Las ilusiones del Código da Vinci - América Latina en Movimiento
ALAI, América Latina en Movimiento

2006-07-28

Las ilusiones del Código da Vinci

Benjamín Forcano
Clasificado en:   Cultura: Cultura, Religion, |
Disponible en:   Español       
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¿Es posible un acuerdo razonable de quién fue Jesús de Nazaret?



El Código da Vinci ha suscitado un gran interés en multitud de gentes y una gran preocupación en instituciones religiosas, especialmente en la Iglesia católica.  Yo soy bastante alérgico a implicarme en fenómenos de masas y, en un principio, opté por no prestarle mayor atención.  Pero eran tantos los comentarios, tan entusiastas y tan opuestos, y ponían tan en el tapete cuestiones que apenas habían llegado al gran público que, al final, decidí

interesarme.  Comencé por ver la película, casi me dormí en la primera media hora, me resultaba confusa y tardé en hacerme con el hilo de la misma.  Luego, he leído el libro y me ha situado más en la trama y el contenido. 



La seducción del Código la veo yo por dos partes: El autor Dan Brown es evidente que conecta maravillosamente con la causa de la feminidad y del feminismo, tan reclamada hoy con todo derecho; y configura en el otro polo al agente que más ha negativizado esa causa: la Iglesia católica.  Son dos polos que sustentan la trama entera de la novela.  Serán ciertos o no los antagonismos descritos por el autor entre esos dos polos, pero no hay duda de que conquistan el corazón moderno: no más antifeminismo, ni más autoritarismo eclesiástico, patriarcal y machista. 



Ya sólo por esto, el mérito de Dan Brown es notable: alienta la paridad e integración de los dos sexos, impulsa a acabar con la herencia acumulada de exclusión, humillación y anatematización de la mujer.  Y, en ello, la Iglesia católica ha tenido sin ninguna duda una enorme responsabilidad.  Confieso, pues, con naturalidad que me alinearé con Dan Brown en todo lo que sea dignificación y liberación de la mujer y eliminación de todo yugo antifeminista católico.



Con la misma naturalidad confieso haberme acercado al libro para hacer un estudio lo más objetivo posible, huyendo de posiciones previas.  Yo soy católico y, como es natural, se pensará que voy a defender ideas, dogmas o intereses católicos.  Quien así piense, está en su derecho.  Pero, espero que al final pueda concluir que esa mi condición no me ha privado de proceder con rigor y honestidad.  Debiera ser posible hacer, sobre las cuestiones suscitadas por Dan Brown, un estudio por personas de distinta fe o de ninguna, que pudieran llegar a un acuerdo razonable.  “¿Podrían, escribe Jonh P.  Meier, un católico, un protestante, un judío y un agnóstico - todos ellos historiadores serios y conocedores de los movimientos religiosos del siglo I- ponerse de acuerdo, sobre fuentes y argumentos puramente históricos, en quién fue Jesús de Nazaret?” (Un judío marginal, nueva visión del Jesús histórico, I, EVD, 2004, p.  29).  Un documento así concordado, sería de visión estrecha seguramente, pero verificado por los medios de la investigación moderna, nos daría un consenso sobre lo que “toda la gente razonable” puede decir.



Mucha gente brillante ha escrito sobre Jesús de Nazaret y con respuestas contradictorias.  Sin embargo, yo, a pesar de todo, necesito obtener respuestas sobre cuestiones que atañen a Jesús de Nazaret.  Este personaje ha influido como pocos en la civilización occidental y es difícil que un cristiano culto renuncie a saber sobre El con todo lo que ha representado para este mundo religioso y cultural.

Nadie, que escriba sobre Jesús de Nazaret, puede hacerlo dejando a un lado su subjetividad.  ¿Significa esto que es imposible la objetividad? La objetividad es, por lo menos, una meta, que hay que intentar a base de conocer bien las fuentes, disponer de criterios para formular juicios históricos, aprender de otros y admitir la crítica.  Hay quien reivindicará un Jesús distinto según sea protestante, católico o judío. 

Todos se aferrarán a su visión.  Hará lo mismo el que pretenda echar abajo el error llamado cristianismo, que surgiría posteriormente en contra de Jesús de Nazaret, pues el Jesucristo que proclama la Iglesia nada tendría que ver con el Jesús crucificado. 

Voy a intentar, desde un contexto católico, lo que se puede mostrar como cierto o probable por investigación histórica y argumentación teológica y esto respecto a un punto determinante en toda la obra de Dan Brwn.



El secreto del Código da Vinci

Silas, miembro del Opus Dei, que en la obra representa a la Iglesia Católica, dijo a Jacques Saunier apuntándole con una pistola: “Dígame dónde está el secreto.  Vd tiene algo que no le pertenece.  Dígame donde lo ocultan y no le mataré” (El Código da Vinci, Urano, Barcelona, 2004, Pg.14).  En efecto, Saunier

“era el único eslabón vivo, el único custodio de uno de los mayores secretos jamás guardados” (Pg 16).

El secreto estaba relacionado con el culto que las religiones paganas rendían a la divinidad femenina y, en consecuencia, a lo sagrado femenino.  Saunier se identificaba mucho con Leonardo da Vinci, homosexual, adorador del orden divino de la naturaleza, ferviente devoto de los cultos a la diosa femenina y preocupado por lo que la Iglesia hacía de lo sagrado femenino en la religión moderna” y, por eso, “ un tipo que entraba en conflicto permanente con la Iglesia” (Pg.  65).  Saunier, conocedor de la historia, estaba convencido de que “nadie ha hecho más por erradicar esa historia de la diosa que la Iglesia católica” (Pg.  65).



Saunier compartía con da Vinci el que ambos habrían sido Grandes Maestres de una sociedad secreta (el Priorato de Sión), unidos en su fascinación por la iconografía de la diosa, el paganismo, las deidades femeninas, el culto a las mismas, el desprecio por la Iglesia y su condición de ser los guardianes de un antiguo secreto” (Pg.  144).  Leonardo era “un gran defensor de los principios femeninos, estaba en sintonía con el equilibrio entre lo masculino y lo femenino, de modo que creía que el alma humana no puede iluminarse a menos que incorpore los dos elementos: el masculino y femenino” (Pg.  152).  “El nombre de la Mona Lisa es un anagrama de la divina unión de lo masculino y lo femenino, y ese sería el secretillo de Leonardo” (Pg. 

154).

Saunier y Leonardo, pues, serían miembros de la tradición viva de la sociedad secreta del Priorato, el cual mantiene la creencia de que “durante los albores de la Iglesia, sus representantes más poderosos “engañaron” al mundo, no le dijeron la verdad, y propagaron mentiras que devaluaron lo femenino y decantaron la balanza a favor de lo masculino.  Constantino y sus seguidores masculinos lograron con éxito que el mundo pasara del paganismo matriarcal al cristianismo patriarcal lanzando una campaña de propaganda que demonizaba lo sagrado femenino y erradicaba definitivamente a la diosa de la religión moderna.”

(Pg.  158).

Dan Brown utiliza, en este y otros momentos, muy hábilmente por cierto, la voz científica de Langdon, a quien considera como uno de “los mejores simbologistas del mundo y que ha dedicado su vida al estudio de la interconexión oculta de emblemas e ideologías” (Pg.  28).  Langdon lanza sobre la mente de Sophie, nieta de Saunier, que “La lacra del cristianismo siempre había sido la mentira, nadie podía obviar su historia de falsedades y violencia.  Su brutal cruzada para “reeducar” a los paganos y a las prácticas del culto a lo femenino se extendió a lo largo de tres siglos, y empleó métodos tan eficaces como horribles...Durante trescientos años de caza de brujas, la Iglesia quemó en la hoguera nada menos que a cinco millones de mujeres” (Pg. 

158).  “Las mujeres, en otros tiempos consideradas la mitad esencial de la iluminación espiritual, estaban ausentes de los templos del mundo...  El ego masculino llevaba dos milenios campando a sus anchas sin ningún contrapeso femenino.  Los días de la diosa habían terminado (Pg.  159). 

La sociedad del Priorato fue fundada en el año 1099 por el rey Godofredo de Bouillon, “quien, supuestamente, tenía en su poder un importante secreto que había estado en conocimiento de su familia desde los tiempos de Jesús.  Al Priorato le encargo la misión de que transmitiera ese secreto de generación en generación”. 

En este punto, Dan Brown construye este silogismo : el Priorato tuvo conocimiento (sin más) de que los documentos, que contenían el secreto de Godofredo, estaban enterrados en la ruinas del templo de Salomón, así lo creían, “y eran de naturaleza tan explosiva que la Iglesia no pararía hasta hacerse con ellos” (Pg.  200).  “El Priorato tenía que recuperarlos, protegerlos y, a tal fin, creó la Orden de los Caballeros Templarios, su brazo armado”(Pg.  200).



Langdon explica a Sophie que al final esos caballeros encontraron en Jerusalén esos documentos y se los trajeron para Europa.  Inocencio II les concedió un poder ilimitado, se expandieron mucho .  En 1307, el papa Clemente V se propuso frenar su poder y obtener el control de sus secretos.  Los declaró herejes, fueron acusados, detenidos y quemados en la hoguera.  Muchos lograron escapar, los documentos fueron puestos a salvo, escondiéndolos y llevándolos de una a otra parte.  Hoy se conjetura que están en algún lugar del Reino Unido.



La verdad del secreto

No hay duda de que, en la obra de Dan Brown, resulta de crucial importancia precisar el contenido del secreto: “Durante mil años –prosigue el profesor de simbología- han circulado leyendas sobre este secreto.  Toda la serie de documentos, su poder y el secreto que revelan han pasado a conocerse con un único nombre: el Sangreal, aunque conocido por el Santo Grial”(Pgs.  203-204).  “El Santo Grial no es en absoluto un cáliz.  La historia del Grial usa el cáliz como metáfora de otra cosa, de algo mucho más poderoso...  El Santo Grial es probablemente el tesoro más buscado de la historia de la humanidad.  Ha suscitado leyendas, provocado guerras y búsquedas que han durado vidas enteras”

(P.  207).

¿Qué es, pues, el Santo Grial? Dan Brown recurre, en el momento más alto de la búsqueda, a la sabiduría de un alto especialista del Santo Grial, Leigh Teabing.  Nadie como él era experto en este tema.: - Mire, Sophie, Leonardo da Vinci nos dice que “muchos han comerciado con ilusiones y falsos milagros, engañando a la estúpida multitud”.  Da Vinci habla de la Biblia, obviamente, pero la Biblia no nos llegó

impuesta del cielo.  Fue el hombre quien la creó.  Para la elaboración del Nuevo Testamento se tuvieron en cuenta más de ochenta evangelios, pero acabaron incluyéndose sólo Mateo, Marcos, Lucas y Juan.  La Biblia, tal como se conoce en nuestros días, fue supervisada por el emperador romano Constantino EL Grande, que era pagano” (Pg.  287,288). 


Teabing y Langdon, sucediéndose en la toma de la palabra, exponen con aplomo sus tesis, o mejor, Dan Brown se sirve de ellos para proclamar al viento sus propias tesis: “El conflicto creciente entre paganos y cristianos determinó que Constantino decidiera unificar Roma bajo un sola religión: el cristianismo, una especie de religión híbrida que pudiera ser aceptada por las dos partes.  Todos los elementos del ritual católico se tomaron de ritos mistéricos de anteriores religiones paganas.  Nada en el cristianismo es original” (Pgs. 

289-290).

Resultan estas páginas de Dan Brown las más pontificales de su obra, puestas en boca de sus dos científicos, Landong y Teabing.  Hasta ese momento de la historia “Jesús era, para sus seguidores, un profeta mortal...  un hombre grande y poderoso, pero un hombre, un ser mortal.  Considerarlo “Hijo de Dios” se propuso y se votó en el Concilio de Nicea, porque la divinidad de Jesucristo era fundamental para la posterior unificación del imperio y para el establecimiento de la nueva base del poder del Vaticano.  Declarar a Jesús Hijo de Dios era convertirlo en una entidad con un poder incuestionable.  Son muchos los estudiosos convencidos de que la Iglesia primitiva usurpó literalmente a Jesús de sus seguidores, secuestrando su verdadero mensaje, cubriéndolo con el manto impenetrable de la divinidad y usándolo para expandir su propio poder.  Yo mismo he escrito varios libros sobre el tema” (Pgs.  290-291).



Jesús fue sin duda un hombre grande y poderoso, ha inspirado a millones de personas para vivir una vida mejor.  Constantino no hizo sino aprovechar esa gran influencia de Jesús, lo subió de categoría y, en un golpe de audacia, financió la redacción de una nueva Biblia “que omitiera los evangelios en los que se hablaba de los rasgos “humanos” y exagerara los que se acercaban a la divinidad.  Y los evangelios anteriores fueron prohibidos y quemados .  Por suerte algunos de los evangelios se salvaron.  Los manuscritos del Mar Muerto (1950) y de Nag Hammadi (1945) cuentan la verdadera historia del Grial, el Vaticano hizo todo lo posible para que no se divulgaran, pues dichos manuscritos confirmaban que la Biblia moderna había sido compilada y editada por hombres que tenían motivaciones políticas; proclamar la divinidad de un hombre, Jesucristo, y usar la influencia de Jesús para fortalecer su poder” (Pgs, 291-292). 

-Landong: “ No hay duda que la Iglesia está integrada por hombres muy pios, que creen de buena fe que esos documentos sólo pueden ser falsos testimonios ”(Pg.  292) . 

-Teabing: “Sí, el clero moderno está convencido de eso, pero eso no obsta a que yo pueda decir que casi todo lo que nuestros padres nos han enseñado sobre Jesús es falso. 

Igual que las historias sobre el santo Grial, porque lo que no se puede ignorar es que en el fresco de Leonardo da Vinci se encuentran todas las claves para entender el misterio del Santo Grial.  En la última cena Leonardo lo aclara todo.  El Santo Grial no es una cosa.  En realidad ...  es una persona, una mujer.  El cáliz se parece a una copa o a un recipiente y, lo que es más importante, a la forma del vientre femenino.  Este símbolo expresa feminidad y fertilidad.  La descripción del Santo Grial como un cáliz es una alegoría para proteger la naturaleza del Sano Grial.  El Grial es literalmente el símbolo antiguo de la feminidad, y el Santo Grial representa la divinidad femenina y la diosa, que por supuesto se ha perdido, suprimida de raíz por la Iglesia. 

La mujer suponía una amenaza para el ascenso de una Iglesia predominantemente masculina.  La Iglesia la demonizó haciéndola responsable de la caída y del pecado original.  La filosofía cristiana decidió tergiversar el poder creativo de la mujer ignorando la verdad biológica y haciendo que el Creador fuera el hombre.  El Génesis es el principio del fin de la diosa” (293-297).



-Sophie: Sir Teabing, ¿ Pero, no ha dicho que el Santo Grial era una persona de carne y hueso? – “Así es, replicó emocionado Teabing; una mujer que llevaba consigo un secreto tan poderoso que, de haber sido revelado, habría amenazado con devastar los mismos cimientos del cristianismo” (Pg.  298).  –Sophie: ¿Y quién es esa mujer? -Teabing: Es María Magdalena.  Pero, repare que los evangelios que des cribieran los aspectos terrenales de la vida de Jesús debían omitirse en la Biblia y un aspecto terrenal especial mente recurrente era María Magdalena, más concretamente, su matrimonio con Jesús.  Matrimonio que está documentado en la historia.  Resulta mucho más lógico que Jesús fuera casado que soltero.  Las pautas sociales de aquella época prohibían a un judío que fuera soltero.  El celibato era censurable.  Así

lo prueban los primeros documentos del cristianismo, los rollos de Nag Hammadi y del Mar Muerto, los primeros documentos del cristianismo, que curiosamente no coinciden con los evangelios de la Biblia.  El evangelio de Felipe considera que María Magdalena era la compañera de Jesús, y “compañera” en arameo significa para esa época literalmente esposa.  Jesús y Magdalena tenían una relación sentimental. 


¿Tan malo hubiera sido, le dijo en una ocasión Sauniere a su nieta Sophie, que Jesús hubiera tenido novia?

La unión de Jesús y Magdalena, sentenciaba una vez más Teabing, la han explorado ad nauseam los historiadores modernos. 

Jesús encomendó crear la Iglesia no a Pedro sino a María Magdalena.  Jesús era feminista y pretendía que el futuro de su Iglesia estuviera en manos de María Magdalena.



Pero, además, Magdalena era, de acuerdo a una genealogía muy elaborada, una mujer con poder, descendía de Reyes (tribu de Benjamín), por más que la hicieran pasar por ramera para eliminar las pruebas que demostraban sus poderosos lazos familiares.  A la Iglesia le preocupaba el matrimonio de Magdalena con Jesús, que también descendía de reyes.  Jesús, proveniente de la Casa de David se unía con la Casa de Benjamín, y así se unía las dos líneas de sangre. 

De modo que la leyenda sobre la sangre real (Santo Grial), el cáliz que contenía la sangre de Cristo, es ni más ni menos que María Magdalena, el vientre femenino que perpetuaba la sangre real de Cristo.  ¿Cómo? Jesús no estaba sólo casado, sino que era padre.  María Magdalena era el vientre que perpetuaba el linaje.  Santo Grial = Sangre real de Cristo, una historia gritada a los cuatro vientos en todo tipo de matáforas y en todos los idiomas posibles”

(Pgs.  302-312). 

El objeto de este mi trabajo

Yo no soy historiador ni investigador de las cuestiones que Dan Brown plantea en su novela.  Asunto, por cierto, muy secundario este de la novela, si lo comparamos con lo que con ella se quiere transmitir.  Se trata de difundir determinadas tesis, que el autor presenta revestidas de carácter científico (su pensamiento corre por las palabras de Landong y Teabing, como si fueran infalibles). 

Pero, desde el comienzo aflora en el lector una sospecha irremediable: ¿Se trata de verdades históricas o de verdades que proyectan los deseos de Dan Brown?

Las cuestiones, que yo presento sintéticamente, son simples, pero de enorme importancia, precisamente para el lector del mundo occidental.  Se quiera o no, el cristianismo es cuna y cauce a la vez, de esa gran cultura, aposentada por siglos en los ámbitos más importantes del saber y quehacer humano (Arte, Literatura, Historia, Derecho, Filosofía, Política, Religión...) y, por lo mismo, sedimentada secretamente en la conciencia del individuo y de la sociedad, como fundamento, sentido y justificación de su vivir.  Dan Brown, con contundencia subjetiva inapelable, remueve esos cimientos, los cuestiona y los descarta como espúreos y fraudulentos.  Dos mil años de historia son para él una cuestión irrelevante, por los que generaciones enteras de cristianos, de pensadores e investigadores habrían pasado inadvertidamente o se habrían vuelto cómplices de semejante fraude.  Le queda a uno por saber si el autor se llega a creer, de verdad, lo que escribe o lo hace a sabiendas de lanzar al vacío cuestiones que producen vértigo. 

Sería tarea ímproba ponerse a confrontar el enfoque y contenido ideológico de la novela.  Yo pienso que Dan Brown, poseído por el deseo de que las cosas sean como él imagina, acaba generando un pensamiento reflejo de dicho deseo.  Y no le faltan razones para ello.  Porque en cantidad de cosas que afirma, son innegables muchas verdades, muy justas, muy dignas de ser denunciadas y apoyadas.  Son verdades que hoy el mundo moderno hace suyas y las persigue con ahínco y, por supuesto, en contra de instancias, factores e intereses pseudoreligiosos. 

Pero estas verdades no tienen causas tan simples como las que aduce Brown, aparecen y se desarrollan dentro de una trama histórica compleja, sometida a las vicisitudes de cada época, con protagonismos e intereses de muy diversa clase y con consecuencias de uno y otro signo para la sociedad y la humanidad.  El problema está en que Dan Brown se pasa por alto esa complejidad y establece sin escrúpulos sus tesis, sin preocuparle para nada los argumentos en contra.

Quiero decir que Dan Brown no puede menos de sospechar que sus ciudadanos de hoy son tan listos como él por lo menos: leen, poseen títulos y cultura, afán de pensamiento propio y sabiduría, consultan bibliotecas; y no son tan cándidos como para tragarse las enormidades pseudohistóricas que él dice.  Las cosas ocurren en cada tiempo, con su pasado y presente, con múltiples interrelaciones y requieren, para su comprensión, relacionarlas, verlas en sus causas y efectos e identificarlas en cuanto a las posibles causas y responsabilidades.  Esta labor de análisis y contraste, de valoración, está

ausente en la novela del Código da Vinci y, por sus declaraciones, el autor llega a creerse que su obra es poco menos que un parto “excepcional”, que a muchos deja patidifusos.  Para estos casos, no hay método más verificador que el del que se acerca a los hechos con rigor histórico y honestidad.

Yo voy a referirme, simplemente, al hecho central de la novela, del que dependen casi todos los demás.  Lo cual significa que si en el punto central Dan Brown yerra, yerra en los derivados de él.  Si el punto central no tiene veracidad histórica, dejan de tenerla los otros.  Mostrada la infundamentación de la causa, quedan infundamentados los efectos.



El punto central del secreto del Código da Vinci

Las casi 500 páginas del Código da Vinci, diluyen demasiado su contenido esencial.  A mí me gusta perseguir ese contenido esencial y ofrecerlo nítido a los lectores.  Ya he hecho un resumen, con citas literales, de lo que sería el centro generador de toda la obra.  Ahora lo resumo todavía más. 

-         Se trata de un secreto importante, tan importante que, de haber sido revelado, habría amenazado con devastar los mismos cimientos del cristianismo.  Ese secreto consiste en que, partiendo de la Biblia, nos han hecho creer una verdad absolutamente falsa: la divinidad de Jesús. 

-         En los primeros siglos del cristianismo el secreto no existía, pues era público y normal admitir que Jesús era un hombre mortal, extraordinario y ornado con poderes especiales, no célibe y casado con María Magdalena.  No más.  Ni una palabra sobre la resurrección de Jesús, hecho que convulsionó la vida de los discípulos..  Los documentos “primeros”, los “auténticos”, nos hablan de la dimensión profundamente humana de Jesús, de su admiración por la mujer y de sus propósitos de que fuera Magdalena quien dirigiera su Iglesia.



-         Contra esta realidad primera, aparece y se impone en la Iglesia un pensamiento patriarcal machista, que descarta la presencia de la divinidad femenina, del culto a lo sagrado femenino y que, progresivamente, devalúa y margina a la mujer.  Durante este proceso, ya en el siglo IV, y por obra del emperador pagano Constantino, se da la genial jugada de proponer y decidir por votación en el concilio de Nicea, la divinidad de Jesús, base y legitimación para un poder absoluto dentro de la Iglesia. 

-         En concreto, el fresco de la Ultima Cena de Leonardo da Vinci proclama, en clave oculta y simbólica, estas verdades.  El santo Cáliz es una persona, Magdalena, que quiere testimoniar la permanencia de esa verdad, convertida desde entonces en secreto, muy peligroso para la Iglesia católica. 

-         El contenido del secreto, novelado a través de una trama fantasiosa, no pertenece a la trama sino a la realidad misma, es presentado por el autor como histórico y con argumentos.  Las pruebas serían: la Biblia, que hoy conocemos, no recoge los primeros documentos, los más próximos a la realidad histórica de Jesús, sino que está elaborada desde una perspectiva patriarcal y política con otros documentos posteriores, hábilmente seleccionados en contra de la mujer, del culto a lo sagrado femenino, de la diosa femenina y del matrimonio de Jesús con María Magdalena siendo, por lo mismo, falsa.



La Cristiandad vive envuelta desde entonces en el engaño y la mentira: al ser la mujer una amenaza para el poder ascendente de una iglesia masculina, ésta la atacó en su raíz, deshumanizando a Jesús y convirtiéndolo en Dios.  La causa de la postergación permanente y cruel de la mujer no es Jesús sino la Iglesia.  La Iglesia ha secuestrado a sus seguidores la verdadera naturaleza de Jesús de Nazaret, elevándolo a la categoría de Dios y sustrayéndole su condición de hombre, casado y casado precisamente con María Magdalena. 

Este engaño se hizo realidad y se propagó con tanta fuerza y violencia, que no tuvo más remedio que pasar a la clandestinidad y convertirse en secreto. 

El Código da Vinci no cumple la reglas de una investigación histórica

Tres serían, a mi modo de ver, los temas que Dan Brown pretende revelar a sus lectores, haciéndoles partícipes del secreto más importante de los siglos:



1.  La Divinidad de Jesús es un invento político, sin ningún fundamento en el cristianismo primitivo.

2.  El cristianismo no tiene ninguna originalidad, pues no ha hecho sino copiar y trasponer a sus ritos y doctrinas las verdades de las religiones paganas precristianas.  La religión cristiana no es sino una religión híbrida, utilizada como arma por el emperador Constantino para contentar a todos y unificar el imperio. 

3.  Jesús, judío, era un hombre singular y extraordinario, un líder religioso excepcional, pero hombre sin más, ajustado a la cultura hebrea.  Estaba casado, no podía ser de otro modo, y lo estaba con María Magdalena. 

Se entiende fácilmente que yo no entre a dialogar sobre todas las cuestiones que suscita la novela de Brown.  Pero, en servicio a la verdad, no me resisto a hacer unas observaciones sobre el tema 1 y 2.

-         La Divinidad de Jesús tuvo un origen, un desarrollo, un escenario y unos protagonistas tan distintos a los descritos por Dan Brown, que denotaría ingenuidad reprobable pretender dialogar con lo que dice la novela.  No hay condiciones para un acuerdo y conclusiones posibles.  El rigor histórico, del que presume Brown, está ausente y lo ventila guasonamente como cuando, con futilidad párvula, escribe: “Por motivos meramente políticos, la divinidad de Jesús se propuso y se decidió por votación en un concilio convocado por un emperador pagano”.  Entiendo que a Dan Brown le pueda resultar inadmisible e incomprensible la divinidad de Jesús, pero eso no le excusa de proseguir su estudio sin desprestigiar su labor de investigador.  ¿Cómo se va a dialogar sobre un tema -clave en toda la cultura cristiana de Occidente- cuando el autor lo liquida como si se tratara de un invento ocasional de puro oportunismo político?



No es que uno no quiera, es que el carácter mismo de la obra le impide intentarlo por no reunir las condiciones que un estudio histórico, metodológicamente riguroso, exige. 

-         Más grave que lo anterior es el capítulo, por Dan tan socorrido, de las fuentes o documentos.  La unilateralidad es tan manifiesta que le desprovee de toda objetividad.  Habría que establecer el origen, el tiempo, las relaciones y dependencias, las similitudes y diferencias, es decir, el contenido preciso de cada uno de los documento, y fijar así su peculiar valor.



Cito, como un ejemplo no más, “El Evangelio de Felipe”, uno de los manuscritos de Nag Hammadi, descubiertos en el 1945 y que el autor aporta como prueba contundente de que María Magdalena estaba casada con Jesús.  Este Evangelio dice: “La compañera del Salvador es María Magdalena.  El Salvador la amaba más que a todos los discípulos y la besaba a menudo en la boca.  Los demás discípulos se sintieron ofendidos y se quejaron”. 

Este texto, conservado sólo en un manuscrito copto y compuesto originariamente en griego, lo da como anterior a los cuatro Evangelios, como más original y seguro.

Los investigadores actuales afirman que este Evangelio es una colección de extractos, de obras diversas, con elementos del sistema de la gnosis.  El Evangelio de Felipe tiene un determinado contenido; habla de los gentiles, hebreos y cristianos; de las parábolas de cada día; de los diversos nombres dados a Jesús; sobre los sacrificios; sobre la concepción virginal de María; de María Magdalena; sobre la muerte y resurrección, sobre el bautismo y la unción, etc. 

Todo esto, analizado pormenorizadamente, hace concluir a Hans- Joseph Klauch: “El uso que el Evangelio de Felipe hace de los escritos del Nuevo Testamento, incluidos el evangelio de Juan y las cartas de Pablo, es tan obvio que resulta imposible mantener la hipótesis de una tradición independiente y nadie intenta datarlo antes de principios del siglo II.  El Evangelio de Felipe no es un testigo independiente de la tradición en torno a Jesús” (Los evangelios apócrifos, ST, 2006, pg.  197).  “Desde el punto de vista de los contenidos, el Evangelio de Felipe, no tiene mucho que ver con lo que solemos entender por “evangelio”.  Sólo un pequeño grupo de palabras de Jesús son presentadas en discurso directo.  Casi no hay dichos dirigidos a los discípulos o diálogos en forma de preguntas y respuestas.  En cambio, tenemos dichos breves (la mayoría de los cuales son enigmáticos) y pequeños tratados teológicos que adoptan una forma cada vez más independiente hacia el final del escrito” (Idem, Pg.  183).  “Los evangelios canónicos, que tenían una forma escrita, se transmitieron también de una forma oral, quedando expuestos a una reformulación libre, armonizadora de versiones diferentes y con influencia en la composición de los textos apócrifos”

(Idem, pg 16). 

Quiere esto decir que cualquiera que trate de abordar cuestiones del Jesús histórico, sabe que tiene que utilizar, situar y comparar muy diversos textos, papiros, documentos y escritos.

Bajo el título “Los evangelios apócrifos”, el profesor Hans-Joseph Klauchk, nos ofrece en un libro de 342 páginas una amplia lista sobre las tradiciones de Jesús, clasificada bajo 12 apartados:



1.      Agrafa - Dichos dispersos de Jesús –. 

2.      Fragmentos o papiros sacados a luz desde el siglo XIX.



3.      Evangelios judeo-cristianos.

4.      Dos Evangelio de los Egipcios (Uno de ellos el texto copto de Nag Hammadi).

5.      Evangelios de la infancia. 



6.      Evangelios sobre la muerte y resurrección de Jesús.

7.      Evangelios de Nag Hammadi.

8.      Diálogos con Jesús resucitado.



9.      Diálogos con Jesús “no localizados”.

10.  Leyendas sobre la muerte de María.

11.   Evangelios perdidos

12.   Un anti-evangelio: Toledot Jeshsu. 

Todos estos escritos (más de 70) son, ciertamente, dispares y fascinantes, pero necesitamos de estudiosos o especialistas como Hans-Joseph Klauch que nos permitan un acceso correcto a los textos para poder hacernos un juicio crítico independiente.

Por otra parte, es preciso tener en cuenta lo que, estudiosos renombrados como John P.  Meier, dicen: “Los cuatro Evangelios canónicos son al final los únicos documentos extensos que contienen bloques de material suficientemente importantes para una búsqueda del Jesús histórico.  El resto del NT ofrece

únicamente pequeños fragmentos la mayor parte de las veces en el corpus paulino...  Así, pues, para todos los efectos prácticos, nuestras fuentes tempranas e independientes de conocimientos sobre Jesús se reducen a los cuatro evangelios, unos pocos datos diseminados en otras partes del NT y Josefo...  A diferencia de algunos eruditos, no creo que el material rabínico, los agrafa, los evangelios apócrifos y los códices del Nag Hammadi, (en particular el Evangelio de Tomás) nos ofrezcan información nueva y fiable ni dichos auténticos independientes del NT.  Lo que vemos en estos documentos posteriores son más bien reacciones contra el NT o reelaboraciones del mismo, debidas a rabinos metidos en polémicas, a cristianos imaginativos que reflejan la piedad popular y las leyendas, y a cristianos gnósticos que desarrollan un sistema especulativo místico” (Un judío marginal: nueva visión del Jesús histórico, Tomo I, pg.  159, EVD, 2004).



Comparando estos documentos con los peces cogidos en red, no tenemos más remedio que seleccionar los buenos de la tradición primitiva para echarlos en la cesta de la investigación histórica seria, mientras que los malos peces de la mezcla y de la invención posterior hay que devolverlos al tenebroso mar de las mentes sin sentido crítico” (Idem, pg.  159). 

Los cuatro Evangelios y algunos elementos exiguos diseminados son las fuentes más fiables para nuestra información sobre Jesús.  Dan Brown en su novela de “El Código da Vinci”

pretende divulgar otros caminos de acceso al Jesús histórico.  Deseo loable, pero no siempre crítico: “Deseo que, a mi juicio, ha llevado recientemente a atribuir, en algunos ambientes, un alto valor a los apócrifos y a los códices de Nag Hammadi como fuentes para la investigación.  Se trata de unos de esos casos en que el deseo es padre del pensamiento, pero un deseo que no pasa de simple ilusión.  Por suerte o por desgracia, en nuestra búsqueda del Jesús histórico, no podemos ir mucho más allá de los evangelios canónicos” (Idem, pg.  160).



El secreto central : ¿fue Jesús célibe y estuvo casado con María Magdalena?

1.      Sobre la Familia de Jesús

Jesús, como cualquier otro judío de su época, estaba integrado en una familia, que le confería identidad y reconocimiento social.  En Nazaret, con una población de unos 1.600 habitantes, Jesús había alargado sus lazos familiares. 

Todo el mundo lo conocía como hijo de María y de José, ejerciendo con toda probabilidad el oficio de su padre.  A José no se le menciona para nada desde el momento en que Jesús comienza su vida pública.  La razón más plausible es que José ya no vivía cuando Jesús comenzó su ministerio público, más o menos entre los 30-35 años.  María, por el contrario, sí

que aparece y suponiendo que comenzó a ser madre a la edad de 14 años, y que había traído al mundo otros seis hijos por lo menos, tendría unos 48-50 años en el momento de la crucifixión de su hijo.

¿Los hermanos y hermanas de Jesús eran tales, eran hijos de un matrimonio anterior de José (hermanastros) ligados a Jesús por el vínculo legal del segundo matrimonio de José, o eran primos?



Que los hermanos y hermanas de Jesús fueran primos u otra clase de parientes lejanos es todavía la doctrina habitual de la Iglesia católica romana, aun cuando hace algún tiempo teólogos y exégetas católicos afirman que se trata de hermanos reales.  Meier, gran investigador del Jesús histórico, no duda en afirmar que “la búsqueda de los parientes históricos de Jesús se acerca a lo imposible”

(Pg.  328) ...No obstante, “un juicio sobre el NT y los textos patrísticos como fuentes históricas nos llevan a la opinión más probable de que los hermanos y hermanas de Jesús lo eran verdaderamente” (Pg.  340).

2.  ¿Jesús era célibe?



Nadie se extrañará de que, a estas alturas, podamos los cristianos preguntarnos con naturalidad si Jesús estaba casado.  Nos encontramos con que, en la tradición cristiana, se admite como buena la condición del estado de casado, pero se admite igualmente como superior el celibato al matrimonio.  En ese contexto y desde la perspectiva de la fe cristiana, se mantiene la creencia casi universal de que Jesús permaneció célibe. 

Pero, aquí utilizamos ahora los argumentos de historiadores modernos.  Desde las fuentes históricas, ¿es posible determinar si Jesús estaba o no casado?

Conviene no confundir en este punto determinadas ideas negativas sobre la sexualidad sostenidas en la Iglesia católica con el análisis de la historia.  Una cosa es la cuestión histórica del estado civil de Jesús y otra las preocupaciones contemporáneas.  Hay autores que argumentan a favor de matrimonio de Jesús con el siguiente argumento: el judaísmo del tiempo de Jesús tenía una posición muy positiva sobre el sexo y matrimonio; el matrimonio era la norma; por lo tanto, el celibato era inconcebible, luego Jesús estuvo casado.  Así razona también el Código da Vinci. 

Tratándose de la cuestión decisiva que origina y abarca toda la trama del secreto del Código da Vinci, bien vale la pena exponer los argumentos, si los hay, a favor del celibato de Jesús.

Los argumentos serían los siguientes:

1.      Los evangelios no hablan para nada de la mujer e hijos de Jesús durante su vida pública.  Sí que hablan de su padre, madre, hermanos y hermanas durante su vida privada, pero tampoco en todo ese tiempo se dice nada de su mujer o hijos.  Este silencio, en uno y otro momentos, parece indicarnos que no existían.



2.      Jesús vivía inmerso en el judaísmo del siglo I.  Dentro de él, había diversas corrientes ideológicas respecto al sexo y matrimonio.  Una era la del judaísmo farisaico y otra la de otros grupos como los esotéricos, proféticos, místicos, etc.  Es seguro que algunos o muchos de los esenios eran célibes. 

También se da como seguro que otros grupos –los terapeutas, establecidos en Egipto-, esenios también o de otro movimiento judío similar, practicaban la abstinencia, encontrándose dentro de él también mujeres.  Qumrán, el monasterio del Mar Muerto, expresión concreta del movimiento esenio, albergaba miembros que practicaban el celibato.  Este hecho está acreditado por el testimonio de Josefo y Filón, dos judíos del siglo I. 

3.      Fueron célibes también figuras bíblicas como las del profeta Jeremías del AT, Elías, Juan Bautista, etc.

4.      Se puede constatar también, dentro del mundo grecorromano del siglo I después de Cristo, la existencia de un celibato vocacional en destacados hombres de la filosofía: : Epitecto, Apolonio, etc.



Es lógico, por tanto, concluir que el celibato no estaba ausente en el judaísmo del siglo I .  El erudito judío Geza Vermes no tiene dificultad en ver a Jesús como célibe y explicar este estado poco habitual por su llamada profética y la recepción del Espíritu (Cfr.  Jesus the Jew, 99-102). 



J.P.  Meier, después de hacer un análisis largo desde los contextos del celibato de Jesús en el judaísmo, concluye: “En suma, no podemos tener una absoluta certeza sobre si Jesús estaba o no casado.  Pero los varios contextos, tanto próximos como remotos, en el NT lo mismo que en el judaísmo, señalan como hipótesis más verosímil la de que Jesús permaneció célibe por motivos religiosos.  Digamos que Jesús probablemente interpretó su celibato como necesidad impuesta por su misión profética, totalmente absorbente, orientada a Israel para hacer del dividido y pecador pueblo de Dios un todo purificado en preparación para la llegada final de Dios como rey .  Es, por tanto, posible que Jesús -quizás con tono irónico- se cuente a sí

mismo entre quienes “se hacen eunucos por el reino de Dios” El total silencio sobre una mujer y unos hijos de Jesús en contextos donde son mencionados varios familiares suyos bien puede indicar que nunca estuvo casado” (Idem, pp.  353-354). 

3

¿Estuvo Jesús casado con María Magdalena?

Si hacemos caso a las investigaciones anteriores, queda la hipótesis más probable de que Jesús no estuvo casado con Maria Magdalena.

Magdalena, oriunda de Magdala, una pequeña ciudad de Galilea, pertenecía al círculo de los discípulos de Jesús, pues en ella se dan de hecho, aunque apenas se le nombre como tal, las características del discípulo.  No sólo eso, sino que era reconocida como ocupando un puesto preeminente: ella figura siempre a la cabeza de las demás mujeres y es reconocida como la principal en seguir, acompañar y ayudar a Jesús.  Según los especialistas, Magdalena estaba soltera y entre ella y Jesús había una gran amistad, debido seguramente a que Jesús la curó de una grave enfermedad, lo que propició una especial cercanía y afecto entre ambos.



Esta especial amistad dio lugar a que entre las diversas comunidades primitivas existentes, unas se decantasen por su liderazgo, y otras por el de Pedro, haciendo valer la preferencia que sobre ella mostraba el Señor.  Naturalmente que unos y otros iban a interpretar esa amistad con matices y acentos distintos; unos tratarían de reivindicarla para asegurar el protagonismo de la mujer en la Iglesia, con responsabilidades y servicios equiparables a los de los discípulos varones y otros tratarían de rebajarla, influidos probablemente por ideas que atribuían a la mujer una condición de indignidad e inferioridad.  En esto, Jesús demostró actuar con libertad e innovación, favoreciendo un cambio radical, de igualdad, que afectaría de diversa manera a los grupos que se iban formando.  Tema éste apasionante, que puede ilustrar la evolución del papel que la mujer ha tenido o debiera haber tenido en el desarrollo posterior de la Iglesia. 

Carmen Bernabé, teóloga y doctora bíblica, en su libro “María Magdalena, tradiciones en el cristianismo primitivo”, demuestra que las características que los textos extracanónicos atribuyen a María están basadas en los evangelios, sobre todo en el de Juan, que la presentan como discípula, receptora y transmisora de una revelación especial y concluye su estudio con esta valoración: “ Parece que María Magdalena tiene un papel importante en la interpretación del destino de Jesús a La que iban a llegar los primeros discípulos, así como en la decisión de la conveniencia de iniciar la misión, con la que se debió

enfrentar muy pronto aquella comunidad.  María Magdalena era, sin duda, la figura más importante, del grupo de discípulas, así como Pedro fue de los varones.  María Magdalena fue una figura muy cercana a Jesús, con una relación especial, en cuanto se adivina más intensa que la que tienen las otras mujeres discípulos.  No se está defendiendo aquí, como a veces se ha hecho, una relación matrimonial entre ella y Jesús, algo que no es posible demostrar basándose en los textos; sino una relación de amistad cercana y preferente” (EVD, p.  265, 1994).



No dejan de ser sugerentes las investigaciones últimas acerca de la identidad y significado de la expresión del cuarto evangelio “uno de sus discípulos, aquel al que amaba Jesús” (Jn 12,23).  “El discípulo al que amaba Jesús” aparece otras veces en Jn 19,25-27; Jn 21,7; Jn 21, 20.  ¿Estas palabras son una adición redaccional? ¿Se trata de una construcción puramente literaria?

Hay autores que hacen luz sobre este punto, argumentando de esta manera: Al pie de la cruz o, más bien, un poco lejos mirando, sólo podían encontrarse mujeres, sin saber a ciencia cierta si eran cuatro o dos.  De ser dos, serían María la madre de Jesús y Maryam Magdalena.  “En esta escena no es la madre el centro, sino la discípula de Magdala, a la que se quiere ensalzar y con ella la tradición de la propia comunidad, precisamente con la entrega que Jesús le hace de su propia madre.  En ningún caso y en ningún estado de la redacción se menciona a ningún otro hombre fuera de Jesús” (Juan Manuel Lozano, Un retrato de Jesús, Nueva Utopía, pg.  143, 2006).



Leyendo ahora el texto “Jesús viendo a su madre y al discípulo que amaba” los autores lo interpretan como la entrega que Jesús hace de su madre a Magdalena.  Ella la recibió en su familia.  “Los cristianos de entonces, escribe Lozano, familiarizados con la literatura y modo de hablar de las iglesias, entendían perfectamente que el discípulo (ho mathetes) al que Jesús había amado particularmente, era Maryam Magdalena, a quien Jesús dejó confiada su propia madre.  No, ciertamente, a ningún hombre que no ha aparecido hasta ahora.  Más cerca de Jesús, no se podía colocar al discípulo que Jesús amaba...Con esta entrega por Jesús de su madre el cuarto evangelio pretendió presentarse como el libro de una comunidad, cuya tradición venía nada menos que de Maryam Mgadalena. 

Maryam es su heroína, como Pedro acaba siéndolo del Evangelio de Mateo.  El cuarto Evangelio realiza la tarea de glorificar a su héroe, aquí heroína, colocando a Maryam al pie e la cruz y haciendo que Jesús le confíe su madre” (Idem, Pgs.  156-159).



A modo de conclusión

Los breves apuntes desarrollados nos llevan a concluir que las afirmaciones del Código da Vinci, que constituyen el secreto central, no parten de una investigación histórica seria y quedan, por lo mismo, relegadas al mundo de la ilusión.

El secreto, que abarca la novela entera, que sustenta la teoría de que el Santo Grial es Maria Magdalena, que se transmite a través de la dinastía merovingia y lo conserva seguro el Priorato de Sión mediante la creación de los Templarios su brazo armado, que señala a la Iglesia católica como exterminadora del culto a la diosa femenina y de la degradación y marginación de la mujer, que explica el invento político de la Divinidad de Jesús y el alza inconmensurable del poder patriarcal y machista en la Iglesia, que ha creado el engaño bimilenario del cristianismo, se convierte en fantasía, en pura ilusión de quien intenta pasarlo como verdad a través de una novela. 

Todo depende, para la consistencia del secreto, en que Jesús de Nazaret estaba casado y estaba casado con María Magdalena.  La Iglesia católica no admitió esta verdad “natural, obvia, pública y rigurosamente histórica”, tuvo poder para desterrarla y entonces para no desaparecer, esta verdad comienza a conservarse en secreto, el SECRETO más importante y mejor guardado de todos los tiempos.  Y eso, es lo que, al parecer con argumentos irrefutables, pretende finalmente mostrar y anunciar Dan Brown a la engañada y manipulada humanidad: Jesús estaba casado y lo estaba con María Magdalena.



La trama, el contenido y las consecuencias del Código da Vinci se vienen abajo con la facilidad de un sueño.  Dan Brwn nos ha ofrecido un sueño, un sueño con pretensiones de realidad, pero por suerte la realidad siempre es más fuerte que la ilusión. 

Epílogo pascual

Quiero acabar con un dato, nada fortuito, que la novela de Brown silencia absolutamente: la resurrección de Jesús.  Tal dato, clave en la persona, en la vida de Jesús y en la historia del cristianismo, no lo es en la novela de Brown.  Tan baladí

e irrisorio le debe parecer que ni lo menciona ni una sola vez.  Este dato no es parte del secreto, ni antes ni después.  Como si no existiera.

Algo querrá decir la resurrección de Jesús, quizás demasiado, si se trata de perfilar la identidad del cristianismo.  Arrancarle esa verdad, es arrancarle lo más específico suyo. 

Con razón, el teólogo José I.  González Faus encuentra aquí una de las novedades más fuertes del cristianismo: “Nunca, en ningún lugar, de nadie se dijo, como de Jesús, que había resucitado”. 

“La historia de la resurrección del crucificado entre los muertos, escribe Joachim Gnilka, biblista de fama internacional, no pertenece ya a la historia terrena de Jesús de Nazaret.  No obstante, esa historia es su meta.  Hacia ella confluye todo.  Y únicamente a partir de ella se entenderá plenamente la persona y la actividad de Jesús… Lo único que sabemos es que los discípulos, reunidos después de lo ocurrido con el crucificado, comenzaron de repente a proclamar: Dios ha resucitado a Jesús de entre los muertos. 

Testimoniaban que Jesús crucificado se había mostrado vivo ante ellos...Desde el principio la comunidad estaba convencida de que el Jesús terreno y crucificado es el mismo que el Cristo resucitado y glorificado.  Y quiso y sigue queriendo llevar en la fe a los hombres hasta aquel que vive y actúa en ellos” (Jesús de Nazaret, Mensaje e Historia, Herder, 1993, pp.  389-391).

- Benjamín Forcano es teólogo.



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