos dominantes y
quién sabe si en poco tiempo volverían a endeudarse de
manera irresponsable. De allí la necesidad de idear "un
sistema debidamente regulado que garantice que en un futuro los
niveles de vulnerabilidad derivados del endeudamiento externo sean
menores", como recomienda el economista español Jaime
Atienza.
Por
lo tanto, sin minimizar el justo reclamo de la anulación de
las deudas, que podría ser el punto de partida para el
establecimiento de un nuevo sistema financiero internacional, hay que
rescatar la necesidad de que una posible eliminación de las
deudas se haga en el marco de condicionalidades positivas para
impedir que las elites dominantes de los países endeudados
sean beneficiarias de este tipo de soluciones temporales. De allí
la necesidad de poner condiciones a los gobiernos de los países
deudores por parte de su propia sociedad civil, respaldada de ser
preciso por la sociedad civil de los países del Norte, para
impedir que el manejo de la deuda siga siendo una fuente de
financiamiento de privilegios o una herramienta imperial en manos de
determinados gobiernos acreedores. Y más que eso, hay que
diseñar estrategias que, además, impidan la reedición
de alegres procesos de sobreendeudamiento externo, que conduzcan a la
reconstrucción de las viejas estructuras de dominación
que se desea superar.
Para
evitar una marcha continuada detrás de un fantasma, la
solución del problema de las deudas pendientes debe
replantearse a nivel global en el marco de instituciones que aseguren
la vida en el planeta. Cuando los problemas se tornan globales
también ha de globalizarse la solución, esto es,
adoptar una responsabilidad global y construir estructuras que
posibiliten una acción Global. Recuérdese que se está
cada vez más, nos guste o no, frente a problemas que afectan a
la humanidad en su conjunto, por lo que las soluciones a estos
problemas son inevitablemente internacionales. La globalización
de los peligros y los retos demanda políticas internacionales
que van más allá de los temas nacionales.
Acción
global que implica revitalizar la discusión política,
oprimida por el economicismo.
El
establecimiento de proyectos más eficaces de desarrollo y aún
de mejoramiento de las estructuras macroeconómicas y políticas
a nivel nacional, no pueden garantizar por sí solas un
desarrollo global sostenible. Son necesarias reformas de las
condiciones marco en la economía mundial. Se precisa un
ordenamiento del comercio mundial, de la competencia, del sistema
monetario mundial, de la estructura social y medioambiental mundial,
sin descuidar el establecimiento de nuevas normas para resolver el
reto del sobreendeudamiento externo de los países
empobrecidos.
Las
consideraciones teóricas para muchas de estas normatividades
están planteadas desde hace rato. La coyuntura y la
experiencia de las últimas décadas en especial imponen
una acción de gran envergadura para configurar un nuevo orden
de la política mundial que dome al capitalismo salvaje y
desenfrenado. Por otro lado, las actuales instancias normadoras y
controladoras existentes están seriamente cuestionadas, por
ejemplo el FMI y el Banco Mundial, con poco más de siglo de
funcionamiento, muestran pobres resultados de sus políticas y
estrategias; la racionalidad de la Organización Mundial de
Comercio (OMC) tampoco es ampliamente aceptada; y, el rechazo masivo
al Acuerdo Multilateral de Inversiones (AMI) habla de la necesidad de
esquemas reguladores que no intenten simplemente establecer garantías
para la acumulación del capital. Sin embargo, una de las
ausencias más notables es la de un código financiero
internacional.
La
falta de disciplina monetaria externa favorece la desestabilización
interna. Además, el problema de las relaciones entre
competencia y moneda, que producen distorsiones en la economía
mundial, no se puede solucionar, en una economía global, con
medidas nacionales o regionales. Por ello se hace imprescindible un
nuevo ordenamiento de la economía mundial. Así se
reducirían los incentivos para la huida de capital y la
emigración. Los países subdesarrollados conservarían
su dinero y el producto de su ahorro y estarían en disposición
de invertirlo en su casa de manera segura y rentable. Habría
más financiamiento propio y menos endeudamiento y dependencia
del capital externo.
Aún
cuando la viabilidad política de estas transformaciones es un
punto que está por dilucidarse, considerando sobre todo el
riesgo de que en éstas se refleje las mismas desigualdades del
poder dominante, urge reflexionar sobre estos aspectos teniendo
presente que el desarrollo es un tema global.
Esto
implica, dentro de la lógica global para abordar el problema,
la necesidad de introducir objetivos de política económica
entre los principales bloques procurando armonizarlas no en función
de equilibrios coyunturales o nacionales, sino considerando las
crecientes demandas derivadas del empobrecimiento de la mayoría
de habitantes del planeta, estableciendo los mecanismos que permitan
manejar las épocas de crisis. Desde esta perspectiva,
vigilancia y concertación, con la participación activa
y democrática de los países subdesarrollados, serían
pilares para la construcción de una nueva economía
mundial.
En
este contexto surge con fuerza la necesidad de desinflar la gran
burbuja especulativa mundial, cuya lógica de acumulación
ha subordinado sin piedad la racionalidad social, cultural y hasta
ecológica. El mercado financiero internacional ha colonizado a
la economía real y hasta la misma política. Esto
conduce a reforzar e integrar propuestas como la del Impuesto Tobin
(a ser impuesto a los flujos financieros internacionales), a través
del cual se desea frenar el engranaje especulativo de las finanzas
internacionales y conseguir recursos para el desarrollo de los países
empobrecidos, estableciendo un fondo para enfrentar los
desequilibrios en el mercado financiero internacional a favor de los
países empobrecidos. Siguiendo estas reflexiones aparece la
urgencia por desarmar los paraísos fiscales. Igualmente hay
que incorporar en la discusión el análisis de diversos
mecanismos de control de los flujos de capital a nivel nacional,
regional y mundial. Por igual hay que fortalecer el reclamo de la
deuda ecológica, en la cual los países subdesarrollados
son los acreedores. Esta deuda, que no tiene necesariamente que
expresarse y pagarse en términos convencionales, coloca en el
centro de la discusión el tema ambiental a nivel global y
anticipa, desde ya, el mayor reajuste económico y geopolítico
de la historia moderna.
Desde
esta perspectiva, lo que se busca es "civilizar" el mercado
financiero internacional. Sin embargo, puede que no representen a
primera vista una salida radical como sería la que se
conseguiría con la cancelación definitiva de todas las
deudas del mundo pobre, pero lleva implícita la modificación
profunda de las reglas del juego. Es una apuesta en construcción
por un futuro diferente -¡otro mundo es posible!-, que no se
logrará simplemente con discursos y posiciones radicales
carentes de propuesta.
Noviembre
del 2001