ALAI, América Latina en Movimiento
2006-07-28
Las ilusiones del Código da Vinci
Benjamín Forcano
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¿Es posible un
acuerdo razonable de quién fue Jesús de Nazaret?
El Código
da Vinci ha suscitado un gran interés en multitud de gentes y
una gran preocupación en instituciones religiosas,
especialmente en la Iglesia católica. Yo soy bastante
alérgico a implicarme en fenómenos de masas y, en un
principio, opté por no prestarle mayor atención.
Pero eran tantos los comentarios, tan entusiastas y tan opuestos, y
ponían tan en el tapete cuestiones que apenas habían
llegado al gran público que, al final, decidí
interesarme. Comencé por ver la película, casi me
dormí en la primera media hora, me resultaba confusa y tardé
en hacerme con el hilo de la misma. Luego, he leído el
libro y me ha situado más en la trama y el contenido.
La seducción del
Código la veo yo por dos partes: El autor Dan Brown es
evidente que conecta maravillosamente con la causa de la feminidad y
del feminismo, tan reclamada hoy con todo derecho; y configura en el
otro polo al agente que más ha negativizado esa causa: la
Iglesia católica. Son dos polos que sustentan la trama
entera de la novela. Serán ciertos o no los antagonismos
descritos por el autor entre esos dos polos, pero no hay duda de que
conquistan el corazón moderno: no más antifeminismo, ni
más autoritarismo eclesiástico, patriarcal y machista.
Ya sólo
por esto, el mérito de Dan Brown es notable: alienta la
paridad e integración de los dos sexos, impulsa a acabar con
la herencia acumulada de exclusión, humillación y
anatematización de la mujer. Y, en ello, la Iglesia
católica ha tenido sin ninguna duda una enorme
responsabilidad. Confieso, pues, con naturalidad que me
alinearé con Dan Brown en todo lo que sea dignificación
y liberación de la mujer y eliminación de todo yugo
antifeminista católico.
Con la misma
naturalidad confieso haberme acercado al libro para hacer un estudio
lo más objetivo posible, huyendo de posiciones previas.
Yo soy católico y, como es natural, se pensará que voy
a defender ideas, dogmas o intereses católicos. Quien
así piense, está en su derecho. Pero, espero que
al final pueda concluir que esa mi condición no me ha privado
de proceder con rigor y honestidad. Debiera ser posible hacer,
sobre las cuestiones suscitadas por Dan Brown, un estudio por
personas de distinta fe o de ninguna, que pudieran llegar a un
acuerdo razonable. “¿Podrían, escribe Jonh
P. Meier, un católico, un protestante, un judío y
un agnóstico - todos ellos historiadores serios y conocedores
de los movimientos religiosos del siglo I- ponerse de acuerdo, sobre
fuentes y argumentos puramente históricos, en quién fue
Jesús de Nazaret?” (Un judío marginal, nueva
visión del Jesús histórico, I, EVD,
2004, p. 29). Un documento así concordado, sería
de visión estrecha seguramente, pero verificado por los medios
de la investigación moderna, nos daría un consenso
sobre lo que “toda la gente razonable” puede decir.
Mucha gente
brillante ha escrito sobre Jesús de Nazaret y con respuestas
contradictorias. Sin embargo, yo, a pesar de todo, necesito
obtener respuestas sobre cuestiones que atañen a Jesús
de Nazaret. Este personaje ha influido como pocos en la
civilización occidental y es difícil que un cristiano
culto renuncie a saber sobre El con todo lo que ha representado para
este mundo religioso y cultural.
Nadie, que escriba sobre
Jesús de Nazaret, puede hacerlo dejando a un lado su
subjetividad. ¿Significa esto que es imposible la
objetividad? La objetividad es, por lo menos, una meta, que hay que
intentar a base de conocer bien las fuentes, disponer de criterios
para formular juicios históricos, aprender de otros y admitir
la crítica. Hay quien reivindicará un Jesús
distinto según sea protestante, católico o judío.
Todos se aferrarán a su visión. Hará lo
mismo el que pretenda echar abajo el error llamado cristianismo, que
surgiría posteriormente en contra de Jesús de Nazaret,
pues el Jesucristo que proclama la Iglesia nada tendría que
ver con el Jesús crucificado.
Voy a
intentar, desde un contexto católico, lo que se puede mostrar
como cierto o probable por investigación histórica y
argumentación teológica y esto respecto a un punto
determinante en toda la obra de Dan Brwn.
El
secreto del Código da Vinci
Silas,
miembro del Opus Dei, que en la obra representa a la Iglesia
Católica, dijo a Jacques Saunier apuntándole con una
pistola: “Dígame dónde está el
secreto. Vd tiene algo que no le pertenece. Dígame
donde lo ocultan y no le mataré” (El Código
da Vinci, Urano, Barcelona, 2004, Pg.14). En efecto, Saunier
“era el único eslabón vivo, el único
custodio de uno de los mayores secretos jamás guardados”
(Pg 16).
“El
secreto estaba relacionado con el culto que las religiones paganas
rendían a la divinidad femenina y, en consecuencia, a lo
sagrado femenino. Saunier se identificaba mucho con Leonardo da
Vinci, homosexual, adorador del orden divino de la naturaleza,
ferviente devoto de los cultos a la diosa femenina y preocupado por
lo que la Iglesia hacía de lo sagrado femenino en la religión
moderna” y, por eso, “ un tipo que entraba en conflicto
permanente con la Iglesia” (Pg. 65). Saunier,
conocedor de la historia, estaba convencido de que “nadie ha
hecho más por erradicar esa historia de la diosa que la
Iglesia católica” (Pg. 65).
Saunier
compartía con da Vinci el que ambos habrían sido
Grandes Maestres de una sociedad secreta (el Priorato de Sión),
unidos en su fascinación por la iconografía de la
diosa, el paganismo, las deidades femeninas, el culto a las mismas,
el desprecio por la Iglesia y su condición de ser los
guardianes de un antiguo secreto” (Pg. 144).
Leonardo era “un gran defensor de los principios femeninos,
estaba en sintonía con el equilibrio entre lo masculino y lo
femenino, de modo que creía que el alma humana no puede
iluminarse a menos que incorpore los dos elementos: el masculino y
femenino” (Pg. 152). “El nombre de la Mona
Lisa es un anagrama de la divina unión de lo masculino y lo
femenino, y ese sería el secretillo de Leonardo” (Pg.
154).
Saunier y
Leonardo, pues, serían miembros de la tradición viva de
la sociedad secreta del Priorato, el cual mantiene la creencia de que
“durante los albores de la Iglesia, sus representantes más
poderosos “engañaron” al mundo, no le dijeron la
verdad, y propagaron mentiras que devaluaron lo femenino y decantaron
la balanza a favor de lo masculino. Constantino y sus
seguidores masculinos lograron con éxito que el mundo pasara
del paganismo matriarcal al cristianismo patriarcal lanzando una
campaña de propaganda que demonizaba lo sagrado femenino y
erradicaba definitivamente a la diosa de la religión moderna.”
(Pg. 158).
Dan Brown
utiliza, en este y otros momentos, muy hábilmente por cierto,
la voz científica de Langdon, a quien considera como
uno de “los mejores simbologistas del mundo y que ha dedicado
su vida al estudio de la interconexión oculta de emblemas e
ideologías” (Pg. 28). Langdon lanza sobre la
mente de Sophie, nieta de Saunier, que “La lacra del
cristianismo siempre había sido la mentira, nadie podía
obviar su historia de falsedades y violencia. Su brutal cruzada
para “reeducar” a los paganos y a las prácticas
del culto a lo femenino se extendió a lo largo de tres siglos,
y empleó métodos tan eficaces como horribles...Durante
trescientos años de caza de brujas, la Iglesia quemó en
la hoguera nada menos que a cinco millones de mujeres” (Pg.
158). “Las mujeres, en otros tiempos consideradas la
mitad esencial de la iluminación espiritual, estaban ausentes
de los templos del mundo... El ego masculino llevaba dos
milenios campando a sus anchas sin ningún contrapeso
femenino. Los días de la diosa habían terminado
(Pg. 159).
La sociedad
del Priorato fue fundada en el año 1099 por el rey Godofredo
de Bouillon, “quien, supuestamente, tenía en su
poder un importante secreto que había estado en conocimiento
de su familia desde los tiempos de Jesús. Al Priorato le
encargo la misión de que transmitiera ese secreto de
generación en generación”.
En este
punto, Dan Brown construye este silogismo : el Priorato tuvo
conocimiento (sin más) de que los documentos, que
contenían el secreto de Godofredo, estaban enterrados en la
ruinas del templo de Salomón, así lo creían,
“y eran de naturaleza tan explosiva que la Iglesia no pararía
hasta hacerse con ellos” (Pg. 200). “El
Priorato tenía que recuperarlos, protegerlos y, a tal fin,
creó la Orden de los Caballeros Templarios, su brazo
armado”(Pg. 200).
Langdon explica a Sophie
que al final esos caballeros encontraron en Jerusalén esos
documentos y se los trajeron para Europa. Inocencio II les
concedió un poder ilimitado, se expandieron mucho . En
1307, el papa Clemente V se propuso frenar su poder y obtener el
control de sus secretos. Los declaró herejes, fueron
acusados, detenidos y quemados en la hoguera. Muchos lograron
escapar, los documentos fueron puestos a salvo, escondiéndolos
y llevándolos de una a otra parte. Hoy se conjetura que
están en algún lugar del Reino Unido.
La
verdad del secreto
No hay duda
de que, en la obra de Dan Brown, resulta de crucial importancia
precisar el contenido del secreto: “Durante mil años
–prosigue el profesor de simbología- han circulado
leyendas sobre este secreto. Toda la serie de documentos, su
poder y el secreto que revelan han pasado a conocerse con un único
nombre: el Sangreal, aunque conocido por el Santo
Grial”(Pgs. 203-204). “El Santo Grial no
es en absoluto un cáliz. La historia del Grial usa el
cáliz como metáfora de otra cosa, de algo mucho más
poderoso... El Santo Grial es probablemente el tesoro más
buscado de la historia de la humanidad. Ha suscitado leyendas,
provocado guerras y búsquedas que han durado vidas enteras”
(P. 207).
¿Qué
es, pues, el Santo Grial? Dan Brown recurre, en el momento más
alto de la búsqueda, a la sabiduría de un alto
especialista del Santo Grial, Leigh Teabing. Nadie como él
era experto en este tema.: - Mire, Sophie, Leonardo da Vinci nos dice
que “muchos han comerciado con ilusiones y falsos milagros,
engañando a la estúpida multitud”. Da Vinci
habla de la Biblia, obviamente, pero la Biblia no nos llegó
impuesta del cielo. Fue el hombre quien la creó.
Para la elaboración del Nuevo Testamento se tuvieron en cuenta
más de ochenta evangelios, pero acabaron incluyéndose
sólo Mateo, Marcos, Lucas y Juan. La Biblia, tal como se
conoce en nuestros días, fue supervisada por el emperador
romano Constantino EL Grande, que era pagano” (Pg.
287,288).
Teabing y
Langdon, sucediéndose en la toma de la palabra, exponen con
aplomo sus tesis, o mejor, Dan Brown se sirve de ellos para proclamar
al viento sus propias tesis: “El conflicto creciente entre
paganos y cristianos determinó que Constantino decidiera
unificar Roma bajo un sola religión: el cristianismo, una
especie de religión híbrida que pudiera ser aceptada
por las dos partes. Todos los elementos del ritual católico
se tomaron de ritos mistéricos de anteriores religiones
paganas. Nada en el cristianismo es original” (Pgs.
289-290).
Resultan
estas páginas de Dan Brown las más pontificales de su
obra, puestas en boca de sus dos científicos, Landong y
Teabing. Hasta ese momento de la historia “Jesús
era, para sus seguidores, un profeta mortal... un hombre grande
y poderoso, pero un hombre, un ser mortal. Considerarlo “Hijo
de Dios” se propuso y se votó en el Concilio de
Nicea, porque la divinidad de Jesucristo era fundamental para la
posterior unificación del imperio y para el establecimiento de
la nueva base del poder del Vaticano. Declarar a Jesús
Hijo de Dios era convertirlo en una entidad con un poder
incuestionable. Son muchos los estudiosos convencidos de que la
Iglesia primitiva usurpó literalmente a Jesús de sus
seguidores, secuestrando su verdadero mensaje, cubriéndolo con
el manto impenetrable de la divinidad y usándolo para expandir
su propio poder. Yo mismo he escrito varios libros sobre el
tema” (Pgs. 290-291).
“Jesús
fue sin duda un hombre grande y poderoso, ha inspirado a millones de
personas para vivir una vida mejor. Constantino no hizo sino
aprovechar esa gran influencia de Jesús, lo subió de
categoría y, en un golpe de audacia, financió la
redacción de una nueva Biblia “que omitiera los
evangelios en los que se hablaba de los rasgos “humanos”
y exagerara los que se acercaban a la divinidad. Y los
evangelios anteriores fueron prohibidos y quemados . Por suerte
algunos de los evangelios se salvaron. Los manuscritos del Mar
Muerto (1950) y de Nag Hammadi (1945) cuentan la verdadera historia
del Grial, el Vaticano hizo todo lo posible para que no se
divulgaran, pues dichos manuscritos confirmaban que la Biblia moderna
había sido compilada y editada por hombres que tenían
motivaciones políticas; proclamar la divinidad de un hombre,
Jesucristo, y usar la influencia de Jesús para fortalecer su
poder” (Pgs, 291-292).
-Landong:
“ No hay duda que la Iglesia está integrada por hombres
muy pios, que creen de buena fe que esos documentos sólo
pueden ser falsos testimonios ”(Pg. 292) .
-Teabing:
“Sí, el clero moderno está convencido de eso,
pero eso no obsta a que yo pueda decir que casi todo lo que nuestros
padres nos han enseñado sobre Jesús es falso.
Igual que las historias sobre el santo Grial, porque lo que no se
puede ignorar es que en el fresco de Leonardo da Vinci se encuentran
todas las claves para entender el misterio del Santo Grial. En
la última cena Leonardo lo aclara todo. El Santo Grial
no es una cosa. En realidad ... es una persona, una
mujer. El cáliz se parece a una copa o a un recipiente
y, lo que es más importante, a la forma del vientre femenino.
Este símbolo expresa feminidad y fertilidad. La
descripción del Santo Grial como un cáliz es una
alegoría para proteger la naturaleza del Sano Grial. El
Grial es literalmente el símbolo antiguo de la feminidad, y el
Santo Grial representa la divinidad femenina y la diosa, que por
supuesto se ha perdido, suprimida de raíz por la Iglesia.
La mujer suponía una amenaza para el ascenso de una Iglesia
predominantemente masculina. La Iglesia la demonizó
haciéndola responsable de la caída y del pecado
original. La filosofía cristiana decidió
tergiversar el poder creativo de la mujer ignorando la verdad
biológica y haciendo que el Creador fuera el hombre. El
Génesis es el principio del fin de la diosa” (293-297).
-Sophie:
Sir Teabing, ¿ Pero, no ha dicho que el Santo Grial era una
persona de carne y hueso? – “Así es, replicó
emocionado Teabing; una mujer que llevaba consigo un secreto tan
poderoso que, de haber sido revelado, habría amenazado con
devastar los mismos cimientos del cristianismo” (Pg.
298). –Sophie: ¿Y quién es esa
mujer? -Teabing: Es María Magdalena. Pero, repare
que los evangelios que des cribieran los aspectos terrenales de la
vida de Jesús debían omitirse en la Biblia y un aspecto
terrenal especial mente recurrente era María Magdalena, más
concretamente, su matrimonio con Jesús. Matrimonio que
está documentado en la historia. Resulta mucho más
lógico que Jesús fuera casado que soltero. Las
pautas sociales de aquella época prohibían a un judío
que fuera soltero. El celibato era censurable. Así
lo prueban los primeros documentos del cristianismo, los rollos de
Nag Hammadi y del Mar Muerto, los primeros documentos del
cristianismo, que curiosamente no coinciden con los evangelios de la
Biblia. El evangelio de Felipe considera que María
Magdalena era la compañera de Jesús, y “compañera”
en arameo significa para esa época literalmente esposa.
Jesús y Magdalena tenían una relación
sentimental.
¿Tan
malo hubiera sido, le dijo en una ocasión Sauniere a su nieta
Sophie, que Jesús hubiera tenido novia?
La unión
de Jesús y Magdalena, sentenciaba una vez más Teabing,
la han explorado ad nauseam los historiadores modernos.
Jesús
encomendó crear la Iglesia no a Pedro sino a María
Magdalena. Jesús era feminista y pretendía que el
futuro de su Iglesia estuviera en manos de María Magdalena.
Pero, además,
Magdalena era, de acuerdo a una genealogía muy elaborada, una
mujer con poder, descendía de Reyes (tribu de Benjamín),
por más que la hicieran pasar por ramera para eliminar las
pruebas que demostraban sus poderosos lazos familiares. A la
Iglesia le preocupaba el matrimonio de Magdalena con Jesús,
que también descendía de reyes. Jesús,
proveniente de la Casa de David se unía con la Casa de
Benjamín, y así se unía las dos líneas de
sangre.
De modo que
la leyenda sobre la sangre real (Santo Grial), el cáliz que
contenía la sangre de Cristo, es ni más ni menos que
María Magdalena, el vientre femenino que perpetuaba la sangre
real de Cristo. ¿Cómo? Jesús no estaba
sólo casado, sino que era padre. María Magdalena
era el vientre que perpetuaba el linaje. Santo Grial = Sangre
real de Cristo, una historia gritada a los cuatro vientos
en todo tipo de matáforas y en todos los idiomas posibles”
(Pgs. 302-312).
El
objeto de este mi trabajo
Yo no soy
historiador ni investigador de las cuestiones que Dan Brown plantea
en su novela. Asunto, por cierto, muy secundario este de la
novela, si lo comparamos con lo que con ella se quiere transmitir.
Se trata de difundir determinadas tesis, que el autor presenta
revestidas de carácter científico (su pensamiento corre
por las palabras de Landong y Teabing, como si fueran infalibles).
Pero,
desde el comienzo aflora en el lector una sospecha irremediable: ¿Se
trata de verdades históricas o de verdades que proyectan los
deseos de Dan Brown?
Las cuestiones, que yo
presento sintéticamente, son simples, pero de enorme
importancia, precisamente para el lector del mundo occidental.
Se quiera o no, el cristianismo es cuna y cauce a la vez, de esa gran
cultura, aposentada por siglos en los ámbitos más
importantes del saber y quehacer humano (Arte, Literatura, Historia,
Derecho, Filosofía, Política, Religión...) y,
por lo mismo, sedimentada secretamente en la conciencia del individuo
y de la sociedad, como fundamento, sentido y justificación de
su vivir. Dan Brown, con contundencia subjetiva inapelable,
remueve esos cimientos, los cuestiona y los descarta como espúreos
y fraudulentos. Dos mil años de historia son para él
una cuestión irrelevante, por los que generaciones enteras de
cristianos, de pensadores e investigadores habrían pasado
inadvertidamente o se habrían vuelto cómplices de
semejante fraude. Le queda a uno por saber si el autor se llega
a creer, de verdad, lo que escribe o lo hace a sabiendas de lanzar al
vacío cuestiones que producen vértigo.
Sería
tarea ímproba ponerse a confrontar el enfoque y contenido
ideológico de la novela. Yo pienso que Dan Brown,
poseído por el deseo de que las cosas sean como él
imagina, acaba generando un pensamiento reflejo de dicho
deseo. Y no le faltan razones para ello. Porque en
cantidad de cosas que afirma, son innegables muchas verdades, muy
justas, muy dignas de ser denunciadas y apoyadas. Son verdades
que hoy el mundo moderno hace suyas y las persigue con ahínco
y, por supuesto, en contra de instancias, factores e intereses
pseudoreligiosos.
Pero estas verdades no
tienen causas tan simples como las que aduce Brown, aparecen y se
desarrollan dentro de una trama histórica compleja, sometida a
las vicisitudes de cada época, con protagonismos e intereses
de muy diversa clase y con consecuencias de uno y otro signo para la
sociedad y la humanidad. El problema está en que Dan
Brown se pasa por alto esa complejidad y establece sin escrúpulos
sus tesis, sin preocuparle para nada los argumentos en contra.
Quiero decir que Dan Brown
no puede menos de sospechar que sus ciudadanos de hoy son tan listos
como él por lo menos: leen, poseen títulos y cultura,
afán de pensamiento propio y sabiduría, consultan
bibliotecas; y no son tan cándidos como para tragarse las
enormidades pseudohistóricas que él dice. Las
cosas ocurren en cada tiempo, con su pasado y presente, con múltiples
interrelaciones y requieren, para su comprensión,
relacionarlas, verlas en sus causas y efectos e identificarlas en
cuanto a las posibles causas y responsabilidades. Esta labor de
análisis y contraste, de valoración, está
ausente en la novela del Código da Vinci y, por sus
declaraciones, el autor llega a creerse que su obra es poco menos que
un parto “excepcional”, que a muchos deja patidifusos.
Para estos casos, no hay método más verificador que el
del que se acerca a los hechos con rigor histórico y
honestidad.
Yo voy a referirme,
simplemente, al hecho central de la novela, del que dependen casi
todos los demás. Lo cual significa que si en el punto
central Dan Brown yerra, yerra en los derivados de él.
Si el punto central no tiene veracidad histórica, dejan de
tenerla los otros. Mostrada la infundamentación de la
causa, quedan infundamentados los efectos.
El punto central del
secreto del Código da Vinci
Las casi 500 páginas
del Código da Vinci, diluyen demasiado su contenido esencial.
A mí me gusta perseguir ese contenido esencial y ofrecerlo
nítido a los lectores. Ya he hecho un resumen, con citas
literales, de lo que sería el centro generador de toda la
obra. Ahora lo resumo todavía más.
- Se
trata de un secreto importante, tan importante que, de haber sido
revelado, habría amenazado con devastar los mismos cimientos
del cristianismo. Ese secreto consiste en que, partiendo de la
Biblia, nos han hecho creer una verdad absolutamente falsa: la
divinidad de Jesús.
- En los
primeros siglos del cristianismo el secreto no existía, pues
era público y normal admitir que Jesús era un hombre
mortal, extraordinario y ornado con poderes especiales, no célibe
y casado con María Magdalena. No más. Ni
una palabra sobre la resurrección de Jesús, hecho que
convulsionó la vida de los discípulos.. Los
documentos “primeros”, los “auténticos”,
nos hablan de la dimensión profundamente humana de Jesús,
de su admiración por la mujer y de sus propósitos de
que fuera Magdalena quien dirigiera su Iglesia.
- Contra
esta realidad primera, aparece y se impone en la Iglesia un
pensamiento patriarcal machista, que descarta la presencia de la
divinidad femenina, del culto a lo sagrado femenino y que,
progresivamente, devalúa y margina a la mujer. Durante
este proceso, ya en el siglo IV, y por obra del emperador pagano
Constantino, se da la genial jugada de proponer y decidir por
votación en el concilio de Nicea, la divinidad de Jesús,
base y legitimación para un poder absoluto dentro de la
Iglesia.
- En
concreto, el fresco de la Ultima Cena de Leonardo da Vinci proclama,
en clave oculta y simbólica, estas verdades. El santo
Cáliz es una persona, Magdalena, que quiere testimoniar la
permanencia de esa verdad, convertida desde entonces en secreto, muy
peligroso para la Iglesia católica.
- El
contenido del secreto, novelado a través de una trama
fantasiosa, no pertenece a la trama sino a la realidad misma, es
presentado por el autor como histórico y con argumentos.
Las pruebas serían: la Biblia, que hoy conocemos, no recoge
los primeros documentos, los más próximos a la realidad
histórica de Jesús, sino que está elaborada
desde una perspectiva patriarcal y política con otros
documentos posteriores, hábilmente seleccionados en contra de
la mujer, del culto a lo sagrado femenino, de la diosa femenina y del
matrimonio de Jesús con María Magdalena siendo, por lo
mismo, falsa.
La
Cristiandad vive envuelta desde entonces en el engaño y la
mentira: al ser la mujer una amenaza para el poder ascendente de una
iglesia masculina, ésta la atacó en su raíz,
deshumanizando a Jesús y convirtiéndolo en Dios.
La causa de la postergación permanente y cruel de la mujer no
es Jesús sino la Iglesia. La Iglesia ha secuestrado a
sus seguidores la verdadera naturaleza de Jesús de Nazaret,
elevándolo a la categoría de Dios y sustrayéndole
su condición de hombre, casado y casado precisamente con María
Magdalena.
Este engaño se hizo realidad y se propagó
con tanta fuerza y violencia, que no tuvo más remedio que
pasar a la clandestinidad y convertirse en secreto.
El Código da
Vinci no cumple la reglas de una investigación histórica
Tres
serían, a mi modo de ver, los temas que Dan Brown pretende
revelar a sus lectores, haciéndoles partícipes del
secreto más importante de los siglos:
1. La Divinidad de
Jesús es un invento político, sin ningún
fundamento en el cristianismo primitivo.
2. El cristianismo
no tiene ninguna originalidad, pues no ha hecho sino
copiar y trasponer a sus ritos y doctrinas las verdades de las
religiones paganas precristianas. La religión cristiana
no es sino una religión híbrida, utilizada como arma
por el emperador Constantino para contentar a todos y unificar el
imperio.
3. Jesús,
judío, era un hombre singular y extraordinario,
un líder religioso excepcional, pero hombre sin más,
ajustado a la cultura hebrea. Estaba casado, no
podía ser de otro modo, y lo estaba con María
Magdalena.
Se
entiende fácilmente que yo no entre a dialogar sobre todas las
cuestiones que suscita la novela de Brown. Pero, en servicio a
la verdad, no me resisto a hacer unas observaciones sobre el tema 1 y
2.
- La
Divinidad de Jesús tuvo un origen, un desarrollo, un escenario
y unos protagonistas tan distintos a los descritos por Dan Brown, que
denotaría ingenuidad reprobable pretender dialogar con lo que
dice la novela. No hay condiciones para un acuerdo y
conclusiones posibles. El rigor histórico, del que
presume Brown, está ausente y lo ventila guasonamente como
cuando, con futilidad párvula, escribe: “Por motivos
meramente políticos, la divinidad de Jesús se propuso y
se decidió por votación en un concilio convocado por un
emperador pagano”. Entiendo que a Dan Brown le pueda
resultar inadmisible e incomprensible la divinidad de Jesús,
pero eso no le excusa de proseguir su estudio sin desprestigiar su
labor de investigador. ¿Cómo se va a dialogar
sobre un tema -clave en toda la cultura cristiana de Occidente-
cuando el autor lo liquida como si se tratara de un invento ocasional
de puro oportunismo político?
No es que uno no quiera, es que el carácter mismo
de la obra le impide intentarlo por no reunir las condiciones que un
estudio histórico, metodológicamente riguroso, exige.
- Más
grave que lo anterior es el capítulo, por Dan tan socorrido,
de las fuentes o documentos. La unilateralidad es tan
manifiesta que le desprovee de toda objetividad. Habría
que establecer el origen, el tiempo, las relaciones y dependencias,
las similitudes y diferencias, es decir, el contenido preciso de cada
uno de los documento, y fijar así su peculiar valor.
Cito, como un ejemplo no más, “El
Evangelio de Felipe”, uno de los manuscritos de Nag
Hammadi, descubiertos en el 1945 y que el autor aporta como prueba
contundente de que María Magdalena estaba casada con Jesús.
Este Evangelio dice: “La compañera del Salvador es María
Magdalena. El Salvador la amaba más que a todos los
discípulos y la besaba a menudo en la boca. Los demás
discípulos se sintieron ofendidos y se quejaron”.
Este texto, conservado sólo en un manuscrito
copto y compuesto originariamente en griego, lo da como anterior a
los cuatro Evangelios, como más original y seguro.
Los investigadores actuales afirman que este Evangelio
es una colección de extractos, de obras diversas, con
elementos del sistema de la gnosis. El Evangelio de Felipe
tiene un determinado contenido; habla de los gentiles, hebreos y
cristianos; de las parábolas de cada día; de los
diversos nombres dados a Jesús; sobre los sacrificios; sobre
la concepción virginal de María; de María
Magdalena; sobre la muerte y resurrección, sobre el bautismo y
la unción, etc.
Todo esto, analizado pormenorizadamente, hace concluir a
Hans- Joseph Klauch: “El uso que el Evangelio de Felipe
hace de los escritos del Nuevo Testamento, incluidos el evangelio de
Juan y las cartas de Pablo, es tan obvio que resulta imposible
mantener la hipótesis de una tradición independiente y
nadie intenta datarlo antes de principios del siglo II. El
Evangelio de Felipe no es un testigo independiente de la tradición
en torno a Jesús” (Los evangelios apócrifos,
ST, 2006, pg. 197). “Desde el punto de vista de los
contenidos, el Evangelio de Felipe, no tiene mucho que ver con lo que
solemos entender por “evangelio”. Sólo un
pequeño grupo de palabras de Jesús son presentadas en
discurso directo. Casi no hay dichos dirigidos a los discípulos
o diálogos en forma de preguntas y respuestas. En
cambio, tenemos dichos breves (la mayoría de los cuales son
enigmáticos) y pequeños tratados teológicos que
adoptan una forma cada vez más independiente hacia el final
del escrito” (Idem, Pg. 183). “Los
evangelios canónicos, que tenían una forma escrita, se
transmitieron también de una forma oral, quedando expuestos a
una reformulación libre, armonizadora de versiones diferentes
y con influencia en la composición de los textos apócrifos”
(Idem, pg 16).
Quiere esto decir que cualquiera que trate de abordar
cuestiones del Jesús histórico, sabe que tiene que
utilizar, situar y comparar muy diversos textos, papiros, documentos
y escritos.
Bajo el título “Los evangelios
apócrifos”, el profesor Hans-Joseph Klauchk, nos
ofrece en un libro de 342 páginas una amplia lista sobre las
tradiciones de Jesús, clasificada bajo 12 apartados:
1. Agrafa - Dichos
dispersos de Jesús –.
2. Fragmentos o papiros
sacados a luz desde el siglo XIX.
3. Evangelios
judeo-cristianos.
4. Dos Evangelio de los
Egipcios (Uno de ellos el texto copto de Nag Hammadi).
5. Evangelios de la
infancia.
6. Evangelios sobre la
muerte y resurrección de Jesús.
7. Evangelios de Nag
Hammadi.
8. Diálogos con
Jesús resucitado.
9. Diálogos con
Jesús “no localizados”.
10. Leyendas sobre la muerte de María.
11. Evangelios perdidos
12. Un anti-evangelio: Toledot Jeshsu.
Todos estos escritos (más
de 70) son, ciertamente, dispares y fascinantes, pero necesitamos de
estudiosos o especialistas como Hans-Joseph Klauch que nos permitan
un acceso correcto a los textos para poder hacernos un juicio crítico
independiente.
Por otra parte, es preciso
tener en cuenta lo que, estudiosos renombrados como John P.
Meier, dicen: “Los cuatro Evangelios canónicos son al
final los únicos documentos extensos que contienen bloques de
material suficientemente importantes para una búsqueda del
Jesús histórico. El resto del NT ofrece
únicamente pequeños fragmentos la mayor parte de las
veces en el corpus paulino... Así, pues, para todos los
efectos prácticos, nuestras fuentes tempranas e independientes
de conocimientos sobre Jesús se reducen a los cuatro
evangelios, unos pocos datos diseminados en otras partes del NT y
Josefo... A diferencia de algunos eruditos, no creo que el
material rabínico, los agrafa, los evangelios apócrifos
y los códices del Nag Hammadi, (en particular el Evangelio de
Tomás) nos ofrezcan información nueva y fiable ni
dichos auténticos independientes del NT. Lo que vemos en
estos documentos posteriores son más bien reacciones contra el
NT o reelaboraciones del mismo, debidas a rabinos metidos en
polémicas, a cristianos imaginativos que reflejan la piedad
popular y las leyendas, y a cristianos gnósticos que
desarrollan un sistema especulativo místico” (Un
judío marginal: nueva visión del Jesús
histórico, Tomo I, pg. 159, EVD, 2004).
“Comparando estos
documentos con los peces cogidos en red, no tenemos más
remedio que seleccionar los buenos de la tradición primitiva
para echarlos en la cesta de la investigación histórica
seria, mientras que los malos peces de la mezcla y de la invención
posterior hay que devolverlos al tenebroso mar de las mentes sin
sentido crítico” (Idem, pg. 159).
Los cuatro Evangelios y
algunos elementos exiguos diseminados son las fuentes más
fiables para nuestra información sobre Jesús. Dan
Brown en su novela de “El Código da Vinci”
pretende divulgar otros caminos de acceso al Jesús histórico.
Deseo loable, pero no siempre crítico: “Deseo que, a mi
juicio, ha llevado recientemente a atribuir, en algunos ambientes, un
alto valor a los apócrifos y a los códices de Nag
Hammadi como fuentes para la investigación. Se trata de
unos de esos casos en que el deseo es padre del pensamiento, pero un
deseo que no pasa de simple ilusión. Por suerte o por
desgracia, en nuestra búsqueda del Jesús histórico,
no podemos ir mucho más allá de los evangelios
canónicos” (Idem, pg. 160).
El secreto central :
¿fue Jesús célibe y estuvo casado con María
Magdalena?
1. Sobre la
Familia de Jesús
Jesús, como
cualquier otro judío de su época, estaba integrado en
una familia, que le confería identidad y reconocimiento
social. En Nazaret, con una población de unos 1.600
habitantes, Jesús había alargado sus lazos familiares.
Todo el mundo lo conocía como hijo de María y de José,
ejerciendo con toda probabilidad el oficio de su padre. A José
no se le menciona para nada desde el momento en que Jesús
comienza su vida pública. La razón más
plausible es que José ya no vivía cuando Jesús
comenzó su ministerio público, más o menos entre
los 30-35 años. María, por el contrario, sí
que aparece y suponiendo que comenzó a ser madre a la edad de
14 años, y que había traído al mundo otros seis
hijos por lo menos, tendría unos 48-50 años en el
momento de la crucifixión de su hijo.
¿Los hermanos y
hermanas de Jesús eran tales, eran hijos de un matrimonio
anterior de José (hermanastros) ligados a Jesús por el
vínculo legal del segundo matrimonio de José, o eran
primos?
Que los hermanos y
hermanas de Jesús fueran primos u otra clase de parientes
lejanos es todavía la doctrina habitual de la Iglesia católica
romana, aun cuando hace algún tiempo teólogos y
exégetas católicos afirman que se trata de hermanos
reales. Meier, gran investigador del Jesús histórico,
no duda en afirmar que “la búsqueda de los parientes
históricos de Jesús se acerca a lo imposible”
(Pg. 328) ...No obstante, “un juicio sobre el NT y los
textos patrísticos como fuentes históricas nos llevan a
la opinión más probable de que los hermanos y hermanas
de Jesús lo eran verdaderamente” (Pg. 340).
2. ¿Jesús
era célibe?
Nadie se extrañará
de que, a estas alturas, podamos los cristianos preguntarnos con
naturalidad si Jesús estaba casado. Nos encontramos con
que, en la tradición cristiana, se admite como buena la
condición del estado de casado, pero se admite igualmente como
superior el celibato al matrimonio. En ese contexto y desde la
perspectiva de la fe cristiana, se mantiene la creencia casi
universal de que Jesús permaneció célibe.
Pero, aquí
utilizamos ahora los argumentos de historiadores modernos.
Desde las fuentes históricas, ¿es posible determinar si
Jesús estaba o no casado?
Conviene no confundir en
este punto determinadas ideas negativas sobre la sexualidad
sostenidas en la Iglesia católica con el análisis de la
historia. Una cosa es la cuestión histórica del
estado civil de Jesús y otra las preocupaciones
contemporáneas. Hay autores que argumentan a favor de
matrimonio de Jesús con el siguiente argumento: el judaísmo
del tiempo de Jesús tenía una posición muy
positiva sobre el sexo y matrimonio; el matrimonio era la norma; por
lo tanto, el celibato era inconcebible, luego Jesús estuvo
casado. Así razona también el Código da
Vinci.
Tratándose de la
cuestión decisiva que origina y abarca toda la trama del
secreto del Código da Vinci, bien vale la pena exponer los
argumentos, si los hay, a favor del celibato de Jesús.
Los argumentos serían
los siguientes:
1. Los evangelios no
hablan para nada de la mujer e hijos de Jesús durante su vida
pública. Sí que hablan de su padre, madre,
hermanos y hermanas durante su vida privada, pero tampoco en todo ese
tiempo se dice nada de su mujer o hijos. Este silencio, en uno
y otro momentos, parece indicarnos que no existían.
2. Jesús vivía
inmerso en el judaísmo del siglo I. Dentro de él,
había diversas corrientes ideológicas respecto al sexo
y matrimonio. Una era la del judaísmo farisaico y otra
la de otros grupos como los esotéricos, proféticos,
místicos, etc. Es seguro que algunos o muchos de los
esenios eran célibes.
También se da como seguro que otros grupos –los
terapeutas, establecidos en Egipto-, esenios también o de otro
movimiento judío similar, practicaban la abstinencia,
encontrándose dentro de él también mujeres.
Qumrán, el monasterio del Mar Muerto, expresión
concreta del movimiento esenio, albergaba miembros que practicaban el
celibato. Este hecho está acreditado por el testimonio
de Josefo y Filón, dos judíos del siglo I.
3. Fueron célibes
también figuras bíblicas como las del profeta Jeremías
del AT, Elías, Juan Bautista, etc.
4. Se puede constatar
también, dentro del mundo grecorromano del siglo I después
de Cristo, la existencia de un celibato vocacional en destacados
hombres de la filosofía: : Epitecto, Apolonio, etc.
Es
lógico, por tanto, concluir que el celibato no estaba ausente
en el judaísmo del siglo I . El erudito judío
Geza Vermes no tiene dificultad en ver a Jesús como célibe
y explicar este estado poco habitual por su llamada profética
y la recepción del Espíritu (Cfr. Jesus the
Jew, 99-102).
J.P. Meier, después
de hacer un análisis largo desde los contextos del celibato de
Jesús en el judaísmo, concluye: “En suma, no
podemos tener una absoluta certeza sobre si Jesús estaba o no
casado. Pero los varios contextos, tanto próximos como
remotos, en el NT lo mismo que en el judaísmo, señalan
como hipótesis más verosímil la de que Jesús
permaneció célibe por motivos religiosos. Digamos
que Jesús probablemente interpretó su celibato como
necesidad impuesta por su misión profética, totalmente
absorbente, orientada a Israel para hacer del dividido y pecador
pueblo de Dios un todo purificado en preparación para la
llegada final de Dios como rey . Es, por tanto, posible que
Jesús -quizás con tono irónico- se cuente a sí
mismo entre quienes “se hacen eunucos por el reino de Dios”
El total silencio sobre una mujer y unos hijos de Jesús en
contextos donde son mencionados varios familiares suyos bien puede
indicar que nunca estuvo casado” (Idem, pp.
353-354).
3
. ¿Estuvo Jesús casado con María
Magdalena?
Si hacemos caso a las
investigaciones anteriores, queda la hipótesis más
probable de que Jesús no estuvo casado con Maria Magdalena.
Magdalena, oriunda de
Magdala, una pequeña ciudad de Galilea, pertenecía al
círculo de los discípulos de Jesús, pues en ella
se dan de hecho, aunque apenas se le nombre como tal, las
características del discípulo. No sólo
eso, sino que era reconocida como ocupando un puesto preeminente:
ella figura siempre a la cabeza de las demás mujeres y es
reconocida como la principal en seguir, acompañar y ayudar a
Jesús. Según los especialistas, Magdalena estaba
soltera y entre ella y Jesús había una gran amistad,
debido seguramente a que Jesús la curó de una grave
enfermedad, lo que propició una especial cercanía y
afecto entre ambos.
Esta especial amistad dio
lugar a que entre las diversas comunidades primitivas existentes,
unas se decantasen por su liderazgo, y otras por el de Pedro,
haciendo valer la preferencia que sobre ella mostraba el Señor.
Naturalmente que unos y otros iban a interpretar esa amistad con
matices y acentos distintos; unos tratarían de reivindicarla
para asegurar el protagonismo de la mujer en la Iglesia, con
responsabilidades y servicios equiparables a los de los discípulos
varones y otros tratarían de rebajarla, influidos
probablemente por ideas que atribuían a la mujer una condición
de indignidad e inferioridad. En esto, Jesús demostró
actuar con libertad e innovación, favoreciendo un cambio
radical, de igualdad, que afectaría de diversa manera a los
grupos que se iban formando. Tema éste apasionante, que
puede ilustrar la evolución del papel que la mujer ha tenido o
debiera haber tenido en el desarrollo posterior de la Iglesia.
Carmen Bernabé,
teóloga y doctora bíblica, en su libro “María
Magdalena, tradiciones en el cristianismo primitivo”,
demuestra que las características que los textos
extracanónicos atribuyen a María están basadas
en los evangelios, sobre todo en el de Juan, que la presentan como
discípula, receptora y transmisora de una revelación
especial y concluye su estudio con esta valoración: “
Parece que María Magdalena tiene un papel importante en la
interpretación del destino de Jesús a La que iban a
llegar los primeros discípulos, así como en la decisión
de la conveniencia de iniciar la misión, con la que se debió
enfrentar muy pronto aquella comunidad. María Magdalena
era, sin duda, la figura más importante, del grupo de
discípulas, así como Pedro fue de los varones.
María Magdalena fue una figura muy cercana a Jesús, con
una relación especial, en cuanto se adivina más intensa
que la que tienen las otras mujeres discípulos. No se
está defendiendo aquí, como a veces se ha hecho, una
relación matrimonial entre ella y Jesús, algo que no es
posible demostrar basándose en los textos; sino una relación
de amistad cercana y preferente” (EVD, p. 265, 1994).
No dejan de ser sugerentes
las investigaciones últimas acerca de la identidad y
significado de la expresión del cuarto evangelio “uno de
sus discípulos, aquel al que amaba Jesús” (Jn
12,23). “El discípulo al que amaba Jesús”
aparece otras veces en Jn 19,25-27; Jn 21,7; Jn 21, 20. ¿Estas
palabras son una adición redaccional? ¿Se trata de una
construcción puramente literaria?
Hay autores que hacen luz
sobre este punto, argumentando de esta manera: Al pie de la cruz o,
más bien, un poco lejos mirando, sólo podían
encontrarse mujeres, sin saber a ciencia cierta si eran cuatro o
dos. De ser dos, serían María la madre de Jesús
y Maryam Magdalena. “En esta escena no es la madre el
centro, sino la discípula de Magdala, a la que se quiere
ensalzar y con ella la tradición de la propia comunidad,
precisamente con la entrega que Jesús le hace de su propia
madre. En ningún caso y en ningún estado de la
redacción se menciona a ningún otro hombre fuera de
Jesús” (Juan Manuel Lozano, Un retrato de Jesús,
Nueva Utopía, pg. 143, 2006).
Leyendo ahora el texto
“Jesús viendo a su madre y al discípulo que
amaba” los autores lo interpretan como la entrega que Jesús
hace de su madre a Magdalena. Ella la recibió en su
familia. “Los cristianos de entonces, escribe Lozano,
familiarizados con la literatura y modo de hablar de las iglesias,
entendían perfectamente que el discípulo (ho
mathetes) al que Jesús había amado particularmente,
era Maryam Magdalena, a quien Jesús dejó confiada su
propia madre. No, ciertamente, a ningún hombre que no ha
aparecido hasta ahora. Más cerca de Jesús, no se
podía colocar al discípulo que Jesús amaba...Con
esta entrega por Jesús de su madre el cuarto evangelio
pretendió presentarse como el libro de una comunidad, cuya
tradición venía nada menos que de Maryam Mgadalena.
Maryam es su heroína, como Pedro acaba siéndolo del
Evangelio de Mateo. El cuarto Evangelio realiza la tarea de
glorificar a su héroe, aquí heroína, colocando a
Maryam al pie e la cruz y haciendo que Jesús le confíe
su madre” (Idem, Pgs. 156-159).
A modo de conclusión
Los breves apuntes
desarrollados nos llevan a concluir que las afirmaciones del Código
da Vinci, que constituyen el secreto central, no parten de una
investigación histórica seria y quedan, por lo mismo,
relegadas al mundo de la ilusión.
El secreto, que abarca la
novela entera, que sustenta la teoría de que el Santo Grial es
Maria Magdalena, que se transmite a través de la dinastía
merovingia y lo conserva seguro el Priorato de Sión mediante
la creación de los Templarios su brazo armado, que señala
a la Iglesia católica como exterminadora del culto a la diosa
femenina y de la degradación y marginación de la mujer,
que explica el invento político de la Divinidad de Jesús
y el alza inconmensurable del poder patriarcal y machista en la
Iglesia, que ha creado el engaño bimilenario del cristianismo,
se convierte en fantasía, en pura ilusión de quien
intenta pasarlo como verdad a través de una novela.
Todo depende, para la
consistencia del secreto, en que Jesús de Nazaret estaba
casado y estaba casado con María Magdalena. La Iglesia
católica no admitió esta verdad “natural, obvia,
pública y rigurosamente histórica”, tuvo poder
para desterrarla y entonces para no desaparecer, esta verdad comienza
a conservarse en secreto, el SECRETO más importante y mejor
guardado de todos los tiempos. Y eso, es lo que, al parecer con
argumentos irrefutables, pretende finalmente mostrar y anunciar Dan
Brown a la engañada y manipulada humanidad: Jesús
estaba casado y lo estaba con María Magdalena.
La trama, el contenido y
las consecuencias del Código da Vinci se vienen abajo con la
facilidad de un sueño. Dan Brwn nos ha ofrecido un
sueño, un sueño con pretensiones de realidad, pero por
suerte la realidad siempre es más fuerte que la ilusión.
Epílogo pascual
Quiero acabar con un dato,
nada fortuito, que la novela de Brown silencia absolutamente: la
resurrección de Jesús. Tal dato, clave en la
persona, en la vida de Jesús y en la historia del
cristianismo, no lo es en la novela de Brown. Tan baladí
e irrisorio le debe parecer que ni lo menciona ni una sola vez.
Este dato no es parte del secreto, ni antes ni después.
Como si no existiera.
Algo querrá decir
la resurrección de Jesús, quizás demasiado, si
se trata de perfilar la identidad del cristianismo. Arrancarle
esa verdad, es arrancarle lo más específico suyo.
Con razón, el teólogo José I. González
Faus encuentra aquí una de las novedades más fuertes
del cristianismo: “Nunca, en ningún lugar, de nadie se
dijo, como de Jesús, que había resucitado”.
“La historia de la resurrección del crucificado entre
los muertos, escribe Joachim Gnilka, biblista de fama internacional,
no pertenece ya a la historia terrena de Jesús de Nazaret.
No obstante, esa historia es su meta. Hacia ella confluye
todo. Y únicamente a partir de ella se entenderá
plenamente la persona y la actividad de Jesús… Lo único
que sabemos es que los discípulos, reunidos después de
lo ocurrido con el crucificado, comenzaron de repente a proclamar:
Dios ha resucitado a Jesús de entre los muertos.
Testimoniaban que Jesús crucificado se había mostrado
vivo ante ellos...Desde el principio la comunidad estaba convencida
de que el Jesús terreno y crucificado es el mismo que el
Cristo resucitado y glorificado. Y quiso y sigue queriendo
llevar en la fe a los hombres hasta aquel que vive y actúa en
ellos” (Jesús de Nazaret, Mensaje e Historia,
Herder, 1993, pp. 389-391).
- Benjamín Forcano
es teólogo.
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